Análisis y opoinión

Mariano Silvestroni y su novela sobre Comodoro PY: "Los jueces son muy cobardes ante el humor social"

Mariano Silvestroni es un activo animador en todos los frentes donde se mueve: la abogacía, la docencia y la literatura

Como abogado penalista, intervino en causas tan impactantes como las de Cóppola, Cromañón o Cuadernos (representando a Rafael Llorens). Marchó, incluso, en los albores de la pandemia, a Plaza de Mayo para protestar contra la cuarentena impuesta por el presidente Fernández.

Como profesor, enseña derecho penal en la Universidad de Buenos Aires.

Como escritor, ha publicado libros y artículos académicos. En cuanto a obras de ficción, Py. Un thriller legal es su cuarta novela. Basada en los entresijos oscuros y los personajes que anidan en los controvertidos tribunales de Comodoro Py, es el tema que motiva la siguiente entrevista.

Mariano Silvestroni habla desde Pilar, Buenos Aires, su lugar de residencia, con el programa La Conversación de Radio Nihuil, que contó con la colaboración del colega José Luis Verderico.

-Días calientes en la Argentina, doctor. Lo que ha estado ocurriendo en la esfera pública pareciera tener mucho que ver con su novela.

-Sí. Y piense que la novela se suponía que iba a salir publicada antes de la pandemia. Pero, bueno, a veces la realidad supera la ficción.

-Hablando de la pandemia, usted fue uno de los grandes rebeldes contra el confinamiento.

-Sí, por supuesto. Yo estuve en contra de ese estado de sitio que se implantó sin seguir el procedimiento constitucional. Me gané muchas críticas por eso. Pero los que lo defendían en ese momento hoy no lo defienden con tanta fuerza.

-¿Cómo viven ustedes, los hombres del derecho, un país tan judicializado como este? Un país donde la Justicia puede ser considerada un pelotón de fusilamiento o un fiscal puede transformarse, para otras personas, en un héroe de la patria.

-Es muy difícil. Cuando hay posiciones tan encontradas alrededor del tema judicial, lo que uno ve es que estamos perdidos, que no hay solución. Las posiciones son tan irreconciliables, que es imposible pensar en la posibilidad de acuerdos que permitan que las cosas funcionen medianamente bien. Y eso sucede en todos los niveles, no solamente respecto de la Justicia. Pasa lo mismo en la política económica, etcétera. Cualquier cuestión que se discuta en la Argentina genera esa virulencia que torna imposible tener acuerdos.

-¿Acuerdos de qué tipo?

-Por ejemplo, se habla de la independencia de la Justicia. La Justicia debe ser independiente. Ahora, cuando la Justicia hace algo que no les gusta a determinados sectores, lo que se dice es que esa justicia es corrupta. Y viceversa. ¿Cómo se sale de eso?

-Nos pasa también a los periodistas que, se supone, debemos ser objetivos., Pero apenas uno dice algo a favor o en contra de alguno de los bandos, llegan las acusaciones de ser parte de determinada facción.

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- A mí me pasa con Py, con la novela. Es muy difícil que encuentre eco en alguno de los lados de la grieta.

-¿Por qué?

-Porque cualquiera que la ve, sospecha que el que la escribe está del otro lado. Entonces cuesta mucho que le den repercusión. Me acuerdo de la causa de los cuadernos. Yo fui defensor ahí. Y me invitaban todas las semanas de C5N. Ahora no me llamaron nunca, ni una vez, para preguntarme por la novela.

-¿Por qué? ¿Qué les molestó?

-Porque los personajes de la novela reparten para todos lados. Entonces la grieta se mete hasta con la ficción.

-En esa época de la causa cuadernos lo habrán llamado todo el tiempo de C5N, pero jamás de La Nación Más, suponemos.

-Por supuesto.

-La política atraviesa la Justicia desde el primer momento, desde la postulación y la selección de los jueces, en adelante. Por ejemplo, varios miembros de los tribunales hoy están enfrentados a la vicepresidenta, habiendo sido propuestos por el kirchnerismo en su momento. ¿Se puede salir de ese laberinto?

-Yo creo que no. No solo la política atraviesa la Justicia. También el periodismo. De hecho, Py es una novela que puede ser vista como un thriller legal, tal cual se lee en la tapa, pero también puede ser vista como un thriller sobre el periodismo.

