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Análisis y opinión

Fustinoni: "La música es lo más emocionante para el cerebro, pero podemos disfrutar todas las artes"

Osvaldo Fustinoni es neurólogo, doctor en medicina y acordeonista aficionado. Es autor de "El cerebro y el arte moderno""

El cerebro y el arte moderno es un título que explica, por sí mismo, una intensa y fructífera relación. Como señala el doctor Osvaldo Fustinoni en su libro y en esta entrevista, con una claridad que se agradece, las artes plásticas recibieron un fuerte envión a partir del siglo XIX.

Ese viento de cola estuvo motivado por los primeros estudios profundos sobre la visión y el cerebro. A partir de ahí, la evolución ya no se detendría hasta llegar al auge mundial de las neurociencias en estos días.

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A medida que los artistas fueron incorporando los conocimientos médicos y psicológicos de cada etapa, su labor creativa ganó en audacia y en impacto. Las fronteras se ampliaron casi sin límites. Casi.

Se ha levantado otra frontera, hoy por hoy. Pasamos por un tiempo confuso en donde cada vez es más difícil determinar qué es arte y qué no lo es. “Como si se hubiera agotado un poco la creatividad”, especula nuestro autor.

Fustinoni, neurólogo, doctor en medicina y acordeonista aficionado, traza en El cerebro y el arte un estimulante recorrido con base científica a través de las distintas corrientes estéticas, deteniéndose en muchos de sus nombres relevantes, como van Gogh o Picasso, cuya tarea creativa está íntimamente ligada a su circunstancia existencial, a su cuadro de salud y enfermedad, a sus obsesiones que se vuelven formas concretas para observar.

-Una pregunta muy simplona para empezar, doctor, sabrá disculpar. ¿Cuál de las tres disciplinas es más beneficiosa para el cerebro: la música, las artes plásticas o la literatura?

-Son beneficiosas las tres. Ahora bien, lo más emocionante para el cerebro es la música. De las artes, es la que nos causa la reacción emotiva más intensa, indudablemente. Pero no podemos decir que una sea superior a la otra. Al contrario. Estamos preparados para disfrutar las tres.

-¿Los psicólogos o los psiquiatras, a la hora de tratar determinadas perturbaciones, recomiendan música como terapia?

-Sí. Existe ahora lo que se llama arteterapia, una terapia a través del arte.

-Todo esto lo enmarcamos dentro del auge que están teniendo, incluso entre el público mayoritario, los temas relacionados con el cerebro y las neurociencias.

-Ahora todo el mundo está entusiasmado con el cerebro y, aun dentro de la medicina, hay neurocardiología, neurogastroenterología, además de neuroeconomía y neurofinanzas. Se ha puesto de moda. Pero hay que tener cuidado para evitar las exageraciones o los reduccionismos que, a veces, crean información que no es del todo correcta.

-Su libro, tras una introducción técnica sobre la visión, va trazando luego el itinerario de diversos creadores. Uno toma conciencia de cómo el arte de cada uno de ellos está íntimamente ligado a su psiquis, a su cuerpo, a sus estados de salud y enfermedad.

-Verá usted que, al final del libro, en los agradecimientos, a los primeros que yo agradezco son a mis pacientes.

-Sí. ¿Por qué?

-Porque el trabajo no tiene un contenido científico original. Yo no he hecho un trabajo específico sobre el arte, sino una interpretación de las artes plásticas, en este caso, sobre todo de la pintura, desde una óptica neurocientífica. Por lo tanto, interpretar la obra de un creador, como puede ser un Pablo Picasso o un Salvador Dalí, es un poco como interpretar a un paciente.

-Con las particularidades que eso implica…

-Claro. Por eso quiero ser prudente en esto. Se ha puesto también muy moda lo que se llama la patografía, es decir, desde la época actual interpretar la obra de un escritor, de un pintor o de un músico infiriendo diagnósticos que no estamos en condiciones de hacer.

-¿Por qué?

