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Luisgé Martín: "Leer, viajar y follar, las tres únicas cosas que te abren la cabeza"

El escritor madrileño Luisgé Martín acaba de obtener el Premio Herralde de Novela. por su libro Cien Noches. También ha sido galardonado en otros géneros como cuento y ensayo. Mantuvo una jugosa charla con Radio Nihuil

El amor. El amor intenso, el amor erótico, como sal de la vida, ¿cuánto dura? ¿Cuánto tiempo se sostiene con la temperatura adecuada?

Es el interrogante clave que anima Cien noches, libro que le valió a Luisgé Martín el acreditado Premio Herralde de Novela.

Martín es madrileño, pero ama viajar, conocer otras culturas y multiplicar sus experiencias personales. Y una de sus partes preferidas en el mundo es Latinoamérica, donde tiene muchos amigos, “amigos de verdad”, como él mismo se encarga de subrayar.

No es extraño, entonces, que uno de los protagonistas de su relato sea Claudio, un argentino cuya historia se entremezcla con varios pasajes problemáticos de la historia de nuestro país.

"El núcleo, sin embargo, de Cien noches es la pasión de vivir, cuyo combustible Martín encuentra en tres actividades esenciales: leer (o escribir), viajar y follar"

Es su santísima trinidad.

Luisgé ha recibido otros galardones por su desempeño en distintos géneros como el cuento, la novela, el ensayo o la columna periodística y se comunica telefónicamente, desde Huelva, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Luisgé. ¿Estás en Huelva?

-Sí. En el Parque Nacional de Doñana.

-¿Debemos entender, por tus propias palabras en la novela Cien noches, que estamos hablando con una persona promiscua?

-Expromiscua (risas).

-Viene bien saberlo. ¿Y cómo les ha ido a ustedes, los promiscuos o expromiscuos, con la cuarentena, con la pandemia?

-No me ha ido mal. Ni yo ni mi familia hemos tenido la enfermedad. Los más mayores, incluido yo, ya estamos vacunados o medio vacunados. Vivo en una casa relativamente grande, en un ático con azotea. Por lo tanto, no lo he pasado del todo mal. Pero, bueno… Vendrán los tiempos en que descubriremos que, aunque no la pasábamos mal, nos han quedado secuelas.

-Hay escritores viajeros, como es el caso de Javier Moro, con quien venimos de charlar, a quienes la pandemia les resultó productiva en cuanto los ayudó a sentarse a escribir, a terminar materiales que tenían pendientes. ¿Cómo ha sido tu caso?

-No. Yo preferiría que no hubiera venido, aparte de las razones obvias, porque he echado mucho de menos viajar. He echado mucho de menos a Latinoamérica. Llevaba ya bastante tiempo yendo todos los años una o dos veces a algún país de allí. Y el año pasado y este, me temo, va a ser el tiempo en que eso se haya interrumpido.

-Pero no ha modificado tu ritmo de trabajo la situación.

-Yo, si me tengo que sentar, me siento. No soy como Javier, seguro. Tengo menos compromisos que él. Y, por lo tanto, no necesito que me fuercen con estas cosas.

-Hablando con escritores porteños, muchos de ellos extrañaban la rutina de andar por la ciudad y sentarse en los cafés a charlar, escribir, ver pasar la vida. Ustedes, los españoles, son de ir de tapas. ¿Te afectó en esto también?

-Sí, absolutamente, claro. Lo que no hacemos en España, a diferencia de Buenos Aires, en Argentina, es escribir fuera, normalmente. Es muy raro quién lo hace. Pero, salir, rozarte con la gente, ver a la gente, eso ha cambiado completamente. Yo vivo en Madrid que ha sido, en ese sentido, una ciudad un poco rara, porque ha tenido más permisividad que otras. No se ha interrumpido del todo esa costumbre. Pero, sí, ha sido un antes y un después. E, incluso, conozco -y en una partecita yo me incluyo- a gente que se ha vuelto un poco más misántropa con la pandemia.

-¿Por qué?

-Porque ha descubierto que la vida que llevábamos era un poquitín arrastrada, un poquitín forzada, en la que teníamos demasiados compromisos, salíamos demasiado. Y la pandemia nos ha ayudado a entender que en casa se está bien; que nos da tiempo a leer, a hacer otras cosas que antes no hacíamos. Y ahora nos da un poquitito de miedo volver a la normalidad. Volver a que haya mil presentaciones de libros, mil cenas y mil encuentros por ahí.

