Análisis y opinión

La emoción de Abad Faciolince al ver "El olvido que seremos" en cine: "Quedé anonadado. Me salía agua de los ojos"

El escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince escribió "El olvido que seremos", sobre el asesinato de su padre. La novela fue llevada al cine

Héctor Abad Faciolince no pudo ver el asesinato de su padre, Héctor Abad Gómez, en Antioquia, a manos de sicarios paramilitares, de las fuerzas intolerantes de aquella Colombia de agosto de 1987.

Casi veinte años después logró condensar todo el dolor personal y familiar de esa devastadora vivencia en El olvido que seremos, una novela que no tardaría en ser considerada uno de los títulos centrales de la literatura latinoamericana de nuestra época.

Pero faltaba otro escalón, de similar emotividad, en esta saga que aún mantiene sus heridas abiertas. El libro de Abad Faciolince se convirtió en película. En una bella y conmovedora película que plasmó el director español Fernando Trueba, con guion de su hermano David. Dos talentos de la cinematografía hispánica.

Y sumando a otro español que terminó conformado un trío de oro para el lucimiento del filme: Javier Cámara, en la piel de Héctor Abad Gómez.

La experiencia de asistir, luego, como mero espectador de la realización fue apabullante para el hijo devenido escritor. Anonadante.

“Yo nunca vi, afortunadamente, el asesinato de mi papá. Pero en la película lo vi por primera vez”, confiesa Héctor Abad Faciolince en este diálogo, desde su Medellín natal, un día en que estaba “lloviendo durísimo”, para el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Vale recordar, Héctor, como prólogo de nuestra charla, que la historia de tu libro tiene una relación con Mendoza, ¿no?

-Sí. Yo estuve en Mendoza, con Jaime Correas.

-Claro, porque “el olvido que seremos” es una línea atribuida a Borges. La pesquisa sobre su autenticidad que llevaron a cabo ustedes, cada uno por su lado, derivó en Los falsificadores de Borges, de Jaime, y en otro título tuyo.

-Exactamente. Esa fue la historia que me llevó a conocer a Jaime y que se convirtió en dos libros: en la novela de Jaime y en un ensayo o relato mío, llamado “Un poema en el bolsillo”, que está en Traiciones de la memoria.

-Lo impactante es que El olvido que seremos, transformado en un libro de culto de nuestras letras, ahora tuvo una magnífica segunda vida con su versión cinematográfica, ¿no?

-Sí. La película de Fernando Trueba, que lleva el mismo título de mi libro, se rodó en Medellín. Él es un director español, como ustedes saben, pero se hizo aquí con un productor colombiano de Caracol Televisión, Gonzalo Córdoba. Y salvo por Fernando y su hermano David, que es el guionista, toda la película es muy colombiana.

-¿Cómo fue su itinerario en este tiempo tan complicado?

-Terminó de rodarse poco antes de la pandemia y eso, para bien o para mal, dificultó su difusión en 2020, pero este año le ha ido muy bien, ha recibido muchos premios. Fue nominada en Cannes, recibió el Goya a la mejor película iberoamericana y también unos Platino, recientemente.

-David Trueba contaba, justamente, en una entrevista, lo difícil que es adaptar para el cine un libro muy importante, porque se corren más riesgos de desilusionar a los lectores.

-Fue la insistencia de los productores lo que me llevó a mí a ponerme en contacto con Fernando Trueba, a quien había conocido en un festival en Zacatecas, México. Inicialmente dijo que no. La novela le gustaba muchísimo y era el libro que tal vez más había regalado en su vida en varios idiomas, pero no veía por dónde hacerla en una película.

-¿Y qué pasó?

-Durante un tiempo se estuvo negando, quizá por esos motivos que acabas de señalar. Pero luego, con la insistencia de los productores, logramos que dijera que sí, que David Trueba hiciera el guion y a partir de ese momento todo fluyó muy fácilmente.

-¿Cómo fue tu participación en el proceso?

-Yo lo único que pedí fue leer el guion. Me encantó desde la primera lectura. Y afortunadamente en el rodaje todo salió muy bien. Luego el resultado también me ha encantado. En Argentina creo que ahora la están viendo en Netflix más que en salas, ¿no?

-Exacto. La hemos visto en esa plataforma. Es una película muy conmovedora, derrocha calidad humana. Supongo que estas sensaciones te irán llegando por diversas vías.

-Sí. Me ha llegado de muchas partes y creo que tiene que ver con la calidad humana del protagonista; con la calidad humana de ese médico, epidemiólogo, que ahora es una profesión que, afortunadamente ha vuelto a tener mucha fuerza. Él tenía, en su vida pública como hombre que se dedicaba a las vacunaciones, a la lucha por el agua potable, una correspondencia también con su vida privada.

