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Sztajnszrajber: "Parafraseando a John William Cooke, el bilardismo es un hecho maldito del fútbol burgués"

Algunas de las ideas centrales del filósofo Darío Sztajnszrajber recogidas de su charla para el ciclo 2020 de escritores de Grupo América y Grupo Planeta

Darío Sztajnszrajber es docente de filosofía y pincharrata. También conductor de Mentira de la verdad.

Así se define en su cuenta de Twitter, donde también enseña, por traducción fonética, cómo se pronuncia su apellido impronunciable: shtain-shraiber. Hasta tal punto impronunciable que su hermano Mauro, el periodista de policiales, directamente cambió su nombre a Mauro Szeta. Para aliviar la carga de todos aquellos que deban mentarlo o presentarlo.

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El fenómeno que constituye la evolución profesional e intelectual de Sztajnszrajber es notable y digno de estudio. Fundamentalmente porque hizo de una disciplina árida, de difícil acceso para buena parte del público, como es la filosofía, algo popular. Sus seguidores se amplían paulatinamente, sobre todo entre los jóvenes, en la lectura de sus libros, en sus clases -hoy básicamente virtuales debido a la pandemia-, en sus programas de radio, en sus espectáculos ligados al rock o en sus apariciones a través de las distintas redes sociales.

Es un innovador. ¿Y un transgresor? Él mismo reconoce: “Siempre estoy buscando la manera de sobrepasar los límites del género”.

Lo que sigue es la transcripción de algunas de sus ideas centrales, recogidas de su charla para el ciclo 2020 de escritores de Grupo América y Grupo Planeta sobre la base su nuevo libro, Filosofía a martillazos 2, como si fueran los apuntes de un alumno interesado.

Nuevas ventanas que abrió la pandemia

Para un profesor y autor de intenso contacto con su público, la cuarentena debió significar un cambio considerable.

“Todo esto cambió la manera de trabajar. Yo a Mendoza fui un montón de veces; y a todo el país, recorriéndolo con cursos, con charlas. Ahora lo hago desde acá, sentado, en casa, con lo cual los tiempos son otros. Es cierto que me ha dado en mi laburo una expansión inédita. Vía streaming tengo alumnos de Rusia, algunos de Francia… Es increíble lo que se ha expandido una manera de trabajar que no teníamos en cuenta. O sea, como siempre decimos, está claro todo lo que se perdió, pero, al mismo tiempo, se abren vetas nuevas. Y está buenísimo”.

Clases virtuales: una reerotización

La pandemia funciona como laboratorio para los estudiosos de las ciencias humanas. ¿Qué se ha ganado y qué se perdió, hasta acá?

“Es demasiado pronto para hacer un balance tan taxativo. La posibilidad de un acceso mayor a gente que no es del lugar a donde vas es evidente. A mí, por otra parte, no me daba el cuerpo para poder ir a todos lados. Es obvio que lo presencial implica un contacto, una calidez, una transferencia que, vía streaming, al principio, no los tenés. Pero con el tiempo vas encontrándole también la onda. De repente, en mis cursos hay un chat donde tengo unos 1000 alumnos por clase. Y todos, a la vez que están escuchando la clase y siguiéndome, discuten entre ellos, hacen preguntas, algo que en una clase presencial no ocurre porque interrumpe, desconcentra. Ahora eso genera una reerotización. Y mis clases quedan durante una semana para poder ser vistas y escuchadas en cualquier momento”.

Hacia una superación del ámbito educativo

La red, según dice Sztanjszrajber, pareciera estar más viva. Sería el lado positivo de la situación.

