Hay gritos y gritos. Existen los de terror neto, que no pueden ser desoídos, o gritos para atraer la atención socialmente -hacerse notar-, más fáciles de obviar. Pero los peores son los gritos del silencio, de esos que reclaman ayuda desde el miedo, como en una pesadilla donde el mutismo es la regla. Una joven madre salteña pudo "escuchar" los pedidos de auxilio de su pequeña hija de 10 años, que desde su diario íntimo contaba que su propio padre abusaba de ella.
En noviembre del año pasado la mujer encontró el diario de su hija abierto en su habitación, y al llevar al extremo su celo materno -no respetando la intimidad- descubrió la horrible pesadilla que sufría su niña, que era abusada sexualmente por su propio padre.
De inmediato denunció a su marido, y tras un juicio abreviado, el pervertido -que confesó su delito- fue condenado a ocho años de prisión por el delito de abuso sexual gravemente ultrajante por la reiteración agravado por la convivencia, el vínculo y la guarda.
La valiente madre contó con la colaboración de las autoridades de la escuela a la que concurría la niña, pudo conocer detalles de los hechos que se habían reiterado a lo largo de un año y formalizó la acusación contra su pareja y padre de sus hijos.
La jueza salteña Carolina Sanguedolce, luego de recibir la confesión del acusado y la aceptación de los hechos que se le imputan, lo condenó a la pena de 8 años de prisión de cumplimiento efectivo y en el mismo fallo, dispuso que se le extraiga material genético por parte del Servicio de Biología Molecular del Departamento Técnico del Cuerpo de Investigaciones Fiscales (CIF), previa asignación del Dato único de Identificación Genética (DUIG), para su incorporación en el Banco de Datos Genéticos.


