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¿Por qué la política tiene tanto miedo a la hora de defender la democracia?

Una movida anarco tomó de rehén la ciudad de Mendoza y le prendió fuego a las sedes de los poderes del Estado. El Gobierno se guardó y no ordenó actuar a la Policía. ¿Cómo entender?

Una conciencia molesta, pegajosa, nos persigue desde el viernes pasado, 18 de diciembre. Ese runrún crítico nos pregunta: ¿por qué dejamos que 50 tipos tomaran de rehén a la Ciudad de Mendoza y que se dieran el gusto de quemar parte de la Legislatura, provocar toda serie de daños en la Casa de Gobierno y de pintarrajear y apedrear el Poder Judicial, sin que ningún policía asomara por esos sitios emblemáticos y sin que aparecieran de manera urgente los bomberos para apagar las llamas?

Esos hechos de violencia, que han vuelto a situar en otro diciembre las peores protestas para el gobierno de Rodolfo Suarez, se desataron cuando se desconcentraba la masiva marcha convocada por la agrupación "Ni Una Menos" que reclamaba justicia para la adolescente de 14 años Florencia Romano, asesinada de manera atroz en Maipú.

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¿A qué se debe que los políticos tengan tantos temores a la hora de defender la democracia y el sistema republicano? No se trata de salir a dar palos a diestra y siniestra ni mucho menos a herir porque sí a nadie. Pero tampoco a dejar que nos quemen la casa.

¿Temían acaso los gobernantes por los errores cometidos en el 911 cuando no le dieron importancia a la llamada de un vecino que advertía de un hecho violento en la casa de la pareja acusada de matar a Florencia? ¿Fue quizás una decisión culposa la de esconder a la policía?

Cuando hay una fuerza policial profesionalizada, el manejo de estos desbordes antisistema están claramente protocolarizados y la represión legal, la de los uniformados a los que el pueblo ha armado, llega tras una serie de pasos previos tendientes a la disuasión.

Mientras peor, mejor

Los 50 o 100 exaltados que desataron la furia habían ido a la marcha expresamente a generar violencia. Tenían clarísimo el objetivo. Donde no hubo suficiente lucidez fue entre los funcionarios políticos que fallaron al no desactivar con inteligencia a los ultras. La extraña lógica gubernamental con que intentaron explicar luego el desatino se basó en que si la gente veía a policías se iba exaltar más.

No eran ni 5.000 ni 10.000 a los que había que circunscribir. Cuando se desató la locura, el grueso de la marcha ya volvía a sus casas. Los que quedaron se dedicaron a depredar. Esas decenas de supuestos esclarecidos dejaron pintada la "A" de anarquía por todos lados, dibujaron prolijas figuras de fuegos en la paredes del edificio donde habitualmente deliberan los representantes del pueblo, y enchastraron imágenes de José de San Martín en el ingreso al edificio de la Sala de la Bandera.

No sólo faltó prevención, presencia y disuasión policial sino que también parece haber brillado por su ausencia la tarea previa de inteligencia democrática. No había vallas ni dificultades para enseñorearse en la Casa de Gobierno. Dicho sea de paso: la seguridad exterior de la sede del Poder Ejecutivo mendocino ha sido descuidada desde hace años por las sucesivas gestiones. Tampoco fueron valladas la Legislatura ni los Tribunales. Por un lado, tierra liberada para la joda anarquista; y por el otro lado, un Estado que descuida el poder simbólico de sus instituciones.

Curarse en salud

El gobierno de Suarez ya debería estar curado de espanto. Diciembre parece ser un mes cuasi fatídico para él. Hace un año los ambientalistas le hicieron anular a este gobernador una de las primeras leyes votada en su gestión (la que reabrió la actividad minera). Además lo obligaron a reponer la ley antiminera 7.722 que previamente había sido derogada por una mayoría de los representantes del pueblo.

Doce meses después, los conocidos de siempre fueron por más: bombas molotov, piedras, palos y vandalización fueron usados para denigrar a las instituciones.

No hay que dudar en utilizar las herramientas de la legalidad y en poner en marcha la profesionalidad republicana en materia de seguridad. No hay otro antídoto contra la sinrazón.