Más de una década le tomó a María Dueñas escribir y publicar Sira, la continuación de El tiempo entre costuras, su novela iniciática que la ubicó, rápidamente, en lo más alto del firmamento literario.
El fenómeno se siguió alimentando con los sucesivos libros de otras temáticas, otras historias, y con las series que inspiraron. La más actual es La templanza, en la plataforma Amazon.
Además de la riqueza narrativa, documental y humana que conforma el “estilo Dueñas”, Sira tiene un poderoso interés añadido para el público argentino: la figura de Evita Perón, figura central en una trama que pasea por Jerusalén, Londres y ciudades de España y Marruecos. La acción, en este caso, se ubica en 1947, cuando el general Juan Domingo Perón decide enviar a la primera dama como prenda de afecto a la España del generalísimo Francisco Franco, que estaba sumergida en una desgarradora crisis tras el final de la guerra civil.
Evita, seguida de una flota de barcos llenos de alimentos, llega, pues, como una bendición para el famélico pueblo español.
Con María Dueñas habíamos hablado, por primera vez, en ocasión del lanzamiento de su anterior novela, Las hijas del Capitán.
Retomamos el diálogo, ahora, desde Cartagena, Murcia, sobre la costa del Mediterráneo, con un vivo y afectuoso interés por desmenuzar las nuevas andanzas de Sira Quiroga, en el programa La Conversación de Radio Nihuil, junto a Sara Inés González y Paula Jalil.
-Hola, María, buenos días.
-Hola, queridos. Feliz de estar con vosotros de nuevo. Es una alegría enorme charlar de esta novela que tiene un componente argentino y sabiendo que va a llegar a tantísimos oyentes de Argentina que ya han leído mis libros.
-Acá, María, hay más fanáticos tuyos que del Barcelona y el Real Madrid.
-(Ríe) Eso me encanta. ¡Me encanta! Es un gustazo porque adoro Argentina, adoro a mis lectores, a mi equipo editorial y a todos vosotros, los medios, que siempre me recibís con un cariño fantástico.
-De todos modos, te queda una deuda grande con nuestro país.
-¡¿Por qué?!
-Porque nos consta que te gusta mucho el vino, pero nunca has visitado Mendoza.
-(Ríe) Es verdad. Es una deuda pendiente. A ver si este maldito virus ya nos da una tregua y nos deja movernos con tranquilidad, ¡que yo me muero de ganas de ir a veros a Mendoza!
-Pregunta inicial para tu nueva novela, Sira. ¿En qué género lo ubicarías? Decimos esto porque es un libro que comprende muchos libros.
-A mí me preguntan muchas veces si yo considero que lo que escribo es novela histórica, de espionaje o femenina, incluso, aunque ahora ya está un poco feo poner esta etiqueta.
-¿Y cuál es la respuesta?
-A mí no me gusta etiquetarla. Es una novela de corte clásico, sin necesidad de que sea de ningún género en concreto, porque adentro hay de todo. Hay aventuras, intrigas, conflictos, historia… muchas cosas. Todo eso en dosis equilibradas. Ninguna supera a otra y todas contribuyen a robustecer el relato.
-Totalmente de acuerdo. Sira puede ser una novela de espías tipo John le Carré, una novela costumbrista, etcétera… y hasta un libro de viajes.
-Sí. Es verdad que a mí me gusta hacer viajar a mis personajes.
-Lo cual es una maravilla a la hora de adaptar tus títulos a la pantalla.
-He tenido la suerte de que los productores y guionistas con los que he trabajado han sido muy respetuosos con las novelas. Se han ceñido bastante a las tramas y a los diálogos. Lo mismo con los escenarios. Respetan todos los movimientos, las ideas y venidas, los cambios de países, los cambios de entornos. Y eso es lo que ahora tiene Sira adentro: un gran viaje a través de varios países y momentos.
-Muchos lectores se comunican con nosotros para reafirmar este punto: que tus libros los hacen viajar; a algunos, hacia la tierra de sus padres o sus abuelos.