-Porque vivían en épocas en donde no había los métodos de diagnóstico que tenemos hoy. Hay que ser muy cuidadosos porque podemos cometer errores y hacer falsas interpretaciones. Pero igual es muy interesante.

-¿Cómo se puede hacer para incentivar el lado creativo del cerebro, algo más difícil de comprender que, por ejemplo, una disciplina matemática?

-Todos podemos desarrollar un lado artístico que, a lo mejor, desconocemos. Mucha gente no sabe que, quizá, tiene una capacidad para el dibujo o para la pintura porque nunca la ha puesto en práctica. Probablemente eso tiene que ver con la educación, porque el sistema educativo occidental está muy basado en las funciones relacionadas con nuestro hemisferio izquierdo.

-¿Qué sucede ahí?

-Es el hemisferio donde se asientan las áreas del lenguaje y las áreas del cálculo, como las matemáticas. La educación gira mucho alrededor de esas funciones y menos de las funciones del hemisferio derecho, donde está la noción del espacio tridimensional. La música, por su parte, es una expresión humana que está mucho más repartida en el cerebro, tanto de un lado como del otro.

-Se ha relacionado bastante la música con las matemáticas, ¿no?

-Porque tiene un costado matemático que obliga al músico a poder hacer el cálculo y a leer correctamente la partitura mientras está interpretando porque, como ustedes saben, hay que dividir eso en compases, contar las notas, etcétera. Llevan al cálculo matemático tanto la composición como la interpretación.

-En cuanto a las artes plásticas, por depender de los materiales con los cuales trabaja, están muy influenciadas por los avances científicos, tecnológicos, de cada época. Cuenta usted, por ejemplo, cuán revolucionaria resultó la aparición de la fotografía en el siglo XIX.

-Así es. La fotografía ofreció, por primera vez, la posibilidad de representar una imagen o un paisaje sin necesidad de recurrir al dibujo o a la pintura. Y eso dio lugar a un gran rechazo por parte de los creadores de la época porque pensaban que se había acabado el arte.

-Una reacción que se repite todo el tiempo…

-Oscar Wilde decía que no es que el arte imite a la vida, sino que es la vida la que imita al arte. Insistía mucho en eso. También podemos decir que no es la ciencia la que explica el arte, sino, muchas veces, que es el arte el que intuye a la ciencia mucho antes de que ésta nos explique cómo funciona en nuestro cerebro la expresión artística.

-Claro, usted da ejemplos puntuales.

-Puede fijarse, en el libro, cómo Arcimboldo entrevió, en el siglo XVI, la posibilidad que después desarrolló Salvador Dalí de hacer las imágenes simultáneas. Lo mismo los impresionistas. Entrevieron lo que luego se explicó sobre la función visual en su pintura. O sea, ellos intuyen. El arte se adelanta a la ciencia.

-Volviendo a la fotografía, tiempo atrás causó gran conmoción al aparecer. Hoy, al contrario, todo es fotografiable, todo se registra. ¿Cómo nos impacta esto?

-Es un gran dilema sobre hasta qué punto la tecnología nos inhibe para las formas artísticas o nos ayuda. Lo mismo con la computación. Ahora se hace arte por computación. Entonces tenemos que preguntarnos cuánto de creativo tiene eso en relación con lo que fueron las artes que se desarrollaron desde 1850 hasta ahora.

-¿Cuál es su punto de vista?

-Tengo una explicación que hacer porque, cuando yo propuse este libro me dijeron: ¿por qué es sobre el arte moderno? ¿Por qué no ir más atrás?

-¿Por qué?

-Bueno, porque el texto que yo hice parte de mediados del siglo XIX, que es cuando se empieza a conocer mejor la función del cerebro. Antes no era claro para los creadores.

-Se empieza a conocer mejor el cerebro, en aquel entonces, pero también la psiquis humana con Freud y compañía. Ahora, en el siglo XXI, directamente se ha podido entrar al cerebro, “fotografiarlo”. ¿Esto también cambia la percepción del arte contemporáneo?

