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Pigna y su Gardel: "Carlitos en el 30 hizo los primeros videoclips de la historia"

La charla de cierre del Ciclo de Escritores organizado por Grupo Planeta y Grupo América, a cargo de Felipe Pigna, dejó una imperdible descripción sobre Gardel

Una biografía -abarcadora- sobre Carlos Gardel, nuestro máximo cantor popular, a cargo de un historiador de los alcances y los quilates de Felipe Pigna, es un acontecimiento editorial.

El ciclo de escritores 2020 de América/Planeta/LasHeras tuvo la fortuna de contar con Pigna para su charla de cierre, coincidiendo, justamente, con la aparición del Gardel en las librerías de todo el país.

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Felipe abordó el diálogo (virtual, como manda la pandemia), al igual que todos estos años, con las expectativas y la ansiedad de un panadero que llega con su pan bajo el brazo.

-¿Qué te trajeron la pandemia y el mundo-streaming, para bien y para mal?

-Para bien, porque pude concentrarme en el libro. Aproveché estos meses de pandemia para revisarlo. Y también para bajar unos cambios: esto de no viajar tanto, de estar en casa, de compartir con la familia. El recurso del Zoom y el Skype es buenísimo porque te permite estar en cualquier lado, en un mismo momento. Lógicamente comparto la preocupación de todos por lo que estamos viviendo. Pero me quedo con el lado positivo de lo que implicó en lo personal y en lo profesional. Y uno tiene un cierto entrenamiento de estar en casa, también. Nuestro oficio no nos hizo padecer tanto al principio.

-Ustedes, los historiadores, deben sentir cierta picazón por el hecho de estar viviendo un momento histórico. Se estarán imaginando cómo habrán de tratarlo y titularlo los historiadores del futuro.

-Completamente. La verdad que sí. Es un hecho absolutamente histórico que va a quedar registrado. Y también lleva a vincularlo con las otras pandemias que tuvimos. Uno, inmediatamente, como historiador, hace asociaciones respecto de cómo nos fue, cómo salimos, cómo quedó la humanidad después de cada una. Eso me pasó bastante. Y, sí, es raro ser protagonista de un hecho histórico universal, como es este caso.

-Por otro lado, en la biografía de Gardel te encontrás con una de esas pandemias que afectaron el mundo, la llamada gripe española.

-Efectivamente, la pandemia de 1918. Acá también hubo cuarentenas, básicamente de barcos. Se los hacía estar en cuarentena entre 15 y 20 días. Hubo cierre de teatros, de espectáculos. Fue una pandemia tremenda que a la Argentina afectó relativamente. En el mundo causó 55 millones de muertos. Además, lo agarró con el sistema sanitario colapsado por la guerra. Fue, justamente, el año del fin de la contienda y estaban todos los hospitales llenos de heridos. Por eso fue más grave de lo que podría haber sido.

-Supongo, además, que a nuestro país no le pegó tanto porque, entre otras cosas, no había tanto tráfico entre los continentes como ocurre hoy.

-Absolutamente. La única vía de ingreso del virus fue el barco y luego se expandió en la Argentina por el tren. Llegó al Norte, donde causó la mayor cantidad de muertes por ser la zona más desprotegida, con el peor sistema hospitalario. En total, hubo 15.000 muertos. Es mucho, pero comparativamente con lo que pasó en otros países, como en Europa o en Estados Unidos, por ejemplo, no fue tan grave.

-¿Y eso se reflejó en la música?

-El tango se ocupó de la gripe española. Le dedicó varios temas.

-De toda tu producción, destaco y reúno tres libros, porque en ellos te ocupás de tres grandes figuras con rango de mitos nacionales indiscutibles, unánimes: San Martín, Belgrano y Gardel. Conforman una Santísima Trinidad argentina. ¿Coincidís con esto?

-Sí. Ya la frase misma “es Gardel” resultada toda una definición. Alude a una persona que está por encima de todo. Es un personaje querido del cual casi nadie habla mal. Además, se lo merece. Como se ve en el libro, era una muy buena persona. Un tipo tremendamente generoso, muy empático. Muy de ayudar sin fanfarronear con eso. Así que me gustó el personaje, de quien no conocía mucho. Estos dos años me fui gardelizando, entrando en ese mundo tan loco del tango, el mundo del espectáculo de aquel París, de aquella Barcelona, aquel Buenos Aires, aquel Nueva York, por los que transitó Carlitos. Y es una ventaja hacer biografías de gente querida. Es más simpático.