-Justo Sira tiene las dos proyecciones. Tiene viajes internacionales, porque empieza en Jerusalén, después va a Londres y acabará en Tánger. Pero también tiene viajes dentro de España.
-Claro. Ahí ella tiene uno de sus encargos profesionales más importantes.
-Lo que yo hago es poner a Sira en movimiento en un itinerario a lo largo de todo el mapa de España siguiendo la visita de Eva Perón. Esa visita mítica del año ’47 que duró varias semanas y que la trajo a este otro lado del mapa.
-Este largo capítulo es como el corazón del libro porque permite explicar la política de la época, están las minuciosas descripciones de costumbres, el detalle de las vestimentas, etcétera.
-Yo me documento mucho para mis novelas porque me gusta ser rigurosa, pero también porque disfruto ese proceso de documentación previo a la escritura. Y ahora he tenido mucha suerte porque estamos hablando del año 1947.
-¿Suerte en qué sentido?
-En que para esa época ya hay mucha cobertura de prensa escrita; cobertura de radio y cobertura visual, de vídeo, que es algo que para otras novelas me ha sido imposible contar pues, por ejemplo, para el siglo XIX no queda nada de imagen. Y esa gran cantidad de documentación detallada me ha servido para poder seguir el viaje que le organizaron a Evita, habiendo mil pequeñas cosas.
-¿Cuáles pequeñas cosas te fueron interesando?
-Quién la acompañaba, qué ropa llevaba cada día, cómo se vestía, qué visitaba, de qué color eran sus zapatos, cómo la peinaban, a quién saludaba, qué le regalaban, qué le pusieron de comer, qué desayunaba, dónde dormía. Todo eso está documentadísimo. Eso ha sido maravilloso porque simplemente he tenido que ir clavando puntales.
-¿Y después?
-Después de eso he recorrido el mismo itinerario, pero trazando una ficción al paso de aquel viaje.
-Pero, además de tu documentación, has hecho algo que ninguno de nosotros, los argentinos, pudimos hacer. ¡Has hablado con las modistas y el peluquero de Eva Perón, así sea en tu imaginación! Te has metido, incluso, en la intimidad de Juancito Duarte.
-(Ríe) ¡Yo he inventado poco! He puesto un poquito de color, es verdad. Pero, como decía, al haber muchísima documentación, al tirar de un hilo sabes quién fue el hermano Juancito; tiras de otro y sabes quién fue Lilian Lagomarsino, que era la señora que la acompañaba; o Alberto Dodero, el magnate que tenía una naviera…
-Todos personajes reales, es cierto. Basta googlearlo y ahí están. Pero el color con que están presentados, mediante una lectura tan exquisita, lo meten a uno en la historia.
-Cómo gusta saber que lo habéis disfrutado porque cuando yo estaba escribiendo toda esta parte tan argentina me decía: tengo que ser muy cuidadosa para no molestar a nadie, para no meter la pata. Por suerte he contado, dentro del equipo editorial de Planeta, con correctores que han supervisado. Pero, verdaderamente, era un poco difícil errar porque estaba todo tan realmente reflejado.
-Era un momento muy particular del periodismo, ¿no?
-La prensa española sufría una enorme censura porque era la época del franquismo. Por eso está todo rigurosamente milimétrico y nadie opina ni dice una cosa que se salga de la norma. Con lo cual, todo lo que sale de ahí es cierto y no miento respecto de cualquier cosa que yo diga como, por ejemplo, que Eva Perón llevaba una capa de visón cuando acá era verano y hacía 30 grados. Aunque suene un poco extravagante, está ahí. Están las fotografías, las crónicas de la época.
-Otro aspecto a destacar es la opinión subjetiva sobre el personaje. Quedan muy bien balanceadas las luces y sombras que rodean a Evita, una de las mujeres más poderosas del momento, una avanzada feminista, si se quiere, junto a un boato exagerado en su honor, teniendo enfrente a un pueblo español muerto de hambre.
