Análisis y opinión

En la Argentina del insulto cotidiano, ¿terminaremos hablando como delincuentes?

Una pensadora chilena, Adriana Valdés, ha advertido que "ahora no hay ningún prestigio en ser una persona educada". Leer esa frase y pensar en los insultos de Milei fue una sola cosa

Hace unas semanas se publicó en el diario "El País" de Madrid una entrevista a la ensayista Adriana Valdés, quien fue titular de la Academia Chilena de la Lengua. Esta escritora y crítica literaria trasandina se mostraba alarmada por lo alterado que estaba el habla de la gente de su tierra.

"Estamos todos hablando como delincuentes. Hay un registro muy bajo en el habla. Ahora no hay ningún prestigio en ser una persona educada", decía Valdés en esa muy interesante entrevista, cuya temática nos toca también a los argentinos.

Para Valdés el nivel general del habla está en un nivel bajísimo, pero lo que más le duele es que "eso hace que los más débiles no tengan posibilidades de acceder a registros mejores del habla". Cuando se iguala para abajo "los más preparados pueden subir cuando quieran, pero los más débiles, no".

Y fíjese, lector/a, el ejemplo que daba: "Ahora hay gente que va a una entrevista de trabajo y dice: 'hola, weona" para presentarse. Quiere decir que en el exceso de parecer frescos y poco caretas terminan perdiendo "la compostura", o sea: se deja de lado la moderación social y ese don maravilloso que es la ubicuidad. Decididamente -nos dice Valdés- "hablar mal no ayuda a que las cosas mejoren".

Y nosotros agregamos: el hablar bien, sin afectaciones ni imposturas, tiene un sentido ordenador de la vida y de las relaciones. Si podemos hablar bien y no lo hacemos, es pura pérdida. En el habla debemos mantener un registro acorde a nuestro historial de vida.

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Adriana Valdés, la primera mujer que presidió la Academia Chilena de la Lengua

Adriana Valdés, la primera mujer que presidió la Academia Chilena de la Lengua

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El pan nuestro

En esta Argentina donde el insulto está de manera constante en boca del primer magistrado del país (así lo designan los protocolos a Javier Milei) deberíamos empezar a alarmarnos por tanta innecesaria chastrinería verbal.

El presidente de la Nación, que suele quejarse de la ignorancia que tienen muchos economistas que lo critican, debería preguntarse si tanto estiércol verbal que contienen sus discursos y sus escritos en las redes sociales son realmente necesarios o eficaces para fidelizar ciudadanos en la prédica libertaria.

En la entrevista que publicó "El País" Adriana Valdés, que fue la primera mujer que presidió la Academia Chilena de la Lengua (2019-2022) afirma que no quiere morirse sin que su cerebro y su espíritu se hayan desarrollado lo más posible. Y hace hincapié sobre "la compostura" que es fundamental para poner al habla entre las cosas que deben funcionar bien.

Fíjese lector/a qué interesante lo que dice la ensayista chilena para desalentar esa tendencia a lanzar sobre nuestros oyentes lo primero que se nos ocurra. "Antes no creíamos tener derecho a tirar sobre la mesa, todo el tiempo, nuestros dolores y sentimientos. Hoy, en cambio, a veces siento que me están pidiendo que tolere que alguien me vomite encima".

La afrenta

El estilo insultante de Milei busca sustituir la argumentación y prefiere el impacto del agravio o la afrenta. Al principio, llamaba la atención e incluso podía provocar un poco de risa. Pero a cinco meses de la gestión presidencial de Milei, ese carajeo constante ya ha empezado a molestar, sobre todo a quienes lo votaron para reponer en el país una democracia republicana liberal, sitiada todos estos años por el populismo, y que ahora se sienten apabullados de anarcocapitalismo.

Dicha invectiva que Milei hace por derecha hace juego, paradójicamente con cierta tendencia cultural -muy anterior a Milei- de la izquierda gritona de venerar la marginalidad, no para estudiar sus causas ni para superarlas, sino para ensalzarla como arma antisistema.

La nunca bien ponderada Lilita Carrió lo dice de este modo: "Hay que cuidar la lengua y el habla. Está bien la cumbia villera, pero no podemos hablar como la cumbia villera porque sin lenguaje no hay imaginación". Y agrega: "No le podemos legar la incultura a nuestros hijos siendo que muchos de nosotros fuimos beneficiarios de la educación pública y de una fuerte cultura que hubo en el país".

Tiene razón la estudiosa Valdés que nos inspiró esta columna: "Hablar mal, como si fuéramos delincuentes, no ayuda para que las cosas mejoren".

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