-Gardel, como ponés al principio del libro, es “el bronce que ríe”. San Martín y Belgrano también están el bronce. ¿A cuál de los tres te costó más bajar del bronce y humanizarlo?

-A San Martín. No por él, que era una persona completamente humana, simpática, graciosa. Le gustaba la guitarra, el buen vino… Le gustaba la vida. Él no era bronce; lo hicieron de bronce. Por lo tanto había que, como se dice ahora, deconstruirlo y ponerlo en su lugar, en como era él: una persona enormemente querible, muy empático, muy allegado a su gente. Entonces, me costó porque hay una instalación muy fuerte de lo que fue San Martín: casi una leyenda, un mito, como decís, que no sonríe. Es un bronce que no sonríe.

-¿Y con Gardel cómo fue la cosa?

-A Carlitos no me costó bajarlo. Me costó seguir la cantidad impresionante de mitos y leyendas que hay en torno a su vida, lo que se dice que fue y que no fue, lo que pasó y no pasó. Por cada cosa entrás como en un laberinto. Para un historiador es apasionante tener que revalidar permanentemente y revisar fuentes diversas para ver con qué te quedás a fin de cuentas.

-Aun así y pese a todo tu trabajo documental, igual quedan flotando algunas leyendas. Por ejemplo: ¿estuvo o no con Frank Sinatra?

-No lo sabemos. Es posible que haya estado. No hay documentos probatorios. A mí me hubiera encantado que se hubiera producido el encuentro allá por el año 81. La verdad es que suena muy bien. Mejor no podría sonar. Son dos tipos que tienen ese pasado de chicos de la calle, vinculados a algunas amistades non sanctas, etcétera.

-Sí. Los dos amantes de la noche, de las malas juntas, de la bohemia… Las relaciones peligrosas.

-Tal cual. Relaciones peligrosas que a veces les servían y a veces les complicaban la vida. A Carlitos le surgieron vínculos con personajes como Ruggierito o los Traverso, que son realmente de película.

-Los Traverso, “los Corleone de Buenos Aires”, como los llamás.

-Corleone del Abasto. Una familia tremenda. Eran unos italianos que tenían un restorán llamado O’Rondeman, que quiere decir “la abundancia” en genovés. Giggio, que era el dueño, pesaba 160 kilos y era una clara demostración de lo bien que se comía ahí. A la vez, los Traverso eran punteros del partido conservador. Tipos de avería, de andar calzados y distribuir el juego en el barrio.

-Entiendo que se armen leyendas sobre cosas no comprobadas como el posible encuentro con Sinatra, pero ¿por qué se sigue divagando en torno a si Gardel es francés, argentino o uruguayo? Las pruebas, certeras, documentales, que vos exponés son determinantes.

-La verdad es que eso no tiene mucho sentido. Además, yo estuve en cada uno de los lugares de Toulouse, donde se lo homenajea muy bien. Está la placa en la casa, la placa en el hospital donde nació. Hay un hermoso mural en la plaza del Capitolio, la plaza principal. Y justamente, increíblemente, a su lado hay otro mural de un tolosano destacado, Jean Jaurés, un gran dirigente socialista. Y Jean Jaurés será, después, el nombre de la calle en Buenos Aires donde estaría la casa de Gardel en la que vivía con su madre. Por lo tanto, no hay ninguna duda de que nació ahí. Es irrefutable

-No obstante, Gardel tenía buena onda con los tres países en cuestión.

-Claro. Gardel amaba el Uruguay, amaba Buenos Aires. Por eso estas cuestiones nos tendrían que unir en vez de separar. Yo no le doy mucha importancia al tema.

-Hay una anécdota muy bonita que ilustra ese amor por los dos países rioplatenses y es cuando Gardel, en la previa de la primera final del mundo entre la Argentina y Uruguay, va a visitar a los dos planteles.

-Exactamente. En un gesto muy lindo, con el amor que él les tenía a la Argentina y al Uruguay, va a los dos campamentos, a las dos concentraciones. Les canta, a cada uno, repertorios distintos y, al retirarse, cuando los periodistas le preguntan por su preferencia, dice: no quiero que gane ninguno, no me metan en este lío y se va.

