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María O'Donnell: "A Aramburu quiero que lo lean los peronistas, no solo los antiperonistas"

María O'Donnell abrió el ciclo de escritores del Grupo América y Grupo Planeta. Habló de sus investigaciones y de su último libro referido a Montoneros y Aramburu

María O’Donnell ha venido produciendo, en estos años, en paralelo a su intensa carrera periodística, libros de investigación sobre la historia reciente de la Argentina que le han valido un merecido reconocimiento. Sobre todo por parte de los lectores.

Cinco años después de su Born, “sobre el secuestro más caro de la historia”, publicó Aramburu, subtitulado como El crimen político que dividió al país. El origen de Montoneros.

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Otro título impactante que O’Donnell, apenas tuvo el libro en sus manos, se disponía a presentar a partir del 21 de marzo. Pero exactamente un día antes, el presidente Alberto Fernández anunció las medidas excepcionales para afrontar la pandemia. Lo cual cambió su vida, como la de todos nosotros.

Aramburu ha seguido, desde entonces, transitando los caminos permitidos por los protocolos del coronavirus. Como las presentaciones virtuales y el streaming. Que fue el camino elegido para dar comienzo con este libro al ciclo de escritores del Grupo América y Grupo Planeta correspondiente al presente año.

O’Donnell entiende que “las buenas historias, si las cuenta el periodismo narrativo con rigurosidad, despiertan mucho interés”.

En esta entrevista repasamos algunos puntos clave de su trabajo.

-¿Cómo fue el itinerario de dos libros con temáticas complementarias como Born y Aramburu, pero que vieron la luz en circunstancias tan disímiles?

-Born fue un libro inesperado en términos de la repercusión que tuvo. Una historia increíble, que lo tenía todo, incluso como thriller. El de Aramburu me implicaba volver a la Feria del Libro, un lugar que me gusta mucho y que disfruto. Me genera una sensación de comunidad de lectores muy especial que se da en nuestro país. Bueno, no pudo ser.

-Perdiste, por culpa de la pandemia, el contacto face to face con tus lectores, pero los contactos virtuales te habrán acercado a otro círculo para el que antes resultabas inaccesible.

-Es verdad. Nos debe pasar a todos. Por ejemplo, ahora estoy haciendo un taller de escritura con una gran narradora, que es Leila Guerriero, y hay gente cursando desde Rosario, Río Negro, otros países… Esa facilidad de llegar más fácilmente a mucha más gente es muy placentera.

-Los dos libros están muy bien documentados, pero me da la impresión, desde afuera, que el de Aramburu fue más costoso que el de los Born.

-Es un libro que cubre un arco de tiempo más grande, tiene más personajes, es una trama más compleja. Me llevó más tiempo la escritura también. El secuestro de los Born es como una trama lineal. Son nueve meses desde el momento del secuestro hasta que los liberan, si bien hay un epílogo, con esa situación posterior del secuestrador, Galimberti, que se vuelve socio del secuestrado, Jorge Born. Son los nueve meses del secuestro más espectacular que hubo en la Argentina en la década del 70, ¿no? Es una estructura narrativa más clásica.

-Claro, una linealidad que no existe en la trama de Aramburu.

-Es que tratar de explicar el origen de Montoneros a partir del secuestro y asesinato de Aramburu me exige ir hacia atrás. Cubre un periodo desde el 55, cuando fue el golpe contra Perón, la Revolución Libertadora, hasta que en los 70 secuestran y matan a Aramburu, con lo que pasa inmediatamente después. Es un arco de más de 15 años. Por lo tanto, me requirió mucho más trabajo narrativo, porque, además, me interesó saber qué pasaba con varios de esos personajes hoy. A la vez, había que explicar por qué fue un hecho que celebró gran parte de la sociedad y que volvió a los Montoneros en grandes protagonistas de la resistencia peronista que llevaba años luchando contra la proscripción peronista y en interlocutores de Perón, ¿no?

