Fue furor. Hubo capítulos que nos dejaron atornillados en el sillón. Sin embargo llegó a su fin "La novela lasherina", un melodrama político y sentimental que se las trajo. Adjetivos como "polémico" y "sorprendente" le quedaron chicos. Interpretada por la vistosa pareja que encarnaron Daniel Orozco, en el rol de intendente, y Janina Ortiz, como su principal funcionaria, será un producto que dejará huella.
"La novela lasherina", un producto polémico que fue furor, pero que ya tocó fondo
La larguísima historia duró ocho años y estuvo dividida en dos temporadas. Tuvo más episodios que E.R Emergencias. O casi. Pasó de todo. Hubo amor y odio; traiciones y lealtades; risas y llantos; fotomultas y reloj de flores.
También vimos, como lo exige el manual de las series, escenas subidas de tono. Pemítame, lector/a, una digresión: ¿vio que el sexo en algunas series se usa como si fuera algo reglamentario? Como si a los 17 minutos de cada capítulo fueran obligatorios tres minutos de cama, se necesiten o no.
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De alguna manera, La novela lasherina retrató la vida misma. Una historia pletórica de color local, ambientada en un municipio que decide salir de un pasado peronista para empezar una nueva historia con un intendente que por entonces se definía como "radical de toda la vida", alguien que quería demostrar que "la política es servicio", pero que en la primera de cambio se cambia de partido.
Cambios extraños
Nuestro personaje, médico clínico y gerontólogo, que estaba bien conceptuado entre los queridos viejos del pueblo, comienza a experimentar extrañas modificaciones de carácter en el devenir del relato. Se siente muy bien teniendo el mando. La primera temporada concluye cuando, modificado por el poder, el otrora hombre sencillo decide que ya está para ser gobernador de la Provincia y se lanza a conseguir ese objetivo.
La segunda temporada, la mejor a los fines dramáticos, lo muestra primereando al resto de los posibles postulantes con su precandidatura a gobernador. Hace saraos y reuniones para consolidarse para la primera magistratura provincial. Contrata a un Durán Barba mexicano. Y escribe un libro sobre cómo gobernará.
En el resto de la provincia no lo toman muy en serio. El escollo es que un ex gobernador, con peso político específico, decide volver a presentarse para ese mismo cargo. El personaje de Orozco no tiene con qué enfrentarlo. Decide entonces bajarse con la condición de que sea ungido como candidato a vicegobernador y de que su pareja y funcionaria comunal, la citada Janina, sea candidata a intendenta. Lo tiran de traste con las dos cosas. Y arde Troya.
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Humanum est
Sobreviene entonces el momento más denso de la novela cuando el intendente, se despega de los radicales y se va a una nueva vida política llena de promesas en La Unión Mendocina. Ese pasaje sólo le sirve para llenarse de problemas y para alborotar hasta niveles de vodevil la vida cotidiana de esa municipalidad.
Dicho despiole despierta el malhumor de quienes lo habían votado siendo una cosa, y no esa otra cosa en la que termina convertido. En este tramo, hay que decirlo, el relato adquiere momentos subyugantes.
Ese desquicio saca entonces a la luz otra realidad que estaba escondida. Desvíos de dinero hacia cooperativas truchas, espionaje a funcionarios, grabaciones ilegales, escándalos en hoteles alojamiento, denuncias de amenazas con armas, un caso de abuso sexual que estaba sofocado, exceso grosero de personal político, gastos innecesarios, entre otras lindezas.
Toma entonces un gran protagonismo la figura de la novia del intendente, Janina Ortiz, secretaria de Gobierno del municipio. Es que muchas de las irregularidades que se comenzaron a denunciar en la Justicia tenían algo que ver con el gran poder de decisión que tenía la funcionaria.
Hay un momento sublime: en medio de ese terremoto político, el intendente y su funcionaria deciden casarse y hacer un viaje relámpago a México para que ella reciba un premio otorgado por el consultor que coucheaba al intendente. A la postre, Janina es la que en la novela sale mejor parada. El intendente no fue vicegobernador y su delfín en la intendencia pierde ante el candidato radical. Pero ella logra entrar como diputada provincial por La Unión Mendocina.
Ser casta
Hay que rescatar entre los logros de la novela la notable variedad de tonos interpretativos que Daniel Orozco le imprime al personaje, que de ser un afable y servicial médico de pueblo termina convertido en un exponente de lo que Javier Milei llama la casta política. Seguramente lo tendremos en la terna "mejor labor interpretativa" de los Martín Fierro del interior del país.
Empezó como una especie de comedia familiar donde el citado facultativo decide meterse en política para hacerla más noble. Como era de esperar, no le sale, y el personaje cae en humanas y conocidas contradicciones.
Aleccionadora, la historia fue una montaña rusa de emociones. Varias de las novelas turcas quedaron chupinas al lado de este relato. Fue un acierto haber rodeado a los personajes principales de una corte de personajes secundarios, verdadera corte de los milagros.
Subidos al éxito de esta novela, ya se están preparando productos similares ambientados en municipios mendocinos. Los proyectos más adelantados son "Lobos de la política", "Salgado, preso de la ambición".



