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La Galería Piazza se queda sin confitería y con poco oxígeno

Ahora ha cerrado la confitería que le daba oxígeno a la céntrica Galería Piazza. Otro golpe para la Ciudad y para ese paseo comercial

El reciente cierre de la confitería que se encontraba en la galería Piazza y que le proporcionaba oxígeno a ese alicaído pero aún elegante centro comercial con salida a las calles San Martín, Amigorena y Primitivo de la Reta, ha vuelto a exponer crudamente cómo la pandemia y la crisis económica continúan afectando la vitalidad del centro mendocino.

Para los que en los años ´60 y ´70 vivíamos a varios kilómetros del centro de Mendoza y éramos niños o adolescentes, se convertía en una fiesta ir a la Ciudad con hermanos, primos y amigos y recorrer las galerías comerciales, como la Tonsa o la Piazza, antes de ingresar a algunos de los cines de las calles Lavalle o Buenos Aires. Los shoppings y los malls aún no existían ni en proyecto.

En una de estas columnas de opinión abordamos hace unos días el efecto Balbi, en alusión a una de las últimas grandes tiendas que quedaba en el centro como rémora de otras épocas de esplendor, y que ahora, achicada, debía mudarse de la avenida Las Heras a otro sitio céntrico. Dirigentes de cámaras empresarias temen que la Ciudad pueda seguir deprimiéndose comercialmente y termine llenándose de pequeños persas.

Nos advierten

Curtido en el apego a la síntesis y la precisión, el periodista Marcelo Arce lo caracterizó así: "Es la conurbanización del centro. Está pasando en todo el país ante el avance de la pobreza".

Algunos estudiosos del fenómeno urbano han empezado a advertir que la precarización de las ciudades necesita de una oportuna intervención estatal y privada para discutir con tiempo como enfrentar este desafío a fin de que la salida de la pandemia no nos encuentre en ascuas.

El centro de una ciudad suele ser definido por los arquitectos como un formidable capital social, un bien que hay que tratar de no perder. Una zona céntrica puede sufrir lógicas modificaciones en el tiempo, pero es de pocos previsores no frenar la degradación de ese bien que una sociedad ha acopiado con imaginación y esfuerzo.

Sin oficinas, sin gente

En un reciente artículo de la revista Arq. de Clarín se señalaba, por ejemplo, que "la pandemia desestabilizó al actor más relevante del microcentro porteño, que era la oficina". El éxodo de las oficinas tradicionales hacia el trabajo en la casa es un fenómeno que aún no se sabe si llegó para quedarse o es transitorio.

Ya hay planificadores que están proponiendo volver a una mixtura de usos del centro porteño ante la caída en el uso de oficinas, muchas de las cuales han quedado despobladas, pero que se prestan para transformarlas en departamentos, con lo cual podría volver lo que se denomina la residencialidad. El artículo admite, sin embargo que "hay que encontrar las razones para que alguien quiera vivir en el microcentro".

En ¿Cómo salvar la ciudad? la arquitecta Gema Santamaría García afirma que la ciudad tiene que ser una continuidad de la vivienda, un lugar de encuentro, pero en muchos sitios la ciudad actual se ha vaciado de contenido, y es tierra de nadie. Y con el asilamiento se pierde la cohesión social. Lo peor que puede pasar es que una ciudad se olvide de sus ciudadanos.

Como Barcelona

Mendoza, sin ir más lejos, tiene ya demasiados sitios peligrosos en los que la gente prefiere no andar en determinados horarios. O sitios que supieron ser importantes y ahora están desjerarquizados (como el entorno del Hospital Central, o toda la franja que va desde la calle San Juan hasta la Costanera).

Otra vez toma relevancia la necesidad de pergeñar medidas que nos amiguen con la Ciudad. Sería muy bueno que dentro de unos años Mendoza pudiera ser mencionada como esa ciudad argentina que en plena pandemia se animó, como Barcelona o Medellín en otras épocas y por otras circunstancias, salir de esta tragedia sanitaria por lo menos con ideas y proyectos que en lo urbanístico y en lo social nos permitan amigarnos con nuestro entorno y nuestros semejantes.

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