-¡Es que ya lo está haciendo! Con las nuevas tecnologías, con lo que se llama la resonancia magnética dinámica. Estamos viendo, por ejemplo, que, frente a determinadas obras de arte o determinadas piezas musicales, se activan áreas en el cerebro que antes no sabíamos si se activaban o no. Mucho de lo que yo pongo ha surgido de la resonancia magnética funcional, un nuevo estudio de los últimos diez o veinte años.

-Dado que ustedes, los neurólogos, los neurocientíficos, cuentan cada vez con más herramientas de este tipo, ¿llegará el momento en que puedan saber qué obras nos hacen bien o cuáles nos hacen mal? Por ejemplo: ¿qué es preferible ver, una comedia romántica o una película de terror?

-Depende de la forma en que empaticemos con la obra de arte. Es a dos vías; both way, como se dice en inglés. Marcha a dos puntas. Seguramente nos vamos a sentir mejor, vamos a sentir más placer, frente a la obra de arte con la que empatizamos. Es algo que no podemos poner en términos absolutos.

-Exactamente. Alguien puede sentir una gran perturbación frente a un filme de terror, mientas que, a los chicos, por ejemplo, les encanta porque, entre otras cosas, los ayuda a manejar sus miedos, ¿no?

-A mí también me pasó porque lo recuerdo muy bien. En la adolescencia, cuando tenía 14 o 15 años, no me perdía una de Boris Karloff. Hay una edad en que esas cosas suceden porque se busca más emocionalidad.

-¿Hay algún movimiento artístico que haya estimulado más el pensamiento, la racionalidad?

-Lo primero que se produce en los artistas es la gran estimulación a través del color. Porque descubren la luz y el color. Esos son los impresionistas y los posimpresionistas de van Gogh y compañía. Pero, a partir de Cézanne lo que se hace es indagar un poco más la forma. Entonces, mientras se use el color, interviene un poco más lo emocional; pero cuando se empieza a investigar y a tratar la forma, ahí se hace más cognitivo el mecanismo que interviene.

-¿Qué quiere decir esto?

-Que se va extrayendo la forma en distintos modos y eso obliga a un enfoque un poco más intelectual por parte del observador.

-Usted, doctor, bosqueja un gran arco desde el siglo XIX hasta nuestros días. De todos los movimientos artísticos que va estudiando en su libro, ¿hay alguno que sea su preferido, en lo personal?

-Varios. La evolución del impresionismo y del posimpresionismo me emociona mucho. Desde el punto de vista más intelectual me resulta absolutamente atractiva la evolución de la abstracción. Digo esto, mientras la abstracción ha podido evolucionar razonablemente.

-¿Por qué lo dice?

-Porque estamos en una época en la que se ha comercializado mucho el arte. Entonces ahí intervienen otros factores, que son los que ahora Vargas Llosa critica tanto.

-Correcto. Usted lo hace constar en las conclusiones de su trabajo.

-Lo pongo a propósito porque Vargas Llosa, en su texto La civilización del espectáculo, incluso escribe con irritación del arte actual.

-En contrapartida, le menciono, como preferencia personal, el periodo de los dadaístas y los surrealistas, los grandes rebeldes de nuestro tiempo cercano.

-Claro. El surrealismo arranca de la medicina. André Breton, que funda el surrealismo sobre la base de lograr una introspección que dé lugar a una obra de arte, empezó estudiando medicina.

-Y un rato antes, en Zurich, Tristan Tzara y sus amigotes eran unos revoltosos iconoclastas que se oponían a la guerra y a los nacionalismos de época.

-Sí. El dadaísmo, en realidad, es una reacción frente a los estragos que había producido la Primera Guerra Mundial. Es una rebeldía total que, finalmente, no tiene mayor seguimiento porque termina ahí. Respecto de Argentina, lo que me impresiona como un movimiento comparable a lo que fue el dadaísmo, es lo que significó el Di Tella. Es una opinión personal: el Di Tella fue más dadaísta que creador.

-Usted cuenta una anécdota pequeña, pero muy bonita. Muy cerca del Café Voltaire donde se reunían los dadaístas en Zurich, vivía Lenin antes de partir hacia la revolución bolchevique. Pero no los frecuentaba.