-¿Cómo es esa cohabitación, según usted?

-La Justicia, el periodismo y la política están completamente interrelacionados. Se habla mucho de la independencia o de quién depende la Justicia. Y el problema es que la Justicia depende del humor social. Y los jueces son muy cobardes frente al humor social. Eso es lo peor que puede suceder.

-¿Qué consecuencia hay, entonces?

-Cuando la Justicia depende del humor social y cuando los jueces son cobardes, cada vez que tienen que dictar una resolución, piensan en la repercusión que eso va a tener en sus carreras, en su futuro. Y en la medida en que esto suceda así, es imposible tener una Justicia que funcione medianamente bien.

-¿Qué remedio tenemos?

-Yo soy un férreo defensor del juicio por jurados. Cuando el jurado toma una decisión, lo hace sin pensar en lo que le va a suceder al día al día siguiente, porque la vida de cada uno de ellos no depende de eso. En cambio, la vida de los jueces y de los fiscales, sus carreras, sí.

-Usted opina, precisamente, que en esa relación entre el periodismo y la opinión pública es donde anida el verdadero Consejo de la Magistratura.

-Sí. El periodismo es el verdadero Consejo de la Magistratura. Esto es así. Y los jueces creen que son más vulnerables de lo que son. En su gran mayoría, como decía, aunque no todos, son cobardes. Ese es el problema.

-Hablando de esto, ¿cómo ve el enorme lío político que hay en este momento en torno al Consejo de la Magistratura? Da la impresión de que el ciudadano común entiende poco y nada de este asunto, pero, usted, ¿qué opina?

-El Consejo de la Magistratura siempre fue decorativo, salvo, por pura casualidad, durante la presidencia de Duhalde.

-¿Por qué, justamente, en ese lapso?

-Porque, en ese momento, como nadie tenía el poder absoluto en la Argentina, había un equilibrio. Entonces, el Consejo funcionó normalmente durante un tiempito, un año, más o menos. Después se transformó en un apéndice del Poder Ejecutivo.

-¿Con qué particularidades?

-Uno ve los dos lados de la grieta, pero, a la hora de elegir a los jueces, se ponían todos de acuerdo, rechazaban las impugnaciones y siempre elegían a las mismas personas. A mí me causa mucha gracia cuando veo a políticos criticando a jueces que ellos mismos eligieron. Ellos mismos hicieron lobby para ponerlos donde están o en cargos anteriores.

-En Mendoza existe, por ejemplo, el caso del juez federal Walter Bento, procesado por delito de corrupción. El Consejo de la Magistratura tiene una investigación que ha ido a fuego lento, es decir, al ritmo de la política. Uno se pregunta si el año que viene, de carácter electoral, tomará alguna decisión.

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-Una cosa es el Consejo en la función de juzgar a sus pares. Ahí hay una cierta limitación, porque, a veces, bueno… uno tiene que rendirse ante las evidencias. Y otra cosa es el Consejo en su función de elector de jueces. Ahí es donde está la podredumbre, ahí es donde está la trampa; donde está el arreglo de ambas partes para repartirse los cargos, uno tuyo, uno mío. ¡Ahí es donde está el problema!

-Ahora, supongamos que la elección de un juez obedece a un proceso limpio, transparente, y llega al cargo una persona con un gran antecedente intelectual. Una persona, además, bienintencionada. Pero da la impresión de que, cuando entra el sistema, el sistema mismo se lo devora. ¿O no?

-Lamentablemente eso sucede. Por eso digo que creo que no hay solución. O sea, la solución es una solución a largo plazo. Una solución que puede venir dentro de 50, 100, 200 años. No hay una solución inmediata por lo que usted dice: elegimos a los mejores, pero el sistema se los devora.

-¿Entonces?

-Ese es un problema cultural, no es un problema institucional. Uno puede elaborar y diseñar las mejores instituciones del universo, pero si sus protagonistas están corrompidos o son cobardes, no van a funcionar.

-En su novela, al principio mismo describe a uno de sus principales personajes, el juez federal Andrés Balaguer, y dice: “Él también era una farsa; casi que no sabía nada de Derecho, pero era juez desde hacía más de veinte años”. ¿Eso es realmente así? ¿Es moneda corriente dentro de la Justicia?

