Análisis y opinión

Vida y obra de Robin Wood, el creador de historietas que se convirtió en leyenda

Entrevista con Diego Accorsi, uno de los autores de "Robin Wood-Una vida de aventuras", referida al genial creador de personajes como Nippur de Lagash y Gilgamesh, entre otros

Robin Wood es un monumento de la cultura popular. “Llevo escritos más de nueve mil guiones de historietas y he creado más de noventa personajes”. Él mismo sacó la cuenta de una producción monumental que parece incontable.

La Editorial Columba, donde Wood era la estrella excluyente, llegó a vender más de dos millones de ejemplares por mes. Números, hoy, para el asombro. Colecciones como El Tony, D’Artagnan, Intervalo o Fantasía están insertas en lo profundo de la historia nacional. Y latinoamericana.

“Una vez dije que la verdadera historieta peronista fue la de Columba. La leían todos”, se jactó en algún momento.

Eso fue de la mano de sus hijos en la ficción: Nippur de Lagash, Dago, Savarese, Gilgamesh, Pepe Sánchez…

Lo realmente asombroso, además de estos datos, es que la historia personal de Robin Wood es tan rica en matices y peripecias como las que animan a sus invenciones. Empezando por su propio nombre, que suena a seudónimo literario, pero que obedece a su origen irlandés y escocés. Le viene de un linaje exiliado, primero a Australia y, luego, a la selva paraguaya, desde donde Robin debió superar un contexto de gran pobreza, alimentándose a sí mismo como un lector voraz, arbitrario, imparable.

A todo este rico material apeló un especialista, un amante del tema como Diego Accorsi para armar, junto a otros dos compañeros de ruta, Julio Neveleff y Leandro Paolini Somers, un trabajo precioso e imaginativo en torno a este individuo único. Robin Wood-Una vida de aventuras se llama el libro que condensa esa iniciativa que fue madurando durante veinte años.

Accorsi habló desde Buenos Aires con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Diego, qué buena idea tuvieron de hacer este volumen que muestra toda la envergadura de Robin Wood, un personaje extraordinario.

-Te cuento. En setiembre del 2000 le hice por primera vez a Robin un reportaje muy largo y me fui diciendo: “¡La vida de este tipo es más interesante que la de sus personajes! Tengo que escribir una biografía”. Bueno… tardé veinte años en hacerla.

-Mucha gente te estará agradecida porque fue creciendo, durante un largo tiempo, acompañada por sus personajes.

-Sí, claro. Principalmente en la década del setenta y parte de los ochenta es donde explota la popularidad de Nippur, de Dago, de Savarese, de Pepe Sánchez, de Mi novia y yo. Hay tantos nombres que, quizá, uno los tiene medio guardados de haber leído las revistas de Columba de ese momento.

-Una colección de personajes que se fue acrecentado de manera asombrosa.

-Hay tantos nombres que, quizá, uno no relaciona que los escribía la misma persona porque Robin firmaba con muchos seudónimos. Estaban Monti, Mc Leod; ¡estaba Cristina Rutlinger!, porque la primera autora mujer fue Robin Wood, también.

-Claro, él mismo se jacta de eso.

-Sí. Es muy divertido. Yo pensaba que atrás de Robin Wood había una factoría de gente y que el nombre era inventado, cuando era totalmente al revés: el tipo se llama de verdad así y tenía seudónimos. Es el autor más prolífico de historieta de habla hispana, sin lugar a dudas. Nadie escribió tantas como él.

-Incluso en Europa, según cuenta, no podían creer que fuese una sola persona la que producía tanto material.

-Y eso viene, en parte, de su estilo de escritura. Se sentaba, agarraba una birome y un cuaderno, y escribía sin parar, sin corregir, salvo alguna cosa mínima. Le daba, le daba y no sabía para dónde iba a ir. “La historia me llevaba y algo salía”, contaba. Eso es una cosa irrepetible; imposible de pensar que una persona pueda sentarse y largar un guion tras otro de estos personajes sin plantearse introducción, nudo y desenlace, ¡sin plantearse algo!