-¡Claro! Aquello fue una cosa absolutamente fuera de lugar y fuera de tono. La guerra civil española había terminado en el ’39. Habían pasado unos siete años apenas y el país, en ese momento, está totalmente empobrecido, arrasado; está herido, divido en dos; está oprimido y reprimido por el régimen franquista; y hay necesidad de todo. En algunos sitios, hay hambre auténtica.
-Encima, el contexto internacional no era favorable para España.
-Al terminar la Segunda Guerra Mundial las potencias vencedoras dan la espalda a España. Naciones Unidas veta su entrada entre los países del mundo. Entonces España está completamente sola, dejada de la mano de Dios. Nadie la ayuda nada y el país sufre enormemente.
-Ahí se entiende mejor esta relación con Argentina.
-Franco busca la ayuda de Perón que, por afinidad entre las naciones, por afinidad entre los regímenes políticos, tiende esa mano que tanto necesita España. Ahí es donde empiezan a cerrar unos acuerdos comerciales. Y Franco, agradecido, pero también interesado para que todo eso quede bien firme, invita a Perón.
-Pero al final él no fue.
-Es que Perón acaba de ganar las elecciones. Tiene mil cosas que hacer en la Argentina y no puede permitirse hacer un largo viaje por España. Entonces deciden enviar a Evita.
-Llega como una enviada de los dioses…
-Franco, como decíamos, está agradecido por esos barcos que empiezan a llegar a partir de la visita, cargados de trigo, de cereales, de todo tipo de carnes, de cuero, ¡de huevos! ¡Cajones de huevos! Venían barcos llenos de huevos. Es que no había ni eso en España. Era terrible la situación.
-Es lo que termina de explicar el impacto de la llegada de Evita.
-Claro. Franco la invita y decide tirar la casa por la ventana hasta unos extremos desorbitados. La prensa internacional lo critica muy duramente. Dice: cómo ese hombre, que tiene a su gente muerta de hambre hace ese despliegue tan exagerado y a veces hasta tan bochornoso.
-Pero tenía una justificación de fondo, ¿no?
-Parece que le salió bien porque después Argentina estuvo brindando esa ayuda a España hasta ya entrados los años cincuenta. Y, por lo menos, se consiguieron paliar, momentáneamente, tantas necesidades. Ahora bien, el viaje fue absolutamente descacharrante en todos los sentidos.
-Queda flotando, sin embargo, una curiosidad de base: ¿por qué se te ocurrió introducir en la historia de Sira a Eva Perón?
-Fue al revés. En vez de ocurrírseme a mí, casi me salta Evita a la novela ella sola.
-¿Debido a qué circunstancia?
-Yo retomo el arranque de Sira haciéndolo coincidir con el final de El tiempo entre costuras. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial. Estamos en el año ’45. En el tránsito de una novela a otra, Sira se ha casado con Marcus. Esa es prácticamente la única novedad que tenemos.
-Con el escenario trasladado a Jerusalén.
-Ella acompaña a su marido a Palestina, pasan cosas tremendas en su vida, vuelve a Londres y, al momento de volver a España, ya estamos entre los años ’46-’47. Y la gran noticia que hubo en España en aquellos años fue que había llegado Evita. Todo lo demás era oscuridad. Ese viaje fue lo único luminoso que sacó a la gente de su triste situación.
-Fue un fenómeno popular, masivo.
-Los periódicos, llenos con eso. La gente empezó a ponerles a sus hijas que nacían el nombre Eva…
-A quien también llamaban la Perona…
-¡Le llamaban la Perona, sí! El pueblo llano. Claro, sabían que había un general Perón en Argentina, remotamente. Pero, como el régimen de Franco, además, se empeñaba en utilizar el larguísimo nombre de ilustrísima señora doña María Eva Duarte de Perón y no dejaban que se acortara, entonces la gente dijo: esto hay que acortarlo por algún sitio.
