Análisis y opinión

Xurxo Mariño descifra el fascinante laberinto cerebral que nos define como humanos

El neurofisiólogo y divulgador científico Xurxo Mariño, autor de "La conquista del lenguaje", describe cómo acceder a nuestro sistema nervioso "en vivo y e directo"

Las capacidades cerebrales que definen al hombre moderno y lo distinguen de los demás animales se vinieron desarrollando desde el fondo de los tiempos. Con una evolución muy puntual en los dos últimos millones de años.

Ese extraordinario periplo es que el describe, con una prosa accesible y claramente fundamentada, el neurofisiólogo y divulgador científico español, oriundo de Lugo, Xurxo Mariño en su libro La conquista del lenguaje.

El subtítulo completa el sentido del trabajo: Una mirada a la evolución de la mente simbólica.

Precisamente la sintaxis, el desplazamiento y simbolismo generan lo que llamamos lenguaje. Una herramienta única, que no posee ningún otro ser vivo sobre la Tierra.

Esta entrevista da cuenta de otra asombrosa aventura humana: la posibilidad, por primera vez en la historia, de acceder a nuestro sistema nervioso “en vivo y en directo”. La caja negra que alberga a nuestro cerebro empieza a ceder sus secretos.

Xurxo Mariño, que conoció Mendoza en uno de sus viajes y probó nuestros vinos, habla desde la Illa de Arousa (Isla de Arosa, en castellano), una pequeña isla considerada un paraíso natural de Galicia, unida al continente por un puente, con el programa La Conversación (Esteban Tablón, Paula Jalil y Federico Lancia) de Radio Nihuil.

-Xurxo, ¿qué diferencia hay entre un neurocientífico y un neurofisiólogo, como es tu caso?

-La neurociencia agrupa a todos los científicos que nos dedicamos a comprender cómo está organizada esa protuberancia de células que transportamos dentro del cráneo: el encéfalo y el resto del sistema nervioso.

-¿Cómo se subdividen?

-Dentro de la neurociencia hay muchas maneras de abordar ese problema. Por ejemplo, podemos tratar de comprender su estructura. Eso sería la neuroanatomía. Y podemos tratar, en general, de comprender cómo son los mecanismos del metabolismo celular. Eso es la neurofisiología. O sea, nos encargamos de comprender la parte de la función. Y dentro de la neurofisiología por supuesto que hay más divisiones.

-¿Qué hacen ustedes, en resumen?

-Estudiar la actividad eléctrica de las neuronas. Es decir, somos electrofisiólogos.

-Hoy los estudiosos del cerebro están en auge en el mundo. De hecho, en las próximas elecciones de Argentina uno de los candidatos más mentados es un neurocientífico, Facundo Manes. ¿A qué se debe ese atractivo?

-En los últimos veinte años, aproximadamente, ha habido una explosión de tecnología que nos permite acceder, por primera vez, a una gran cantidad de información.

-¿Cómo fue el camino previo para llegar hasta acá?

-A lo largo de gran parte del siglo pasado fuimos conociendo poco a poco la anatomía del sistema nervioso. Y a medida que se desarrollaron distintas tecnologías electrónicas, nos pudimos meter también en la función.

-¿Cuál es el mayor impacto de este momento?

-Lo que pasa ahora es que, por primera vez en toda la historia, tenemos técnicas de imagen. Son esas imágenes donde aparecen distintas regiones de nuestro cerebro que pueden mostrarse con distintos colores o distintas intensidades. Eso indicaría qué zona está más o menos activa. Así pues, esas técnicas nos muestran el funcionamiento del sistema nervioso humano sano.

-Claro, un hallazgo del que no somos del todo conscientes.

-Hay algo muy importante que ni siquiera se cuenta en los libros. Y es que, prácticamente, la inmensa mayoría de lo que sabemos sobre el sistema nervioso jamás se había estudiado, hasta hace muy poco, en los seres humanos.

