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Fernández Díaz: "Quizá la Argentina sea más una metáfora que un país"

El escritor, analista político y periodista Jorge Fernández Díaz analiza su última novela, la historia de los años 70 y la realidad del país

En 2021, Jorge Fernández Díaz va a cumplir cuarenta años en el periodismo. Su profesión fue basculando entre la crónica policial y la política.

Al mismo tiempo, su vocación literaria no tardó en manifestarse. Según él mismo cuenta, cuando estuvo en La Razón de Timerman, en 1984, empezó a publicar “novelas por entregas y esas cosas”.

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No abandonó la dualidad profesional, desde aquel entonces. “Durante muchos años viví una escisión entre el periodista y el escritor de novelas. Fue una gran lucha, como si hubiera vivido una especie de bigamia entre dos mujeres que te reclaman todo el tiempo y uno tuviera que decidirse por una de las dos y mantenerlas al mismo tiempo”.

El periodista se sigue manifestando hoy en radio, en columnas para los diarios y en cualquier otro formato que lo convoque. Como escritor, su tarea es igual de incesante. Viene de publicar La traición, tercera entrega de la saga que tiene como personaje principal a Remil, ese espía áspero, un “canalla”, como le define Fernández Díaz, pero al que uno, como lector, termina queriendo.

La traición es un thriller político que mueve sus hilos peligrosamente cerca de la actualidad. Lo cual le contagia un pathos adicional.

Sobre su novela, sobre el país que padece y desentraña obsesivamente, sobre el setentismo perenne y la necesidad de barajar y dar de nuevo, desarrollamos un extenso diálogo en el programa La Conversación de Radio Nihuil, junto el resto del equipo que integran Paula Jalil, Federico Lancia y Esteban Tablón.

Entusiasta ante cada uno de los temas propuestos, Fernández Díaz se fue expresando mediante breves monólogos que, en lo posible, hemos preferido no mochar.

Setentismo resucitado y dictadura del proletariado

Como novela policial con trasfondo político, su núcleo duro está en los 70.

La traición trata de ese momento setentista, del setentismo argentino, que se inscribió en el setentismo regional y también mundial, que no llegó a tragedias muy fuertes. En la Argentina lo resucita con toda la fuerza el kirchnerismo diciendo que ellos son los herederos de aquellos ideales; no de las armas, pero sí de los ideales. El problema, como siempre digo, es que los ideales son los que requieren las armas, porque eran ideales totalitarios. No querían implantar la democracia, como se les enseña a los chicos en las escuelas y facultades; querían instalar una dictadura del proletariado o una dictadura popular. Hicieron muchas barbaridades de las cuales nunca rindieron cuenta. No hay un juicio histórico sobre las cosas que han sucedido. El setentismo, de alguna manera, fue hegemónico en su mirada. Hasta condicionó a Alfonsín, en su momento”.

Una novela de espionaje, un thriller político

¿Qué genero define La traición?

“Esto no es un tratado político ni una novela doctrinaria sino de espionaje y acción, con veneno, con persecuciones, con suspenso, con intrigas de todo tipo por parte de los servicios de inteligencia; con amores, pasiones y traiciones permanentes entre unos y otros; con vueltas de tuerca. Y se inscribe en un género que no tiene tradición en la Argentina, pero sí en el mundo anglosajón, que es el llamado thriller político. Ocurre en el territorio especulativo de las políticas verdaderas. Lo que dio inicio a La traición fue que yo estaba viviendo en París, adonde fui becado para una nota y otras actividades. Tomé un avión para Sevilla porque Arturo Pérez-Reverte me había convocado para una charla sobre España. Y en el aeropuerto de Orly surgió lo que dispara un thriller político: la pregunta, la conjetura. ¿Qué pasaría si un referente social, que frecuenta mucho al Papa, es un exguerrrillero y se toma en serio que está luchando contra una dictadura, como se decía hace tres años? Había supuestamente un estado prerrevolucionario en la Argentina y, de alguna manera, había que dar un golpe de efecto al estilo de Gorriarán en La Tablada. ¿Qué pasaría? Me respondí inmediatamente: que alguien, un amigo alarmado del Vaticano, trataría de contratar a un servicio de inteligencia en el país que lo protegiera al Papa de ese bochorno. Es la más política de todas mis novelas, dentro de este género, y la más difícil de hacer porque ocurre en la actualidad política, lo que llamarías la actualidad periodística”.