-¿Cómo era en esta última faceta?

-Un padre de familia encantador, muy humano. Creo, por eso, que la conmoción que la película produce tiene que ver mucho con ese buen médico que fue mi padre.

-Hay cosas que se unen en este proceso: la historia loable de tu padre y que dieran con el intérprete perfecto. El protagónico de Javier Cámara es un hallazgo total.

-Lo que hace Javier en el personaje de mi papá es maravilloso. Y, curiosamente, desde el primer mail que le mandé a Fernando Trueba pidiéndole que se encargara de hacer la película, le mencionaba a un actor español que a mí me gustaba mucho y que se le parecía físicamente a mi papá: Javier Cámara.

-¿Y lo adoptaron de entrada?

-Los productores dijeron: “No. Los actores tienen que ser todos colombianos”. E incluso llegaron a hablar con Andrés Parra, que fue el protagonista de Escobar en El patrón del mal.

-¿Por qué no funcionó la alternativa de Parra?

-No podía. Tenía otros compromisos. Y aunque a mí me parece un actor maravilloso, de todos modos, me resultaba un poco chocante que él pasara de ser Pablo Escobar a ser mi papá.

-¡Obvio! Dos personajes antitéticos por donde los mires.

-Era muy fuerte, sí. Una ingenuidad de espectador de cine. Pero me daba duro.

-¿Cómo se resolvió, entonces?

-Como Parra no pudo y no encontraron en el casting a otro actor adecuado, pues volvieron a la idea inicial de Javier Cámara.

-¿Cómo se movieron con Cámara?

-Él empezó a preparar el acento de mi papá. Nosotros teníamos muchas grabaciones suyas, de programas de radio, precisamente, y de cartas que nos enviaba en casete cuando trabajaba en otras partes del mundo. Cámara, además, había hecho un papel de profesor, de maestro, en una película muy bonita de David Trueba que se llama Vivir es fácil con los ojos cerrados. Y ahí me había parecido extraordinario.

-Por otra parte, hay otra curiosidad: Cámara es el único actor no colombiano del elenco.

-Es verdad. Es el único. Bueno, hay un papel muy cortico de un actor norteamericano (Whit Stillman), que hace el papel del doctor Saunders, que es un gringo. Pero, el resto, todos los actores, todas las actrices, son colombianos.

-Además de ver tu libro representado en la pantalla estás vos mismo, en cuerpo y alma. Hay escenas intensas, donde discutís con tu papá, con intercambio de pareceres, etcétera. ¿Qué sentiste? ¿Cómo has vivido esta experiencia desde tu lugar de espectador?

-Bueno… ya es muy raro que un libro que uno escribió lo lleven a la pantalla porque, naturalmente, el cine es otro lenguaje y uno no lo reconoce como algo igual. Pero cuando a esto se añade que mi novela está construida a partir de la experiencia, pues es una novela sin ficción, una novela muy íntima sobre mi vida; cuando ese tipo de novela se transforma en cine todo es rarísimo.

-¿Cómo fue el impacto inicial?

-La primera vez que la vi yo estaba totalmente apabullado. Estaba anonadado. No sabía qué decir. Me salía agua de los ojos, pero yo no sentía que lloraba. Era una cosa muy extraña.

-¿Y en qué momento pasaste de ser “protagonista” de la historia a simple espectador de una película?

-Yo vine a poderla ver bien, a verla como algo que estaba fuera de mí, como la segunda o tercera vez. Ahí sí la pude apreciar como obra cinematográfica aparte, incluso como obra de arte. A mí me pareció una obra de arte.

-Coincidimos, sí.

-Pero, al principio, el choque emocional era tan fuerte que ni siquiera entendía qué estaba pasando; quién era ese niño que era yo, pero no era yo… Ocurre algo, además. Yo nunca vi, afortunadamente, el asesinato de mi papá. Pero en la película lo vi por primera vez.

-¿Entonces?

-Es algo de lo que yo no tenía memoria y no tenía experiencia. Pero ahora, de alguna manera, sí las tengo.

-Hay algo más fuerte, todavía, Héctor. Estás viendo tu libro representado, te estás viendo a vos mismo, estás viendo a tu padre, a tu madre, a tus hermanas, a la monjita que los criaba… ¡Estás viendo tu vida ficcionada!

-Sí, es muy raro. Además, el cine tiene un realismo y una fuerza… porque son imágenes, música, palabras que uno reconoce y no reconoce; una casa que es tu casa, pero no es exactamente tu casa.

-¿Qué tipo de elementos realistas figuran?

-Hay detalles de realismo absoluto. Por ejemplo, los libros de la biblioteca de la película yo los presté. Efectivamente son los libros de mi papá. Muchos objetos, como los pisapapeles o la máquina de escribir, eran los de mi papá. Entonces, es verdad, pero no es verdad.