-Tal vez por la costumbre de llamar la Franca a Carmen Polo, la esposa del Generalísimo.
-¡También! Es pueblo llano el que hace estas cosas. A una señora de cierto prestigio nunca se la llamaría por el nombre propio, como sí sucedía en Argentina con Evita. Aquí la costumbre era hacerle adoptar el apellido del marido, poniéndole el sufijo en femenino. Pero lo que yo no sabía, y me ha hecho mucha gracias después durante la publicación del libro en España, es que en sitios por donde pasó ella en su visita todavía quedan cosas, cuestiones, a las que se les llama la Perona.
-Entre ellas, un barrio en Barcelona, ¿puede ser?
-En Barcelona hubo un barrio que se construyó en aquella época, muy precario, que al final terminó siendo casi de chabolas. Estuve, por otra parte, en el palacio de El Pardo, que es donde vivía Franco. Y allí la alojaron a Evita, para gran dolor de Carmen Polo, la Franca. ¡La pobre se sintió morir!
-¡¿Allí también pervive algo de la Perona?!
-Hay ahí un gran torreón, que ahora son oficinas. Pero en su día fue donde pusieron la zona privada de alojamiento para ella, a la que llaman todavía La torre de la Perona. En Galicia, en Santiago de Compostela, creo, sembraron unos árboles en conmemoración de su visita. Y uno de ellos se llama todavía El árbol de la Perona. Y contaban que en aquellos barcos que venían con cargamentos de cereales y todo tipo de alimentos, venían también las estrellitas de pasta, pequeñitas, para hacer sopa. En España no eran comunes y la gente, al hacerse frecuentes, empezó a llamarlas las estrellitas de la Perona. El viaje, por lo tanto, marcó una época. Yo no podía dejar pasar ese momento.
-Yendo un poco más atrás todavía, ¿por qué decidiste retomar esa historia de Sira, la costurera, tan exitosa, después de tanto tiempo?
-Desde la publicación de El tiempo entre costuras yo no había tenido en ningún momento la intención de continuarla o de una segunda parte. Todo el éxito que tuvo aquella primera novela fue tan inesperado, tan imprevisto… Yo era profesora en la universidad, seguía con mis clases, pero aquello empezó a crecer. Era una especie de bola de nieve, con unas ediciones detrás de otras.
-Trascendiendo bastante rápido las fronteras españolas, ¿no?
-Lo siguiente fue el salto a América Latina. El primer país que visitó El tiempo entre costuras fue Argentina. Mi editor, Nacho Iraola, apostó con fuerza y la verdad que la recepción fue magnífica. Después vinieron las series, las traducciones.
-¿Cómo procesaste ese aluvión?
-Cuando yo me planteé, en aquel momento, una segunda novela tuve la sensación de que Sira y yo misma necesitábamos distanciarnos un poco.
-¿Por qué?
-Porque nuestra relación había sido magnífica, pero, también, algo intensa. No pensé, entonces, que pudiese hacer una segunda parte ni me apetecía siquiera, debo confesarlo. Así que opté por otras novelas totalmente distintas, por sacar a Sira y dejarla como en el pasado, donde estaba con un recuerdo magnífico, pero ya como algo que quedó atrás.
-Claro. Tuviste varios títulos, entremedio.
-Vinieron Misión olvido, La templanza, Las hijas del Capitán y tenía una quinta novela, ya empezada.
-¿Qué te hizo retomar la antigua historia, entonces?
-Yo voy mucho a Marruecos, a Tánger, a Tetuán. Y siempre al volver pensaba que me gustaría volver a escribir otra novela situada ahí porque hay tantas cosas que contar, sobre todo del pasado, que quedaron atrapadas. Daría para una enorme cantidad de libros.
-¿Pero cuál fue el detonante?
-En uno de los últimos viajes, antes de la pandemia, todavía, me planteé a mí misma: ¿por qué tienes que quedarte con estas ganas? ¿Qué te impide volver a Marruecos? Era, para mí, como si fuese ya un territorio quemado por haberlo tratado en El tiempo entre costuras. Pero realmente no había ninguna razón.