“Yo hace rato que trato de escaparles a las categorías positivo o negativo, optimismo o pesimismo. Creo, sí, que esto nos está transformando y que la transformación tiene más que ver con las diferencias que acaecen y nos permiten ir a lugares a los que, por algo, antes no podíamos ir. Porque, veamos, durante muchos años discutíamos sobre el lugar de la informática en la escuela en este tipo de eventos; y no nos animábamos a abrir perspectivas diferentes. De repente esta situación te llevó puesto, no te quedó otra. Y lo que empezaste a descubrir es que, primero y principal, la informática no es reemplazo ni suplencia de nada; que un curso vía streaming no reemplaza el curso presencial o una clase; que un aula virtual no reemplaza un aula presencial; o, perdón que me meta con esto, que el sexting no reemplaza el sexo presencial. Estábamos muy atados al paradigma de la suplencia, ¿no? Como que la informática venía a reemplazar algo. Bueno, nos estamos dando cuenta que la informática genera una diferencia, que no es lo mismo que el reemplazo. Pero lo pudimos ver recién cuando nos quedamos sin opción. La pregunta que sigue es cómo vamos a recomponer esto. Cómo va a ser cuando empiecen a volver los eventos presenciales, cómo vamos a incorporar todo lo que se fue desplegando en estos tiempos. Me parece un gran desafío, incluso para lo que viene. Y no me cabe duda de que va a ser una superación del ámbito educativo”.

Valorar las redes sociales y deconstruir lo binario

Está visto que van a coexistir las técnicas y los formatos. Así como seguirán coexistiendo el libro de papel y el digital.

“Sin embargo, ¿viste como se rasgaron las vestiduras durante añares hablando sobre la muerte del libro? Me gusta siempre parafrasear a Nietzsche cuando dice ‘Dios ha muerto’. Lo que inmediatamente agrega es que, entonces, los humanos tenemos la tarea de sacralizar cada detalle de la existencia porque no es que murió Dios y murió la belleza, murió lo sacro. Al revés, lo que hay que hacer ahora es endiosar todo lo que tocamos. Acá hay algo parecido. La irrupción de nuevas plataformas descentra al libro de un único dispositivo que es el libro de papel. Lo cual no significa que no haya cultura literaria de otro modo. Es una hermosa discusión. Las redes sociales, por más que generen tanta animadversión, no han hecho otra cosa que reproducir la cultura literaria porque, por más cuestionamientos que hagamos, en las redes la gente escribe. Escribe y lee. Es decir, se discute y cuestiona que los jóvenes no leen, no escriben, y están todo el día mandando whatsapps, ¿viste? Y el whatsapp se escribe o un audio implica la elaboración de una oración. Quiero señalar con esto que no es tan binario el asunto, que no es que murió el libro y ahora somos todos productos de la imagen. Me parece que hay que ir siempre a la deconstrucción de ese binario y a ver justamente los entramados que se van armando ahí”.

La capacidad sorprendente de los jóvenes

Los chicos no solo leen y graban audios. También editan.

“Increíble. Sabemos que el editing es la clave de cualquier creación artística y ni hablar en el mundo audiovisual. La capacidad que tienen hoy los jóvenes desde su celular de grabar, hablar, escribir, editar y generar un proyecto, en un inmediatismo, es sorprendente para nosotros que somos del siglo pasado y que necesitamos hacer todos los pasos, pensar, desplegar, generar una planificación. Está buenísimo. Los cambios materiales en la tecnología modifican también nuestras experiencias del tiempo y del espacio, ¿no? Entonces, a veces uno tiene la sensación de que vive en mundos distintos. Cuando te descuajeringás con alguien más joven no es que solamente tenés estructuras perceptivas distintas, vivís en mundos distintos. Tenemos que empezar a asumir que el mundo no es uno, la realidad no es una sola, sino que se despliega en las diferentes formas de acceso y por lo tanto en la construcción de sentido que tenemos de la misma”.

Los chicos saben más que nosotros

Los niños, pequeños marcianitos que manejan el celular y las plataformas mejor que nosotros.

