Comparar provincias no siempre es sencillo. Cada una tiene una realidad distinta, una estructura económica propia, sectores más fuertes, sectores más rezagados y desafíos particulares. Por eso resulta interesante el trabajo realizado por Empiria Consultores, que elaboró un ranking productivo provincial a partir de distintas variables vinculadas con producción, empleo privado, mercado interno, inversión y presión impositiva.
Para Mendoza, la lectura es positiva. La provincia aparece entre las 10 mejor posicionadas del país y, si se deja de lado a las jurisdicciones patagónicas —que tienen características muy especiales por su peso energético y su baja población relativa—, Mendoza queda incluso mejor ubicada dentro del mapa nacional (top 5).
Esto no significa que esté todo resuelto. Significa algo más importante: Mendoza tiene una base sólida para crecer. Y esa base no apareció de un día para el otro. Es el resultado de una forma de administrar, de ordenar las cuentas públicas, de cuidar al sector privado y de entender que la competitividad no se declama: se construye con decisiones sostenidas en el tiempo.
Uno de los datos más relevantes del informe es el peso del empleo privado en Mendoza. La provincia muestra un 40% de empleo privado sobre población total, un nivel similar al de Córdoba y cercano al de Santa Fe y CABA. Esto habla de una economía con empresas, pymes, comercio, agroindustria, servicios, construcción y actividad industrial. Es decir, una economía que no depende solamente del Estado ni de un único recurso natural.
Esa es una fortaleza mendocina que muchas veces no se valora lo suficiente. Mendoza tiene una cultura del trabajo privado, de la producción, del esfuerzo empresario y de la búsqueda permanente de nuevos mercados. En tiempos donde la Argentina vuelve a discutir cómo ser competitiva, ese punto de partida es muy valioso.
También aparece un dato fiscal importante. Mendoza se destaca por tener una de las menores cargas de Ingresos Brutos para la industria, con una alícuota del 1%, y también una presión relativamente baja para la construcción. Esto no es menor. En una Argentina donde durante muchos años producir fue cada vez más caro, bajar impuestos distorsivos y ordenar el Estado es una señal concreta para quienes invierten, contratan y generan empleo.
A esto se suma que Mendoza mantiene un nivel importante de inversión pública en infraestructura: rutas, conectividad, energía, agua, logística y transporte son condiciones básicas para que el sector privado pueda crecer. La competitividad no depende solamente de tener buenos empresarios: también necesita un Estado que no estorbe, que ordene, que invierta bien y que acompañe el desarrollo productivo.
El ranking también muestra que Mendoza tiene un mercado interno relevante. La provincia aparece bien ubicada en ventas de supermercados y en demanda de energía industrial, dos indicadores que muestran movimiento económico real. Hay consumo, hay actividad y hay producción. Pero también aparece un desafío claro: Mendoza necesita exportar más.
Este es probablemente uno de los puntos centrales para la próxima etapa. Nuestra provincia tiene historia exportadora, especialmente por el vino y la agroindustria, pero esos motores tradicionales vienen enfrentando dificultades. El consumo mundial de vino se ha desacelerado y la producción petrolera convencional ya no tiene el mismo dinamismo de otras décadas. Por eso, Mendoza necesita sumar nuevos motores de crecimiento.
Ahí aparecen la minería, la energía, el turismo, los proveedores especializados, la economía del conocimiento y los servicios profesionales como oportunidades concretas. El informe muestra que provincias como Neuquén, San Juan y Río Negro están traccionando grandes inversiones vinculadas con hidrocarburos y minería. Mendoza todavía no está en ese nivel, pero ya empieza a aparecer en el mapa de los grandes proyectos RIGI.
La oportunidad es clara: si la provincia logra combinar su institucionalidad, su infraestructura, su capital humano, sus empresas proveedoras y una regulación razonable, puede dar un salto importante en los próximos años. No se trata de abandonar lo que Mendoza ya es. Se trata de sumar nuevos sectores a una matriz productiva que necesita crecer, exportar más y generar mejores salarios.
Porque ese es otro desafío. Mendoza tiene buen nivel de empleo privado, pero necesita que ese empleo sea cada vez más productivo y mejor remunerado. La discusión de fondo no es solamente cuántos puestos de trabajo se generan, sino qué tipo de empleo queremos para el futuro: empleo con más tecnología, más valor agregado, más capacitación y mejores ingresos.
La Argentina que viene va a exigir algo distinto. Ya no habrá margen para crecer sobre la base de brechas cambiarias, subsidios generalizados, protecciones artificiales o impuestos cada vez más altos. El país necesita producir más, exportar más, invertir más y competir mejor.
En ese nuevo escenario, Mendoza tiene una ventaja: hace años que empezó a recorrer ese camino. Queda mucho por hacer, por supuesto. Pero la dirección es correcta. Y cuando una provincia tiene orden, tiene empresas, tiene trabajadores, tiene potencial exportador y tiene decisión política para sostener una agenda de competitividad, el futuro deja de ser una promesa abstracta y empieza a convertirse en una oportunidad concreta.