-¿Cómo fue el impacto en otros miembros de la familia?

-Mi mamá, que murió hace ya un mes y medio, alcanzó a ver la película y dijo algo muy impresionante. Dijo: “Es horrible porque me reía como loca al principio y de repente me di cuenta y me dije… ¡¿pero de qué me estoy riendo si yo ya sé esto para dónde va?!”.

-Casi todos habrán experimentado sensaciones similares.

-Era un fenómeno muy extraño, también durante el rodaje, porque hicimos algunas reuniones, algunas fiestas. Y, bueno, mis hermanas ya no son las jóvenes de la película. Ya son unas señoras mayores. Mi mamá era una anciana de más de 90 años, pero en la película tenía 59 o 60 años.

-¿Y cómo llevaban el proceso?

-La actriz, a la que mi mamá le decía “la Mía”, Patricia Tamayo, la visitaba en su casa, miraba sus gestos, sus ademanes. Y a veces mi mamá o mis hermanas iban al rodaje. Alguna de ellas, incluso, se enojó. Dijo: “¡No! ¡Yo no era tan gorda!” (risas).

-Una experiencia colectiva, entonces.

-Yo estoy muy agradecido con cualquier persona que lea mi libro. ¡Imagínate con unos actores, un equipo técnico y un director que, además, hagan una película! Yo quedé muy, muy satisfecho porque creo que, de verdad, lo hicieron muy bien.

-¿Cómo te contuviste? Siendo escritor, ¿cómo controlaste la tentación de meter mano en el guion?

-No. Sabía que eran dos productos completamente distintos. Yo grabé el audiolibro de El olvido que seremos. Lo hice yo mismo. Eso dura más de once horas. En una película, por mucho que hables con los distribuidores para que te dejen hacerlo, difícilmente te den más de dos horas de tiempo. Es otro lenguaje. Hay muchas elipsis, muchas cosas que se pueden lograr sin meter un montón de palabras. Hay escenas o partes del libro que no caben. Y hay, incluso, cosas que hay que poner y que en el libro no estaban. Yo sabía que eso es así. Y yo no me podía meter.

-¿Cómo fue, en resumen, tu relación con el rodaje?

-Cuando empezó, me fui de Medellín. Me fui para Italia donde una amiga me ofrecía una casa donde podía escribir. Y allá me fui, para no estar metido en el rodaje estorbando.

-Pero en algún momento volviste, ¿no?

-Lo que pasó es que mi mujer se enfermó. La operaban y me tuve que volver rápido. Y pude asistir al rodaje.

-¿En qué condiciones lo hiciste?

-Se lo puedes preguntar a Fernando Trueba. Yo no me metí nunca. No intervine. Traté de no molestar a nadie. Que ellos hicieran lo que les gustaba.

-Hay otro aspecto de tu historia familiar que sobresale de manera particular y fue la muerte temprana de Marta, una de tus hermanas. Es una situación similar a lo que ocurre en la novela Mujercitas. ¿Has hecho esa relación?

-No sé. Mis hermanas leían mucho Mujercitas, pero yo nunca la leí porque, como era el único varón, trataban de educarme como tal para que no me fuera a volver maricón (ríe). Es lo que pensaban mis abuelos.

-Ese fallecimiento es otro pico emocional del relato…

-En todo caso, hay muertes que se aceptan muy mal, como la muerte de una persona joven. Ella era una adolescente. Mi hermana tenía 15 años. O la muerte violenta. En cambio, hay algunas muertes que uno acepta con más serenidad, como la que acaba de ocurrir en mi familia: la muerte de mi madre, en su cama, en su casa, a los 96 años. La muerte por vejez es la muerte que se acepta, con tristeza, pero con una resignación humana, serena.

-Dos muertes, pues. Dos hitos dentro de El olvido que seremos.

-La desgracia de nuestra vida familiar, que recién ahora se ha podido volver a reconstituir, a reconfigurar, fueron esas dos muertes: la muerte de mi hermana por un cáncer muy prematuro y la muerte de mi padre por violencia. Por eso esas dos escenas son tan importantes en el libro.

-Una cuestión singular de tu padre es que lo fustigaban desde la izquierda y desde la derecha porque era, en suma, un pacifista. Por esas vueltas de la vida vos has quedado enredado también en los enjuagues de la política, sufriendo, junto a otros colegas, un acto de censura al no integrar la nómina colombiana a la Feria del Libro de Madrid.

-El caso de la Feria del Libro en España, donde Colombia era el país invitado, me pareció más una estupidez, una tontería de ciertos funcionarios del gobierno actual. Podrían haber sorteado eso con mucha más elegancia. Habrían podido invitar a escritores que no han estado de acuerdo con la política y con el régimen actual. Nosotros habríamos dicho que no, gracias, y ellos habrían quedado muy bien.