“Al revés, el marcianito sos vos. Voy a decir algo medio fuerte: hay un punto en el que vivimos tiempos históricos de una subversión del saber tal como nosotros lo concebíamos originalmente; porque si hoy el saber tiene que ver con el acceso y con la capacidad de diseñar, y sobre todo de encontrar y navegar por internet por donde hoy existe y se reproduce permanentemente la memoria colectiva, un chico sabe más que nosotros. No me cabe duda de que sabe más. Y yo, como docente, me tengo que replantear de qué modo me vinculo cuando la vieja idea de un saber vertical o de una propiedad del saber hoy eclosiona. Obvio que yo me sé de memoria los años en que nacieron y vivieron todos los filósofos de la historia, porque aparte soy un enfermito que le gusta saberse eso. Pero cualquier alumno mío tarda menos en encontrar el año de nacimiento de un filósofo de lo que yo tardo en escribirlo en el pizarrón. Yo la puedo cancherear y decirle: ‘Me lo sé de memoria’. ¿Viste?, la típica. Y mi alumno de 15 años me va a decir: ‘¡¿Memoria?! Memoria es la memoria colectiva en la que yo ingreso permanentemente porque sé cómo acceder a todas las redes’. La memoria biológica, la memoria mental, se ha vuelto como una especie de destreza, de técnica de circo. Yo me veo a los 80 años ahí en el circo. Me van tirando fruta y me van diciendo ¿en qué año nació Platón? Porque realmente los cambios son también cambios que afectan a nuestras facultades cognitivas. Me acuerdo hace años cuando empezó el fenómeno del celular en el aula. Docentes desesperados diciendo que los chicos no se concentran, que están haciendo cuatro cosas al mismo tiempo, que escuchan la clase, miran el celular, hablan con el otro, graban algo. En ese momento yo sentía: ¿no será al revés, que nosotros no podemos hacer cuatro cosas al mismo tiempo y no será que la idea de concentración monolineal o unilineal es algo que hoy ya se vuelve más un obstáculo, un impedimento, que una virtud? Digo, estos son los tiempos en que, además, esta pandemia ha generado un aceleramiento inédito en el manejo de la informática. Hasta mi vieja que no podía manejar un mouse, ahora ya te entra al home banking. Pero hasta el año pasado me decía: ‘Yo no voy a aprender y no quiero aprender, no me corresponde’. Y la tecnología se la llevó puesta”.

Bienvenidos al vértigo y al abismo

¿No da un poco de vértigo el flujo, la aceleración tecnológica y cultural de estos tiempos?

“Cualquiera que me conoce sabe que lo que voy a decir es ‘bienvenido el vértigo, bienvenido el abismo’. No te voy a decir que no me da vértigo, te voy a decir bienvenido el vértigo. De la situación que estamos viviendo, entre otras lecturas posibles, hay una que a mí me gusta y es que, de alguna manera, vino a blanquear algo que ya estaba sucediendo. O sea, ese blanqueo tiene que ver con cierta crisis estructural de una sociedad que hacía agua por todos lados. Entonces, si ahora uno siente el vértigo de la desvinculación del lazo social y, bueno, ¿no será que el lazo social venía desvinculándose hace rato y que en todo caso la pandemia no ha hecho otra cosa que mostrarlo exponencialmente, incluyendo las formas de explotación laboral? No encuentro que la situación que se ha generado con la pandemia sea 180 grados diferente respecto de cómo veníamos. Lo veo más como una continuidad o como un blanqueamiento. No le echemos la culpa a la pandemia de que somos un desastre en la construcción de lazos comunitarios. El individualismo no es fruto de la pandemia y el confinamiento, es también confinamiento en uno. Digo, también, que el confinamiento como metáfora preexistía a este aislamiento en el que estamos ahora inmersos. Es el confinamiento en un individualismo exacerbado, negador radicalmente del lugar del otro. Por algo cuajó después el confinamiento y del modo en que cuajó. Hay un pensador que se llama Giorgio Agamben, que en una entrevista le preguntaron sobre el distanciamiento social y él dice: en realidad no sé por qué le decimos distanciamiento social a la necesidad de un distanciamiento físico. ¿No será que ante la necesidad de un distanciamiento físico como modo de interrumpir el contagio, los grandes grupos de siempre se aprovecharon de la movida e impregnaron nuestra subjetividad con la idea de distanciamiento social? Es decir, no hace falta el distanciamiento social, hace falta el distanciamiento físico, pero si lo llamás social es porque, de paso cañazo, te llevás puesto lo más fundamental en el armado de una sociedad más justa que es la posibilidad de un encuentro con el otro”.

