Es muy bueno comprobar que la Ciudad ha bajado uno o varios cambios. Y es estimulante tenerla para uno. Se puede conseguir con más facilidad estacionamiento, hay que hacer menos colas, se pueden obtener turnos en la misma semana y no para dentro de un mes y medio, no hay que viajar apelotonados si nos toca andar en micro. Y hasta se pueden ver menos caras tensas y apuradas en las calles.
¡Salve, enero! Gracias por bajarle varios cambios a esta Ciudad que amamos
Enero es como tener la ciudad para uno. En la calle todo es un poco más tranqui y no se ven tantas caras tensas. Los que toman micros no van apelotonados
¡Salve, enero! Por estos días se le encuentran aspectos positivos a cosas rarísimas. Por ejemplo, un pariente me decía hace unas horas que lo bueno de este mes es que hay que esperar menos tiempo para ingresar con el coche a las rotondas. Gente rara. Para los que viven cerca de lugares rumorosos (una escuela, por caso) es una bendición el silencio. Diciembre es Metállica. Enero una balada de Joni Mitchel.
A quienes nos gusta caminar por la Ciudad mirando los detalles, en enero se nos da la oportunidad de advertir que si detectamos a ciclistas aguardando que el semáforo les dé verde es porque son turistas extranjeros que han alquilado bicis para hacer sus propios recorridos. El común de nuestros ciclistas (y no pocos motociclistas) encuentra insoportable ese detalle de civilidad.
En un mes como éste, sobre todo a la mañana, si usted, mendocino, va por la calle San Martín no puede andar a las zancadas. Por respeto al verde fulgurante de los plátanos tiene que ir despacio y detenerse ante eso como si fuera un viajero recién llegado. Tanto esplendor de la naturaleza no es moco de pavo. En las calles de París o Londres hay plátanos de 300 años. ¿Estaremos cuidando a los nuestros para que lleguen a esa edad?
Levantar la vista
¿Cuánto hace, lector, que usted no levanta la vista para observar esa maravilla que es el edificio del Pasaje San Martín? Hay que hacerlo con lentitud tanto desde nuestra principal avenida, como también desde la peatonal Sarmiento.
Sugiero no mirar a las apuradas ni usar de inmediato el celular para grabar imágenes, sino hacerlo con sus propios ojos para hacer foco en los detalles estructurales y decorativos o para imaginarse las vidas detrás de esas ventanas. Acuérdese que este 2026 ese emblema del centro cumplirá 100 años.
Y ya que está en el kilómetro cero de la Ciudad, por favor gire y eleve la mirada hacia esa especie de cohete a la luna que es el Edificio Gómez, que supo ser un hito arquitectónico cuando se inauguró a mediados de los años '50, una mole que siempre se distinguió desde varios kilómetros antes de llegar al centro así viniere usted desde cualquiera de los puntos cardinales.
Hoy muy pocos hablan de esa construcción porque ya es parte del mobiliario ciudadano. Los jóvenes ni saben que se llama Edificio Gómez ni que también le decían "el edificio del Canal 7". Para mi la mejor visión de ese "rascacielos" mendocino, y de otros como el de Galerías Piazza donde funcionó el Canal 9, es la que vemos cuando bajamos desde el oeste de la Ciudad por avenida del Libertador. Desde el piedemonte esas construcciones céntricas parecieran juntarse allá abajo, como si fueran un grupo de humanos reunidos para una foto.
En este enero me han pasado pequeñeces singulares. Desde un edificio de altura de avenida España, donde realizaba un trámite, me quedé asombrado con la visión que me ofrecía la cúpula del edificio del ex Banco de Mendoza en 9 de Julio y Gutiérrez, hoy sede del Espacio Contemporáneo de Arte (ECA). Sí, la que se quemó y luego arreglaron.
Singularidades
Además, en este mes que reúne finales y comienzos, tomé (perdón si lo consideran una pavada) por primera vez café para llevar. Juro que nunca había comprado café para ir tomando por la calle en esos vasos con tapitas y un orificio. Nunca compartí esa costumbre yanqui de ir comiendo o tomando por la calle. Bien, ya tenemos un prejuicio menos.
Otro día descubrí pinchaduras de clavos en dos de las cubiertas del auto familiar. Llegué en llanta a la primera gomería que encontré, que no estaba cerca. Gente amable. "Viejito, sos increíble: pinchaste dos veces en un día", me dijo el gomero al despedirme.
Hace una semana vi, con mucho gusto en Netflix, Oppenheimer, la poderosa película de Christopher Nolan, sobre el físico norteamericano que creó la bomba atómica. El año pasado no alcancé a verla en los cines, que es donde se deben ver superproducciones de ese tipo. La electrizante escena en que se cuentan los momentos previos a la explosión de prueba de la bomba en el desierto de Nueva México es una lección de cine.
Efectos de sonido y una música tensionante ponen los pelos de punta, pero sin embargo cuando realmente explota la bomba, el director elimina el sonido y deja sólo la imagen. Pone al espectador frente a esa hecatombe y le saca la estridencia para que, todavía con la boca abierta, comience a tomar conciencia de lo que se ha desatado. Cillian Murphy, el actor que encarna al físico, se muestra en estado de gracia.
La vuelta de Lawrence
Ahora estoy viendo en Netflix, con emoción, Lawrence de Arabia, de 1962, soberbia película de David Lean, que disfruté por primera vez en el cine Lavalle de Mendoza cuando tenía 10 años. Con un un primo vinimos desde Palmira al centro en micro en plan primera salida solos. Como dura casi 4 horas hemos decidido con mi mujer verla como si fuera una serie de 3 capítulos.
Las calles Lavalle y Buenos Aires y la galería Tonsa, que fueron durante años destinos cinematográficos semanales, hoy son sitios por los cuales me cuesta caminar. A uno le hace ruido ver que esas salas, donde fuimos felices, mutaron en playas de estacionamiento o que son presa del abandono. Los complejos de cines de los malls están bien, pero aquellos otros portaban otra sustancia. Ni mejor ni peor, distintos.
Desde que vi Oppenheimer, estoy buscando en mi biblioteca y en mis cajas uno de los mejores libros de crónicas que he leído. Lo escribió un periodista excepcional, Tomás Eloy Martínez, y se llama Lugar común la muerte. Allí está la mejor descripción que conozco de lo que dejaron las explosiones de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Quiero aprovechar bien este enero.
Bueno lo voy dejando, porque veo que viene el micro. El auto está en el taller, perdía agua. Seguramente iré sentado y podré mirar más tranquilo el entorno y la gente, reparar en sus rostros, tratar de descifrar en qué "modo" van, pero sobre todo poder observar la versión más serena de ciudad que nos deja este enero.