-¿No había, ya, algún tentación misantrópica en tu ensayo Un mundo feliz?

-(Ríe) Está bien visto eso. Yo no era muy misántropo, a pesar de que lo que ese libro defiende, y yo lo defiendo cada vez más, es que el ser humano, como especie, debería caminar hacia su extinción. Somos lo peor de lo peor, como se está demostrando, por otro lado, al menos en España. No sé qué está ocurriendo en la Argentina.

-¿Qué pasa en tu país?

-En España, la pospandemia está teniendo unos resultados terroríficos, lamentables, de insolidaridad, de egoísmo, de defensa de algunos valores que no tienen nada que ver con aquellos que, en un principio, creíamos que nos iban a unir, a agrupar, etcétera. Así que, si cae el meteorito ese que dicen algunas veces que puede caer, yo no tendré ningún problema.

-Recuerdo que, al comenzar la pandemia, los escritores, los filósofos, los ensayistas, se preguntaban si, al final, íbamos a salir mejores o peores. Quien me parecía más sensato era Fernando Savater, que decía: ¡vamos a salir exactamente iguales! Vamos a ser los mismos.

-Pues, vamos a ser los mismos dentro de unos años, pero, durante un ratito, yo me atrevería a decir que vamos a ser peores.

-¿Y cómo iremos quedando?

-Esto nos va a dejar alguna secuela. A los mayores, por mayores; a los jóvenes, porque han perdido una determinada etapa importante de su vida; y a los que no somos mayores del todo ni jóvenes, porque, en general, han quedado algunas heridas emocionales que, al final, nos van a volver un poquitín egoístas. Nos van a sacar la concha que tenemos. La concha del caracol, no la concha argentina, perdón (risas).

-Entendido. Ustedes le dicen coño.

-Efectivamente.

-Estamos hablando de la condición humana, que es, en realidad, lo que sondea tu novela, pese a una trama muy erótica. ¿Por qué elegiste la sexualidad pura y dura para esa misión?

-Porque, desde hace muchos años, defiendo que la columna central de nuestra personalidad tiene que ver con el sexo, con la sexualidad. No es algo que haya inventado yo ni nada que se parezca. Pero lo creo, fervientemente. Y, por lo tanto, si algo tan central en nuestra personalidad determina cómo nos comportamos, cómo queremos, cuáles son nuestras ambiciones, cuál es el camino que solemos seguir cuando tenemos una meta, me parece que una forma de averiguar cómo somos es mirando cómo somos en la alcoba, en la cama. Y eso es lo que hace Irene, la protagonista de mi novela.

-Y tu relato elige esta perspectiva como herramienta de análisis…

-Como tú dices, no creo que sea una novela erótica, sino que es una novela en la que hay mucho sexo; pero de lo que realmente habla es de la condición humana, de cómo somos, de a qué aspiramos y de adónde queremos llegar.

-Sexo hay en abundancia, ciertamente. Tanto que, en algún momento, recuerda a Cincuenta sombras de Grey.

-(Ríe) Espero que no porque a Cincuenta sombras de Grey, literariamente confieso que le tengo poco respeto.

-Me refiero, básicamente, al momento en que Irene conoce a Adam y se siente subyugada.

-En el sentido en que lo estás diciendo puedo estar de acuerdo contigo. Eso de que el carácter y la sexualidad son algo vecino, contiguo, lo comparto. Y cuando Irene conoce a Adam, que es el otro protagonista de la novela, a través de una relación de prostitución rara, efectivamente todo eso que tiene que ver con lo morboso, con lo que va más allá del sexo convencional, pues deja su sello, deja marcada a la protagonista y espero que deje marcado al lector también.

-Alguna vez dijiste que las personas monógamas, las que no han viajado y las que no leen, han vivido a medias. ¿Por qué estas tres cosas?

-Las veces que me lo han preguntado, he intentado buscar otras. Pero, desde el punto de vista experiencial, incluyendo mi propia experiencia y la de la gente que he ido conociendo a lo largo de mi vida, son las tres únicas cosas que te abren completamente la cabeza, que te ensanchan el pensamiento.