La mejor manera de perder el tiempo

Detesta que le digan: ‘Darío, aprovechá el tiempo’. Le da pánico. Contra la lógica de la productividad, hay otras formas de perder el tiempo

Yo, cuando pierdo el tiempo, gozo. Yo me aburro cuando aprovecho el tiempo porque ese aprovechamiento no es genuino. Estás incursionando en una modalidad de productividad de lo temporal que te es ajena: te hacen ser un producto, te insertan en un sistema de productividad donde uno, al estar aprovechando el tiempo, lo que está haciendo es generar el rédito que ese sistema necesita que se genere. Por eso a mí me aburre el cumplimiento normativo de ciertas formas de la buena vida que se supone por las que uno tiene que pasar y ni hablar en términos profesionales. Para mí perder el tiempo tiene que ver con, justamente, poder salirse de cierta productividad. Obviamente, no se trata de estar tirado en la cama mirando el techo sin hacer nada, sino escaparle al tiempo productivo. ¿Cómo pierdo el tiempo yo? Me junto con mis hijos a charlar. Y no les estoy pasando la agenda del día de mañana, sino que nos podemos colgar hablando de cualquier cosa. Cocino, por ejemplo. Es una manera para mí fascinante de perder el tiempo productivo, más allá de la necesidad productiva de hacer la comida para que los chicos coman. Y como el tema es perderle al tiempo su obsesión con lo utilitario, entonces, por ejemplo, miro la tele. Y miro cualquier cosa, no es que aprovecho y veo un documental en Canal Encuentro de la vida de Deleuze; no, me veo Master Chef, ¿viste? O veo fútbol, algo que me entusiasma mucho y me engancha, pongo mi pasión ahí también. Esas son formas para mí de salirse del tiempo productivo”.

Pincharrata, bilardista y antilírico del fútbol

Hay muchos filósofos futboleros, como Tomás Abraham. Sztajnszrajber, como buen pincharrata (hincha de Estudiantes de la Plata) es bilardista a muerte.

“Tomás es hincha de Vélez y charlamos mucho con él de fútbol. Yo soy muy bilardista porque soy del Pincha. Me gusta todo el fútbol, me gusta verlo, me apasiona el mundillo del fútbol, también el periodismo deportivo y me encanta la cosa de David contra Goliat, o sea, esos partidos en los que un equipo con tres jugadores menos empata en el último minuto. Lo épico, y dentro de lo épico, todo lo que tenga que ver con lo estratégico, jugando al límite para dar vuelta un resultado que parece ya cerrado. Obviamente, soy antilírico, no me cabe el tiki-tiki. El fútbol, según creo, tiene mucha representación de la identidad y de lo social, pone en juego ciertas cuestiones. Y me parece que hay una falacia en el lirismo futbolístico, que es suponer que todos los equipos parten de igualdad de condiciones para después ir a dar un espectáculo común. La idea de espectáculo con el fútbol no cuaja. Yo no disfruto el fútbol, lo padezco, sobre todo cuando juega mi equipo. Y creo, después, que a un equipo chico contra un equipo con un presupuesto millonario no le podés pedir que juegue de igual a igual para que la gente, mientras come pochoclo, se ría de lo que está sucediendo. Ahí sale mi bilardismo. Está validado en que un equipo de menor valía, como pasa con la diferencia de clases que hay en una sociedad, tenga que estar siempre tocando los límites de lo legítimo para poder más o menos sostener un partido. Por eso creo que el bilardismo es una manera de entender el fútbol que pone el dedo en la llaga. A mí me gusta definir al bilardismo parafraseando a un intelectual peronista de la época de la resistencia llamado John William Cooke. Decía que el peronismo era el hecho maldito de una sociedad burguesa, de un país burgués. Para mí el bilardismo es el hecho maldito del fútbol burgués, el hecho maldito de un fútbol que se la da de ser una competencia sana donde todo el mundo va a jugar lindo, donde nadie quiere ganarle al otro, esa idea burguesa entre comillas del fútbol como bienestar. El bilardismo no es que esté en contra. Pone en evidencia que en el fondo todo el mundo quiere ganar y que lo que hacen es maquillarse de otra cosa para no hacerse cargo de su deseo.