-O sea, se sabía por aproximación…

-Sabemos mucho de las características finas y precisas. Conocemos la biofísica de las neuronas. Conocimos con mucho detalle el funcionamiento de la generación de señales eléctricas por parte de las neuronas. Pero todo esto siempre se ha estudiado en otros animales; en ratas, en ratones, etcétera.

-¿Y cómo se conseguían los datos sobre seres humanos?

-Todo lo que sabíamos hasta ahora se obtenía a partir de estudios post mórtem o de personas que sufrían algún tipo de problemas. Por ejemplo, una persona que tenía una afasia, una incapacidad para la producción del habla, al morir podíamos estudiar su corteza cerebral y ver qué partes estaban dañadas. A partir de ahí sacábamos la información.

-¿Ahora cómo es, entonces?

-Ahora, por primera vez, accedemos a nuestro sistema nervioso en vivo y en directo. Y eso ha dado lugar a una explosión de conocimiento. Supongo que eso es una parte importante de que la neurociencia cobre relevancia en nuestras vidas.

-Pero hay otro aspecto a destacar. Además del avance científico, ha sido muy buena la labor de muchos de ustedes, como divulgadores, para explicar de manera sencilla y atractiva cuestiones que son complejas. No se han enredado en la jerga de los especialistas.

-Sí. Pero sucede que solamente puedes hablar de forma sencilla de algo que comprendes. Cuando no comprendes una estructura, el funcionamiento de alguna cosa, y quieres explicarlo, tienes que rodearte de todo tipo de invenciones, de elucubraciones. Y eso da lugar a un lenguaje que se convierte en algo tedioso.

-¿Cuál es la fórmula, entonces?

-Ahora sabemos mucho. Y aglutinando ese saber y destilando parte de lo que se sabe, sí que se pueden producir obras de divulgación científica que sean muy digeribles para el gran público. Dicho de otra manera: empezamos a tener idea de algo y por eso lo podemos contar.

-Como decimos en la Argentina, cuando alguien habla de lo que no sabe se le nota el guitarreo.

-(Ríe) Se capta muy bien cuando alguien no sabe de lo que está hablando porque no es capaz de explicarlo. Supongo que eso también se puede trasladar a la política.

-Muchos científicos han considerado que la psicología no es una ciencia cabal. ¿Cómo es la relación entre la neurociencia que, ahora sí, mide, modela y hasta predice, y la vieja psicología?

-Comienza a ser buena (risas).

-¿Por qué razón?

-Porque, por fin, hay personas importantes en el mundo de la psicología que se han apartado un poco de las ideas de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y han empezado a meterse dentro de lo que inicialmente se consideraba una caja negra. Se han dado cuenta de que, para comprender cómo se genera el comportamiento de un ser humano, hay que comprender cómo es el funcionamiento de la máquina que hay ahí dentro.

-¿Cuáles han sido sus objeciones?

-Desde la neurociencia siempre se ha visto con cierto recelo una parte importante de la psicología precisamente por eso, por no darle importancia a lo que hay dentro de lo que consideraban, hasta hace poco, una caja negra. Ahora ya no es así. Hay psicólogos maravillosos.

-¿Por ejemplo?

-Estoy leyendo, justamente, en estos días, la obra de uno de ellos, que ya ha muerto, pero es una de las personas que ha trazado este lazo de unión entre la psicología y la neurociencia. Este señor se llamaba Jaak Pansepp. Es muy recomendable.

-Pensemos en referentes notables como Freud, Jung y compañía, que hicieron grandes descubrimientos sin contar con los descubrimientos que hay en la actualidad. Muchas cosas habrán tenido que intuirlas. ¿Qué valorización se merecen?

-En efecto. El trabajo de Freud está bastante vilipendiado desde la neurociencia porque elucubró un poco de más. Pero sí que inició el camino hacia tratar de comprender, de una manera más o menos racional, cómo es la mente humana.

-¿Y entre ustedes qué pasó, mientras tanto?

-Acá también hay que tirarles de las orejas a los neurocientíficos porque, hasta hace muy poco, tampoco considerábamos que la mente humana fuese un objeto abordable dentro de la ciencia. Era algo a lo que no teníamos acceso.

-¿Qué pasó?

