Tenía 22 años y fue acuchillada en su dormitorio, en la Sexta Sección, apenas comenzaba el año ’78. En plena huida, el autor se apoderó del auto de la familia y por impericia chocó varias veces contra un &aa

El crimen de la mujer más bella de Mendoza

Por UNO

José Luis Verderico [email protected]@jlverderico

Mendoza. Martes 3 de enero de 1978. El año del Mundial había comenzado con temperaturas que superaban largamente los 30 grados. Ideal para pasar el día en la pileta. El sol, bien alto y picante. Sexta Sección de Ciudad. Calle Granaderos 1800, entre Aristóbulo del Valle y Juan de Dios Videla. Chiqui llega puntual a la casa de su amiga Adriana. Irían a la pileta del Club Mendoza de Regatas, en donde las chicas también jugaban tenis. Lo habían convenido. Pero Adriana no atiende la puerta y Chiqui la imagina dormida. Como un tronco. Igual que siempre. Chiqui abre la puertita de rejas de la entrada peatonal y  avanza. La puerta principal entreabierta la desafía a entrar. Y se anima.

–Adriana –la llama–.

Silencio.

–Adriana –le grita–.

Nada.

–Siempre me hacés lo mismo.

La casa de dos plantas huele a desolación. Afuera, los ligustros y los árboles arden por la resolana, pero adentro hace frío.

La visitante sube en busca del dormitorio de la amiga porque ella no responde. No hay caso. El frío y el miedo aumentan en Chiqui cada vez que pisa un nuevo escalón. Su corazón casi que podía escucharse entre tanto silencio. Llega al descanso de la escalera y se detiene porque ha visto salpicaduras rojas en el espejo. Sangre. La puerta del baño está abierta. La habitación de Adriana  también. Hay cosas tiradas. Ropas. Una sábana. Ahí está Adriana. Por fin. Parece dormida. Pero no. Está tirada en el piso. Muerta. Asesinada. En un charco de sangre. Acuchillada.

Los peritajes posteriores dirán que fue con un cuchillo de cocina de su propia casa y que agonizó quince o veinte minutos. Estaba semidesnuda. Tenía 22 años. Era hermosa. Muy femenina. Delicada. Muy mirada y admirada por jóvenes de su edad, hombres hechos y derechos y también por mujeres. Por su cara de ángel. Su figura imponente. Su mirada chispeante. Sus modales. Atractiva. Una de las mujeres más hermosas de la época.

Hoy, Adriana Mónica Magadan tendría alrededor de 60 años. Sus restos yacen en el cementerio de Capital desde el miércoles 4 de enero de 1978 a las 18, cuando recibieron cristiana sepultura. Una caravana de familiares, amigos y amigas –Chiqui, entre otras– la despidieron. A bordo de un Citroën, de un Rastrojero, de un Valiant y de un Dodge 1500 iban entre aturdidos, tristes, dolidos, impactados en una procesión con ribetes de pesadilla.

¿Quién la mató? ¿O quiénes? ¿Una persona? ¿Acaso dos? ¿Por qué? ¿Un robo al voleo? ¿Venganza? ¿Sabía el asesino que estaba sola? ¿Y si hubiera sido una mujer?

Pasaron treinta y siete años y todos esos interrogantes, y muchos otros, siguen sin respuesta. Ganó la impunidad.

Los genocidas, el Beagle y el Gran Rex

En la época del crimen de Magadan, la dictadura militar secuestraba, desaparecía y mataba hacía ya casi dos años. Era inminente el sorteo de los grupos para la Copa del Mundo que ganaría la Selección de Menotti y del Matador  Kempes. Y el conflicto con Chile por el Beagle estaba a punto de explotar a ambos lados de la cordillera.

En Mendoza, la gobernación estaba a cargo del militar Jorge Sixto Fernández y las mentes criminales urdían el llamado Operativo Mayo, en el cual desaparecieron quince mendocinos.

Se supo que por decisión gubernamental se rebajó a 25 años de prisión la condena a Rodolfo Giménez Jáuregui por otro caso emblemático: el asesinato del profesor Avelino Maure, en 1969, a manos del beneficiado y su amante y esposa del docente, Susana Arbués.