-Lo curioso es que Gardel era más burrero que futbolero, pero fue sumando simpatías: aquí era hincha de Racing, en Uruguay de Nacional y termina muy aficionado al Barcelona en España.

-Sí, hincha fanático del Barsa, con amigos como (Pepe) Samitier o (Franz) Platko, que eran jugadores muy importantes en aquellos años y lo invitaban a conocer la noche tan linda de la ciudad. Estamos hablando de la década del 20 del siglo pasado. Yo estuve en el archivo del club, donde tienen fotos de Gardel y saben perfectamente que él era hincha. Un honor más para ellos. O sea que los culés pueden darse el lujo de tenerlos a Gardel y a Messi.

-Asombra, por otra parte, la cantidad de nombres legendarios que se van pegando a la trayectoria de Gardel, algunos de manera muy episódica, como es el caso de Ceferino Namuncurá en el Instituto Pío IX, cuando eran niños.

-Claro. Probablemente compartieron el coro en ese colegio. Ahí comenzó una amistad que duró un tiempo nada menos que con Ceferino, nuestro beato mapuche. ¡Mirá qué cruce lindo, histórico! Dos exponentes tan distintos y tan interesantes de la cultura popular.

-Eso, de chico. Y de grande cruzándose, por ejemplo, con Carlitos Chaplin.

-Sí, esa vida de maravilla que tuvo. Te referís al encuentro en el casino de Niza que duró toda una noche. Y el otro Carlitos, Chaplin, quedó tremendamente impresionado con Gardel. Le dio consejos porque Carlos le preguntó mucho sobre la industria norteamericana pues estaba por ir a filmar a Nueva York. Lo describe humanamente como una persona muy sensible, una persona que tenía como un dolor adentro, como algo que le pesaba. Es muy linda la descripción que hace Chaplin sobre Gardel para una revista de Estados Unidos. Y es muy tierno, a su vez, lo que Gardel le escribe a su madre. Estaba muy orgulloso de haber conocido a Chaplin.

-Por otra parte, uno tiende a creer que Gardel, como cantor popular, era algo así como un autodidacta, pero resulta que le gustaba aprender de los grandes. Entre otros, le dieron consejos Caruso y Tito Schipa, esos dos enormes tenores italianos.

-Es que a él, de chiquito, le gustaba la ópera. Cuenta (Eduardo) Bonessi, un maestro de canto que tuvo, que cuando uno, en sus películas, ve la cara de Gardel y su impostación al cantar, eso tiene que ver con la colocación de la voz, algo típico de la ópera. Efectivamente, como decías, se cruzan en un barco que los lleva a Brasil y ahí Caruso le da una serie de consejos muy curiosos.

-Como el hecho de no cuidarse la garganta…

-¡Claro! (ríe). Le dice una cantidad de cosas como que no se abrigue, que tome cosas frías… o sea, todo lo contrario de lo que diría alguien que da consejos sobre la garganta. Le hace cantar un fragmento y lo elogia tremendamente, le dice que tiene una voz extraordinaria, de cantante de ópera. Es un encuentro muy cinematográfico, si lo pensás: Gardel y Caruso, en la cubierta de un barco, hablando de canto… Una escena de película.

-Ahí tenés el núcleo de todo un capítulo para cuando hagás la serie sobre Gardel. Otro podría ocuparlo el Pulpo Leguisamo.

-Gardel tenía una relación muy contradictoria con el turf, de amor-odio. Le encantaba pero, a la vez, se vivía quejando de los caballos que compraba como Guitarrista o Lunático, que fue su preferido. Llegó a tener un pequeño haras con Razzano. Se llamaba Las Guitarras.

-Pero les fue mal.

-Les fue muy mal, sí. Era un gasto. Hasta que finalmente le dijo a Delfino, que será su administrador: “Ya hice mucho por la raza caballar. Andá vendiéndolo. Que los caballos se arreglen como puedan”. Pero era su pasión. Los domingos, cada vez que estaba en Buenos Aires, era una fija ir a Palermo, a los burros. De ahí se le atribuye una frase, que no sabemos si realmente la dijo: “A mí me perdieron los caballos lentos y las mujeres ligeras”.

-Al Pulpo lo terminó invitando a Francia. Para salir de farra.

-De farra, claro. “Dejá un poco el laburo”, fue la invitación. Pasaron unos días muy lindos entre París y Niza con este querido amigo que fue el Pulpo, uno de los mejores jockeys de la historia.

