¿Qué tienen en común estas dos películas además de unir hemisferios y ser candidatas, aunque no triunfadoras, a los premios Oscar 2024 como mejor película extranjera y mejor película, respectivamente? Son un canto a la vida. A la libertad de elección respecto a cómo y dónde vivir. Más allá de los mandatos de clase, de familia de origen y del lugar de procedencia.
Hay una escena que parece cruzar a ambas, un breve instante de despliegue fotográfico a través del cual el sol encandila de frente en una autopista, serenamente, a los protagonistas. Mientras que en "Días Perfectos" el protagonista vuelve de su rutina como personal de limpieza en los baños públicos de Tokio, que vive como un hecho ritual con orgullo y gran empeño en "Vidas Pasadas" la protagonista va camino a probarse como escritora en Nueva York. Es un breve momento, una metáfora visual, que une ambas películas y nos habla de los mismo: la vida es ese instante presente. No porque el pasado no nos aceche con su sombra o porque el futuro no nos amedrente. No. Sino todo lo contrario. Ambos asustan, pero lo que existe, cual punto de fuga para abrirnos otras perspectivas y realidades, es el presente, que es uno y es propio. Aunque el pasado golpee la puerta, viaje miles de kilómetros para encontrarnos y nos llame con todas sus fuerzas y seducción. Aferrarse al presente es el mensaje.
Aire fresco generacional
Los desafíos de la integración multicultural, los miedos de una pareja sincera, la idealización del pasado y la pérdida del anclaje en la migración son algunos de los temas que atraviesan a "Vidas Pasadas", un verdadero juego de expectativa versus realidad que rompe estereotipos y se anima a descascarar el romanticismo de la bohemia neoyorquina con una mirada genuina. La directora coreano canadiense radicada en Nueva York, Celine Song (1988) pone a jugar en su película las condiciones materiales como parte de las cartas que se barajan, reparten y disputan en las negociaciones de cualquier pareja. Sin dramatismos ni culpas. Un aire fresco generacional para un tema vigente y muchas veces tabú en los círculos intelectuales.
Minimalismo luminoso
La buena nueva de que tras muchos años el director de las consagradas París Texas (1984) y Buena Vista Social Club (1994) estrenaría finalmente otra película, conmociona al mundo del cine independiente y no tanto. Con "Días Perfectos" el cineasta alemán nos regala una gema propia de alguien que ha recorrido un largo camino: la revalorización de la vida cotidiana, de las pequeñas grandes cosas que llevan tiempo y atención plena. Lo que ahora se llama mindfullness, estar en el presente concentrado en una sola cosa a la vez, lo plasma en las pequeñas delicias de la vida analógica que destaca con simpleza y consistencia. La lectura en papel, un buen rock and roll en un auto, limpiar con dedicación, darse un baño caliente reparador. Comer algo rico, la satisfacción de la tarea cumplida y por, sobre todo, la amabilidad hacia el prójimo y hacia uno mismo. Todo esto nos devuelve algo de esa cuota extra de humanidad que tenemos cuando nos damos el lujo de pensar y hacer una sola cosa por vez. Cuando frenamos el diálogo fantasmagórico con el pasado y la especulación hacia el futuro. Cuando estamos en el aquí y ahora. Eso que estamos perdiendo en lo cotidiano con los sobre estímulos, la multi actividad y el bombardeo de información.
¿Meditar con el cine?
Qué significa meditar se pregunta el escritor francés Carrere en su libro autobiográfico "Yoga" en el cual intenta mantenerse afuera de los problemas del mundo en un retiro espiritual, mientras estalla la bomba en la redacción de Charles Ebdo en París. Su retiro espiritual es interrumpido por el pedido de la viuda de una de las víctimas del trágico hecho para que enuncie un discurso en el velorio post atentado. Un mundo violento del que no se puede escapar. En las primeras páginas de esa novela, Carrere reflexiona con simpleza sobre los movimientos incómodos que hacemos cuando intentamos meditar o "no pensar en nada", para volvernos más calmos y coherentes, para entender y transitar ese todo inabarcable que es la realidad. Si intentamos meditar, dice el autor francés, primero nos movemos, nos acomodamos, toleramos o no a la mosca real que ronda alrededor nuestro y dentro de nuestra cabeza. No podemos parar nuestros pensamientos, intentamos no juzgarlos, los dejamos pasar cual "tren de pasajeros desconocidos" como dicen los profes de yoga. Toda esa incomodidad es también meditación, afirma el autor francés para consuelo de los que somos principiantes en esta disciplina. No se trata de un acto mágico sino de un ejercicio consciente que se entrena y se aprende poco a poco, cuyos beneficios son cada vez más estudiados y reconocidos por los neurocientíficos. La pregunta que surge es si acaso es posible meditar a través del cine. Estas dos películas a las que referimos, de realizadores de dos generaciones tan distintas, le podrían dar aliento a Carrere en su intento de meditar a pesar de todo. Las decisiones propias, el disfrute de lo pequeño, de lo realmente significativo, posibilita nuestros momentos de conexión. Esos verdaderos actos de delicadeza que vienen a darnos algo de esperanza y a decirnos “no todo está perdido”. En la concentración en lo simple, cotidiano, luminoso y propio está la clave para no perder la razón en épocas convulsionadas. Si nos ponemos a pensar, ¿alguna época de la humanidad ha sido fácil? Felizmente, en estos últimos siglos tenemos al cine, esa máquina de crear sueños que nos permite viajar en tiempo y espacio, abstraernos y, por qué no, hasta meditar.
Como decía el gran Federico Felini, una buena película es como un buen vino. Dura un instante y deja en la boca un sabor a gloria, es nuevo en cada sorbo y como ocurre con las películas: nace y renace cada vez que saboreamos.