-Tenemos la sensación de que, en aquellos tiempos de oro de la historieta, había una especie de grieta o de interna entre los seguidores de El Tony y los de D’Artagnan. O entre las tribus de Fantasía e Intervalo.

-Intervalo era, a grandes rasgos, como se decía entonces, más de “minitas”. Había adaptaciones de películas románticas, de telenovelas; estaban Cuentos de Alemejas o Mi novia y yo. O sea, hasta entrados los ochenta, Intervalo era el que tenía un perfil más familiar o le abría más puertas a la mujer.

-Vos vivís en Capital Federal. No sé cómo es por allá, pero en Mendoza hoy es casi imposible conseguir en las librerías de usados aquellas viejas revistas. Apenas llega alguna, se la vuelan.

-Como tip, te digo que si querés conseguir revistas viejas te tenés que meter en las páginas que revenden on line y tratar de encontrar algo ahí.

-Tal cual. Es nuestra experiencia acá.

-Las Columba están secretamente ofrecidas on line a precios generalmente poco accesibles y son como joyas de una vieja corona que va juntando polvo y de la que nadie se quiere desprender.

-Es sorprendente la vida de Wood, empezando por Paraguay y la historia con su madre, Peggy, que era como una mujer avanzada para la época.

-Sí, sí. Ella odiaba la selva, odiaba vivir en Colonia Cosme, que es un pueblito perdido en la jungla paraguaya que al día de hoy no tiene electricidad. Y se fue. Se fue a recorrer Asunción y Encarnación, a codearse con la high society paraguaya. Y cuando tuvo un hijo no le interesó y se lo dejó a su abuela, que hablaba solamente gaélico antiguo. Después se vino a Buenos Aires, porque Paraguay le quedaba chico. Hablaba cuatro o cinco idiomas. O sea, era una mina de mundo que quería hacer la suya.

-¿Y Robin, entonces?

-Robin fue como una especie de accidente que tuvo y del cual nunca se quiso hacer cargo.

-Lo hizo, pero muy esporádicamente, muy a las perdidas, ¿no?

-Peggy era así. Vivió para pasarla bien lo mejor posible. Y cuando veía que la cosa estaba bien con su pareja, lo llamaba a Robin. Decía: “Mándenmelo, que vamos a hacer una familia”. Pero cuando Robin llegaba, probablemente la familia ya se había terminado y él quedaba en un orfanato o en la calle o donde fuera y ella seguía con su historia.

-Hay algo bastante jodido, que lo cuenta el mismo Robin. Peggy era una mujer muy culta, muy formada, pero jamás leyó una historieta de su hijo.

-No. No le interesaba. Quizá Peggy, en algún momento, quiso ver lo que hacía su hijo, pero nunca le llegó a Robin eso. Ante él siempre fue una mina muy fría y que le chupaba todo un huevo. No le demostró nunca nada. Y está claro en Robin esa especie de espina o de dolor que significa que tu vieja no te dé bola.

-Por otra parte, hemos leído historias sobre don Juan Tenorio y Casanova, pero quizás esos personajes no hayan alternado con tantas mujeres como Robin Wood.

-Todas las historias de Robin tienen ese condimento: mira a los ojos a una mujer y esa enamora; y todas las mujeres con las que se cruza en sus anécdotas se convierten en amantes, incluyendo a algunas secretarias de Editorial Columba. ¡Ha estado con un montón de gente!

-¿Cuánto es un montón?

-En un reportaje para un canal paraguayo llegó a decir que tuvo más de mil amantes. Hoy suena medio machirulo decirlo, pero el tipo era un romántico que se enamoraba y conseguía mujeres en cualquier parte del mundo.

-Pero no es solo que se enamorara de todas esas mujeres. Ellas también se enamoraban de él. ¡Ligaba más que si fuera Brad Pitt! Al menos es lo que él cuenta.