“Bond. James Bond”, repetía el agente 007, encarnado por Roger Moore, desde la pantalla del cine Gran Rex, en calle Buenos Aires, en cada proyección de La espía que me amó, continuada de 14 a 24 y los sábados en la trasnoche. Y los más chicos de cada casa, como es tradicional, esperaban la llegada de los Reyes Magos con el regalo soñado.

En medio de la conmoción por el asesinato de Magadan, se supo que la joven era una de las tres hijas de Olga Artaza y Mario Magadan, jefe de Ventas de la delegación local  de la estatal Yacimientos Carboníferos Fiscales (YCF). La madre era asistente social en el Hospital Central.

Magadan se enteró del crimen de su hija Adriana mientras estaba en su oficina. Cuando le avisaron del llamado telefónico jamás imaginó que comenzaría una pesadilla  que lo hundió en una tristeza tan profunda que le costó la vida.

Patente M141031, accidentada fuga

Los Magadan vivían bien. Tenían un buen pasar económico gracias al trabajo del matrimonio, especialmente el de Mario. Eran dueños no sólo de la casa de la calle Granaderos sino también de un automóvil Fiat 125 rural gris claro. Muy buena posesión para la época.  

Aquel martes 3 de enero de 1978, mientras Adriana luchaba por sobrevivir, el asesino o asesina ingresó al garaje de la casa de los Magadan y se sentó al volante. Punto muerto. Accionó la llave de contacto y aceleró. Poner reversa era la única opción para salir por el portón abierto a las apuradas. Miró por el espejo retrovisor. Pero había otro detalle que desconocía, o que no tuvo en cuenta, que era indispensable para sacar el auto sin inconvenientes. Sin llamar la atención. Había que salir marcha atrás, lentamente y con extremo cuidado, con mucha pericia y paciencia, para no estrellarse contra un árbol ubicado en el trayecto que va desde la vereda hacia la calle y hacia la impunidad.

Una. Dos. Tres veces chocó contra ese árbol el conductor del Fiat de la familia Magadan. Testimonio de ese accidentado manejo y escape fueron los abollones detectados en la parte trasera, justo sobre la chapa patente de fondo negro y con la inscripción alfanumérica M141031, moldeada en blanco, que daba cuenta de que el rodado era mendocino y de modelo 1973.

La huida no pasó desapercibida: los repetidos impactos del auto se escucharon con tal nitidez que despertaron la curiosidad de al menos dos vecinos que declararon haber visto a dos hombres maniobrando desesperadamente con el portón primero y con el vehículo después.

Fue atacada mientras dormía

El informe de la autopsia realizada en el Cuerpo Médico Forense indicó que Adriana Mónica Magadan recibió tres cuchilladas: dos en la región lumbar y la tercera cerca del corazón.

La escena del crimen impresionó por el extraordinario desorden, interpretado por los especialistas como indicador de lucha entre la joven y el homicida, y la sangre, mucha sangre, que al momento del trabajo de los criminalistas ya había empapado las sábanas y el colchón.

Según los peritos, Magadan fue atacada mientras dormía. Alcanzó a despertar y a levantarse y a correr hacia el baño hasta caer casi exánime. Pudo verle la cara al asesino o asesina.

La pesquisa policial y judicial, que duró varias semanas, se manejó desde la Comisaría Sexta, que entonces funcionaba en calle Aristóbulo del Valle 429, muy cerca de la casa de los Magadan y de los domicilios de varios amigos y amigas de la víctima.

En esa dependencia se radicó la denuncia y por sus oficinas pasaron, entre otros, la amiga que la encontró sin vida, el padre y vecinos.

Adriana estaba muy enamorada pero no era correspondida. Sufría. Lloraba. Sin consuelo. De esa horrible sensación le hablaba, en larguísimas conversaciones, de día y de noche, matizadas por el cigarrillo, a Chiqui, su persona de máxima confianza en los últimos días de vida y en los primeros instantes de su muerte.

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