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Macri y Alberto coinciden en algo: alaban a Dinamarca, el escenario de Borgen

En estos tiempos en que países como Dinamarca son el paradigma político al que aspiran tanto Macri como Alberto, conviene echarle una mirada a la serie Borgen

Acabo de revisitar la primera temporada de Borgen, esa estupenda serie danesa (en mi escuela de Palmira me enseñaron que se decía dinamarquesa) sobre la construcción política de una mujer que llega a ser primera ministra de Dinamarca y que elabora una carrera mientras su vida familiar se dinamita. Sus hijos sufren. Y su marido, que no soporta la ausencia de su mujer instalada en el palacio, le pide el divorcio.

A diferencia de The Crown, inspirada en hechos y personajes reales, Borgen es ficción, pero construída a base de una inteligente mezcla de elementos de la realidad social y política de Dinamarca, uno de esos países escandinavos que tanto dicen admirar los presidentes argentinos, desde Mauricio Macri a Alberto Fernández, seguramente porque son naciones donde casi todo funciona, es decir, un sitio que está en las antípodas de la vapuleada y populista Argentina.

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Un solo ejemplo sirve para marcar las diferencias: Dinamarca tiene una de las tasas de delincuencia y de corrupción más bajas de Europa. Los países escandinavos son señalados como Estados de bienestar. Todos ellos tienen economías de mercado, es decir que son países con liberalismo y capitalismo. No hay ciudades monstruosas en Dinamarca sino que la población del país está equilibradamente repartida en regiones (muchas de ellas en sus numerosas islas).

A quienes han visitado ese país del norte de Europa les llama la atención el espíritu cívico y tolerante de sus habitantes. Y los economistas coinciden en destacar la estabilidad que muestran los índices económicos, donde casi no se conoce la inflación. ¿Todo es color de rosa? De ninguna manera. Son humanos y tienen sus piojos. Y las series allí producidas los muestran sin almíbares.

Esas gentes poseen muchos más años de historia que nosotros y una cultura política y religiosa muy distinta. Tal vez allí resida parte del secreto: en que ya han tenido tiempo de sobra de equivocarse y de acertar.

El inventor

El creador y alma mater de Borgen (nombre que alude al conjunto de edificios que reúnen a los tres poderes del Estado en Copenhague, la capital del país) es el guionista y productor Adam Price, el mismo que creó otra serie altamente recomendable que se llama Algo en qué creer, sobre una familia regida por un pastor luterano (la principal religión en ese país) que se las trae y que tiene a maltraer a sus dos hijos.

En las dos series, la construcción de la tensión dramática se asemeja al rigor que pone un orfebre para colocar las piezas de un artefacto de relojería o joyería. Eso hace que cada capítulo tenga al espectador atornillado a la silla.

Las tres temporadas de Borgen, de 10 capítulos cada una, se estrenaron en 2010, 2011 y 2013. Y se dio por terminada la historia. Pero fue tal el impacto que tuvo en buena parte del mundo en los años sucesivos que Netflix ha terminado convenciendo a Adam Price para que elabore una cuarta temporada.

La cuarta

Esa continuidad se estrenaría en 2022 y retomaría no sólo el personaje de la primera ministra sino que también seguiría a la periodista que molestaba al poder, y a los principales asesores políticos que hicieron tramoyas en las tres primeras temporadas.

Como le dije, lector/a, yo estoy repasando Borgen. Y la estoy disfrutando tanto o más que cuando la vi por primera vez. Es como una lección de política, pero también un cuento sobre la humanidad, sobre los sinsabores, sobre las traiciones, los amores, los odios, la esperanza, sobre todo eso que el lugar llama, con acierto, la vida misma.