-Pero tendrás otros motivos de interés…

-Hay muchas otras cosas que me gustan, como la gastronomía o el vino. Me fascinan. Pero me han abierto el apetito o el estómago, no la mente. Sin embargo, escribir, viajar y follar son tres cosas que, sí, me han cambiado completamente el temperamento, la forma de ver y entender el mundo y la capacidad de ser tolerante. Cuando comprendes el mundo, eres más tolerante, yo creo.

-¿Y aquellos que no honran esa santísima trinidad?

-En ese sentido, conozco a muchísima gente que ha sido monógama o casi, que no lee o que está encantada de su ciudad y le da vértigo viajar. Y algunos son felices. Creo que se puede ser feliz, pero me da la impresión de que se ha vivido menos. Se ha vivido a medias. Y a mí me encantaría haber viajado más, haber follado más y leer más de lo que me da tiempo a leer.

-Se entiendo esa postura existencial y vital, pero en cuanto a abrir la mente surgen ejemplos muy contrapuestos. Hay autores muy respetados, admirables, que casi no han follado, que han tenido historias de amor paupérrimas. Rápidamente, tres nombres emblemáticos: Kafka, Pessoa y Borges.

-Hay un cuarto, que es Constantine Kavafis, que reflexionó mucho sobre ello. De todas formas, los cuatro leyeron mucho, ¿no? No quiere decir que haya que tener las tres cosas.

-Quizá no fueron plenamente felices, pero, a lo mejor, por eso mismo desarrollaron mentes prodigiosas, ¿no?

-Kafka, feliz no fue. Pessoa, tampoco; Kavafis tampoco... y Borges, me atrevería a decir que tampoco. Yo no estaba hablando de la felicidad, pero, bueno, ¡me has pillado! Me has puesto de ejemplo a personas que han vivido a medias, en los sentidos que estamos mencionando. Las carencias afectivas de Kafka y de Borges están en sus libros, claramente. Eso no hace para que no sean libros infinitos en todos los sentidos, sin duda. Yo hablaba en un sentido más existencial. Creo que se es más completo cuando desarrollas esos aspectos.

-También podríamos recordar en este tramo a alguien muy inspirado y genial, pero cuyas motivaciones no pasaban por la cama: Salvador Dalí.

-Pero ahí ya estamos entrando en territorios de la locura. Hace poco estaba leyendo una biografía de Federico García Lorca en la que aparece, como es inevitable, Salvador Dalí. Y parece confirmado que Dalí era una persona asexuada. El sexo le producía un cierto repelús. Además, tenía una sexualidad complicada, una bisexualidad… Pero yo no me atrevería a decir que Dalí tenía una mente ancha. Lo que tenía era una mente genial.

-Un tercer protagonista de Cien noches es Claudio, el gran amor de Irene, que es argentino y cuya historia familiar tiene que ver con una porción importante de la historia de nuestro país, arrancando desde Perón.

-A mí la historia latinoamericana me fascina. No me gusta, pero me fascina. Yo escribí una novela, Las manos cortadas, que estaba centrada en Chile. Hablaba de los años de poder de Allende, del golpe de Estado y de cómo aquello supuso el fin de toda una época; esa época en la que soñábamos que el mundo se podía cambiar y que todo podría ser mejor.

-¿Por qué tu fascinación por Latinoamérica?

-Porque me parece que la historia de Latinoamérica resume, mejor que ninguna otra, lo que es el siglo XX; lo que es ese sentido de la violencia, de la identidad partida, del exilio, de la ruptura. Tengo muchos amigos, amigos verdaderos, argentinos, exiliados en España en su momento.

-¿Y eso ayudó a delinear tu personaje?

-Surgió, simplemente, que cuando yo necesitaba un coprotagonista, una persona de la que Irene se enamorara; que hablara con ella en español y que tuviera alguna razón para haber estado allí en Chicago con ella; pues, apareció la historia argentina de la que, además, yo sabía algunos ingredientes que tenía literariamente pendientes desde hace muchos años, como la figura del Petiso Orejudo.

-¿Cómo diste con él?

-Es una historia que me fascinó cuando que viajé a Ushuaia la primera vez. Me la traje en la cabeza pensando que algún día escribiría sobre ella y este fue el momento. Estas son las razones de mi elección. Razones de cocina de escritor, en buena parte, pero también de cercanía emocional con vuestro país.