-Ahora hay autores como António Damásio o el propio Jaak Pansepp que ya han elaborado teorías coherentes sobre cómo puede ser que esta masa de células que tenemos dentro del cráneo dé lugar a nuestra experiencia consciente. Y no solo la experiencia consciente de los seres humanos.

-¿Hacia dónde se abre esta nueva ruta?

-Aquí también se plantea algo muy interesante. Hay otros animales, por ejemplo, que pueden tener una percepción consciente de las emociones similar a la nuestra.

-¿Qué tipo de percepciones?

-Las percepciones que nosotros tenemos del placer, de la tristeza, de la ira, del dolor.

-¿Y por qué es importante esto?

-Porque la investigación con animales es nuestra principal herramienta. Entonces, si la respuesta a esta pregunta es sí, podemos abordar todavía con mayor profundidad este problema.

-Veníamos hablando de que hay una zona ríspida de contacto entre la neurociencia y la psicología. ¿No ocurre algo similar con la religión, que está afuera de la especulación científica? Yendo un poco más allá, ¿qué diferencia hay, según ustedes, entre la mente y el alma?

-Desde el punto de vista de la mayoría de las personas que nos dedicamos a la neurociencia, hoy en día es una diferencia semántica. No hay ninguna diferencia. La mente es la percepción consciente de que existimos. En el caso de los seres humanos es lo que llamamos mente autoconsciente. Cuando nos despertamos por la mañana se genera, de alguna forma, mente. Igual que los riñones producen orina, el sistema nervioso produce mente, como decía un famoso médico francés.

-Justamente, sobre este punto, vos decís algo muy bonito: a la noche, cuando dormimos, desaparecemos. No somos nadie.

-Sí, sí, sí. Y como nos pasa todos los días, no nos inquieta. Pero es algo bastante sorprendente que durante una fase que se llama de sueño profundo, pues dejamos de existir; no se genera mente.

-Pero en otros momentos, sí…

-Hay otras fases en donde sí se produce mente. Es cuando tenemos las ensoñaciones. Pues bien, volviendo sobre el punto. Esta construcción del cerebro durante la vigilia es lo que llamamos la mente. El alma, tal como lo vemos nosotros, es otra forma de llamarle a lo mismo, porque ahora ya no aceptamos ese dualismo cartesiano. Ya no aceptamos una separación entre el cuerpo y la mente o entre el cuerpo y el alma, sino que simplemente la mente o el alma son un producto de este cuerpo.

-¿Para qué sirven los sueños?

-Es una pregunta que ningún neurocientífico te puede responder. Es muy curioso porque con todo lo que ha avanzado la neurociencia en los últimos cincuenta o cien años, aún no hay una respuesta clara acerca de para qué sirven los sueños. No sabemos cuál es la función de que desaparezca nuestra mente, durante unas horas, todos los días, todas las noches.

-Pero habrá algunas propuestas, ¿no?

-Muchas. Una de ellas dice que es necesario para el afianzamiento de la memoria. Hay experimentos que parece que lo demuestran. Sin embargo, hay también neurocientíficos muy prestigiosos que niegan por completo que eso se haya demostrado y consideran que es una mala interpretación de los resultados. Otra función es que, durante el sueño, se modifica el ritmo metabólico y hay determinadas funciones que se aceleran; y esto da lugar a la producción de proteínas nuevas, de distintas moléculas. Es como una especie de bricolaje neuronal.

-¿Dicho de otro modo, para terminar de entenderlo?

-Nuestro encéfalo es un ser líquido. Viene flotando en lo que se llama el líquido cefalorraquídeo, que tiene una circulación permanente. Pero esa circulación se acelera durante el sueño. De tal manera que necesitamos dormir para, en cierta medida, acelerar y limpiar con mayor eficacia las sustancias de desecho que produce nuestro sistema nervioso.

-¿Qué pasa si no se hace esa limpieza?

-Hace poco se ha encontrado una relación entre la falta de sueño y una mayor propensión a desarrollar Alzheimer que, como sabéis, es una enfermedad en donde se produce una muerte neuronal mayor de lo que sería normal con el paso de los años. Y, en cierta medida, parece que se debe a una acumulación de esas sustancias de desecho que se limpian durante la noche.