-Así fue. Lenin vivía casi cruzando la calle del Café Voltaire. Pero no sabemos ni se ha encontrado documentación de que haya interactuado con ellos. Probablemente, no le hacían mucha gracia.

-¿Y qué otro movimiento destacaría, entre sus preferencias?

-Hay un movimiento que me fascina totalmente: todo lo que es el expresionismo alemán y la Viena del 900.

-Que tiene que ver, también, con los comienzos del cine alemán y sus directores tan sugestivos. ¿Puede ser?

-Claro. Si hay algo que explota el cine expresionista alemán es lo que yo describo técnicamente al principio como el antagonismo centro-entorno.

-¿Qué hace el antagonismo centro-entorno?

-Realzar los contrastes. Por eso nos atrae tanto el expresionismo: por el marcado contraste blanco y negro.

-Otro motivo de interés que despierta su trabajo es tomar conciencia acerca de cómo los intelectuales y creadores del siglo XIX se movían a través paraísos artificiales. El alcohol, el ajenjo y la sífilis eran determinantes en su existencia.

-En cuanto a las enfermedades, la sífilis fue muy condicionante para todo el arte, incluyendo la literatura y la música. Eso en cuanto a lo patológico. Ahora bien, en cuanto al consumo de sustancias, como el alcohol o el ajenjo, entre otras, también hay una salvedad que hacer. No hay que pensar que su consumo fuera demasiado condicionante para el arte que practicaban.

-¿Por ejemplo?

-Se ha mencionado mucho el tema de los amarillos de van Gogh. Él tenía un diagnóstico de epilepsia. Tenía, a su vez, una gran inestabilidad emocional. Pasaba de momentos en que se comportaba de manera muy compensada, muy estable, a momentos en donde se desinhibía, se peleaba y confrontaba; luego de los cuales pasaba, rápidamente, de nuevo, a su etapa de estabilidad.

-¿Qué significaba?

-Esas crisis eran interpretadas como epilépticas, en aquella época, cuando no había posibilidades de hacer un diagnóstico de precisión. No había electroencefalografía, no había imágenes, por supuesto.

-¿Entonces, en qué derivaba?

-Como se lo interpretaba como epiléptico, una de las medicaciones que le pudieron haber indicado a van Gogh era la digitalina, que es cardiotónica. Se ha usado mucho en cardiología. Y eso pudo haber hecho que pintara tanto con colores amarillos, según se dijo.

-¿Y fue así?

-En realidad, si a nosotros nos dan digitalina no quiere decir que vayamos a pintar como van Gogh (risas). Era su genio. ¡No pinta la digitalina! Pinta van Gogh.

-A otro que se le complicó el tema de los colores fue a Monet porque tenía un problema de cataratas.

-En realidad, mejoró su visión cuando lo operaron de cataratas. Se había resistido mucho a la operación porque a Daumier, el caricaturista amigo suyo, no le había ido bien. Estamos a fines del siglo XIX. La cirugía era muy cruenta en aquella época, sobre todo para operar la visión.

-Pero, finalmente, cuando aceptó operarse, tuvo un final feliz.

-Claro. En el caso de Monet resultó exitosa la operación. Y al mejorarle la visión, destruye la obra que había hecho mientras estaba con su trastorno. Vuelve a crear una obra nueva y ahí es donde hace sus famosos Les Nymphéas (Los nenúfares), que están en el Museo de la Orangerie, en París.

-Volviendo sobre el tema anterior, ¿qué hubiera sido de van Gogh, Manet, Toulouse-Lautrec, Gauguin, etcétera, sin el alcohol, el ajenjo, los prostíbulos, la sífilis? ¿Hubieran sido mejores o peores? ¿O se hubieran dedicado a otra cosa?

-Pero es como le decía antes. No es que pinte la sífilis, no es que pinte el ajenjo. No podemos ponerlo en términos de mejor o peor. Evidentemente no pintan el alcohol ni la digitalina. Pintan ellos. Ahora, que el consumo de esas sustancias condiciona la pintura, probablemente sí.