La santa alianza entre Iglesia, sindicatos y militancia setentista

Seguimos indagando sobre las motivaciones de esta novela sociológica en donde cuenta mucho el entramado que existe en el presente.

“En este caso es un entramado de la política, de la guerra entre los servicios de inteligencia, del uso de los psicoanalistas VIP o de los mediáticos para ensuciar personas. Trata también del vínculo entre Iglesia, sindicatos y militancia setentista, esa nueva santa alianza que se armó hace tres años, irresponsablemente y que jugaba a que había una dictadura en el poder, cuando no la había. Se estaba creando una especie de enajenación en la Argentina, que continúa, porque a todos esos grupos que creó el Gobierno para desgastar al gobierno anterior los introdujo de nuevo en este loteo del poder y ahora le crean problemas al propio gobierno kirchnerista, como en la toma de tierras. Qué sé yo, Perdía y Vaca Narvaja trabajan asesorando a los falsos mapuches de Mascardi, hay varios setentistas metidos en las tomas junto a mafiosos. Y a algunos no los pudieron parar; los tuvieron que indemnizar y al final les tuvieron que mandar la policía. Trataron, asimismo, de sacarle rédito a Maradona en Plaza de Mayo. Todos esos grupos de Hinchadas Unidos que han trabajado de punteros del propio kirchnerismo, de repente se fueron de mambo y hasta arrinconaron al Presidente y a la Vicepresidenta en la Casa Rosada. Fijate que ese monstruo que vos creaste para desgastar irresponsablemente a los otros, de repente sigue vivo y te empieza comer a vos. Es una situación increíble. De eso trata mi libro”.

Una novela con músculo de serie de Netflix

Como thriller político, La traición exhibe un entramado muy moderno, en sintonía con series como Homeland, El joven Papa o Suburra.

“Buscando una novela más ágil, más muscular que las anteriores, tuve que estudiar muchísimo a Georges Simenon, el padre del comisario Maigret. Él tiene una voz literaria maravillosa, pero no copié su estilo, porque yo tengo mi propia voz. Leí ocho libros tratando de entender cómo esas novelas cortas tenían tal intensidad, cómo esos personajes, con una pincelada, pueden ser inolvidables. He leído también a Stefan Zweig, que es un escritor del lado de atrás de la política. Estas han sido algunas de las influencias de esta novela que, por suerte, se está vendiendo muy bien. Alguien me dijo que parece una serie de Netflix. Bueno, puede ser que también haya de eso”.

Metiéndose contra las vacas sagradas de setentismo

¿Cómo separar ficción de realidad, siendo periodista?

“Cuando escribí Mamá el periodista y el escritor tendieron a unificarse. Me encanta escribir en los diarios y todo se ha mezclado. Como periodista, escribo con veracidad, pero utilizo las técnicas del ensayo literario y de la crónica. En el caso de Te amaré localmente o de esta saga de Remil, entre otras, se produce algo inquietante desde el principio: hay muchas cosas que sé cómo funcionan, porque las vi como periodista, pero no las puedo publicar. ¿Por qué? Porque algunas no se pueden probar, porque la vida privada tiene límites… Por una serie de circunstancias el periodismo me dice: hasta acá llegaste. Entonces puedo cruzar esa frontera con la literatura de ficción tratando de explicar lo que hay del otro lado. En vez del periodismo, hay que usar la literatura de ficción para contar la verdad. Es una gran paradoja, ¿no? En el caso de La traición quería contar, como dije, acerca de la santa alianza entre pobristas eclesiásticos, setentistas alucinados y reciclados, progresistas que abrazaron la corrupción y que son vacas sagradas para la literatura argentina transformada por esta cárcel de la causa trascendental, ideológica, que está muy en la universidad y en lo políticamente correcto. Son vacas sagradas con las que nadie se mete y yo lo hago, no a través del ensayo sino del suspenso, de la intriga. Y está también el mundo secreto de los servicios de inteligencia, con los cuales no tengo relación. He decidido no tenerla, ni con los agentes de la SIDE o de la AFI, porque son tóxicos y porque tengo miedo de ser manipulado”.

