Los que fuimos niños en la década del 80' estamos vivos de milagro, y no es un metáfora. Si hoy pusiéramos a un chico de la generación alfa, beta, gama, o la letra griega que sea a sobrevivir en la época en la que los padres nos llevaban en el asiento de adelante del auto sin ni siquiera registrar lo que era un cinturón de seguridad, casi estoy convencida de que no lo lograría.
Para quienes no crecieron divirtiéndose con novelas plagadas de bullying y violencia de género que literalmente veíamos en familia, es difícil de entender, no ya nuestras formas de entretenimiento, sino la supervivencia en general.
Pero acá estamos los que íbamos a la escuela munidos con una serie de peligrosas armas como cuchillas para sacarle punta a los lápices o brillantina tóxica de la que ya en el 2025 no queda ni el recuerdo.
Hemos crecido y envejecido los niños de acero inoxidable que viajábamos en la caja de un rastrojero que si agarraba un pozo te ibas a ver las estrellas de cerca. No sé si no nos enterábamos, la gente se moría menos, o estábamos tan preocupados por subsistir que no nos dábamos cuenta de que un nuevo peligro de muerte nos acechaba a la vuelta de cada esquina.
Tirale esos juguetes
Los juguetes que nos quitaban el sueño de chicos hoy serían confiscados por la policía.
Entre los varones, lo "más mejor" eran los camiones "Duravit" naranjas. Una especie de masacote de caucho y plástico reforzado que pesaban una tonelada y media. Nadie que hubiese recibido un "camionazo" de esos por la cabeza podría haber vivido para contarlo. También había grúas y otras cuestiones a las que yo no le prestaba la más mínima atención, pero que poseerlos convertía a los varones en la envidia del barrio e inspiraba respeto, supongo que un poco también por el temor a ser atacados con ese proyectil.
Otro juguete inexplicable eran los patines derechos y duros como una rampa, de metal y con cuatro ruedas naranjas completamente lisas con las que podías ir a parar al fondo de un zanjón sin escalas. No tenían nada parecido a un freno y se ataban en tus propios zapatos. Nunca escuché un accidente con estos patines, pero podrían haber matado a alguien tranquilamente y no había casco, rodilleras, muñequeras, ni protección alguna. las únicas almohadillas en las que caías eran tus propias partes blandas, así es que mejor que las tuvieras dispuestas a machucarse.
Lo que las niñas deseábamos tener a rabiar, sin pensar en que podríamos morir del susto, eran las muñecas que hablaban. Eran como maniquíes, rígidas, con el pelo largo y de un rubio ceniciento, los ojos transparentes fijos y una especie de botonera con pilas que generalmente tenían en la espalda, y que con una voz un poco de psicópata te preguntaban "¿Quieres ser mi amiga?" "¿Quieres que juguemos juntas?" "Te amo", tener a la muñeca de la película "Anabelle" sentada en la habitación era más soportable que un juguete de este tipo. Todas alguna vez pensamos que la muñeca nos miraba fijo de noche, no lo neguemos.
Así como hemos visto a nuestros pequeñuelos de hoy jugar con objetos inexplicables -como el spinner o los pop-it- también nosotros teníamos esas costumbres de adquirir un juguete de moda sin sentido, solo que en nuestro caso, eran mil veces más peligrosos. En los 80' existía el "tiki taka" un artefacto que consistía en dos bolas pesadísimas unidas en un extremo y que cuando se golpeaban entre ellas daban casi una vuelta entera. Lo más probable es que varios ojos se hayan perdido por los golpes de ese juguete, pero nadie nunca lo reconoció. Era mucho más peligroso que un yo-yo o un balero. era directamente un proyectil a los ojos.
Así podría seguir durante horas porque todo o casi todo lo que usábamos para entretenernos hoy le haría perder millones en juicios a las compañías jugueteras. Supongo que estamos vivos por puro instinto de supervivencia.