-Y lo armás con una estructura tipo novelística, como aquellos primeros libros de Vargas Llosa, tipo La casa verde, porque vas pasando desde el 55 a 2017, con idas y vueltas en el tiempo. Te demandó toda una planificación la arquitectura del libro, entiendo.

-Sí. Lo que más tiempo me llevó fue la estructura. Como es una historia mayormente conocida, no tenía mucha gracia contarla de manera chata. Un poco la narración te presenta a esos personajes hoy: qué pasó con el hijo de Aramburu, que pasó con Firmenich, cómo Juan Manuel Abal Medina se volvió, a su manera, un poco el heredero político de su hermano Fernando, que fue el primer líder montonero y a quien se le atribuye haber matado a Aramburu. Digamos, esos personajes en el presente me interesan un montón también. Me parece que le dan sentido al estar hablando todavía de Aramburu.

-¿Qué reacciones tuviste desde el peronismo? Principalmente te pregunto porque algunos “montos” todavía están vivos y han sido parte importante de la historia.

-Con Firmenich no he vuelto a hablar. Y a su mujer, la Negrita Martínez Agüero, todavía no logro hacerle llegar un libro. Algunos exmontoneros, como Ignacio Vélez Carreras, que fue uno de los participantes en el secuestro de Aramburu, tuvieron repercusiones para mí muy valiosas. Incluso el Cuervo Larroque, de La Cámpora, o Roberto Lavagna. O sea, gente del peronismo que, por ahí, a priori, le tiene un poco de prejuicio a mis libros. Pero los que entraron a Aramburu, aunque obviamente no estén de acuerdo con todos mis planteos, sí lo vieron como un intento honesto de recrear una época. Lo valoro especialmente porque es un libro que yo quiero que lean los peronistas, fundamentalmente, no solo los antiperonistas.

-El tema, sin embargo, fue y sigue siendo incómodo para el peronismo, como bien sabés. ¿Qué es lo que incomoda, puntualmente?

-La historia incomoda porque, hoy, hay muchos que todavía creen que fue justificado el crimen de Aramburu en su contexto, en su momento. Ellos lo llamaban el ajusticiamiento. Porque se da, además, después de 15 años de proscripción del peronismo y Aramburu había prohibido hasta nombrar a Perón, a Eva… estaba el fusilamiento de Valle, etcétera. O sea, era una figura muy emblemática de la persecución que padeció el peronismo del 55 en adelante.

-Pero no deja de ser un crimen…

-Fue, a la vez, un crimen brutal. Lo van a buscar a su casa, lo llevan a una quinta, lo meten en un sótano, lo vendan, le hacen un “juicio revolucionario” y lo matan a muy corta distancia, desarmado. En fin, el peronismo elude mencionarlo como un asesinato, como un crimen. No encuentran bien la forma de designarlo. De hecho, Alberto Fernández, cuando habla del libro, dice: “Es un secuestro de Aramburu”…

-Hablando de asuntos incómodos, ¿qué creés que incomoda más hoy a los montoneros, el asesinato de Aramburu o el de Rucci?

-El de Rucci, sin lugar a dudas. Es muy interesante lo que está pasando con él ahora. Dentro del peronismo, no hay quién pida hoy en día por Aramburu, pero sí hay quien pide por Rucci. Aramburu, incluso, era una figura poco querida por los militares, sobre todo por los de Onganía. En cambio, hoy vos tenés a Duhalde y Barrionuevo marchando por Rucci, lo mismo que la UOM, con Antonio Caló presente en sus homenajes.

-En el libro figuran cuatro testimonios muy poderosos: el de Firmenich, el de Eugenio Aramburu, el de Juan Abal Medina y el de la Negrita Martínez Agüero. Sobre todo, subrayo los dos encuentros con Firmenich -uno vía mail-, porque me parece que terminan configurando la estructura central de tu relato.

