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Análisis y opinión

Mariana Sández: "Psicológicamente, me resultan más atractivas las mujeres que los hombres: tienen más color"

La escritora Mariana Sández suma premios y críticas elogiosas. Acaba de ser relanzado el volumen de cuentos "Algunas familias normales". Habló desde Madrid con Radio Nihuil

Las escritoras argentinas, consideradas en conjunto, están pasando por una etapa de excepción. El momento fecundo se prolonga y se expande año tras año con la suma de premios, de críticas elogiosas, de soporte editorial.

Los géneros que cultiva cada una de las autoras y los niveles de aceptación del público son muy variados, lo cual añade un motivo de seducción al fenómeno.

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Mariana Sández, con una obra no muy extensa todavía, se ha ganado un lugar genuino en este colectivo por la calidad de sus libros. Su novela Una casa llena de gente, publicada a fines de 2019, acaba de ver su cuarta edición.

Tal reconocimiento impulsó, este año, el relanzamiento de su volumen de cuentos, Algunas familias normales, con un par de textos nuevos concebidos “en tiempo de pandemia”. Excusa ideal para contactarla desde Madrid, donde se encuentra viviendo con su familia desde hace un año y medio.

Es un día de mucho calor en la capital española, cuando se empiezan a respirar otros aires en materia de confinamiento y restricciones.

-Mariana, has pasado toda la pandemia en Madrid. ¿Cómo fue la experiencia?

-Fue oscilando con el tiempo, según las comunidades. Acá, desde septiembre los chicos están yendo a clases y realmente no hubo inconvenientes, con muy pocos contagios. Ahora nos han permitido sacarnos la mascarilla cuando estás al aire libre, caminando en la calle o en algún lugar en donde no estés muy cerca de otras personas.

-Nos encantó conocer tu libro, elogiado por importantes escritores como Enrique Vila-Matas y editado por un sello chico, desconocido por nosotros, como Compañía Naviera Ilimitada.

-Hoy, las editoriales independientes son hasta más valiosas para los autores porque, aparte de darle la oportunidad a gente nueva, hacen las cosas con mucho cuidado y criterio; le ponen mucho corazón. Y los libros llegan a ser más visibles, porque si estás en una editorial que tiene un catálogo gigantesco es más difícil que te vean.

-Un cuidado artesanal, por lo que decís. ¿Cómo les está yendo como editores?

-Muy bien, fantástico. Y con razón, porque están haciendo libros muy buenos y con mucho espíritu.

-¿Cómo es hoy tu situación familiar?

-Estoy con mi marido, tengo una hija y estamos viviendo todos acá. Bien.

-La pregunta ronda en torno a una curiosidad inevitable: cuánto hay del autor en los textos que produce. Y tu libro describe situaciones familiares.

-He leído a muchos autores sobre este tema y, además, está lo que me pasa a mí misma. Siempre es una combinación de factores. Hay cosas que no necesariamente pertenecen a tu vida, sino que las podés conocer por diferentes contextos: por tu trabajo, porque ves algo en la calle, por lo que sea. Cuando estás atento, hay muchas escenas o momentos que son rescatables. Y, a partir de eso, se trabaja.

-Ahí opera el oficio propiamente dicho.

-Por lo general, puede haber un germen, un disparador, pero, después, todo lo otro se moldea. Entonces, cuánto porcentaje de eso pertenece la tu vida, ya es incontrolable. Respecto de la ficción, esto es lo que dicen los autores y a mí me parece que es así.

-¿A qué se dedica tu marido?

-Es editor.

-Preguntaba porque uno de los cuentos más potentes, Literatura, es el diario de una escritora que fantasea con un escritor chileno, a pesar de estar en buenos términos con su marido. Supongo que debe ser difícil para alguien que se dedica a las letras convivir con alguien que no es del ambiente.

-En mi caso no es así. Yo tengo una muy buena relación. Ese relato es inventado. Fue una idea en torno a una situación literaria que hemos vivido muchos, como congresos, viajes, etcétera, pero que, de repente, la pandemia la coartaba. Y cuanto más coartada estaba la cosa, más crecía la fantasía de esa mujer. A su vez, me interesaba plantear si el hombre ese en el que ella piensa de verdad existe o es una fantasía.