-¿Hay más funciones?

-Hay más. Pero, resumiendo, estas serían las principales: una relación con la memoria, con el bricolaje neuronal y con la limpieza.

-El libro aborda un tema apasionante, como es atribuirle el lenguaje simbólico exclusivamente a los humanos. Pero algunos mencionan, también, que hay lenguaje en las ballenas, en los delfines e, incluso, parecería que los loros no solo hacen mímica, sino que estarían interpretando algunas palabras. ¿Puede ser que nuestro perro entienda un mínimo de veinte palabras?

-Tengo muchísimo interés en percibir qué puede existir dentro de la mente de un animal. Y eso está relacionado con lo que estoy escribiendo precisamente ahora sobre las emociones. Tiene que ver, también, con la psicología.

-¿Pero hay alguna posibilidad de compartir la función con los animales?

-La respuesta es contundente. Desde el punto de vista de la neurociencia seria que se ha dedicado a comprender la lingüística, no conocemos ningún animal que tenga lengua.

-¿Qué entendemos, entonces, por lengua?

-Hay que definir qué es lenguaje y hay que separarlo de los sistemas de comunicación. Por supuesto que los animales se comunican. Tienen todo tipo de sistemas de comunicación más o menos complejos que les sirven para sus funciones. Sin embargo, no es lenguaje porque les falta la combinación de tres elementos. Uno es la sintaxis.

-¿Cómo definimos la sintaxis?

-Los humanos, en nuestro lenguaje, podemos combinar distintos elementos para generar contenidos nuevos, ideas nuevas. Puedo decir, por ejemplo, “ayer comí un dinosaurio”. Tenemos una capacidad ilimitada de combinación. No conocemos ningún caso, en ningún sistema de comunicación animal, de sintaxis. Una ballena o un perro emiten distintos sonidos, pero no generan contenidos nuevos.

-¿El segundo elemento necesario?

-Se llama desplazamiento, que es la capacidad de trascender el aquí y el ahora, de escaparnos del momento presente. Cuando un animal comunica algo, está comunicando algo que tiene delante, al acceso de sus sentidos. No está hablando de algo que le pasó hace dos semanas o no está contando algo que esté pensando hacer dentro de dos días.

-Claro, lo suyo es el aquí y ahora, cara a cara.

-Exactamente. Pensad en lo siguiente. Es probable que ninguno de vosotros haya estado alguna vez en Groenlandia. Sin embargo, todos tenemos una idea mental de lo que es Groenlandia. Pensad, también, esto: de todas las cosas que la gente que nos está escuchando en este momento tiene metidas en su cabeza, ¿cuántas pudo experimentar cara a cara?

-¿Hay algún animal que se nos acerque?

-Nuestro pariente vivo más próximo es el chimpancé. Todo lo que hay adentro de su cabeza es algo que presenció. No hay nada que le haya venido transferido a través de lo que pudiera haberle contado otro chimpancé sobre algo que pasó en otro momento. Y, sin embargo, nosotros, gracias al lenguaje, trascendemos este aquí y este ahora. Es decir, tenemos capacidad de desplazamiento y podemos reflexionar, generar ideas, establecer planes de acción para el futuro.

-Una excepción que figura en tu libro es la de las abejas.

-Es un ejemplo muy bonito. Las abejas tienen una forma de comunicar la distancia a la que hay una fuente de alimento, de polen o de néctar respecto al panal. También en qué orientación está respecto al sol. Lo hacen mediante una danza, un baile.

-¿Y por qué esa danza tiene desplazamiento, técnicamente?

-Porque la abeja que la está haciendo no se encuentra en el sitio donde presenció esa fuente de alimento; y, además, la está haciendo más tarde. Pero, de ninguna manera se considera que las abejas tengan el lenguaje porque también les falta algo que es el tercer elemento: el simbolismo.

-Un tercer elemento que tampoco tienen los animales, ¿no?