-Claro, un se dice: ¡qué parla debía tener este Robin para tener éxito en cualquier lugar del mundo y en cualquier idioma! Así fuera en un tren por Siberia…

-Otro rasgo suyo que llama su atención es su bagaje cosmopolita. Uno recuerda entre sus personajes a los hititas, a los asirios, referentes de culturas muy lejanas para nosotros en aquellos tiempos.

-Pensá que Robin se crio solo y sin un peso. Entonces, su único entretenimiento era ir a las bibliotecas a leer. Él iba a un restorán donde su madre tenía cuenta y cenaba solo leyendo libros que sacaba de una biblioteca; libros que al otro día tenía que devolver. Y la bibliotecaria desconfiaba de ese pibe que devoraba tan rápido libros en castellano, en inglés, en lo que fuera. Toda su niñez, su adolescencia, consistieron en leer de arriba.

-¿Y por qué caminos llega a su punto creativo?

-En esta lectura voraz descubre las historietas de Héctor Germán Oesterheld en Editorial Frontera. Ahí se enamora de la narrativa, de la posibilidad de contar.

-Pero no tenía el oficio de historietista, todavía.

-Él creía que, para poder contar historietas, había que saber dibujar. Entonces se mete a estudiar dibujo y es el error más grande de su vida. Los mismos profesores le decían: “Wood, usted está desperdiciando su tiempo. Jamás va a saber dibujar. ¡Es un muerto! Dedíquese a otra cosa”.

-Un error que, por esas vueltas de la vida, terminó saliéndole bien.

-Bueno, la suerte quiso que, así como Robin no podía aprender nada por lo malo que era, se sentó al lado de Lucho Olivera, ¡que tampoco podía aprender, pero por lo bueno que era! Lucho ya sabía todo e iba a la escuela de dibujo a aburrirse. Los dos se aburrían y terminaron dándose cuenta de que les gustaban la sumeriología, las civilizaciones antiguas, los egipcios, etcétera.

-Y ahí se formó una pareja célebre.

-Lucho le dijo: “Che, yo laburo en Columba y me dan unos guiones horribles. ¿Por qué no me hacés un guion de un tipo que vive en Sumeria?”. Al mismo tiempo le explicó el sistema de escritura en la editorial y ahí arrancó la carrera de Robin.

-Es el inicio, pues, de Nippur de Lagash. ¡Qué lejos nos quedaba Sumeria en aquellos años!

-¡¿Qué loco, no, que a dos pibes de 19 o 20 años les interesaran Jenofonte, los hititas, la Anabásis y los mitos griegos?! Dio esa casualidad cósmica. El destino quiso que esas dos personas se encontraran; que uno supiera dibujar, que el otro supiera narrar; y juntos se combinaron en esa alquimia que fue Nippur de Lagash, que fueron los primeros Dennis Martin, que después fue Gilgamesh y un montón de personajes maravillosos.

-En la historia de la humanidad ocurren esos sucesos cuando se alinean los planetas, ¿no?

-Y sí. Acá hay claramente una mano atrás que dijo: “Vos y vos se tienen que juntar y tiene que hacer historias”.

-Claro, porque ambos venían de planetas disímiles.

-Robin era un muerto de hambre que laburaba en una fábrica por el pancho y la coca. Y el día que no iba a la fábrica no comía. ¡Rasqueteaba la parrilla donde habían hecho Patty el día anterior para comerse la grasa, porque no tenía plata para comprar comida! Ha llegado a dormir en la calle. La ha pasado muy mal.

-Por eso esta unión se asemeja a un milagro.

-La cultura monstruosa que tenía y la suerte de conocer a Lucho lo salvaron de la miseria y le dieron la oportunidad de, más allá de su éxito, viajar por el mundo, que era lo que él quería.

-Wood viene, como decías, de una herencia gaélica, céltica. A su vez, se movió tempranamente por las zonas más desfavorecidas de la selva paraguaya, de Buenos Aires. ¿Se puede especular cuánto hay de genético y cuánto de cultural en el increíblemente rico contenido que él generó?

