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Dicen que has muerto Diego, pero...

Los alemanes juraron que lo atarían de pies y manos en aquella final de México ´86 pero él, cuándo no, hizo su voluntad y desató la felicidad del pueblo futbolero, tan fuerte como la tristeza por su ¿muerte?

Leo sobre Diego y lloro. Escucho sobre Diego y lloro. Veo sobre Diego y lloro, como dijo el Tano Robles en Twitter.

Acá estoy, despidiendo a Diego. Al que vi por primera vez en un Philips, en blanco y negro, mientras él ganaba el Mundial Juvenil allá, en Japón, en sus época de colimba, y yo era un niño que a veces dormía en la cama con los padres.

Al Diego que miré a las apuradas cuando debutaba en el Mundial España '82 y yo almorzaba y me iba al sexto grado de la escuela Almafuerte sin querer irme.

Al Diego que disfruté en el Mundial '86 y que me obligaba a mirar los partidos parado frente al televisor hasta el desahogo del pitazo final. Para no perderme nada. A mis quince años.

Ese Diego indomable al que los alemanes juraron que atarían de pies y manos en aquella final en el Estadio Azteca, pero que, sin embargo, hizo su voluntad, cuándo no, y se les escurrió ¡una vez!, y esa sola vez fue suficiente para darle a Burruchaga ese estiletazo-pase-gol para el definitivo 3 a 2 y pasaje a la gloria.

El Diego que fue héroe igual en Italia ´90, ese inolvidable Mundial de mis comienzos de la facultad de Periodismo y de la pasión futbolera y de la otra en un balcón de San Lorenzo 12.

El Diego el que me hizo vibrar con su retorno en el repechaje contra Australia pero que me hizo llorar en el '94 cuando le cortaron las piernas. Perdón, cuando a los futboleros NOS cortaron las piernas.

Ese Diego al que conocí personalmente en el '95 cuando era DT de Racing y yo vendía Coca-Cola en el Estadio Malvinas Argentinas por la Copa de Oro. ¿Te acordás, papá?

El Diego que me hizo asustar cuando murió y resucitó en el mismo acto en Uruguay hace 20 años; el que me hizo reír con cada frase inolvidable: el café veloz, la tortuga que se había escapado, la Copa del Mundo que ya no pesaba lo mismo desde que Grondona la había tenido en las manos un ratito...

El Diego que sorprendió cuando llegó al entrenamiento de Boca manejando ¡un camión!

El mismo Diego que aún hoy, a pocos meses de mis 50, me arranca un ¡Qué lo parió! cada vez que miro y vuelvo a ver el segundo gol a los ingleses pero también cada vez que repiten ese gol en el que desparramó a las glorias de mi amado River en los '80, aquella noche de barro, lluvia y descaro en la que hasta un fotógrafo patinó.

El mismo Diego que emociona y que también me hace decirle a mi hijo Joaquín, los dos frente a la tele, Mirá esto o Viste cómo le pegó a la pelota, casi sin darme cuenta de que ya estábamos enlazados por un hilo invisible: la pasión por la pelota.

...

La radio, la tele y los diarios dicen que has muerto, Diego. Las caras tristes y el tiempo en pausa, también. Pero no.

¡Qué vas a estar muerto!, si estás vivo en cada gol, en cada gambeta, cada video, cada apilada, cada palabra, cada meme, cada relato, avanza Maradona el genio del fútbol mundial, en cada foto, cada gesto, cada frase y en cada uno de los que te admiramos acá en Mendoza, allá en Nápoles o donde la noticia nos haya golpeado, a traición, como un foul de atrás, digno al menos de una tarjeta amarilla.

...

Gracias, Diego. Por la felicidad. La emoción. Los goles. La lucha. Las tristezas. La vida misma.

Dicen que has muerto, Diego. Pero no.

Porque ahora mismo, estoy seguro, casi que puedo escucharlo, estás latiendo en cada pelota que salta por el aire y pica y va y viene impulsada por alguna zapatilla, algún botín o un pie tan desnudo como cuando llegamos y nos vamos de esta cancha.

Sí, estás latiendo. Y susurrándonos tu magia futbolera mientras miramos un partido de acá o de la Champions, o jugando a ser vos, Diego Armando Maradona, barrilete cósmico, de qué planeta viniste, en el patio de la casa o en la calle, hasta que se haga de noche y nos llamen a comer.

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