-Es que él es el testigo esquivo que guarda un secreto. Y termina construyendo el libro porque Firmenich es el único sobreviviente vivo que se conoce de ese grupo que estuvo en la selva esos tres días antes de matar a Aramburu. Solo conocemos su relato de lo que pasó ahí, no hay forma de contrastarlo con ninguna documentación ni con el relato de nadie más, y eso le da un poder central a él.

-En tu historia también termina cumpliendo un rol destacado la mujer de Firmenich.

-Su mujer, que es historiadora, lo alojó en Córdoba, en el 72, justamente cuando él estaba prófugo por lo de Aramburu. Era muy jovencita, proveniente de una familia de la alta burguesía cordobesa, María Elpidia Martínez Agüero. Su compañera de toda la vida y la mamá de sus cinco hijos. En un mail, Firmenich prácticamente me ordena que no escriba el libro. Ella decidió igual seguir hablando conmigo. Por supuesto, no me daba información de Firmenich, pero sí de ella. Y lo que cuenta en el último capítulo para mí es algo valioso también, porque creo que ha quedado muy opacada detrás de la historia de su pareja.

-Sí, es muy bueno porque descubre a otro personaje de la trama. Por ejemplo, toda esa historia de cuando da a luz el primer hijo, después queda embarazada estando detenida, etcétera.

-Hay una parte de esa historia que está contada en un libro muy lindo de Analía Argento, De vuelta a casa. Ella también escribió La guardería montonera, que habla de los hijos de los militantes en Cuba y otro, Historias de hijos y nietos restituidos. Y en uno de ellos, Analía entrevistó largamente a Mario Firmenich hijo, que vive en Córdoba. Ha sido militante de La Cámpora y un poco había contado una primera parte de esa historia familiar en la que, en un momento, la Negrita estuvo presa en la época de la dictadura, por disposición del Poder Ejecutivo. Cuando cumple su condena se va con Mario Firmenich a Cuba y ahí se encuentra con la hija, a la que prácticamente no había visto desde que era una beba.

-Es muy significativo ese largo mail que te manda Firmenich donde se autodescribe y dice que lo han transformado en un personaje de historieta, como si fuera Batman o Patoruzú. Los personajes de historieta no cambian, pero yo sí, se queja. Es contradictorio, sin embargo, porque él parece haber cambiado muy poco en estos cuarenta años de historia.

-Exacto, ese es el gran problema. Él dice que son los medios los que alimentan esa imagen suya. Que lo han transformado en chivo expiatorio. Pero creo que tiene que dar muchas explicaciones que no ha dado. Evidentemente la supervivencia del jefe de una organización que sufrió la cantidad de bajas y muertes que sufrió Montoneros siempre es perturbadora.

-¿Cómo lo explica?

-Dice que no fue una decisión de su familia sino de Montoneros: si me mataban a mí era un golpe a la organización. Ya no importaba mi vida. Y afirma: yo no puedo hablar porque estoy demonizado. Pero, como decíamos, él es una máquina de alimentar eso porque está clavado en el pasado. Pedirle a Firmenich arrepentimiento es absurdo porque no se va a arrepentir de lo que le dio sentido a su conducción y al nacimiento de Montoneros. Lo que uno sí le puede pedir es distancia, perspectiva, crítica, sobre todo porque terminó en un desastre la década del 70 con una enorme cantidad de muertos y con una dictadura feroz. Él habla clavado en el tiempo y a la vez reclama que lo han dejado congelado en el tiempo. Yo coincido mucho con la lectura que vos hacés de ese mail.

-Pero hay que meterse en los zapatos de esos tipos, como Miguel Bonasso, que han escrito sobre aquella época. ¿Es complicado, no?

-Sí, seguro. Además, yo me doy cuenta de que eso es un ejercicio difícil. Hay una cierta introspección y una mirada hacia adentro de las organizaciones, o de exmilitantes guerrilleros, que han hecho críticas o reflexiones críticas. Pero siempre hacia adentro, cuesta mucho que las hagan hacia afuera. Seguramente tiene que ver con que hay mucho muerto en el medio. Lo puedo entender, pero me parece que ya es tiempo también de hacerlo.