Los útiles escolares "tumberos" de los 80'
Los que llenábamos las aulas en los 80' no teníamos el menor sentido del peligro que llevábamos en nuestras cartucheras. Lo más inocente del mundo era llevar cuchillas para sacarle punta a los lápices. La cuchilla era una especie de mini-navajita que, para mayor seguridad, se "guardaba" en una especie de funda de metal. Creo que no se nos pasó por la cabeza -ni a las maestras tampoco- que llevábamos armas tumberas a la escuela y no solo por la cuchilla en sí, sino porque al sacarle punta con ese objeto, el lápiz también se volvía peligroso. Pero lo gracioso es que las cuchillas no dejaron de existir por la peligrosidad, sino porque los lápices duraban media hora ya que les arrancábamos pedazos enteros para afilarles la punta.
Otra genialidad de los 80'eran los punzones, unos adminículos que en un extremo tenían una bolita de madera y en el otro una punta de metal afiladísima y que servía para "picar" las hojas de papel glacé, o hacer agujeritos en los trabajos de plástica. Un artefacto que podría haber terminado en tragedia, pero creo que nunca ocurrió. O al menos no nos enteramos.
Todo era peligroso y tóxico, desde las reglas de metal que utilizábamos como espadas hasta la pseudo inocente brillantina -un elemento decorativo compuesto por micro metales molidos que claramente se volvieron peligrosos al ingerirlos, pero nosotros solo los usábamos para adornar las hojas de las carpetas-
Las plazas del fin del mundo
Los juegos de la plaza sí que eran para guapos. Hoy son ergonómicos, de materiales que no puedan lastimar una pestaña, pero nuestros juegos eran para terminar con la integridad física de cualquiera. Los toboganes medían dos metros y abajo no había más que un cuadradito de arena para rescatarte, cuando un pibe se subía a un tobogán de esos le renunciaba el ángel de la guarda.
Los columpios no eran mejores. Tenían cadenas larguísimas, casi siempre oxidadas, y a las maderas del asiento le faltaban pedazos. de un envión llegabas a la luna ida y vuelta, sin escalas y frenar, se frenaba con los pies y levantando tierra. Era eso o quedar dando vueltas en el espacio
Todos los juegos eran igualmente peligrosos: los trepadores, los "laberintos", las maromas, todo estaba oxidado y con algún tornillo suelto. Pero como no había otra cosa, era la plaza o dormir la siesta, te acostumbrabas a sobrellevarlo.
Una infaltable presencia en las plazas eran las bicicletas, esquivarlas era proteger tu propia vida. La increíble libertad de los chicos que se subían a una bicicleta a las 5 de la tarde y no acusaban recibo hasta que la madre o el padre los llamaba a los gritos y cuya única consigna para regresar era "volvé antes de que se haga de noche". Pero en el medio, el pibe podría haber ido a escalar el Aconcagua sin que nadie se enterara. la bicicleta era un pasaje a la libertad. Hoy los padres harían activar la alerta Amber para lo que antes era irse a andar el bicicleta un ratito.
¿Todo tiempo pasado fue mejor?
A mi los remates no me gustan. Detesto las bajadas de línea del tipo "qué felices éramos y no nos dábamos cuenta". Yo solamente sé que éramos mucho más inconscientes y quizás, teníamos menos quemada la cabeza por la tecnología, pero dudo de que fuéramos más felices. Vivíamos en un mundo sumamente duro con los niños, discriminador e indolente. Los chicos no teníamos voz ni voto, para qué negarlo. Sin embargo, sin duda éramos más todo terreno. Pero casi por una cuestión de vivir para contarla.
Si creciste en los 80' y tuviste alguna vez entre tus manos una bolsa de cohetes que arrojabas encendidos al medio de la calle en Navidad y hoy tenés los dos ojos y todos los dedos de la mano, consideralo como un privilegio. Porque mis queridos compañeros de generación, hemos vivido para contarlo.