-¿Cuál fue la excusa?

-Al no invitarnos y al decir que habían elegido una delegación neutra -vaya a saber lo que es el género neutro en literatura- creo yo que cometieron una gran torpeza. Una brutalidad, más que una censura. Es una pequeña censura, pero, bueno, hay cosas peores. Peor le está yendo a Sergio Ramírez en Nicaragua.

-Totalmente. Está atravesando una situación mucho más delicada.

-No puede ni volver a su casa, no puede ni recibir su pensión. Yo, por lo menos, puedo seguir viviendo en Colombia y no me acusan de delitos absurdos como le está pasando a Sergio.

-¡Tantos años de Sergio Ramírez luchando contra Tacho y Tachito Somoza y volver a pasar, ahora, por situaciones similares a las de aquellas dictaduras!

-Y volver a una familia parecida. A un país donde una familia se reparte las riquezas.

-Para peor, surgiendo todo esto desde la propia familia del sandinismo que él integró. Debe ser muy doloroso.

-Sí, es horroroso. Realmente es una vergüenza internacional. Una cosa espantosa.

-Me reía al ver una cuenta de Twitter que decía algo así como que, para construir un país mejor, habría que viralizar a personalidades colombianas como García Márquez, Nairo Quintana, Fernando Botero, Álvaro Mutis, Héctor Abad Faciolince… entre otros. Es gracioso que te pongan al lado de Nairo.

-(Ríe) Es que nosotros adoramos el ciclismo. Es el deporte en el que nos va mejor. Nos va mucho mejor que en el fútbol. Hemos ganado el Giro, el Tour, la Vuelta de España. Y aquí, cuando yo era niño, los primeros que vinieron a entrenar ciclistas eran argentinos, como Julio Arrastía Bricca. Pero no sé qué pasó en Argentina. Teniendo tantas montañas, por ejemplo, cerca de Mendoza, no sé porqué se perdió el fervor por el ciclismo.

-A los chilenos, que es un país totalmente de montaña, les va peor. O a los peruanos. Dentro de Sudamérica, hoy los únicos que brillan son ustedes con los “escarabajos” y los ecuatorianos.

-(Ríe) Es verdad. No sé porqué. Tal vez porque nosotros tenemos más ancestro indígena. Y ellos tienen unos pulmones muy grandes.

-Resulta curioso, por otra parte, que te pongan junto a Nairo Quintana, cuando la estrella colombiana del momento es Egan Bernal, ¿no?

-(Sigue riendo) Bueno, las redes sociales son muy raras. Mejor no creerles mucho. De hecho, yo me salí de Twitter porque uno se va enloqueciendo con las cosas buenas y malas que te dicen.

-Vos no tenés una participación política tan dedicada como tu padre, pero sí suficiente conciencia de esa problemática. ¿Cómo está viviendo Colombia este tiempo? Han tenido algunas convulsiones similares a las de Chile.

-¡Ay, Colombia es un país complejo! Uno está como en una especie de montaña rusa donde parece que las cosas están mejorando, que vamos muy bien y, de repente, todo se desmorona y parece que todo se va a desbaratar. Como a todo el mundo, la pandemia nos ha afectado muchísimo. Hay mucha gente que ha quedado muy mal económicamente. Muchos de los jóvenes están en pie de lucha, con buenas intenciones. A veces los manipulan para cosas absurdas. Los llevan a actos violentos. A veces, en cambio, luchan por asuntos completamente justos y explicables. ¡Uf! Uno pasa de la esperanza a la desesperanza permanentemente.

-¿Y cómo te vas posicionando en esas circunstancias?

-Yo apoyo muchas de las causas de las protestas, pero varios de los métodos me parecen absurdos. Destruir bienes públicos, destruir los autobuses, que usan sobre todo los más pobres o, como ocurrió en Chile, las estaciones y los trenes del metro, es una cosa muy absurda. Entiendo la protesta, pero hay cierto tipo de protestas que no pueden ocurrir.

-Fue un enorme placer y un privilegio haber mantenido esta charla tan emotiva, Héctor. Aprovechando tu amistad con Jaime, ojalá tengamos la oportunidad de encontrarnos por acá.

-Eso espero. Muchísimas gracias. Espero hacer de nuevo ese bellísimo viaje de Santiago a Mendoza que hice alguna vez para volver a ver a los amigos argentinos que más quiero y que están allí.

-Antes de irte: ¿hay algún libro nuevo en danza?

-Sí. Estoy terminando una novela. Es la historia de un cura bueno. Ahora que solo se habla de curas malos, el mío es un cura bueno, afortunadamente (risas finales).

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