El cura de Tanzania que reside en Mendoza desde el año pasado volvió a sufrir el actuar de ladrones. Un joven fue detenido.

El sacerdote africano de Las Heras fue víctima nuevamente de la inseguridad

Por UNO

El sacerdote oriundo de Tanzania que desde el año pasado está en Mendoza y cuya historia de vida fue conocida en septiembre del 2014 no gana para sustos en su estadía en la provincia y otra vez fue víctima del delito. El último hecho que lo tuvo como víctima ocurrió alrededor de las 2 del jueves cuando Alejandro Exequiel Bazán Urquiza (19) fue encontrado por la policía intentando abrir la puerta de una capilla de Las Heras en la que actualmente está Thomas John Ishengoma (54). El ladrón fue aprehendido. 

En el lugar los efectivos  encontraron una carretilla con tres cajas de cerámicas y una bolsa de pegamento.

Entrevistado el cura africano, este reconoció que los delincuentes habían violentado una reja y sustraído los elementos hallados por los uniformados.

Thomas llegó a Mendoza en marzo del 2014 y su primera parroquia fue Nuestra Señora de la Misericordia, en calle Sucre al 2000 del barrio Independencia en Las Heras.

Luego pasó a la Capilla del Niño Jesús Prahola, del barrio 26 de Enero, donde fue “visitado” por este delincuente. El sacerdote de Tanzania pertenece a los misioneros de congregación de La Consolata, que tiene 100 años de vida y está en los cinco continentes.

Sus malos momentos

En septiembre del año pasado se llevó su primer susto. “Eran las 11.30 y yo estaba caminando solo hacia la parroquia. Venía de la biblioteca San Martín. Atrás mío venía un chico de 16 años que yo conozco porque su madre viene a Cáritas y nos pusimos a conversar. Pero en ningún momento pensé que me iba a atacar para robarme”, contó en ese momento.

Y agregó sobre aquel episodio: “Hablamos de varias cosas y finalmente llegué a la puerta de la casa sacerdotal y entonces abrí el bolso para sacar la llave y entrar. Allí tenía una notebook. El chico me tiró la mano con fuerza para sacármela y me dijo ¡La necesito! Yo le respondí que no era mía y entonces sacó una pistola que tenía en la cintura y me mostró que estaba cargada. ‘Déjame la computadora por las buenas o las malas’, me amenazó, y entonces yo se la di. Ya había tocado el timbre y cuando salió un sacerdote pensó que estábamos hablando amigablemente y volvió a entrar. Entonces el chico se fue”. 

Y sobre el menor que lo asaltó el año pasado dijo que es drogadicto y que él está acostumbrado a hablar con las víctimas de este flagelo.

Pocas semanas después un grupo de chicos que estaban drogados lo rodeó y le exigió que les entregara $1.500.

“Después nos robaron las mesas de encuentro y el 22 de junio también la llave del sagrario”. 

Si bien antes de juzgar y castigar él  prefiere saber por qué las personas eligen el camino del delito, reconoce estar cansado de estas situaciones. En este último robo se conformó porque el ladrón fue atrapado, y sobre todo porque no se perdieron los materiales que tan valiosos son para la iglesia de la que hoy forma parte.