Análisis y opinión

La guerra en lo más alto del poder genera un daño autoinfligido a la gobernabilidad del país

La interminable pelea en el Gobierno nacional entre albertistas y kirchneristas produce desconfianza y alienta la inflación

La incertidumbre política es una gran fogonera de la inflación. Ejemplo: si las tarifas de luz y gas no fueran aumentadas en junio próximo como está previsto, la inflación igual se mantendría muy elevada ya que los subsidios a esos servicios se seguirán solventando con la famosa maquinita que no sólo fabrica billetes sin sustento sino que genera desconfianza.

Si a eso le sumamos que el Frente de Todos vive una interminable guerra interna entre albertistas y kirchneristas, deberemos convenir entonces que el daño a la gobernabilidad es autoinfligido y escandaloso. Los "diablos", que según Alberto hacían subir los precios, incluyen a los del propio Ejecutivo que pecan de inacción.

Desde hace medio siglo la política argentina viene fracasando en su empeño de querer frenar el alza de precios a través de controles, intervenciones y cepos a los precios.

Son décadas de atraso por no haber apelado al saneamiento económico con premisas básicas, como, por caso, no gastar más de los ingresos que se generan, o de no frenar ese deporte nacional que es acumular presupuestos pletóricos de déficits.

Ecos del Plan Platita

Uno de los problemas de Alberto Fernández es que lanza señales y anuncios que luego no se cumplen. Por caso, la "guerra" contra la inflación. ¿Alguien puede creer que con el kirchnerista Roberto Feletti al frente de la Secretaría de Comercio se puede esperar algún buen resultado?

Varios economistas coinciden en afirmar que una de las razones de la explosiva alza de marzo en los precios se debe a que cuando hay emisión descontrolada (como la que hubo el año pasado para las elecciones con el famoso Plan Platita) el efecto inflacionario se ve en la práctica cinco o seis meses después.

Los gobiernos de coalición que no nacen de coincidencias fuertes y claras, es decir de acuerdos de gestión que queden debidamente aclarados y firmados, están condenados, cuando llegan al gobierno, a andar a los tumbos o a quebrarse.

El Frente de Todos nació rengo, fue hecho a las apuradas por Cristina cuando terminó de comprobar que la única forma que tenía de ganar era si no iba de candidata a presidenta. Para ello debía unir al kirchnerismo con otros sectores del peronismo clásico o republicano (gobernadores, el massismo, los que siguen a Lavagna), a los que detesta, porque lo de ella es el populismo de izquierda.

Si un gobierno de coalición no aclara los tantos al arrancar, ocurre lo de ahora, que al Presidente le tiran todo el fardo por el 6,7% de inflación de marzo. Como si Cristina y Máximo no hubieran contribuido con su accionar de opositores internos a la desconfianza, o como si el kirchnerista Feletti no tuviera nada que ver con el fracaso de los controles de precios. Como decíamos, el círculo que envuelve a Cristina con Alberto nació viciado.

Consenso ¡rajá!

En los primeros meses de esta gestión nacional, cuando lo apremiaban los temores del inicio de la pandemia, Alberto Fernández privilegió el consenso con el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta y el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof.

Por entonces, sus índices de aprobación llegaron al 80%. No hay que ser ningún iluminado para entender que los ciudadanos quieren ver a sus políticos haciendo avanzar al país con acuerdos en donde prime la sensatez política.

Cristina no pudo soportar esa moderación y obligó al Presidente no sólo a desprenderse de esas acciones virtuosas, sino a castigar al referente porteño del PRO con quitas de coparticipación.

Lo demás es conocido, una retahíla de humillaciones de la vice hacia su socio presidente con el fin de tenerlo en un puño, objetivo que, hay que admitir, el mandatario ha sorteado en algunas ocasiones, pero sin llegar a transformar ese accionar en algo más productivo.

"No estorben"

Ahora, por ejemplo, el Presidente ha empoderado al ministro Martín Guzmán para que se cumplan con las decisiones que prometieron al Fondo Monetario (baja de subsidios, achique del déficit fiscal, una desaceleración en la emisión desorbitada de pesos, entre otras).

Guzmán ya aclaró que va a gestionar su cartera "sólo con los que quieran seguir nuestros lineamientos", en clara alusión a las segundas o terceras líneas de la Secretaría de Energía que responden a Cristina y a La Cámpora y ya le han generado diversos problemas. Aníbal Fernández, ministro de Seguridad, que tiene permiso para hablar de lo que sea, ha reclamado a los kirchneristas que si no tienen nada que aportar, que por lo menos "no estorben" la gestión presidencial Al mismo tiempo, desde el albertismo se ha pedido que "no se armen más líos" y que la tesitura es no echar a nadie del kirchnerismo ni de La Cámpora. "Si se quieren ir, es su problema", afirman.

Es decir, el clásico "quiero, pero no puedo" tanto de un lado como del otro del oficialismo. La pregunta que surge entonces es elemental: ¿Cómo vamos a generar credibilidad en la Argentina si la gobernabilidad está tan menospreciada?

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