-Por supuesto. Le puedo asegurar, es más, le puedo demostrar que la mayoría de los jueces no saben nada de derecho.

-¡Qué bárbaro!

-Lamentablemente es así. Pero eso no lo dije yo. En la novela es lo que dice un personaje de sí mismo. Pero da la casualidad de que en eso coincido con ese personaje. La mayoría de los jueces no saben nada de derecho.

-Debido a la relación con la política, especialmente en el momento de la asignación, ¿de quién es definitivamente el cargo a la hora de decidir si un determinado juez debe renunciar o no? ¿De su propia decisión como persona, como funcionario judicial, o del partido político que alguna vez lo postuló?

-Se supone que ellos no son jueces de ningún partido político. No deberían consultar a nadie.

-¿Entonces? ¿Qué le aconseja la experiencia? ¿Qué le muestra la realidad de la Argentina?

-Los jueces, una vez que están sentados en su sillón, van a hacer todo lo posible por mantenerse ahí. Por una por una razón elemental: obedece a una cuestión de supervivencia. Porque el día que se vayan de ese sillón, van a ser unos pobres diablos. Esa es la realidad. El 90% no va a estar preparado para hacer absolutamente nada, salvo que haya juntado suficiente dinero ilegal como para vivir de rentas.

-Usted es profesor de Derecho Penal en la UBA.

-Sí.

-Pues bien, hay un capítulo determinante, el número 20, donde usted hace la descripción de toda la fauna de penalistas que existen. Por ejemplo, algunos son como jinetes que se animan a los senderos desconocidos. También habla de los nobles, que son como pavos reales que moran en grandes estudios y que tal vez sean delincuentes con matrícula. Habla de los laburantes, de los charlatanes y de los mercachifles; también de aquellos que se especializan en trabajar para los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad. En fin, un catálogo variopinto. ¿A cuál de todas esas categorías pertenecería usted?

-Yo no soy un penalista de sangre azul. No trabajo para los servicios de inteligencia. Creo que no soy un charlatán. Las cosas me las tengo que ganar peleándolas. Y para ganar en este escenario hay que arriesgarse a caminar al borde de la cornisa. Hay un dicho muy común entre los abogados que dice: los clientes pasan, pero los jueces y los colegas permanecen.

-¿Qué significa eso?

-Que hay ciertas cosas que no se deben hacer porque, sino, uno está atentando contra su carrera.

-¿Le parece bien?

-Yo no estoy de acuerdo con eso. Cuando uno defiende a un cliente, lo más importante es el cliente. No importa si del otro lado hay un colega o un juez que es mi amigo. No importa que el día de mañana no me dejen pisar Comodoro Py. No importa. Yo tengo que defender a mi cliente. Esa es mi actitud frente a la defensa. Y no es la actitud de la mayoría de los abogados penalistas.

-Hay otra frase de su libro que describe a los penalistas como “una raza sombría de abogados inescrupulosos dispuestos a defender los peores asesinos, violadores y narcotraficantes”. ¿Les suele caber ese sambenito a ustedes?

-Eso tampoco lo digo yo. Lo dice uno de los personajes.

-Ok, pero ese parecer suele ser un lugar común entre la gente.

-Hay alguien que piensa eso. Y, bueno… es cierto que hay abogados que están dispuestos a defender cualquier cosa y otros que no. Yo no estoy de dispuesto a defender cualquier cosa.

-La pregunta queda picando, entonces. Doctor Silvestroni, ¿usted qué tipo de acusados o qué tipo de delitos no defendería?

-No es un problema de delitos. Esto es una cuestión muy subjetiva. Tampoco se trata solo de defender; a veces se trata de acusar. O sea, hay veces que no quiero defender ni acusar en determinados casos. Son sensaciones. Incluso tampoco depende de si el cliente es culpable o inocente.

-¿Y una vez que agarra?

-Una vez que uno toma la defensa de un cliente, lo tiene que defender. Y la carrera, el interés del abogado no se puede anteponer a la defensa del cliente. Esa es mi filosofía.

