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Méndez y Mansur, o cómo remar el torbellino emocional que dejó El Morro García

EL DT del Tomba y el presidente de la institución tienen un trabajo de orfebrería dirigencial por delante: deberán sacar de la desazón al club que más nos representa en el orden nacional

Sebastián Méndez (43, casado, tres hijos), director técnico de Godoy Cruz, se ha ganado fama de buena gente. La muerte de Diego Maradona, de quien era ayudante de campo en Gimnasia de La Plata, lo noqueó. Y ahora, recién llegado a su segunda etapa en Godoy Cruz, ha debido enfrentar el torbellino emocional que desató el suicidio de El Morro García, quien había sido la estrella del equipo en la primera incursión de Méndez en el Tomba.

Cuando El Gallego o El Seba, como le dicen, arregló para volver a Mendoza, el presidente del club, José Mansur, le informó que El Morro se iba. Que no le iban a renovar el contrato. Y le advirtió que no lo podía incluir en sus planes por más que el pacto del uruguayo venciera en junio próximo.

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Una cosa es saber que El Morro y el presidente del Club, José Mansur, ya no se soportaban y otra muy distinta es que el jugador más querido del Tomba se haya matado de un tiro en la cabeza apenas Méndez volvió como técnico a este club mendocino. El propio DT ha debido desechar los rumores de que vaya a dar un portazo antes del arranque de la Copa de la Liga profesional de Fútbol.

El panaderito

Méndez, hijo de un panadero de clase media baja, debe ser uno de los pocos directores técnicos del fútbol argentino que es lector de literatura y de filosofía, y que aún tiene en mente ir a la universidad para estudiar profesorado de Historia. Suele contar que primero se curtió con escritores duros norteamericanos. Y que luego pasó los latinoamericanos. El acercamiento a algunos pensadores le ha ayudado a estructurar su cotidianidad. "Todos funcionamos a partir de una filosofía de vida", afirma.

Pero no es de fútbol de lo que aquí queremos hablar. Es, digamos, de política no partidaria. Del accionar de ciudadanos en puestos expectantes y en un momento de excepción. En ese sentido, el club Godoy Cruz Antonio Tomba es como una galaxia microscópica. Constituye una unidad y tiene atracción gravitatoria.

Dos en un brete

Además de Méndez, el otro gran protagonista de ese ámbito es José Mansur, el omnipresente titular del Tomba, quien se ha construido una fama de inflexible. De frío contador. Quienes no lo quieren le achacan estar más preocupado por los números que por los jugadores. Los que lo apoyan dicen que si no fuera por Mansur el club no estaría con los números acomodados y manteniéndose entre los grandes de la AFA.

Lo cierto es que ambos hombres están embretados. Uno, el técnico, para volver a presentar un equipo coherente, disciplinado, creativo, que eluda el calificativo de "irregular" con que a veces se lo tilda al Tomba, agravado por la mala campaña del año pasado en que llegó a contabilizar 9 partidos sin ganar.

El otro, Mansur, responsable del club, para atacar lo que él mismo ha definido como "problemas estructurales" que tiene su organización, pero sobre todo para enfrentar cierta idea muy negativa que ha quedado de él en un sector de la hinchada a partir del suicidio del Morro.

Ese rol

Insistimos: Lo que les queda por hacer a Méndez y Mansur ante la fuerte crisis de desánimo -como la que se vive en Godoy Cruz- es demostrar que por algo están en puestos de dirigencia. Así es como se forja sustancia en un país.

No sólo con los representantes elegidos por el pueblo para funciones legislativas o ejecutivas, sino también con los ciudadanos que han llegado a algún tipo de liderazgo en la sociedad civil.

Méndez y Manzur inyectan su influencia a sectores que están mucho más allá de un hincha de fútbol. Se los escucha, se los discute, se los sigue también en su calidad de líderes. Deben portar, en consecuencia , algún tipo de ejemplaridad.

Lo que les espera es un trabajo de orfebrería dirigencial. Deben levantar la moral y sacar al club de la desazón en que venía cayendo, una situación que terminó de explotar cuando El Morro puso un revólver en su sien.

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