-Otro aspecto me llamó mucho la atención: después de los Born, el secuestro más cuantioso de la historia y con los millones de dólares puestos en Cuba, que Firmenich haya terminado hoy, finalmente, como un tipo pobre, parece una historia de Charles Dickens.

-Sí, uno le puede reprochar muchísimas cosas a Firmenich particularmente. Pero yo sé que no está el enriquecimiento personal entre los reproches que uno le puede hacer en base a la guita de los Born. De esos 60 millones de dólares de entonces, una parte se usó para la contraofensiva, entre otras cosas. Pero hubo un momento en que Cuba les cerró el acceso al dinero y se lo quedó, aparentemente.

-La trama luego va cobrando ribetes delirantes, hasta llegar a esa especie de búnker en La Matanza.

-La historia se conoce poco. En el 84, cuando vuelve la democracia a la Argentina, la conducción de Montoneros, que había estado durante todo el exilio en Cuba utilizando el dinero proveniente del secuestro de los Born, decide retornar al país. Entonces compran unos terrenos en Isidro Casanova, La Matanza, en el segundo cordón del Conurbano.

-¿Cómo aparece el proyecto inmobiliario?

-En ese sitio, le piden a un arquitecto platense que construya unas casas idénticas, para Vaca Narvaja, Perdía y Firmenich, y otra que iba a ser para la conducción. Creo que la única que llegó a construirse fue esta última: una especie de búnker extrañísimo porque tiene un muro, paredes redondeadas para que las balas resbalen, sin ventanas, con un sistema antibombas en la terraza… Vos te preguntás: ¿a qué país volvían en el 84? Al final, Alfonsín ordenó también juzgar a la cúpula de Montoneros y extraditaron a Firmenich desde Brasil.

-Ahí se marca una diferente concepción interna con, por ejemplo, “los cordobeses”.

-Es muy interesante, en el libro, la crítica del grupo cordobés. Donde está Ignacio Vélez Carreras. Ellos dicen: nos militarizamos muy de golpe. Lo de Aramburu, en términos de propaganda, fue un éxito fenomenal para Montoneros, medido según lo planeado. Eso -continúan- hizo que nos quedáramos en la pura lucha armada. Ellos, los de Capital, sobre todo, cayeron en la clandestinidad y no hicieron trabajo ni con organizaciones de base ni con los obreros. Los cordobeses lo tenían mucho más incorporado. Venían de una provincia que había producido el Cordobazo, en cambio los porteños tenían una cosa más militaroide, muy aislados de lo territorial, según les reprochaban los sabinos.

-Por eso destaca el capítulo que le dedicás a Sabino Navarro, justamente porque esclarece las dos maneras de ser montonero en ese momento: está la orga intelectual, católica, de Buenos Aires, y el resto del país. Son dos formas de entender el fenómeno.

-Sí, él era hijo de un obrero analfabeto migrado al Conurbano, había trabajado en fábricas. Era realmente un obrero. Pero lo de Sabino Navarro plantea otra cosa bastante interesante: era un hombre muy mujeriego, por lo que ahí aparece también la cuestión de cómo se manejan las organizaciones con cuestiones personales. Como en realidad, en otro momento, iba a pasar con Paco Urondo. O sea, se trata de cómo la organización intenta regular la vida privada de sus miembros, porque, ciertamente, podía haber una cuestión de seguridad de por medio.

-¿Qué te gusta de Sabino?

-Lo de Sabino me gusta porque es una figura muy heroica que quieren muchos montoneros que creen en esa cosa más obrera; pero a la vez no les gusta hablar mucho del asunto, como si el héroe tuviera que ser alguien impoluto y todos tienen sus cosas... Digamos, lo que hace el libro es poner arriba de la mesa la humanidad de los personajes. Nadie es un ogro las veinticuatro horas del día.