-Había que volver, pues. ¿Pero bajo qué condiciones?
-De inmediato tuve claro que, si iba volver a aquellos escenarios, tenía que ser de la mano de Sira. ¡No la podía traicionar con otros personajes! Y así fue como nació la idea. Aparqué la otra novela y me adentré en Sira, en ese reencuentro.
-Y te tocó abordar la escritura ya en tiempo de coronavirus.
-Ya había empezado a escribir la novela unos meses antes del principio de la pandemia. Después fue espantoso, como para todo el mundo. Lo único bueno que yo he sacado es que pude escribir con tranquilidad a lo largo de muchos meses seguidos, porque se canceló todo: los viajes, las ferias, las presentaciones, las charlas. Así que es una novela muy de pandemia. Diría que un sesenta o setenta por ciento se ha escrito en ese periodo.
-Además de sus contenidos históricos o políticos, esta es una novela romántica. Sira se la pasa con el corazón roto entre Ignacio, Ramiro, Marcus y otros personajes nuevos. ¿Cuánto de ese corazón pertenece también a María Dueñas?
-Pues muy poco, siento confesarte. Poquísimo. Yo intento intervenir lo menos posible en el alma de mis personajes, en sus sentimientos. Igual, alguna vez se me escapa involuntariamente alguna cosita, pero casi todo lo que les ocurre a ellos en sus planos personales y sociales, de lo más mundano a lo más íntimo, intento que sea ficción, siempre. Además, a la pobre Sira aquí le pasan cosas demoledoras. ¡Yo no quiero que me pasen a mí! Estas historias no se las deseo a nadie de mi familia; ni a mis lectores ni a mis amigos ni a mis hijos.
-No dejás muy bien paradas a las suegras, por otra parte. Tener una suegra inglesa debe ser bravo.
-Tener una suegra inglesa con esa moral victoriana, en aquel Londres del año ’47, pobre gente… Decía yo que en España la estaban pasando mal después de la guerra, pero en Londres también. ¡Por lo menos era en democracia! No tenían una dictadura. Pero había falta de todo: de carbón, de electricidad, de ropa, de vivienda, de comida. ¡De todo! El país -y Londres, sobre todo- había quedado arrasado por la guerra, con las arcas públicas vacías. Era una situación demoledora.
-Y ahí llega Sira, precisamente, proveniente de Jerusalén.
-Claro. Sira debe vivir en el caserón de su suegra, con la señora que tiene un carácter de mil narices. Pero, bueno, reconozco que no es todo culpa de Olivia. Sira tampoco pone mucho de su parte. Ella cree que está ahí de paso. Se quiere ir cuanto antes. Está incómoda. No está a gusto y no tiene intención de hacerse amiga de esa señora porque piensa que, simplemente, va a ser una relación de días.
-Estamos desarrollando ahora un diálogo radiofónico, María, lo cual no es un dato accesorio. Tu novela destila un enorme y cálido amor por la radio, desde el aparato que acompaña a Sira en Jerusalén y Londres. ¿Te pasa también a vos, en lo personal?
-Sí, sí. Yo le tengo un afecto enorme a la radio desde muy joven. Recuerdo escucharla con aquellos pequeños transistores que había antes, en aparatos que venían con pilas, con baterías. He escuchado mucha radio y sigo escuchándola. Siempre ha sido un medio magnífico que se ha ido adaptando a los tiempos de manera genial sin cambiar su esencia, su alma, que es, al final, contar cosas o informar o entretener. De verdad que me dais mucha envidia los profesionales de la radio. ¡Me habría encantado alguna vez tener un programa!
-Por otra parte, Sira consigue trabajo en la BBC, nada menos.
-Yo sabía remotamente que la BBC había tenido unos programas en español, tanto para América Latina como para España en el pasado. Pero desconocía cuál fue su alcance y quién había detrás de aquellos micrófonos que emitían desde Londres.