-Sí, vas dejando esa pista en torno a un posible amigo imaginario.

-Claro. Como que, a veces, a los que nos gusta la literatura llegamos a enamorarnos de los autores. Entonces, la idea es: hasta tal punto te podés enamorar de los libros que creés que estás enamorado de la persona.

-Como contrapartida, a veces conocés al autor en persona y resulta una excepción, ¿no?

-Sí, totalmente (ríe). Es así.

-¿Y a vos te ocurre, como al personaje de otro relato paralelo, El sueño de Leila, que estás afectada de literatrósis, o sea, de adicción literaria incontenible?

-Yo creo que sí, porque todo lo que me interesa en la vida está muy marcado por los libros. Y tuve la suerte de que todos mis trabajos siempre estuvieran en relación a la literatura, a tal punto que soy muy ignorante en otros temas. Y cuanto más focalizada en lo literario, más metida en eso, estoy más ausente de otras cosas.

-Tu protagonista padece, también, de literatrofia, que es la atrofia de la hipófisis debido a una congestión descomunal de lecturas. ¿No te estará pasando también?

-(Ríe) Puede ser. Todo puede ser. En realidad, a mí me gusta mucho la literatura con humor; una literatura difícil de escribir porque es muy débil la línea que separa el humor de la estupidez.

-Hay que ser un Cortázar para hacerlo bien.

-Es como un peñasco sobre el que caminás y podés caerte en cualquier momento.

-Pero venís de una buena escuela. Solés citarlo a Ionesco, un maestro en estas cuestiones.

-Sí. Y Vila-Matas también. Parece un autor muy serio, pero toda su obra está regada de humor.

-O Boris Vian.

-Oh, sí. Y Perec o Stephen Dixon, un autor que está publicando ahora Eterna Cadencia, que tiene muchísimo humor, tipo Woody Allen.

-Claro. Y es difícil hacer ese humor a lo Woody Allen, que se burla todo el tiempo de sí mismo.

-Eso sí, pero, también, en algún punto cansa que todo el tiempo sea lo mismo.

-Llama atención la tapa de tu libro. Está cambiada respecto de la de la primera edición, que era más sobria.

-La editorial de la primera edición, Zona Borde, ya no existe más. Fue en 2016. Cuando publiqué Una casa llena de gente con los chicos de Naviera, le fue muy bien, pues, en un año y medio, ya va por la cuarta edición, lo cual es mucho. Entonces quisieron volver a publicar los cuentos.

-Qué buen impulso.

-Al principio no estaba muy segura, pero, en fin, son muy buenos editores y me convencieron. Puse como condición que hubiera algún cuento nuevo. De ahí salió la tapa.

-¿Quién es el responsable?

-El diseñador de Compañía Naviera Ilimitada, Santiago Palazzesi, que vive en Colombia y tiene un estudio que se llama Gosto Studio. Y, la verdad, es espectacular. Todas las tapas de Naviera son espectaculares.

-Puesto que tu marido es editor, ¿comparten lecturas? ¿Leen los mismos libros o van por caminos separados?

-Tenemos épocas. Por ejemplo, leemos mucho en el auto. O en la playa. Son momentos más descansados que compartimos también con nuestra hija, que es más grande. Por ejemplo, ahora estamos en un miniviaje y trajimos Animal Farm para leer con ella. Y él y yo estamos con Días de lectura, un ensayo de Marcel Proust.

-E intercambian materiales, suponemos.

-A veces nos prestamos los libros, nos los pasamos, nos recomendamos. Él sabe lo que me puede gustar a mí y yo sé lo que le gusta a él, que está más levemente inclinado a la no ficción porque, además, es sociólogo.

-El título de tu libro, Algunas familias normales, abarca un concepto contradictorio pues vos misma decís que, como definición, la normalidad es algo que se ajusta a las normas o que se halla en su estado natural. ¿Qué es la normalidad, en definitiva?

-Para mí eso es lo contradictorio, justamente, porque una cosa que se ajusta a las normas no me parece natural. Para mí las normas son lo que moldea el estado natural. Por ejemplo, hace poco conversábamos con un grupo en un taller qué pasaría si una persona nace y no le ponés nombre. Algo superinteresante.