Monólogo del país bueno (que se perdió)

El peronismo, los 70, Maradona, todo parece ser una metáfora de la Argentina. ¿Es el país una gran metáfora que debe ser explicada a través de las novelas y de las obras de ficción?

“Es muy interesante eso, porque quizá la Argentina sea más una metáfora que un país. Sucede cuando una nación se convierte en metáforas que tratan de explicar lo que es un país inexplicable. Porque es inexplicable que haya tenido una decadencia tan grande y sostenida, que durante los últimos 50 años estemos metidos en una cárcel mental que nos impide el desarrollo como sí han tenido otros países; y no hablo de grandes países, sino de aquellos que están alrededor de nosotros; países que han roto con supersticiones y se han desarrollado con democracias más o menos de alternancia y políticas de Estado comunes. Es decir, si permanentemente buscamos metáforas para explicarnos es porque somos inexplicables. Es inexplicable lo de aquel país bueno, como en el que yo me crié, en los sesenta y que tenía 3% de pobreza; con dramas, por supuesto, pero que abajo tenía una clase media pujante, hija del esfuerzo inmigrante, que creía en los méritos, en el progreso. Había un gran sentido del desarrollo. Ese país bueno fue desmontado, desmantelado por el peronismo, por las dictaduras militares y por la sociedad misma. Estoy convencido de que eso tiene que ver con una especie de gran relato ideológico que los argentinos se han dado a sí mismos. No es un gran relato intelectual ni muy libresco, sino un relato instintivo. Las escuelas son fábricas de adoctrinamiento desde hace muchos años en la Argentina. Hay un modo de ser argentinos. Y no nos fue bien. Si nos hubiera ido bien, yo lo tomaría como algo idiosincrásico, folclórico. Pero nos ha ido muy mal. Y si no es posible salir de esta cárcel mental, va a ser muy difícil cambiar como sociedad, detener una decadencia que no tiene piso. No se trata de que todo tiempo pasado fue mejor, por supuesto. Pero cuando yo era chico, en los sesenta, en los setenta, jugaba todos los sábados al fútbol en la Villa Dorrego. Éramos de un Palermo pobre. No pasaba nada. No había droga. Nadie me quería acuchillar. Nadie me quería matar. Nadie me quería sodomizar. No había resentimiento. Tenía amigos villeros. Hoy todo ese mundo fue prostituido, pervertido, destruido. Y si no hacemos una autocrítica profunda, profunda… Pero creo que el argentino no quiere hacerla y Maradona es el summum de eso, ¿no? No quiero hablar ni bien ni mal de Maradona, porque me parece irrespetuoso en estas horas. Yo no retiro nada de lo que he escrito sobre Maradona ni sobre lo que representaba, esa Argentina que se pinta al Che Guevara en un brazo y cobra millones con el otro, que vive una impostación de las cosas, que vive una falsa rebeldía o transgresión… Parece muy piola la transgresión de la transgresión de la transgresión cuando las leyes ya no existen. Todo eso que hemos creado, que es una porquería, nos ha tirado al fondo del pozo, verdaderamente. Es muy triste lo de los últimos 60 años. ¡Muy triste asistir a esa continua caída! Creo que la literatura tiene también que dar batalla cultural en este terreno”.

Remil, ese canalla, soy yo

Una semblanza de Remil, el personaje central, el narrador del tríptico que conforman El puñal, La herida y La traición.

Una de las cosas por las cuales Remil ha funcionado es que, siendo un canalla, terminás queriéndolo. No es un detective bueno y sin embargo, sentís simpatía por su punto de vista. Es algo muy difícil de realizar. Yo lo he hecho, confieso, adjudicándole a ese hombre duro, a ese soldado impiadoso, por momentos, conflictos emocionales que me han ocurrido a mí. Por ejemplo, la obsesión amorosa que alguna vez tuve. ¿Quién no la ha tenido? Lo hice en la primera novela. En la segunda, le adjudiqué algo que me pasó con mi padre: el momento en que tu padre te da por perdido. Pues bien, mi padre, un viejo asturiano, cuando se dio cuenta de que yo quería ser novelista, periodista y hacerme el bohemio, me dio por perdido. Fue muy doloroso para mí. Y en esta tercera hay algo doloroso que yo vi en la cocina de mi casa, que es cuando papá y mamá se declararon la guerra. Estas pequeñas emocionalidades cotidianas se las coloqué a Remil. Después, su emocionalidad es bastante vivaz”.