-Ahora bien, cuando usted habla de que, por ejemplo, por un lado, están los abogados chantas y, por otro, están los pavos reales en sus estudios llenos de pompa, ¿no le recuerda esa serie maravillosa que es Better Call Saul?

-¡Es muy buena! Digamos, también, que el protagonista, además de abogado, es un delincuente.

-Claro, pero el hermano es todo lo contrario. Pertenece a esos estudios de alto prestigio.

-Lo que pasa es que en nuestro país esos estudios de doble, triple, cuádruple apellido y de la pompa y de la sangre azul, en general son muy malos. A mí me ha tocado tomar causas que fueron defendidas antes por esos figurones.

-¿Y?

-La verdad es que las defensas eran paupérrimas. Pero, bueno, eso nos da trabajo, en definitiva.

-Aprovechando que usted es especialista en derecho penal, ¿qué piensa del caso Robledo Puch, el preso más antiguo de la Argentina? Debe haber cumplido largamente la pena de prisión, pero, sin embargo, en la Justicia argentina todos rechazan su pretensión de libertad.

-Eso demuestra lo que hablábamos al comienzo: que la Justicia es dependiente del humor social. Si a Robledo Puch no lo conociese nadie, habría estado en libertad hace muchísimos años. Pero como es un caso conocido y como los jueces se caracterizan especialmente por su cobardía, entonces nadie le pone el gancho. Y no es el único caso en el que suceden estas cosas. Repito: el juez, cuando firma una resolución, está pensando en la consecuencia que va a tener en su carrera, en su sueldo, en sus privilegios. El caso que usted menciona es la mejor demostración. No hay ninguna explicación jurídica para que Robledo Puch siga detenido.

-Y al revés. Uno tiende a pensar que el prestigio internacional que adquirió inicialmente Hebe de Bonafini por su activismo en torno los derechos humanos, le terminó dando un pasaporte inmunidad total del que no goza ningún ciudadano.

-También es común eso. Veamos. Cuando uno va a estudiar a alguna universidad extranjera y se pregunta qué criterio jurídico se aplica en ese país, en ese estado, pues bien, eso no se puede encontrar en la Argentina. Los jueces resuelven cada caso en función de lo que les parece.

-¿Cómo lo entendemos, entonces?

-Uno, de pronto, se pregunta por qué en este caso se aplica una prisión domiciliaria y en este otro no. Y va a depender de muchísimos factores. ¿Por qué, por ejemplo, en los casos de crímenes de lesa humanidad no se aplica la prisión domiciliaria?

-¿Por qué?

-Ah, porque son casos de lesa humanidad y si el juez llega a aplicar una prisión domiciliaria, al otro día la mitad de la prensa argentina lo va a tratar de encubridor de los genocidas.

-Sí, de fascista o de cualquier otra cosa.

-Por eso le digo, un país que funciona así no tiene solución. Lamentablemente no tiene solución. O por lo menos no la tiene a corto plazo.

-Siguiendo esta charla y leyendo su novela, uno advierte que, grosso modo, sistemáticamente todo está podrido. Estamos rodeados de corruptos y de instituciones corrompidas. Entonces, como ciudadanos comunes, ¿cuál es nuestra esperanza?

-Tal vez deberíamos bajar un poco los decibeles con ciertos términos o con ciertas pretensiones. El derecho penal se metió en todas partes y hoy todo se juzga a partir del derecho penal. Eso es un error gravísimo.

-¿Qué habría que hacer, pues?

-Yo creo que deberíamos reducirlo. Si el derecho penal está en un cien, tendríamos que llevarlo a un diez. Reducirlo a un diez por ciento de lo que es y que se ocupe de las cuestiones verdaderamente importantes. Dejar de judicializar la política, las relaciones de familia, las cuestiones comerciales. Creo que deberíamos bajar varios cambios en ese sentido, porque si no, es imposible. Vamos a estar todo el tiempo unos juzgando a los otros y después cambian los vientos, cambian los lados del mostrador y es un cuento de nunca acabar.

-Pero, doctor, más allá de si interviene el fuero penal o cualquier otro, da la impresión de que en el país está todo judicializado. A usted le pasó. Cuestiones que debían resolverse según el sentido común durante la pandemia, iban a parar a la Justicia. ¡Hasta si los chicos tenían que ir o no al colegio! Si había que usar barbijo o no, si podíamos salir a trotar o no.