-Y recuerdo cuando, estando Gardel no sé en qué momento europeo, el Pulpo le mandó un mensaje contándole que había protagonizado un hecho histórico, ganando siete de las ocho carreras en que había participado.

-Carlitos organizó un festejo porque fue una cosa única. Además, él le había apostado. Le fue bien en el doble sentido. Fue una de las veces que ganó. Y, como él decía, las otras, las que se pierden, no se cuentan. Tuvo también un lindo vínculo con (Francisco) Maschio, un cuidador que le organizó la despedida cuando se estaba yendo para el que sería su último viaje.

-Era un hombre del ambiente.

-Exacto, se movía entre los peones, los cuidadores. Y Maschio cuenta algo que a mí me conmovió muchísimo y es que Gardel le iba a cantar a Lunático. La noche antes de correr, se sentaba en un banquito al lado de su caballo; lo acariciaba y le cantaba alguna canción para que le fuera bien al otro día. Me pareció de una ternura tremenda.

-Y, según cuenta la historia, Lunático lo escuchaba venir y ya se preparaba para recibirlo.

-Sacaba la cabeza, lo miraba y se ponía contento como si fuera un perrito, sabiendo que venía Carlitos a hacerle su concierto nocturno.

-Por otra parte, en algún tiempo, salía por Buenos Aires a comprarle cigarros a un muchachito griego que luego conoceríamos como el magnate Aristóteles Onassis, nada menos.

-Que no era nadie en ese momento. Era un vendedor de cigarrillos que les pidió a unos amigos, como César Tiempo, que lo quería conocer y así se produjo el encuentro. Onassis, como mucha gente sabe, hizo su fortuna en Argentina justamente con la venta de cigarrillos. Después pasó a los barcos, a Jackeline y a otras cosas.

-Es común parodiar el modo gardeliano de cantar cambiando la R por la N. Decía “targo”, por ejemplo, en vez de “tango”. Pero no es un defecto, sino una decisión técnica muy puntual. Lo citás a Edmundo Rivero explicando esta técnica.

-Ese libro sobre Gardel y el canto es muy chiquito y es una delicia. Allí, Edmundo Rivero, que era un grande, un tipo muy capo, cuenta, con admiración, que Gardel usaba la R y la N para mejorar la emisión de la voz en determinadas canciones, en determinados agudos. Se usa mucho en la ópera el cambio de consonantes para emitir mejor el sonido. Por eso vos ves que cuando Carlitos habla en las películas no tiene ese defecto; que no es un defecto sino una decisión artística. Usa el recurso solamente cuando canta.

-Gardel era un avanzado…

-Hay algo que a mí me impresionó mucho y es la obsesión de Carlitos por la técnica; por la escasa técnica que había en ese momento. Cuando hubo micrófono eléctrico quiso tener el primero, buscó la perfección de las grabaciones… Era un trabajador de 24 horas y siempre estaba atento a mejorar la calidad sonora, la calidad en los espectáculos.

-Claro, fijate que, actualmente, muchos tangueros hacen de Gardel una bandera de tradición, cuando en realidad era un vanguardista. A lo mejor hoy estaría haciendo tango electrónico con Bajofondo, ¿no?

-Es muy probable, porque, efectivamente, él queda obsesionado con el Cantor de jazz, primera película sonora de Al Jolson. Y cuando pudo, en el año 30, hizo los primeros videoclips de la historia, prácticamente; de Argentina, seguro y de Latinoamérica, sin ninguna duda.

-Es cierto. El tipo se adelantó casi un siglo.

-Tiene el formato videoclip, que es la grabación de un tema musical con actuaciones, con participación, en este caso, de los autores. Habla con Discépolo, habla con Vaccarezza, con Canaro. Es muy lindo el diálogo con Discépolo cuando le pide que explique Gira gira. Y en Viejo smoking ya hay toda una actuación, como un paso de comedia. Fue pionero del cine sonoro. Como bien dice Charly (García), que lo admira mucho: el tipo que inventó el videoclip fue Carlitos Gardel, como si algo le faltara.

-También se destaca mucho la pinta de Gardel, la estampa gardeliana de las películas, pero a uno se le escapa que le costaba mantenerse porque era muy tragón. Llegó a pesar 120 kilos por lo que después se mataba haciendo ejercicio.

