Amitrano se entrevistó al menos tres veces con la jueza de Familia Delicia Ruggeri, según dijo la ex esposa en el juicio. La primera y última vez fue solo y le llevó fotos de la beba. A la segunda fue Cousau: “La jueza tuvo a mi hija en brazos&rd

¿Pudo la Justicia de Familia proteger a Rosarito Amitrano y evitar su muerte?

Por UNO

Por José Luis Verderico

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@jlverderico

Nuevamente la Justicia de Familia está en la picota. Otra vez. Como sucedió con los casos de Micaela Reina, Andrea Ábalos y otros tantos niños fallecidos por maltrato, una vez más la Justicia de Familia de Mendoza quedó en la mira. Y en deuda.

Es que en el juicio a Alejandro Amitrano, que se desarrolla en la Quinta Cámara del Crimen por la muerte de su beba, que estaba a punto de cumplir un año, se ventiló en varias audiencias la actuación del Cuarto Juzgado y de su jueza, Delicia Ruggeri, un mes y medio antes del deceso de la niña, a raíz de indicadores indudables como para investigar si hubo violencia o maltrato de adultos.

Ajústense los cinturones

Este martes, el médico pediatra Daniel Sordi, que por entonces era instructor de los residentes y supervisor de las historias clínicas en el Hospital Italiano, en Guaymallén, relató frente al tribunal que juzga a Amitrano que Rosarito –por entonces de 10 meses de vida– estuvo internada durante una semana allí y que, tras practicársele una batería de estudios, se detectaron lesiones “que hicieron sospechar a los tratantes de que se estaba frente a un caso de maltrato”. Y detalló, e invito al lector, otra vez, a ajustarse los cinturones porque lo que viene es fuerte pero real: la niña presentaba hematomas y lesiones cuyo origen “los padres no pudieron justificar. Tenía varias fracturas con diversos grados de evolución, por lo que se comunicó al Juzgado de Familia interviniente”.

Cuando uno de los miembros del tribunal le preguntó a Sordi cómo terminó la historia, dijo que “desde el Juzgado de Familia nos enviaron un oficio para que la niña sea retirada por sus padres cuando consideremos que estaba en condiciones de darle el alta”. Silencio en la sala.

Más de diez minutos dedicó el profesional a ilustrarles a los jueces, fiscales, abogados, estudiantes de derecho y periodistas presentes acerca de otra fractura que tenía la niña y que fue descubierta en ese control exhaustivo al que, dijo, Amitrano miró con muy mala cara. “Sí, recuerdo que estaba molesto”.

Una tomografía computada del cráneo de Rosarito reveló –y este diagnóstico tiene firma y sello de un reconocido profesional– que tenía fractura de mastoides, un hueso que está prácticamente escondido –la naturaleza decidió protegerlo de ese modo– detrás de la oreja. “Ese hueso es bastante resistente y sólo pudo haberse fracturado por una caída o un golpe fuerte”. Silencio otra vez.

Tras descartarse la sospecha de que la beba tenía un cuadro de meningitis, Sordi comentó que presentaba “vómitos, decaimiento y una importante hemorragia conjuntival” aparentemente producto del trauma que sufrió.

Y volviendo a esas primeras fracturas “en diverso grado de evolución”, el profesional dijo que eran de al menos cinco costillas. Dolorosísimas son estas patologías, explicó el profesional y asintieron los jueces, máxime teniendo en cuenta que la pequeña Rosarito dormía boca abajo, como declaró su madre, Cecilia Cousau, horas después en la sala.

Indignación. Enojo. Pena. Estas fueron algunas de las sensaciones que casi podían tocarse con las manos en el juicio. Por el triste (¿y anunciado?) final de Rosarito, por el devastador cuadro médico descripto y porque haya vuelto con sus padres.

Es que un mes después, la beba moriría en el hospital Notti porque un golpe –otro más– le hizo estallar el estómago.