-Como el caso del Firmenich más íntimo…

-Y… yo cuento que Firmenich tiene la entrevista conmigo en Stiges con dos sillitas de los nietos en la parte de atrás del auto. Qué sé yo, digo… cada personaje debe tener su humanidad también en algún momento. Pero cuesta, ¿viste? Les cuesta a ellos. Sabino Navarro está muy tapado, como el episodio donde lo agarran de una manera muy imprudente en la calle con una chica que no formaba parte de Montoneros. Él mata a dos policías como consecuencia de ese error. Comete esa falla y se tiene que ir a Córdoba, en circunstancias de alta peligrosidad. Se va a asumir la conducción y ahí cae y muere inmediatamente.

-¿Qué es de la vida de Firmenich? Cuando vos lo entrevistaste el tipo estaba muy angustiado porque se iba a quedar sin laburo pues le llegaba la jubilación en la facultad.

-Él es un desterrado, a su manera. Pero tiene problemas por varios lugares. No es querido por muchos de sus propios compañeros, porque le reprochan que haya aceptado el indulto junto a los militares. Está, también, como dijimos, el hecho de que el jefe de Montoneros sobreviva, habiendo tantas muertes y desapariciones entre sus filas.

-Sigue en Barcelona, ¿no?

-Sí, viviendo muy austeramente, en una casita en la montaña, en las afueras de Barcelona, con el sueldo de docente universitario. No tiene holgura monetaria para nada. Y se jacta de eso, como una manera de decir que no traicionó sus ideales, en contraposición con los Galimberti y otros. Sé que estuvo hace un tiempo en Buenos Aires. La mayoría de sus hijos vive en Argentina, pero él siente que no puede funcionar acá. Como que es una situación de cierto peligro, permanentemente, porque si alguien lo reconoce y reacciona mal, nadie confía en que él reaccione bien tampoco.

-Montoneros, en algún momento, era la juventud maravillosa; después pasó a ser un nombre maldito. Va y viene. ¿Qué sensación te queda después de los dos libros? ¿Qué queda vivo de la organización y de su impronta?

-No se puede reducir la historia de Montoneros a Firmenich, porque la célula original se volvió algo mucho más grande. O sea, hay que revisar también porque el hecho fundacional es un hecho de sangre tremendo, pero también le da origen a todo el resto. Creo que es un capítulo desgraciado de la historia el de la violencia de la década del 70, que terminó muy mal, realmente. Era, también, un contexto de dictadura, con proscripción del peronismo.

-Justamente, es tremenda la descripción que vos hacés del sótano, con Abal Medina frente a Aramburu, ajusticiándolo ahí, a centímetros de distancia. Hiela la sangre.

-Bueno, es la descripción que hace Firmenich. Si hay crueldad ahí, es el propio Firmenich el que la relata en esos términos. Nadie más que él. Como decíamos más arriba, es una historia incómoda. Y a mí me atraen las historias incómodas. Me parece, como periodista, que es justamente donde hay que ir a buscar. Ese es nuestro laburo: no quedarnos en la comodidad de escribir sobre temas sobre los que ya tenemos punto de vista tomados para gente que piensa como nosotros.

-Hemos hablado de tus dos últimos libros de investigación que, según pienso, merecerían terminar en la pantalla, grande o chica, como otros casos policiales resonantes de la Argentina: El robo del siglo, El Clan (Puccio) o El Ángel (Robledo Puch). ¿Hay algo al respecto?

-Existen algunas cláusulas de confidencialidad. Pero hay una productora internacional que está llevando adelante un proyecto de llevar Born al cine. Ojalá se dé, porque la idea es muy linda. Aprendí también que los proyectos de cine involucran a mucha gente y que se junten muchas circunstancias. Vamos a ver a qué llega. Aramburu, en cambio, tiene otra estructura. Por la cantidad de tiempo y de personajes, es una historia mucho más coral. Su estructura narrativa es más para una serie que para una película.