-Tal cual, llegó a pesar 120 kilos, como se ve en la película Flor de durazno, que fue la primera que hizo en 1917. Una cosa curiosa porque a Gardel lo ponen a cantar en una película muda. Después, cuando quiso mejorar su figura, empezó a cuidarse, a darse con todo e iba a la Asociación Cristiana de Jóvenes, donde hacía gimnasia todos los días, religiosamente. Y en sus viajes, donde estuviera, salía a correr.

-Una rareza, en ese tiempo.

-El footing no era una cosa muy habitual en aquella época. En aquel momento era raro que la gente se cuidara tanto y que tuviera la disciplina cotidiana de la gimnasia. Él lo hacía para darse el gustito de una rica comida. Le gustaba mucho comer. Donde iba, buscaba los mejores lugares. Le encantaban la cocina italiana y la española, por eso la pasó tan bien en Barcelona; también en New York, donde tenía el Santa Lucía, un restorán donde la preparaban las albóndigas, los fideos, todo lo que le gustaba.

-Vos contás que con algunos compinches, creo que en París, terminaban de comer a las dos de la mañana y a las cuatro se ponían a correr. Insólito.

-Le decían “el método Gardel”. Significaba que si no se podía salir a correr, porque hacía un frío de muerte en aquella París, en invierno, entonces había que correr adentro del restaurante, alrededor de la mesa, total ya eran los últimos que quedaban. Cerraban el restaurante para él, a última hora.

-Es un buen detalle de su personalidad.

-Es muy interesante esto del cuidado estético, del cuidado de su ropa, de estar siempre impecable. Lo hacía como una forma de respeto por el público y de no creerse el personaje.

-No creerse un personaje. Eso también habla muy bien de él.

-Hay varios diálogos de hombres interesantes que lo envidian profundamente por todas las mujeres que lo aman, lo idolatran y lo persiguen. Y él no se confunde; una cosa es el personaje y otra es él, son dos personas totalmente distintas. Dice: a las mujeres lo que las enamora es el cantante, no yo. Es el ser humano fuerte que no se la creyó y sigue siendo un tipo humilde hasta los últimos días de su vida.

-Y respecto de la pinta, el peinado de Gardel fue siempre brillante. Es la época donde aparece la gomina, un invento argentino.

-Sí, la Gomina Brancato, patentada y que se vendía en París como “la gomina argentina que usaba Carlos Gardel”. Así aparecía la publicidad en las revistas, un producto que tuvo fama y éxito mundiales. Carlitos era el exponente absoluto de la gomina y ahí cuento una broma que le hace a un chico en España. Éste le pregunta cómo hace para tener el pelo así y él le dice que usa dulce de membrillo. ¡Pobre! Se le llenó el pelo de moscas al chico. Bueno, a él le encantaba hacer bromas. Era un tipo tremendamente divertido.

-Leyendo tu libro tomás conciencia de que era una época fundacional. Cerca del nacimiento de Gardel se fundaba la Asociación Argentina de Fútbol, recién estaban por salir los discos, todavía no estaban la radio ni el cine sonoro. Todo eso empieza a nacer junto con Gardel, ¿no?

-Y él en todo está primero: los primeros discos, las primeras audiciones de radio, las primeras audiciones cinematográficas con sonido, está en todas. Es impresionante cómo va viendo por dónde pasa la cosa. El disco le parece algo fundamental. Es la persona que más discos ha grabado en el mundo artístico, casi mil placas distintas y con un repertorio que repite. Las canciones que más le gustaban las grabó más de una vez porque las primeras eran muy defectuosas; entonces, cuando descubrió en Barcelona y en París el micrófono eléctrico, las quiso regrabar para que se escucharan con mejor calidad. Es toda esa cosa maravillosa de estar siempre atento a tener un producto de excelencia, que es lo que le preocupó toda su vida.

-Hay otro argentino que merodea el mito, Jorge Luis Borges. Y ni a él ni al grupo Martín Fierro les gustaba Gardel. Borges nunca lo terminó de entender.

-Sí, es curioso porque Borges era un tipo al que le encantaba el tango previo a Corsini, previo a Gardel. El tango cantado decía que pierde fuerza. Finalmente va aflojando un poquito cuando gente de su entorno le cuenta quién era Gardel, qué le pasaba con Gardel, cómo se sentía con Gardel. Pero a Borges le gustaba más la milonga, probablemente, que el tango. En cuanto a la sonoridad llamaba “tango llorón” lo de Gardel.