-Hay que pensar, también, que ese tipo de afecciones las padecieron otros grandes talentos como Baudelaire o Nietzsche.

-Pero son casos de sífilis. Nietzsche y Baudelaire y Flaubert, todos tuvieron sífilis.

-¡¿Todos tenían sífilis?! ¿Qué pasaba en ese tiempo? ¿Había un exceso de burdeles?

-¡Claro! Y particularmente en el París de esa época. Había mucha prostitución, la vida se había urbanizado mucho, las costumbres eran otras y no se conocía la real etiología de la enfermedad. Se sabía que era de transmisión sexual, pero no se había identificado el germen.

-Pregunta que nos acerca una oyente: ¿por qué las drogas y el alcohol están tan vinculados al arte?

-Es una forma que encuentran los artistas de estimularse y, probablemente, de que se les creen vivencias que los lleven a la creatividad. Pero, como decía antes, con seguridad su arte está condicionado por lo que consumen, pero su genialidad no está causada por ese consumo. Es un factor asociado, no es un factor causal.

-Otro oyente apunta que, en aquel entonces, al contraer sífilis tomaban un tónico llamado acqua toffana, que era una combinación de vino blanco con mercurio, para envenenarse lentamente.

-Eran dos las medicaciones que en aquella época se daban para la sífilis. Una era el mercurio y otra era el arsénico. Pero, después, con el surgimiento de la penicilina se dejaron de usar, naturalmente.

-También nos recuerdan que, por ejemplo, en la época de The Beatles se consumía LSD, que es otro camino alucinógeno. La pregunta sería, entonces: ¿son distintos los itinerarios creativos a los que conducen el LSD, la marihuana, la cocaína, el ajenjo? ¿Motivan artes diferentes?

-Son distintas formas de alucinación. Pero ahí está la diferencia farmacológica. Hay drogas que causan determinados efectos que son diferentes a los que causan otras. El LSD es particularmente alucinatorio. En algunos casos ha sido perjudicial porque hay gente cuya esquizofrenia se ha desencadenada por su consumo.

-¿Cómo se tradujo, en ese caso, el LSD?

-Al crear alucinaciones ha producido la continuidad de la enfermedad que, probablemente, estaba latente y que causa escisión mental.

-Estamos hablando de creatividad en nuestra época en la que cada vez es más difícil determinar qué es arte y qué no lo es. Hoy se hacen textos e ilustraciones con programas, por computadora. Hay algoritmos que están componiendo música y conduciendo programas de radio o por streaming. Las fronteras se han difuminado. ¿Cómo nos ubicamos en esta problemática?

-Sí. Pareciera que hubiéramos llegado a un límite, a una especie de techo más allá del cual parece ser muy difícil ir. Es como si se hubiera agotado un poco la creatividad. Pero eso pasa también con el individuo en particular. Hay grandes creadores cuya obra más inspirada, más genial, ocurre durante un cierto tiempo y después se agota. Puede que pase, también, con las generaciones.

-Es que hay nuevos factores en juego, ¿no?

-Está el factor económico, el factor comercialización del arte, que es un condicionante absolutamente ajeno a la verdadera expresión artística. Es lo que produce este arte de consumo masivo que deja de lado la individualidad del creador.

-Siguiendo a Vargas Llosa, hoy hay más marketing que otra cosa. Los buenos críticos de arte están siendo reemplazados por los publicistas.

-Sí. El mismo Andy Warhol, de quien se hizo una exposición en el Malba, en Buenos Aires, hace unos años, es el que pintaba las latitas de sopa, ¿no? Él mismo decía: no busquen nada detrás de mi arte. No hay nada. Lo que buscaba era vender.

-Y lo bien que vendía…

-Claro… ellos venden por cientos de miles de millones de dólares. También menciono eso en el libro. Me tocó ir a una exposición de una artista brasileña, en el Malba, creo, justamente. Había un grupo de turistas cuyo guía les subrayaba el valor de los cuadros que esta pintora vendía, ¡más que la obra misma! Es decir, impresionaba a la delegación más por millones de dólares que por el análisis del arte.