-En el mix que formó a Robin no sé cuánto hay de genético. Pero tené en cuenta que, si vos, desde chico, estás sentado en un fogón donde los viejos cuentan historias de cómo masacraban ingleses, de cómo peleaban en las guerras, de cómo conocieron a Lawrence de Arabia cortando cabezas de turcos… mamás todo eso. Mamás historias.

-Claro. Eso lo puso de entrada en un rango distinto.

-Entre los irlandeses hay un cargo que se llama el shanachie, que es como el contador de historias. Y a Robin, desde chico, le dijeron: “Vos tenés todo para ser el shanachie. Y vas a ser el nuevo shanachie de la tribu, del clan”.

-¿Cómo era su familia en ese momento?

-El padre de Robin era un funcionario paraguayo que la madre se encontró una noche vaya a saber en qué estado y desapareció del mapa. No le pudo haber aportado nada genéticamente. Y más allá de la sangre irlandesa, escocesa, vivió con esa gente. Aprendió a hablar castellano cuando lo obligaron a ir al colegio a los seis años. Hizo tres o cuatro años y se fue. No terminó la primaria.

-En suma, fue un autodidacta.

-Para el tipo su gran base cultural fue la lectura de clásicos y de todo lo que le cayera en la mano, como las historietas de Oesterheld. El entorno en el que se crio lo envolvió y lo empapó en cultura y en aventuras. Leía a Arthur Conan Doyle, a Dickens. Se leyó a todos los grandes clásicos de la aventura.

-Hay otro dato de nuestra historia cultural reciente. Robin destaca que, en el pico de su expansión, Columba llegó a vender dos millones de revistas por mes. ¿Cómo es, hoy, la realidad de la historieta argentina?

-Pensá que, a principios de los setenta, no había televisión a color, no había internet, no había cable. La historieta tuvo que ir amoldándose a diferentes vaivenes y claramente los de Columba no supieron adaptarse. Hoy por hoy, si una historieta vende cinco mil ejemplares es una locura, un éxito absoluto. En su mejor época, a mediados de los ochenta, Fierro vendía treinta mil ejemplares y aplaudían todos de pie como si fuera un suceso fenomenal. La industria se fue viniendo abajo, igual que la cultura.

-Era, en aquel momento, como una postal del país.

-Columba publicó un material muy popular. Vos ibas al consultorio del dentista y había una revista de ellos. Viajabas en tren y veías a un tipo leyendo una de Columba por vagón, como mínimo. Eso no existe más. Desapareció, lamentablemente.

-De todos modos, hoy la historieta, el cómic, tiene una fuerza muy especial. Participa de un circuito que se retroalimenta constantemente junto al cine, las series, los videojuegos, los libros.

-Sí. Lo que pasa es que, si alguna historieta tiene un éxito mediano, algún estudio grande lo convierte en película. Y si esa película tiene éxito, la historieta se vende como merchandising. Se hace un giro, tanto en Estados Unidos como con el manga y el animé en Japón. Para que eso pase, entonces, hace falta mucha plata.

-Algo que por aquí no sobra, precisamente.

-Si en algún momento alguien hubiera agarrado El Eternauta de Oesterheld y Solano López y lo hubiera hecho película, habría sido mucho más exitosa de lo que es. Pero aquí siempre faltó esa pata. Cuando Quinterno quiso hacer dibujos animados de Patoruzú, casi se fundió.

-¿Y en la tele pasó algo distinto?

-Cuando la historieta pasó a la pantalla chica tampoco tuvo grandes éxitos. Cybersix fue un fracaso, El Loco Chávez duró dos programas en los setenta… Quizá lo más cercano haya sido lo de García Ferré cuando hacía los cortos de Hijitus. Pero tampoco lo supieron explotar bien. Si hubiera habido una serie con actores de Nippur, habría sido un golazo.

-¡Ni Mafalda logró destacarse!