-Claro. No hay conocimiento tampoco de ningún animal que tenga capacidad de manejar símbolos. Sí se ha conseguido, en condiciones limitadas de laboratorio, que un chimpancé enano, el bonobo, maneje símbolos.

-¿Cómo ha sido eso?

-Hay un bonobo muy conocido, que se llama Kanzi, capaz de manejar lexigramas. Son símbolos que se han inventado para estudiar su capacidad de lenguaje. Pero, salvo alguna excepción como esta, los animales no manejan símbolos. Es decir, no tienen capacidad de establecer una relación entre una idea, una acción o un objeto y una representación arbitraria de cualquiera de ellos. Por lo tanto, la combinación de sintaxis, desplazamiento y simbolismo genera algo que nosotros llamamos lenguaje y que, hasta donde nosotros sabemos, es exclusivo de los seres humanos.

-Lo cual, como dice tu libro, no nos pone en un pedestal.

-Esto, como comento en La conquista del lenguaje, no quiere decir que los animales estén más o menos evolucionados que los seres humanos. Simplemente cada uno utiliza las formas de comunicación que le son útiles. Por ejemplo, una garrapata tiene una gran habilidad para saltar a lomos de un mamífero y chuparle la sangre. Esto los humanos lo hacemos bastante mal, a menos que uno sea banquero o algo así (risas). Y no por eso estamos menos evolucionados que las garrapatas.

-¿Qué es la evolución, entonces?

-No es una característica. Es un proceso. No hay ningún animal que esté más o menos evolucionado que otro.

-¿Debido a los avances de la tecnología es posible predecir conductas de los cerebros humanos o anticipar sus patologías? Recién mencionabas el Alzheimer. Pero también hay cuestiones más psicológicas: trastornos obsesivos, depresivos, etcétera.

-Hoy no, pero sí se considera que va a ser posible porque, como decía antes, ahora que la neurociencia y la psicología han comenzado a hermanarse, se está viendo que algunos problemas psiquiátricos, problemas de la mente humana, se pueden rastrear directamente en el funcionamiento de determinados genes o en la producción, mayor o menor, de determinados neurotransmisores. De modo que, dentro de no mucho, espero que se pueda analizar de una manera no invasiva.

-Lo cual ha sido una barrera hasta ahora.

-Es que es muy difícil acceder al cerebro de una persona, siempre que se trate de alguien que esté más o menos sano. Entrar ahí dentro es muy peligroso. Pero, una vez que se pueda acceder, por ejemplo, a la toma de muestras de neurotransmisores; o a la catalogación genética, como ya se está haciendo; entonces sí se podrá tener una cierta capacidad de predicción.

-¿Cómo es el procedimiento que está en vías de desarrollo, entonces?

-Se están estableciendo vínculos entre determinados problemas psiquiátricos o disfunciones mentales y el funcionamiento fisiológico.

-Un planteamiento metafórico o filosófico. Después de la larga evolución, hasta llegar a nosotros, al ‘Homo sapiens, ¿podríamos decir que este último es el Adán de la Biblia, el primer hombre?

-Supongo que sí… pero… a ver cómo te respondo… Hay en las ciencias biológicas las herramientas genéticas para rastrear el proceso evolutivo de del último ancestro común de los humanos, lo que se llama LUCA. Cuando se busca a este posible LUCA depende de si se encuentra trescientos mil años más allá o más acá. Digo esto porque, como se sabe, los ‘Homo sapiens empezamos a funcionar en este planeta hace unos trescientos mil años. Entonces, sí, el ‘Homo sapiens sería el Adán de la Biblia.

-Esto lleva a otra pregunta más compleja aún porque, en algún momento, coexistimos los sapiens junto a los neandertales, que desaparecieron de la faz a de la Tierra. ¿No sería, entonces, Adán nuestro antecesor ‘Homo erectus, mientras que el neandertal es Abel y el sapiens cumple el rol de Caín? ¿Cabe esta metáfora?

-Bueno… habría que hablar con las personas que redactaron la Biblia para saber si consideraban que eran dos especies distintas o no (ríe). Realmente no lo sé. Es una interesante forma de verlo. Y como todo lo que construye nuestra mente es en sentido metafórico, me parece estupendo. No lo había pensado. Me gusta.