-Son arbitrariedades estéticas que se pueden perdonan siendo Borges, pero es muy distinta la mala leche de Lugones con Gardel, ¿no?

-Sí. Se da en ese contexto tan impresionante del debate a nivel mundial de 1913 sobre el tango. Es el momento de auge del tango en EE UU y en Europa. Y cuando decimos Europa, está incluida Rusia, donde el tango hacía furor. Ahí empiezan las reacciones de algunas autoridades, del káiser de Alemania, del zar de Rusia, del Papa, que lo condena y hace una ceremonia, yo digo, fellinesca, haciéndolo bailar por unos jóvenes dentro del Vaticano para determinar si la danza era o no era apta para la visión. En ese contexto, un profesor académico, (Jean) Richepin, da una notable conferencia en la Academia Francesa defendiendo el tango, pues dice que es un extraordinario elemento cultural. Lugones está presente en esa conferencia y saca un demoledor artículo en La Nación donde habla que es un elemento de los bajos fondos que representa lo peor de la Argentina. Una cantidad de cosas que tenían que ver con el pensamiento de Lugones que se había ido corriendo cada vez más hacia la derecha. Había partido de posiciones anarquistas cuando escribía en La Montaña o La Protesta, y va a terminar, como todos sabemos, en el fascismo y apoyando el golpe de Uriburu, así que no sorprende tanto.

-Pasan otros escritores por la vida de Gardel como José Ingenieros, José Ortega y Gasset o Rafael Alberti. Recuerdo que Jacinto Benavente, premio Nobel en 1922, lo llamó para hablar de lunfardo. Maravilloso ese cruce.

-Maravilloso porque habla de palabras como canyengue, descangayado. Hay cosas que pregunta con mucha curiosidad (Jacinto) Benavente, que era un tipo muy amante de la filología del idioma. Se habían conocido en Buenos Aires y retoman un largo diálogo sobre el lunfardo en España. Gardel después le comentó a (Edmundo) Guibourg, que era su amigo y que lo acompañó al encuentro: no sabía que yo era lingüista también. A Gardel le interesaba cruzarse con estos personajes como lo haría después con Federico García Lorca, en Buenos Aires. Tenía amistad con gente muy vinculada al mundo de la cultura, al mundo de la poesía y a la bohemia porteña también, donde fue adquiriendo un conocimiento que no tenía porque no pudo estudiar, no había terminado la secundaria.

-¿Dónde se encontró con García Lorca?

-En la calle Corrientes, cuando todavía Corrientes era angosta. Y terminó en la casa de Jean Jaurés, con Federico tocando el piano y con Gardel hablando de la posibilidad de ponerle música de tango al Romancero gitano. Hubiera sido maravilloso. Lamentablemente no ocurrió porque cada uno partió a su trágico destino

-¡Qué época aquella que él llegó a conocer muy bien en Europa! Extraordinario momento de entreguerras.

-Absolutamente. Él vive ese París de Montmartre, de todos esos lugares maravillosos. Estaba Picasso, estaba Dalí, estaban Buñuel y toda la bohemia surrealista, esos pintores fantásticos, artistas de lo que era la Meca en ese momento. Todos querían ir a París y vivir la bohemia parisina. Y Carlitos disfrutó mucho de ese Montmartre que está tan mencionado en los tangos.

-Ahora bien, tremendo picaflor era Gardel. Se le daba fácil: tenía pinta, fama, era muy simpático. Innumerables amores amoríos de todo tipo.

-Totalmente, con muchas mujeres, muy bellas todas, con mucha personalidad y arrancando desde muy chiquito. La madre cuenta que cuando tenía 14 años le pidió la llave de la casa porque tenía “un programa” a la noche. Pero Isabel Martínez del Valle fue la única novia oficial que tuvo Carlitos. Duró unos años. Su vida no le permitía mantener una relación permanente, por la cantidad de viajes, con idas y vueltas. Hubo de todo en una vida amorosa realmente muy activa de la cual jamás hacía alarde. Le gustaba mantener en secreto su vida privada, nunca hablaba de ella.

-Pero le escapaba mucho al matrimonio. Vos encontraste una réplica preciosa que le dio a un periodista.