-Entre los últimos genios que lograron vender bien, pero, su vez, derrochando una gran creatividad y originalidad artísticas, estuvieron los Picasso o los Dalí, ¿no?

-Ellos tenían la preocupación por crear, una voluntad. Este es un tema que yo he discutido con mi amigo José Emilio Burucúa, académico de Bellas Artes, que prologa mi libro.

-¿Y qué le dice Burucúa?

-Que hoy lo que se subraya es, dicho en alemán, la kunstwollen, o sea, la voluntad de crear. Es lo que hace valorar el arte. Y yo le discutía que, si ya no se requiere que haya originalidad, no sé si eso sigue siendo arte.

-Bueno, por ahí mismo discurre su libro, doctor.

-Yo destaco que el libro no es de arte ni es del cerebro, sino que es de arte y cerebro. Es decir, en ciencia la originalidad es irrenunciable, porque la ciencia tiene que progresar. ¡No puede dejar de progresar! Y si no hay una originalidad, si no hay nuevas ideas, la ciencia no progresa. Entonces, si dejamos de lado eso en el arte, para mí el arte tampoco progresa. No basta con que haya una voluntad.

-Una inquietud en el marco de la salud, más allá del arte. Con este siglo XXI tan vertiginosamente tecnológico, más el efecto de la pandemia, ¿han cambiado las patologías del cerebro o de la psiquis?

-Respecto de la pandemia, está lo que se llama el “covid largo”.

-¿Qué significa?

-Algunos de los pacientes recuperados de covid están teniendo secuelas neurológicas, que todavía no conocemos bien. Todavía es motivo de controversia porque recién llevamos un año y medio o dos de pandemia.

-¿Y de qué modo han direccionado las indagaciones?

-Con el grupo neurocognitivo de la Facultad de Medicina hicimos una encuesta sobre el efecto que provocó el aislamiento de la cuarentena en las personas. Y ahora estamos completando otra sobre los efectos de los pacientes que tuvieron covid en su cognición. Todas las enfermedades nos condicionan.

-¿Y toda la adicción que hay en este momento, entre jóvenes y adultos, a las pantallas, sobre todo, al celular, está impactando de alguna manera que se pueda estudiar en el cerebro?

-Absolutamente. Pero eso no es de ahora. Viene desde la televisión. Cuando apareció, todos estábamos pegados al televisor, también.

-¿Por qué esto?

-Porque pareciera que lo que entra por lo visual nos hace depender más de la pantalla que lo que entra por nuestra cognición. Y eso nos está condicionando.

-¿Para bien o para mal?

-Para mal, yo creo. Porque se crea, justamente, una adicción. Ese es otro de los problemas del ser humano: la tendencia adictiva. Y no solo al consumo de sustancias. Fíjese lo que ocurre con el juego. En neurología le llamamos ludopatía, la patología del juego. Y estamos adictos, también, a las pantallas.

-¿Y cómo se cura la adicción a las conexiones?

-Hay programas de desacostumbramiento.

-Es decir que, así como existe Alcohólicos Anónimos, vamos a tener que crear el grupo de los conectados anónimos.

-Bueno, sí. Creo que hay Jugadores Anónimos, también.

-Hay otra consecuencia de la pandemia: el llamado síndrome de la cabaña. Muchas personas solo quieren hacer teletrabajo, les cuesta salir de su casa.

-Sí. Hay individuos que se han acostumbrado demasiado a quedarse en casa y después no se animan a salir. Tendrá que ser evaluado a medida que pase el tiempo. Estamos aprendiendo con el covid. Y vamos a tener que seguir haciéndolo porque va a haber otras pandemias, ¿no? Los coronavirus son muy cambiantes, muy inestables. Mutan. Mutan constantemente. Vamos a tener que convivir.

-Suponemos que usted ya tiene las dos dosis de la vacuna, doctor.

-Sí, tengo las dos dosis. Pero no me pregunte de cuál (risas).

(Esta entrevista se realiz

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