-Sí. Hay una tendencia universal a querer judicializar todo. Lamentablemente. Habría que replantearlo. Lo que pasa es que resulta muy difícil replantear esas cuestiones. Si uno se pone a pensar hasta dónde tiene que llegar el derecho penal y hasta dónde no, eso trae un montón de problemas porque cualquier solución racional que uno quiera postular, le van a decir: “Ah, este es un garantista, este es una abolicionista”. Le van a poner la etiqueta enseguida y se van a eludir las verdaderas soluciones.

-Ok, se lo puede acusar de garantista, pero, desde la vereda de enfrente, desde los sectores progresistas, si condena, si aplica la ley, lo pueden acusar de punitivista.

-Garantista no es una mala palabra, por supuesto. Es una palabra noble. Todos los jueces deberían ser garantistas. Lo que pasa que, en lo personal, los dedos de una mano me sobran para contar a los jueces garantistas que conozco. Lamentablemente no hay.

-Pero el garantismo también tiene su grieta. Una cosa es garantizar, en el buen sentido, los derechos del ciudadano de ser llevado a un juicio justo, es decir, el debido proceso y demás. Pero eso se confunde con el hecho de garantizar conductas delictivas. Parece que cada uno de los sectores que hablan de garantismo alza la bandera de acuerdo con la acepción que pueda tener del término.

-Sí, sí. Esto de cambiarle el término a las palabras es algo muy común. Pero es muy paradójico. Llegamos al punto de ir en contra de las garantías constitucionales, que son el símbolo de la “civilización” -entre comillas- occidental. Ahora resulta que defender eso es algo que está mal porque es defender a los delincuentes.

-Usted, como abogado, como profesor de Derecho en la UBA y también como escritor, ¿cómo ver el rol del Presidente en tanto abogado y docente? ¿Cómo ve su relación con la Justicia, a la que le está permanentemente marcando la cancha?

-Para mí, Alberto Fernández es una gran desilusión. En todo sentido. Es un colega. Lo conozco de la facultad. Me he cruzado con él infinidad de veces en cuestiones académicas. Creo que la gente se equivocó en elegir a uno de nosotros, a un profesor de derecho penal, como presidente.

-¿Y en cuestiones puntuales?

-Para mí, desde el momento en que dictó los decretos cuarentenistas imponiendo un estado de sitio sin pasar por el Congreso, ya no le creo más como jurista. No les creo ni a él ni a todos los demás que firmaron. Después, lo que él diga de los jueces, eso lo hacen todos los presidentes. No dista mucho lo que hace este presidente respecto de la Justicia de lo que hizo el anterior.

-¿Cosas como cuáles?

-Recordemos que el presidente anterior intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema.

-Por eso mismo, uno se imagina a Alberto Fernández, profesor de derecho, o a Mauricio Macri, rodeado de asesores y especialistas en el tema y se pregunta: ¿cómo pueden cometer este tipo de errores? ¿Por qué pasa eso, doctor?

-(Ríe) La verdad, no lo sé. Habría que preguntarles a ellos. Pero, por ejemplo, en el caso de la cuarentena no le vamos a echar toda la culpa a Alberto Fernández porque, en definitiva, de entrada, hubo un apoyo de parte de la oposición también. Después de cuatro o cinco meses, cuando se dieron cuenta de que la cuestión había fracasado, se despegaron. Pero, en Argentina se había instalado un triunvirato compuesto por el presidente de la Nación, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

-Sí, lo recordamos.

-Ese triunvirato decidía todas las cuestiones de la Argentina. Todas. Absolutamente todas. Y la Justicia estaba cerrada. Eso es algo inaudito. La Justicia estuvo cerrada durante meses.

-Finalmente, le pedimos otro parecer sobre una colega. ¿Qué opinión tiene de Cristina Fernández como abogada?

-Como abogada, la verdad es que se defiende bastante bien. A veces no es bueno que el cliente se defienda muy bien. Por eso yo, en general, trato de hacer que mis clientes hablen lo menos posible. Entonces, como clienta, no me gustaría. Pero, bueno, eso es un problema del doctor Beraldi.

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