-Por otra parte, como consigna tu libro, sigue siendo un enigma fascinante porqué dejaron de existir nuestros parientes neandertales.

-Es un enigma maravilloso. Y una de las razones que apunto en el libro es que podría deberse, precisamente, a la capacidad lingüística.

-¿Cómo influyó?

-El dominio lingüístico nos proveyó a los ‘Homo sapiens de una capacidad de comunicación, de desarrollo, de herramientas, de creatividad y de generación de tecnología que no poseían los neandertales. Eso va unido a que éstos últimos se movían en grupos mucho más pequeños, según parece. Todo eso, en conjunto, además de otras causas que no conocemos, dio lugar a que desaparecieran.

-Teniendo en cuenta los cambios culturales y biológicos que se fueron produciendo a través de miles, de millones de años, para llegar hasta lo que somos, ¿qué puede pasar de aquí en adelante? ¿Hacia dónde puede evolucionar o mutar el ser humano? ¿Hay algún techo?

-Si hay algún tipo de evolución, será cultural, desde luego.

-¿Por qué?

-Porque, desde hace unos ochenta mil años, cuando el tipo de lenguaje que ahora tenemos todos los seres humanos se hizo común, sí que ha habido una cierta evolución biológica. Pero nos hemos convertido en unos seres tan profundamente culturales y tenemos una capacidad tan extraordinaria de dominar el medio en el que vivimos, que los cambios biológicos que pueda haber, si los hay, serán pequeños.

-¿Cambios como qué?

-Se conocen algunos como la modificación de la tolerancia a la lactosa que se ha dado en las comunidades que manejaban ganado y que necesitaban beber más leche. Pero, como decía, los cambios serán en la evolución cultural. Y, precisamente, por su naturaleza, por el hecho de ser una construcción que se crea a un ritmo enorme, yo no me atrevo a predecir nada. Además, cuando leemos a todos los autores que, a lo largo de la historia del conocimiento se han atrevido a hacer predicciones, lo que encontramos son crasos errores.

-Es muy complicado, ¿no?

-Afortunadamente, porque eso indica la enorme diversidad que somos capaces de producir, además de transitar por derroteros que ni siquiera somos capaces de imaginar en cada momento concreto de la humanidad.

-Pregunta final, muy pedestre. ¿Cuál es tu plato preferido de tu zona, puesto que estás en la Isla de Arosa?

-El pulpo “a feira” que, seguro, en la Argentina lo llamáis pulpo a la gallega.

-¿Solés prepararlo?

-¡Sí! Aquí mismo, en el congelador tengo varios ejemplares. Al pulpo hay que congelarlo o golpearlo fuertemente.

-¿Por qué?

-Porque, si no, queda con una textura muy dura. No hay manera de masticar eso.

-¿Cómo sigue la cosa?

-Se descongela. Se pone una gran olla con agua a hervir sin absolutamente nada más. Y el pulpo se sumerge tres veces; tres segundos por vez.

-¿Por qué tres veces?

-Para “asustarlo”, como decimos aquí. Eso hace que el pellejo externo se le pegue fuertemente al cuerpo y no se le caiga después durante el resto de la cocción. Un pulpo de unos dos kilos y medio se deja cocer durante aproximadamente 25 minutos y reposar durante otros 5 minutos. Y se corta a rodajitas.

-¿Qué se le agrega?

-Solamente tres elementos: sal gruesa, aceite de oliva virgen y pimentón picante. Y se come con palillos.

-¿Con qué vino?

-Con un vino tinto de nuestra tierra. Aquí tenemos uno que se llama mencía. También cualquier vino de Mendoza vendría de maravillas.

-¿Conocés Mendoza?

-He tenido la suerte de andar por ahí probando vuestros vinos. En un libro anterior llamado Tierra. Ciencia, aventuras y sorpresas de un viaje alrededor del mundo describo mi paso por Mendoza. Disfruté muchísimo con mi periplo argentino.

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