-¿Qué aprendiste sobre este asunto?
-Ha sido una investigación esclarecedora, ilustrativa y magnífica el saber cuánta gente había detrás. Muchos eran republicanos españoles exiliados. Y como no querían ofender al régimen franquista, a los que tenían un pasado político comprometido les asignaban grabaciones que iban para América Latina.
-O sea que eran más significativos para nosotros que para ustedes.
-Hubo algunos de estos exiliados que se hicieron famosísimos en todo el Cono Sur, pero, sobre todo, en Argentina. Por ejemplo, el periodista y escritor Arturo Barea. La BBC lo mandó, a principios de los años cincuenta, a hacer una gira por Argentina, por Chile y por Uruguay. Creo que lo aclamaban como si fuese un galán de Hollywood porque a la gente le encantaba escuchar sus charlas semanales. En ese sentido, fueron unos pioneros los ingleses. Se nos adelantaron en la calidad y en la cantidad de producciones que hacían para los países en los que el español es nuestra lengua.
-De hecho, en la novela son entrañables tanto el colombiano como el español que hacen entrar a Sira en la BBC. Son muy lindos personajes los dos.
-Y son personajes reales, ¿eh? Tanto Jorge Camacho -o George Camacho-, colombiano, que era director del Servicio Latinoamericano, como Ángel Ara, un español que tenía que ver, sobre todo, con radioteatro y que después acabó viviendo en Venezuela, muy vinculado a la radio y a la universidad. Yo sabía muy poquito de ellos. Y a partir de ahí decidí construir estos personajes con un poco de ficción, pero con alma real.
-Es impresionante apreciar el peso que tenía la radio en aquellos tiempos, entre otras cosas para influir a nivel internacional.
-Exacto. La radio era un arma, una herramienta de propaganda. La BBC lo tuvo tan claro desde el principio que, en el año ’39, cuando arranca la Segunda Guerra Mundial, ya emitía en siete u ocho lenguas distintas más allá del inglés. Entre otras cosas, emitía en español, en italiano y en alemán para contrarrestar la propaganda de Alemania y de Italia, que tenían colonias en distintos lugares.
-Es destacar, como decías, el nivel de esas transmisiones.
-Había, sí, una intención política detrás, pero no estaba hecho de una forma burda, machacona y descarada sino, simplemente, dando información veraz, rigurosa; con programas de entretenimiento para levantar la moral de la gente; “vendiendo”, entre comillas, una imagen grata de Gran Bretaña como una de las grandes democracias del mundo.
-Tus dos novelas con Sira como protagonista están marcados por el tema de la moda y el estilo, como no podía ser de otra manera. ¿Cómo adquiriste tantos conocimientos sobre cortes, tipos de tela, tendencias, etcétera? ¿Cómo te volviste tan experta?
-(Ríe) Engaño, ¿eh? No soy tan experta. Lo que soy, creo, es una buena documentalista, en el fondo. En ropa, en tejidos, en el arte de costura o en la moda soy capaz de buscar información porque me gusta muchísimo la fase de documentación en todos los planos. Me da igual la documentación histórica que la urbanística, la gastronómica o la documentación en el terreno de la confección, de la moda o de los textiles.
-¿Qué cambió entre un libro y otro, en este plano?
-Aquí la moda me interesó especialmente, ya no como en El tiempo entre costuras, que era un oficio de Sira. Ahora me interesó mucho la moda por cómo refleja la historia de cada momento. Lo he intentado a través de cómo va vistiendo Sira a través de las distintas etapas de la novela. He intentado también, de una manera paralela, mostrar tanto cuál es su ánimo por dentro, como cuál es la coyuntura histórica que la envuelve.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, cuando regresa a Londres después de todo lo que le ocurre en Palestina. A Palestina llega muy arreglada, muy señora de Marcus, muy puesta con sus modelos, muy mona siempre.