-¡No! Además, cuando los cubanos decidieron hacer un dibujo animado, ya no existía como tira y Quino dijo “no la voy a hacer nunca más”. Y Mafalda se sigue vendiendo en todos lados, con o sin película, como gran gema de la tira diaria.

-Hablando de estos temas, Planeta anunció, como buena noticia, que va a lanzar a nivel internacional El Eternauta.

-Sí, sí. ¿Y eso por qué? Porque Netflix compró los derechos para hacer la serie. O sea que ya se están adelantando a ese circuito de la historieta que pasa a la pantalla y viceversa.

-¿Cabe la especulación respecto de que llevar una historieta al cine implica simplificarla, quitarle complejidad? ¿Por eso, quizá, es más fácil adaptar Superman que Nippur?

-Entiendo que el cine te da la papilla más masticada que la historieta. Pero hay películas terriblemente complejas que te dejan pensando como espectador. Con la historieta pasa lo mismo. Hay algunas que son muy pavas, otras están muy buenas. Cada género tiene su yeite y su manera de ver las cosas. En cualquier traspaso de un género a otro algo se tiene que sacrificar. Es muy complicada esa transcripción.

-Hay de todo es cierto. Hablando de superhéroes, Robin se declara admirador de Frank Miller, cuyo Batman, “surgido de la oscuridad, del misterio, de lo atormentado y rabioso”, ha podido ser trasladado a la pantalla por algunos directores.

-Sí, claro. No es lo mismo el Batman de Frank Miller que el Batman de Adam West en la serie de los sesenta. La misma historieta pedorra para chicos de los cincuenta con un Batman alienígena y el traje de colores es una cosa; y el Batman de Frank Miller, de mediados de los ochenta, crepuscular, como un viejo mala onda, es otra. Cada uno explota en los medios de manera diferente.

-Notable ejemplo de mutación de un personaje a través de los años.

-Claramente. El Batman simple y para chicos de los cincuenta y principios de los sesenta, dio como resultado esa especie de parodia divertida que es el Adam West de la tele. Y el Batman de Frank Miller dio las películas de Tim Burton.

-Llama la atención, también, cómo los historietistas más exquisitos, pertenecientes a la progresía local como Altuna, Breccia, Saccomano, etcétera, lo despreciaban a Robin Wood.

-Es que Robin era un extranjero en todos lados. Entonces, llegaba a Buenos Aires, era la estrella de Columba. Columba, a su vez, era el símbolo de la opresión del dibujante. Y cuando los demás dibujantes le pedían que se pusiera en contra de la editorial, él les respondía: “A mí Columba siempre me trató bien. ¿Por qué me voy a poner en contra?”.

-Por otra parte, él nunca se embarcó en ninguna corriente ideológica.

-Robin nunca tomó bandera ni partido porque no terminaba de entender qué mierda estaba pasando. Para él, los de Columba eran buena gente. Nunca entendió que la editorial explotaba a otros artistas. O no fue capaz de empatizar con los que la estaban pasando mal, porque él la estaba pasando bien.

-Pero aquellos artistas pretendidamente más exquisitos lo miraban en menos como si fuera el Corin Tellado de la historieta, siendo que, afuera, lo leían desde Umberto Eco y a Federico Fellini. ¡Nada menos!

-Sí, pero son dos cosas diferentes. Una cosa es la proliferación de sus historietas y otra cosa es cómo veía él la relación empleado-patrón fuera de su persona, con los demás artistas. Por eso los otros nunca lo pudieron tragar. Imaginate que Robin era el que venía de afuera, tenía éxito, se llevaba la guita, se iba a pasear por el mundo, tenías las minas ¡y nunca ayudaba a nadie! Un personaje así no les podía caer bien a sus compañeros de oficina.

-¿Cómo fue que se juntaron Julio Neveleff, Leandro Paolini Somers y vos para armar este libro tan completo y, a la vez, tan hermoso?