-Nos escribe un oyente calificado, el juez, el camarista Carlos Parma, quien afirma que Santos Godino fue un menor al que se lo estigmatizó gravemente. No hay que decirle Petiso Orejudo porque eso responde a Lombroso.

-Es la época de Lombroso, por lo que es posible que sea así. Y es posible que tu oyente sepa más. Yo, por los libros que me traje de Ushuaia y, luego, por las navegaciones en Internet, no creo que en ningún momento se determinara su carácter criminal por su fisiología sino por su comportamiento. El pobre este era un cabrón que se dedicaba a matar a niños, a incendiar cosas y disfrutaba con ello. Era un personaje psicótico.

-Tu protagonista central es una mujer. Ahora bien, ¿por qué, en materia de infidelidad, siempre se cuestiona más a la mujer, en tanto que el hombre queda, de alguna manera, justificado?

-Hablo desde el punto de vista de lo que he leído, porque no soy científico y no puedo saberlo con mi propio pensamiento. Lo que es evidente es que los hombres, históricamente, hemos sido más promiscuos. Tiene que ver con el machismo, con la mirada y el papel social que se le habían reservado a la mujer. Hemos tenido la posibilidad de acostarnos con quien quisiéramos. Y, bueno, eso estaba relativamente tolerado mientras la mujer, lo que tenía que hacer, era permanecer fiel y encargase de los cachorros, de los hijos y de todo eso.

-¿Razones solamente culturales?

-Te lo iba añadir. Es posible que todo esto tenga que ver también con la pura biología. Como en la historia de las ratas que cuento al principio, la mujer puede fecundar una vez cada nueve meses y el hombre puede fecundar, en el fondo, cada día. Eso, biológicamente, tiene algunas consecuencias. Lo cual puede llevar a que las infidelidades de la mujer sean, no solo biológicamente, sino culturalmente, peor vistas. A estas alturas, eso tiene cero justificación. Por eso yo necesitaba que el personaje protagonista, la que se enfrentara a esa mirada descarnada del sexo, fuera una mujer y no un hombre.

-Uno de tus personajes dice, en un momento del relato: “Si conociéramos los pensamientos de aquellos a los que amamos, sentiríamos terror. Nunca hay lealtad. No hay ternura perdurable”. ¿Te ha pasado, Luisgé?

-Por eso intento no enterarme de cosas (risas). Pero, sí. Yo escribí una novela, Los amores confiados, en la que hablaba de una relación bastante triste que tuve. Fui descubriendo, a medida que avanzaba, cosas que me parecían sorprendentes, extrañísimas.

-¿Y cómo lo manejaste? ¿En que se tradujo esa experiencia?

-A partir de entonces he ido viendo, a medida que investigaba con la mirada del escritor, con la lupa de detective y escuchando las historias de gente que tenía alrededor, cómo, muchas veces, te das cuenta de que esa persona inofensiva que tienes al lado, que no se atrevería a hacer no sé qué, pues bien, que lleva haciéndolo años.

-Una carga difícil de sobrellevar…

-Los primeros a los que engañamos somos nosotros mismos, no con lo que hacemos, sino con los motivos de lo que hacemos. Y, por lo tanto, es muy natural que la gente que está a nuestro alrededor tenga una serie de pensamientos y de actos que somos incapaces de creer.

-Un pensamiento que, como decíamos, ha desembocado en esta nueva novela.

-Me parece que Cien noches, entre otras cosas, de lo que habla es de eso, de cómo nos vemos obligados a mentirle a la gente que tenemos alrededor para poder seguir teniendo una vida erótica, una vida que creemos completa y, por lo tanto, ese engaño se traduce en que, efectivamente, mejor que los otros no sepan o mejor nosotros no saber de lo que hace el otro. Lo único importante y lo que al final sostiene Cien noches es que el amor sea de verdad.

-Hablando de indagaciones detectivescas, me quedó gusto a poco en la novela la trayectoria de Irene como especialista criminal en busca de psicópatas y asesinos seriales. Está esbozada, pero luego no se desarrolla demasiado. La dejaste a mitad de camino.

-No descarto recuperarla, ¿eh?, porque es un tema que me apasiona. De hecho, tengo pendiente, y no sé si podré hacerlo alguna vez, escribir un libro con un psicópata.

-¿Hiciste alguna acción al respecto?