-¿Y a qué conclusión llegaron?

-Justo en el grupo había varios psicólogos y fue una conversación riquísima. Uno de ellos decía que si no nombrás a alguien es como si no le dieras existencia. Entonces, para un hijo es peor no tener nombre o no tener existencia para los padres que un nombre que, si no, va cargado del deseo de los padres.

-¿Cómo se llama tu hija?

-Malena. Obviamente está cargado de un tema…

-… de tango.

-Musical. De tango. Exacto. O el que le pone Ulises a su hijo lo marca, qué sé yo, con el personaje de la Odisea. O el que llama a sus hijos como él mismo o como sus padres, también.

-¿Entonces?

-La normalidad, para mí, tendría que ser lo que cada uno es esencialmente. Pero eso no existe.

-Pero eso lo venís a saber mucho más tarde.

-¿En qué sentido?

-En el sentido de que lo vas sabiendo con el tiempo. De pequeño, sos un libro a escribir, una página en blanco.

-Sí, pero, a la vez, cuando sos más grande ya estás condicionado por un montón de esas normas sociales. Y, aparte, no podés vivir.

-Pero tenés alguna chance. Por ejemplo, te podés cambiar el nombre, usar un apodo, apostar a ser otro.

-Sí, sí. Es muy complejo lo de la normalidad. Por eso yo en las notas que doy aclaro que es un tema más para psicólogos, sociólogos o filósofos. Lo mío es más intuitivo.

-Tus textos demuestran que sos una aguda observadora de las conductas humanas. ¿Qué te llama más la atención, la gente en general o los hombres en particular? ¿O te dan más curiosidad las mujeres? Tu cuento Las lloronas es el retrato notable de un colectivo femenino. Difícilmente lo hubiera podido lograr un hombre.

-Es verdad. Lo mismo pasa con Una casa llena de gente. Está llena de mujeres en tensión. Desde ese punto de vista de la psicología, me resultan más atractivas las mujeres. Siento que hay más color, más variantes, más matices. A los hombres los veo más parecidos entre sí. Pero es una visión mía. Tampoco se puede generalizar.

-¿Estás diciendo que los hombres son más planos, más previsibles?

-(Ríe) No sé… Con menos variantes. A simple vista, a grandes rasgos.

-Por otra parte, al describir el grado de malevolencia que alcanzan las protagonistas de Las lloronas, es algo que podés hacer vos. Si lo hiciera un hombre lo acusarían de machista, de machirulo y esas cosas.

-Exacto. Tenés razón.

-Hay un cuento muy inquietante, Foto de familia, por la actitud final de la mujer que es secuestrada junto a su hija por un hombre mayor que ella. Resulta delicado indagar sus razones sin espoilearlo.

-Ahí tenés de vuelta lo de lo biográfico y no biográfico. Yo, cuando mi hija era bebé, tenía mucho miedo de subirme a un taxi y que me secuestraran o que me hicieran algo. Estaba doblemente indefensa con la bebé. Igual, yo soy muy miedosa. Y partir de ese miedo se me ocurrió esta historia.

-¿Y por qué el final?

-No tengo idea. Se produce un síndrome de Estocolmo, parecería. Pero queda abierto.

-O sea que a vos la literatura te sirve para exorcizar tus miedos o tus demonios.

-La verdad que sí. Por lo general es como un mecanismo de anticiparse a los miedos. Hoy, por ejemplo, me pasó que no encontraba una cosa en casa y entonces, enseguida, empiezo a fabular. ¿Entró alguien, vino alguien o no sé qué? En un segundo se me genera la historia de que el portero del edificio entra a las casas a robar cosas inútiles.

-¿Y cuál es la reacción familiar?

-Mi marido y mi hija ya se ríen. “Siempre el peor escenario”, me dicen. Pero de una pequeña fantasía se me desata toda una historia.

-¿Qué se viene ahora? ¿En qué estás trabajando?

-Estoy trabajando en una novela sobre la hija de Leila, una de las protagonistas de Una casa llena de gente.

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