-Todo empezó, como les contaba, con el reportaje que le hice a Robin cuando yo trabajé, durante un periodo muy corto, en Columba. Estuvimos dos horas charlando y, más allá de la historieta, conocí a Robin el hombre. Ahí me quedó le germen de escribir la biografía.

-Pero pasó un tiempo en el que no te decidías. ¿Cuál fue el impulso definitivo?

-En 2009, Leandro me dijo que hiciéramos una línea de tiempo para ir viendo en qué momento de la vida de Robin pasaban los hechos que nombraba. Nos quedaron más agujeros que líneas. Entonces empecé a revisar todos los reportajes suyos que encontré para completar su vida en cierto orden. Pero la vida de Robin es muy compleja. Era una tarea casi imposible.

-¿Cómo lo solucionaron?

-Se me ocurrió entrevistar a Robin cuando viniera a Buenos Aires. Y vino, por primera vez, a una exposición en Mar de Plata organizada por Julio Neveleff, quien, justamente, estaba con el grabador prendido haciéndole preguntas hacía tres días para escribir un libro. Ahí decidimos juntarnos los tres para hacer un libro poderosísimo.

-Él vio este material, ¿no?

-Cuando tuvimos todo listo se lo mandamos a Robin. Agregó bastantes cosas, como historias con sus amigos en Suiza y sacó un par de boludeces que no le gustaron. Y nos dio el okey. Por eso nosotros salimos a decir que es la biografía autorizada.

-Hay una cantidad importante de fotos, además, que no eran conocidas.

-Yo había sido webmaster de Robin, le había manejado la web y tenía muchas fotos que Graciela Sténico, su mujer, me había ido mandando y que nunca nadie había visto antes.

-También es para destacar el diseño del libro. Sale de lo común.

-El diseño fue una sorpresa gratísima que nos dio la gente de Editorial El Ateneo. Ellos entendieron por dónde venía el libro, cómo la historia de Robin está intrínsecamente relacionada con la Editorial Columba, cómo sus personajes marcan una época. Y el diseñador, hábilmente, trata de volcar la estética de historieta con esos colores columberos. Esa es una atracción extra. Un golazo.

-Saliendo, ya en el final, de este formidable libro, contanos tu experiencia de Comiqueando.

-Tiene una historia larga que arranca cuando mi hermano (Andrés) y yo teníamos 16 y 17 años. Hicimos un fanzine, que es un magazine hecho por fans. Era una revista de información para contarles a los demás, a esos pocos que leíamos cómics a mediados de los ochenta, las novedades, reportajes a artistas. Lo hacíamos en máquina de escribir en casa, con fotocopias, lo vendíamos nosotros a mano. Fue algo muy humilde que duró un año y 11 números.

-¿Cómo siguieron a partir de ahí?

-En el 94 lo sacamos como revista y duró hasta la crisis del 2001. Fueron como 52 números que ya se vendían en Chile, en España, en México. La Comiqueando marcó a una generación por la buena onda que teníamos con los autores y con el público. Nunca dictamos cátedra.

-¿Y después de la crisis qué vuelta le encontraron?

-A partir de 2003 Comiqueando se convirtió en una página web donde todos los días actualizamos materiales, noticias, historietas cortitas que hacen amigos, reportajes, secciones. Y este año, gracias a que, con la pandemia, nos dimos cuenta de que la gente quería más información y comprar cosas desde la casa y descargárselas, empezamos con la Comiqueando digital, de la que ya salieron dos números. Esta revista tiene material totalmente nuevo para descargarse en comiqueandoshop.blogspot.com.

-¿A quién le dedicaron el primer número?

-A Jack Kirby, principalmente, que es el más grande de los artistas norteamericanos. El número dos está dedicado a Carlos Trillo, que es otro de los grandes guionistas argentinos junto con Oesterheld y Robin Wood. Es la tercera pata.

-¿Y cómo viene el siguiente número?

-El número tres está dedicado a Osamu Tezuka, que es el dios del manga; el hombre que inventó la historieta en Japón y va a salir en setiembre.

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