-He intentado contactar con alguno. Con dos mujeres, concretamente; dos asesinas españolas especialmente literarias. Perdón que lo diga así, pero son historias que me parece que tienen un interés. Me encantaría meterme en esa cabeza del monstruo, del asesino.

-Querés hacer de Truman Capote.

-Sí. De Truman Capote, de Emmanuele Carrère. Bueno, hay una tradición de esos escritores. Pero me encantaría hacerlo de verdad. O sea, no inventar, porque no me satisface como escritor, aunque lo sepa hacer bien. Prefiero indagar. Me apasiona meterme en la cabeza de alguno de los asesinos reales que tengo alrededor en la cárcel.

-¿Y qué pasó con tu intento?

-No me aceptaron. No me quisieron. Pero voy a seguir intentándolo. Los “monstruos”, puesto así entre comillas, sin estigmatizar, es algo que me interesa mucho: el mal. El mal absoluto. Qué ocurre en la cabeza de alguien normal, que ha tenido una vida normal y que, de repente, en un determinado momento, decide romper la cadena de la bondad; ni siquiera de la bondad, de la normalidad, y se convierte en un asesino. Un asesino, por ejemplo, de esos que matan a sus hijos. No un asesino normal, pues eso es fácil de entender, sino un asesino que rompe alguno de los paradigmas. Así que, si no vuelve Irene en ese sentido, volveré yo con alguno de ellos.

-Habrás visto alguna de las series que hacen ese tipo de indagaciones como Mindhunter, Unabomber o Des.

-No las he visto, pero me lo anoto. Lo tengo pendiente, también.

-Luisgé, ¿podemos decir porqué la novela se llama Cien noches? La respuesta, textual, está en la página 217. Pregunto para que no funcione como spoiler.

-Yo creo que sí. Eso no es un spoiler. Dilo.

-Cito, entonces, cuando dices, a través de Irene, que “el amor erótico entre dos personas dura como máximo cien coitos. Cien encuentros. Cien noches. A partir de esa cifra, todo es previsible y ordinario. No desaparece el deseo, pero sí la perturbación. No desaparece el placer, pero sí el asombro”. Este fragmento explica el título.

-Sin duda. Eso explica lo que es el título, que fue una de las últimas cosas que tuvo la novela. Debo aclarar que, desde el punto de vista del autor, el número cien es más literario y simbólico.

-Para redondear.

-Claro. Yo no sé si son cien. Ni siquiera creo que haya algo estrictamente científico. Pero sí me atrevo a decir que es un número relativamente corto. Yo siempre hablo, aunque está quedando pasado de moda, de Brad Pitt y Angelina Jolie. Intento que el lector o el que me escucha piense en seres superatractivos. Y estoy convencido de que ellos, también después de cien coitos o de ciento treinta, pues, dejan de interesarse.

-Pero te desmentís a vos mismos en la novela, porque Irene y Adam tienen muchísimos más de cien coitos.

-Eso te lo estás inventando, ¿eh?

-No los he contado, pero al seguir su derrotero da la impresión de que superan largamente la cuenta.

-De todas formas, cabría decir que esto es una variante que también puedo hacer en una siguiente novela.

-¿Cuál sería la variante?

-La diferencia es que Irene y Adam tienen los coitos esponjados. Y eso cambia las cosas, claro, porque se te olvida de una vez a otra. El problema es cuando estás con tu pareja, con la persona a la que amas, y hay una continuidad y una monogamia.

-No podemos dejar en el tintero otra idea muy original que tuviste. Me refiero a la invitación que les hiciste a calificados colegas tuyos para que aportaran historias propias dentro de la trama general: Manuel Vilas, José Ovejero, Edurne Portela, Sergio del Molino y Lara Moreno.

-Me encantó cuando se me ocurrió. Estamos muy acostumbrados a los cameos del cine, pero no conozco que se hubiera hecho esto nunca. O si se ha hecho, se ha hecho muy poco esto de darle, en una novela, unas páginas a otro escritor.

-¿Cómo funcionan específicamente los cameos?

-Son historias que tienen valor en sí mismas, cuentos que podrían leerse separados de la novela. Historias de infidelidades investigadas por unos detectives. La exigencia que yo les puse es que cada uno de los investigadores llegase a la conclusión de que la infidelidad era positiva. Se lo pedí a cinco amigos cuya literatura admiro. Sabía que iban a decir que sí. Y la verdad es que la experiencia fue magnífica.

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