-Sí, está buenísima. Tenía esa capacidad de la respuesta inmediata. El tipo se le acerca y le pregunta si está a favor del divorcio. Y Gardel le responde que no está a favor del divorcio sino en contra del matrimonio. En otro reportaje dice que le parece una injusticia con tantas mujeres que lo quieren darle la exclusividad a una sola.

-Se tiende a asociar a Gardel con Le Pera, conformando una dupla inmortal. Pero fue mucho más importante Razzano en la vida de Gardel, a través de los años, porque marcó toda su carrera inicial, ligada al folclore.

-Fueron relaciones muy importantes para Gardel las dos. La otra, más corta. Pero Razzano fue el tipo que se mantuvo dentro del repertorio folclórico. Con él prácticamente no cantó tangos. Después hubo algunas desavenencias debido a la administración de los bienes. Cuando Razzano se quedó sin voz, en 1925, por un problema en la garganta, Carlitos, que era todo bondad, le dijo que iban a seguir compartiendo las ganancias. Le dio el cuarenta por ciento de sus ingresos, que era una barbaridad, para que manejara los contratos y arreglara esas cosas. Pero Razzano era un tipo muy jugador, le gustaba mucho la noche e hizo algunas macanas económicamente que terminaron con la separación definitiva y la aparición de un nuevo administrador, que sería (Armando) Delfino.

-Que terminó cumpliendo un rol muy importante.

-Porque Carlitos era un tipo muy desordenado con la plata, no le preocupaba, le prestaba a todo el mundo. Era mano abierta. Y Defino es el que ordenó un poco esas cuentas. Después Le Pera es fundamental en los últimos tres años de su vida. Un enorme compositor y un tipo que también lo ordenaba bastante, lo orientaba en algunas cosas. Además, la poesía de Le Pera a mí me parece increíble, la de la última etapa: El día que me quieras, Soledad, una poesía de una profundidad extraordinaria.

-Hablamos de las letras de Le Pera, pero andaban girando por ahí Celedonio Flores, Discépolo, todos esos nenes…

-Gardel era un tipo con una enorme capacidad de elección de repertorio. Una exquisitez de repertorio. No grababa cualquier cosa y efectivamente contaba con autores tremendos como Celedonio Flores, el Negro Flores, que fue autor de Mano a mano, por ejemplo, o Enrique Santos Discépolo. Cosas maravillosas todas. Era como una mezcla entre el amor, lo que pasaba en el mundo, lo que le pasaba a la gente. Un repertorio muy amplio y muy intenso, muy interesante. Le Pera tuvo esto de ser el letrista exclusivo. El dúo Gardel y Le Pera quedó para siempre, fundamentalmente ligado a la etapa neoyorquina donde tenés temas como Volver, que es una maravilla.

-Así se fue construyendo paso la leyenda donde hay que incluir el nacimiento del tango canción. Hoy para nosotros es natural, pero hasta Gardel no existía.

-Totalmente, él es el creador del tango canción porque algunos tenían letra y otros no. Algunas eran letras procaces, otras eran acompañamiento rítmico prácticamente. Y él descubrió en Pascual Contursi y Samuel Castriota este tango que se llamaba Lita o Percanta y que fue el primer tango completo en el sentido de que cuenta una historia; la historia de amor de un hombre abandonado. Todo un relato. Como decía Discépolo, pequeñas obras de teatro son los tangos que cuentan una historia que tiene un principio, un desarrollo y un fin. Gardel se enamoró de ese tema, le cambió el nombre, le puso Mi noche triste y se animó a cantarlo.

-¿Por qué “se animó”? ¿Qué pasaba?

-Era toda una decisión porque debía presentarse en un teatro y el tango todavía producía un cierto resquemor en algunos cantantes. Y todavía estaba la duda entre los que hacían folclore, como era su caso. Ese estreno fue en 1917. Después Gardel convirtió Mi noche triste un éxito absoluto.

-Tu libro está recién salido. Junta dos nombres muy potentes: Gardel y Pigna. ¿Qué expectativas tenés?

-Tengo mucha ilusión y esperanza. Trabajé mucho en este libro. Espero que a la gente le guste y, sobre todo, que se vuelva a pensar en Gardel. La verdad, es una persona que se lo merece. Es un tipo que nos representó muy bien, una persona de bien, alguien que hizo muchísimo por la cultura argentina y rioplatense en el mundo. Así que ojalá que volvamos a escucharlo y a reconocerlo como se merece a Carlitos Gardel. Es, también, un poco la intención del libro.