-Claro. Londres implica un cambio rotundo, en todo sentido.
-Con todo lo que ha acontecido en su vida, empieza a vestir distinto. Ahora ella va con zapato plano, sin tacón; va con pantalón, con suéter, con chaquetas, como más… no masculina, pero casi. Como más cómoda. Y eso tiene que ver tanto con los momentos difíciles en los que está Londres como con su estado interior.
-Justo en ese momento, su suegra recia y victoriana le reclama porque sale a la calle sin un sombrero, sin tocado.
-Exacto. Por eso cuando ella tiene que trasladarse a España para seguir la visita de Eva Perón y necesita un guardarropa nuevo, acude a ese modisto, Digby Morton, que ya es un precursor de lo que va a venir después, en los cincuenta, con Christian Dior y otros modistos. Es una moda que quiere romper por completo con las tristezas y penurias de la guerra.
-¿Y cómo era la moda en tiempo de posguerra, entonces?
-Como muy militarizada, las hombreras anchas, el cuello muy cerrado, las faldas más largas; casi no se ve piel, ni formas ni siluetas.
-Pero, para España, como decías, ella decide cambiar de estilo, de carácter.
-La ropa nueva que compra ya tiene más escote, ya marca más la cintura, ya son otros largos que dejan ver las piernas; las mangas se acortan, los tejidos son más livianos. Y es, en cierta manera, un intento por mostrar algo de optimismo, porque ya han acabado las guerras, el mundo reemprende una reconstrucción y porque quiere apuntar hacia adelante, con una mirada más luminosa después de la amargura de las contiendas.
-No podemos dejar de mencionar las series basadas en tus libros, tomando en cuenta el espaldarazo que te dio El tiempo entre costuras. ¿Cómo has visto la adaptación de La templanza?
-Quedé muy contenta con ella. Están muy bien elegidos ellos, Soledad Montalvo y Mauro Larrea, interpretados por esos dos actores, Rafael Novoa, que es colombiano, y Leonor Watling, que es española, pero de padre inglés. Ella tiene esa faceta bilingüe, por eso las partes de inglés las hace de maravilla. Ha sido un acierto. Es una producción muy envolvente, muy cuidada. Es rigurosa en lo que trata, pero, además, tiene una estética que te cautiva. Y está funcionando muy bien.
-¿Y cuál es la proyección de Las hijas del Capitán y de Sira?
-Las hijas del Capitán está en fase de guiones. Y confío que de aquí a unos breves meses empiecen ya a mover casting, escenarios y demás, y no tarden demasiado en arrancar el rodaje. Y recién cuando termine nos iremos a Sira. Pero todavía nos queda un poquito. Vamos por orden.
-¿Las hijas del Capitán estará en Amazon, al igual que La templanza?
-Sí, en Amazon Prime Video.
-Para el final, recordamos una reciente entrevista a Javier Moro, con quien terminamos hablando de vos…
-¡Ah! Es que a Javier lo adoro. Es un amor.
-Justamente en su nuevo libro, A prueba de fuego, su personaje central, Rafael Guastavino, nos enseña que el secreto de la paella está en el caldo. Y este libro tuyo nos enseña que la paella se come al almuerzo, nunca de noche.
-¡Siempre! ¡Siempre en el almuerzo! Es una comida del mediodía. Yo estoy ahora mismo en un pueblito cerca de Cartagena, Cabo de Palos, donde tengo una casita al lado del mar. Y anoche salimos a dar una vuelta con mis amigos, con mi familia y veíamos a los extranjeros, que son la imagen típica del verano en España. Sobre todo, alemanes, ingleses, que vienen de vacaciones y piden una paella por la noche. Entonces nunca te quieres sentar cerca de ellos. ¡¿Cómo esta gente no sabe lo que está comiendo?!
-¡Pecado mortal!
-Aquí, cuando queremos poner la imagen de alguien que no entiende nada de España, pues va con calcetines largos en verano, con short y pide una paella.


