Ángel Ramírez negó haber matado a Marcelo Tarelli, en julio pasado. Las pruebas lo comprometen y sigue preso.

Declaró el imputado por el crimen del preceptor

Por UNO

Ayer se presentó a declarar ante Santiago Garay, fiscal de Delitos Complejos, Ángel Ramírez, acusado de ser el autor material del

asesinato del preceptor de Luján Marcelo Tarelli, ocurrido el 15 de julio

pasado en su vivienda de ese departamento, donde habitaba solo.

Ramírez, a quien Garay imputó de homicidio simple y cuya pena es de 8 a 25 años, lo hizo

acompañado por una defensora oficial y en su declaración de casi una hora adujo no tener nada que

ver con el hecho porque el celular que hallaron en su poder según dijo lo había comprado ese día en

la calle a un sujeto que se lo ofreció.

Este argumento no convenció al magistrado dado que existen contradicciones entre las pruebas

con las que cuenta Garay y lo que manifiesta el detenido. Además es inminente el pedido de prisión

preventiva contra el imputado .

El fiscal ya solicitó a la UNCuyo que determinen el perfil del ADN, ya que cuenta con rastros

de saliva que fueron hallados en un cigarrillo en la vivienda del preceptor asesinado y esto se

cotejará con la saliva del detenido para establecer si le pertenece. Con respecto al otro

sospechado de encubrimiento –este también tuvo el teléfono de la víctima aproximadamente un mes en

su poder–, de apellido Villafañe, le mantuvo la imputación de encubrimiento agravado. Los dos

acusados podrían estar vinculados al asesinato del preceptor y los pesquisas hicieron un trabajo de

hormiga para dar con ellos entrecruzando llamadas del celular de la víctima ya que lo único que se

robaron de la vivienda fue ese aparato.

Tarelli apareció en su casa de Luján, ubicada en la calle Alvear 340, con varios golpes y una

puñalada en la nuca.

El hombre de 40 años vivía solo y los investigadores destacaron en aquel entonces que de la

casa no faltaba nada de valor y las cerraduras no habían sido forzadas. Los pesquisas observando

este detalle pusieron los ojos en el entorno de la víctima.

Al mediodía, un vecino de Marcelo Tarelli pasó por su casa y al detectar que los vidrios de

las ventanas estaban transpirados dedujo que se debía a que las estufas estaban prendidas y, por

ende, el hombre se encontraba en su vivienda.

Ese vecino tocó a la puerta, pero nadie abrió. Asustado por la idea de que Marcelo hubiera

sido afectado por monóxido de carbono, no dudó en avisarle a un familiar del dueño de casa para que

lo contactara.

Un primo de Marcelo insistió varias veces, pero el preceptor –trabajaba en el colegio María

Auxiliadora de Rodeo del Medio– nunca abrió. Temiendo un desenlace fatal, el hombre intentó entrar,

pero la casa estaba con llave, por lo que llamó a un cerrajero para poder ingresar. Él fue quien

encontró el cuerpo del preceptor tendido en la cocina, en medio de un charco de sangre con golpes

en la cabeza y una puñalada en la nuca.

En el acto se avisó a la policía, pensando que podría haber sido asaltado. Sin embargo,

cuando los efectivos recorrieron la casa notaron que todo estaba muy ordenado y que permanecían

allí varios objetos de valor que podrían haber tentado a cualquier ladrón.

En consecuencia, los investigadores descartaron que el ataque hubiera ocurrido en ocasión de

robo.