Mucha filosofía y poca literatura

Sus autores literarios preferidos

Yo soy un enfermo de la filosofía. No puedo no leer filosofía. O leo filosofía para laburar o leo filosofía para perder el tiempo, pero estoy muy enganchado. Obviamente, leo los libros de mis amigos. Estuve leyendo justamente a otros de los autores que está en este mismo ciclo, Gabriel Rolón: su último libro, El Duelo. Lo presenté con él en Buenos Aires y me fascinó. La filosofía y el psicoanálisis son primos hermanos. También soy muy amigo de Felipe Pigna y cada vez que él saca un libro lo leo. También me fascina la historia. El último libro, así, más alejado que leí es uno de Luciana Peker, Sexteame, que está bueno. También es amiga, trabajo con ella y a mí todo el tema feminista me parece muy interesante, el abordaje teórico; pero al toque que leo algo de ese libro, me voy a buscar una cita de Judith Butler. O sea, me voy más al mundo de la filosofía feminista. Literatura de ficción no leo hace rato, salvo un libro de Pablo Katchadjian, el autor de El Aleph engordado que tantos dolores de cabeza generó. Este se llama Amado Señor. Es una serie de cartas que él escribe y está muy bien”.

La amistad es mejor que el amor

Con Luciana Peker, su amiga, suelen hablar de la deconstrucción del amor, del posamor, del sexting…

“En el tomo 1 de Filosofía a martillazos hablo del amor, en el tomo 2 hablo de la amistad y hago una comparación entre la amistad y el amor, algo que he charlado mucho con Luciana. La típica discusión sobre la amistad y el amor. Ahí doy unos argumentos de porqué la amistad es superior al amor, aunque hoy el amor parece tener mejor prensa. Creo que el amor está sobrevaluado en algún punto y por eso padecemos tanto. Recuperar algo de la amistad me parece que alivia y conecta más. Por tomar un punto, seguimos todavía y no le encontramos la vuelta a la discusión de la monogamia. Son de esos temas tabúes. Parece más fácil haber matado a Dios que haber matado a la monogamia, porque si te metés con la monogamia es como si te metieras con algo que tiene que ver con la propiedad íntima de uno, que es su pareja. Y la amistad no es monogámica, por tomar una diferencia. Podés tener tu mejor amigo, pero ahí se marca una relación más distendida, en el buen sentido, menos obsesionada con el otro. La amistad tampoco tiene un formato institucional. No hay un matrimonio para la amistad como sí lo hay para el amor, que después tiene toda una instancia jurídica. No hay instancia jurídica en la amistad, nadie le hace un juicio a un amigo porque no le da bola o no le atiende el teléfono. Me parece que esas diferencias están buenas además para potenciar la amistad, también para repensar cómo nos relacionamos con el amor. Creo que la deconstrucción del amor es fundamental en nuestros tiempos. Con Luciana Peker coincidimos en que es fundamental esa deconstrucción porque el amor no deja de ser un ideal romántico que, en tanto romántico, postula una heteronormatividad que genera una asimetría entre el varón y la mujer. Y esa asimetría está directamente ligada a un ideal de amor romántico tal como lo entendemos. Por eso deconstruir el amor es también llevarse puestas muchas de esas categorías que son, entiendo yo, nocivas y están muy naturalizadas. Por suerte el feminismo ha venido de algún modo a denunciar eso”.

"Soy un emergente del Canal Encuentro"

Sztajnszrajber pertenece a una pléyade de profesionales que son muy exitosos y populares desde distintas disciplinas: el historiador Felipe Pigna, el psicólogo Gabriel Rolón, el médico Daniel López Rosetti, el neurólogo Facundo Manes… ¿Cuál es el secreto del suceso?