El sexo es para el escritor como las manos para el dibujante

Para darle verosimilitud a su trama, Fernández Díaz acudió a probados especialistas en distintas ramas, entre ellos sus amigos Daniel López Rosetti y Hugo Alconada Mon. ¿En materia erótica también se hizo asesorar o apeló al conocimiento propio?

“Alguna experiencia en el terreno tengo. Como me dijo alguna vez el maestro Guillermo Roux, que hizo la portada de La logia de Cadiz, aquella novela que escribí sobre San Martín, lo más difícil de un personaje es hacer las manos. Te demanda muchos bocetos. ¿Por qué? Porque las manos son especiales. Es mucho más fácil hacer un gesto. Y las escenas de sexo son como las manos para el escritor. Son momentos en donde se descubre toda la sutileza y si lo hacés mal, quedás mal. ¡Hay grandes escritores que han escrito horripilantes escenas de sexo! No los voy a nombrar aquí”.

Monólogo final sobre el relato setentista y antiliberal

¿Dónde ubicar la entrada y la salida de esta especie de distopía que vive la Argentina?

“Podría decir que comenzó en el 55 con la derecha militar, que hizo fascismo de mercado y destruyó la idea de un desarrollismo y un liberalismo políticos, lo cual es imperdonable. La contrafigura de esto fue, después, la idea de convertir a Perón, ya que había caído, en un líder de la patria socialista. Él estaba lejísimo de eso. Lo hicieron un montón importantísimo de escritores del marxismo y del nacionalismo que lo reescribieron. Lo reescribieron completamente. El primero fue John William Cooke, que quería unir a Fidel con Perón. Perón, muy vivo, no quiso ir a vivir a La Habana. Se quedó con su amigo Francisco Franco. La idea de Fidel más Perón es la del chavismo. La revolución cubana con el peronismo. Es la idea del setentismo. Sacando al ERP, es la idea de la llamada juventud maravillosa, la JP, la Tendencia Revolucionaria, los Montoneros. Esta idea germinal la tomaron luego (Rodolfo) Puiggrós, que fue del PC; Jorge Abelardo Ramos, un trotskista que se volvió nacionalista de izquierda; (Arturo) Jauretche, del nacionalismo. Y ahí se fue creando un nuevo relato de los buenos y los malos en la Argentina, que derivó en el desastre de los 70. Después hubo un relato posdictadura, muy fuerte, donde no se podía hablar de lo que habían hecho ellos en los 70 porque querían que fueran presos los genocidas. De hecho, esta novela no la podría haber escrito si no hubieran ido presos los genocidas, porque me sentiría funcional a los represores. Pero ahora que sí están detenidos, que se hizo justicia, afortunadamente, pues yo quiero discutir. Ahora bien, no es una discusión histórica. Si nos hubiéramos quedado en los 70 sería una cuestión historiográfica. Pero no. Eso ha sido reciclado y ha sido puesto en valor hoy. Hay una parte de la Iglesia, del nacionalismo católico, que acompaña esta visión. Todo es antiliberal. Pero no liberal en el sentido de Alsogaray. Según los manuales de historia que está haciendo el kirchnerismo, hasta Alfonsín, hasta los socialdemócratas son neoliberales, lo cual es una infamia. Todo este enorme relato, esta enorme narración, no solo está dentro del peronismo y de la izquierda, sino que ha atravesado a la clase media argentina y ha creado supersticiones, supuestos y prejuicios. Pues bien, esta narración por etapas es la que hay que revisar si uno quiere hacer autocrítica, para saber por qué nos fue mal y remover los cimientos de nuestras creencias. Si nosotros cambiamos nuestras creencias, cambiamos la política. Y si cambiamos la política, cambiamos la economía”.