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Frenesí por las fiestas y por las juntadas masivas en las canchas vedadas

Explosión de fiestas clandestinas. Estadios no habilitados que revientan de hinchas. La joda y el desahogo no pueden esperar. ¿Cuáles son las razones para esas movidas?

Las fiestas clandestinas no son un producto que generó la pandemia. Ya estaban inventadas desde hace rato. Y venían de tener un cierto incremento en las dos últimas décadas. Ahora han explotado. Y esto se debe, por un lado, a que venden descontrol y transgresión en medio de una peste que nos obliga a protocolos y encierros. Y, por otro lado, a que, con el argumento "vital" de la pertenencia a una facción, como es el caso del ilegal y masivo festejo por los 100 años del Club Godoy Cruz, se juega a reivindicar una pasión argentina que ya no se puede desatar en canchas repletas de hinchas.

En algunas de esas festicholas que pueblan la Argentina sus organizadores tratan de autorregularse para esquivar a la policía. Algunos trabajan con una lista de invitados previamente anotados en la web y tratan de evitar a menores. En otras, vale todo, en particular la venta de alcohol a los adolescentes sub 18. Las hay de más de 100, 200 o 300 personas y si el lugar es muy apartado de las ciudades -y no han hecho demasiada "alharaca botona"- suelen llegar a contener a más de 1.000 personas, sobre todo en el conurbano bonaerense.

Piedemonte superstar

En Mendoza lo que más tira es el piedemonte, como lo probó el reciente sarao desbaratado en La Crucesita, camino a Cacheuta, donde el ir y venir de camionetas premiun terminó alborotando el avispero. Si hasta el gobernador Rodolfo Suarez fue hasta el lugar cuando la Policía le avisó lo que estaba pasando durante el reciente confinamiento. Pero ¿cómo olvidar aquella fiesta sobre lanchas en el lago El Carrizal, como si sus participantes estuvieran en aguas internacionales o fueran una versión berreta de la italiana -y verídica- Isla de las Rosas donde unos tanos inventaron un país?

Hay fiestas clandestinas que tienen fines comerciales, como si fuera un boliche cualquiera (sin normas, claro). Y están también las juntadas de barras de amigos por razones no comerciales, sin barbijos y donde se toma del mismo pico. Un canal porteño -elnueve- denominó a toda esta movida como "la pandemia de la pandemia".

Esto ha puesto de los pelos a los que organizan espectáculos legalmente y que viven de la movida nocturna de manera pública (pubs, recitales, salones de fiestas, boliches). En algunas provincias las invitaciones que las clandestinas mueven por internet incluyen una aclaración supuestamente apaciguadora: "la cana está arreglada".

Puro huevo

Esto de hacer las cosas de prepo, "de huevo", de rebelde way, ha tenido también su capítulo deportivo con lo sucedido en el estadio Feliciano Gambarte, del Club Godoy Cruz, donde se acaba de festejar ilegalmente el centenario de su creación.

Esas instalaciones futbolísticas estuvieron durante varios años sin usarse (la localía del Tomba en Primera pasó a ser el Malvinas Argentinas) hasta que hace unos meses el Gambarte comenzó a ser refaccionado y se habilitó para partidos sin público. Sus tribunas aún no están habilitadas ya que falta definir el estado de su estructura. Sin embargo los hinchas entraron a la fuerza, rompieron candados y llenaron y saltaron en esas tribunas, sin respetar ninguno de los protocolos sanitarios por la pandemia. Ni las autoridades del club ni de Seguridad pudieron prever ni evitar ese desatino masivo.

Con festejos multitudinarios de uno y otro tenor, estamos ante un fenómeno que, en medio de una pandemia, enoja con toda razón a una mayoría de la población que trata de cumplir con las normas y que teme por los efectos de la segunda ola de coronavirus.

Tierra de jodones

A la vez, ese panorama nos obliga a reparar en aspectos más recónditos de la condición humana. Por ejemplo nos lleva a inquirir -sin ánimo de catecismo- acerca de por qué hay tanto frenesí por la joda y el ritual. ¿Será una forma de aventar los fantasmas de la peste? ¿Un aquelarre para expulsar el virus? ¿Un arma no convencional de autodefensa contra la autoridad que a veces se excede en el control social? ¿O simplemente será una forma de romper los quinotos?

Alguno dirá que los territorios de la pasión (el fútbol, la dolce vita fiestera) son insondables e imparables. ¿Por qué no pensar que quizás sean resabios de las variadas clandestinidades y corruptelas que ya hemos vivido en la Argentina y que nos han dejado una mancha espesa sobre el lomo

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