Felipe (Pigna) fue medio un iniciador de toda esta movida. Pero en mi caso hay un fenómeno distinto. Si vos me preguntás qué es lo que pasó para que esto explotara de esta manera, para mí tiene nombre y apellido, se llama Canal Encuentro. Pasó algo increíble: una política de estado, básicamente; una política pública que apostó por un canal de televisión que más allá de lo partidario se instaló como una manera de divulgar el conocimiento y socializarlo de un modo inédito para nuestro país. Yo soy un emergente de ahí. Canal Encuentro es básicamente la continuidad del aula en términos masivos. Y me parece que es de los proyectos más injustamente subestimados, porque, más allá de quien haya sido gobierno en su momento, es un buen ejemplo de una política pública exitosa. Tiene que ver con qué provocó. Provocó fenómenos como la filosofía circulando por todos lados, pero mil fenómenos más. No hay país de Latinoamérica en el cual, en un aula, no se use un programa de Canal Encuentro. Y es un fenómeno nuevo. Acordate lo que era la divulgación en los 90, donde, por ejemplo, el filósofo, gran divulgador, era Jaime Barylko. Era muy bueno en eso, yo tengo sus libros. Pero era un fenómeno individual. La divulgación estaba ligada a una cosa más mercantilizada y hoy aparece esta otra lógica: pensar la divulgación más como un modo de acercamiento o apropiación del saber por parte de la ciudadanía. Cuando explota Merlí, la serie, ya estaba armado. No fue raro que explotara. En Mendoza hay una multitud de escuelas que me escriben porque utilizan mis programas en el aula. Por eso digo, hay algo ahí que se juega en otra liga. No es solo un tipo que sabe hablar de filosofía sino que hay un contexto estructural. Yo siempre voy estar más pensando en la transformación que se genera desde las estructuras que desde las personas individuales. Y por eso mismo no estoy a favor de las meritocracias individuales”.

Un manual: "El mundo de Sofía"

Pedido de consejo al profesor: un libro de filosofía para alguien que recién se inicia.

Yo soy muy promanual, el académico es antimanual. Soy promanual, o sea, El Mundo de Sofía, del noruego Jostein Gaarder, de acá a la China. Librazo para el que nunca leyó filosofía o para el que sabe muy poco. Librazo: ordena, ubica. Y después, una vez que leés un buen manual, un buen comentario que te ubica y te enmarca, te les animás a los textos originales. Siempre hay que leer un Platón, un Nietzsche, un Marx; leer a Foucault, los seminarios; pero primero tener una base, que te la da un buen manual”.

Platón y Aristóteles, como Cervantes y Shakespeare

En toda la historia de la literatura, hay dos monstruos sagrados, dos pilares indiscutibles, Cervantes y Shakespeare. ¿Pasa lo mismo en la filosofía?

“En filosofía pasa lo mismo. Hay un pensador del siglo XX que se llama Whitehead, que dice que toda la historia de la filosofía no es nada más que una nota a pie de página del debate que inauguraron Platón y Aristóteles. Como que ellos constituyen dos concepciones antinómicas, opuestas, sobre la realidad. Y todos los pensadores y pensadoras que vinieron después no hacen más que tomar partido por uno o por otro. No hubo ningún cambio rutilante. La diferencia la expresa muy bien un cuadro de Rafael, del siglo XVI, llamado La Escuela de Atenas, donde están todos los filósofos en un pórtico. En el gesto corporal de cada uno está de algún modo encriptada la forma en que piensan la filosofía. Y en el medio, Platón y Aristóteles están discutiendo. Platón, con un dedo señala para arriba. Aristóteles lo mira como incrédulo y con su dedo señala para abajo. La lectura de esto es que, para Platón, la verdad está en el más allá y para Aristóteles a la verdad hay que buscarla en el más acá. La diferencia entre si la cosa es trascendente o inmanente, si la verdad está en otro mundo o en este mundo, esa es la gran grieta de la filosofía. Después aparecieron todos: Descartes, Marx, Nietzsche… pero en definitiva se entroncan en una o en otra de las posturas”.