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Canale reaviva la historia de Anne Périchon, la libertina, la Mata Hari de la Colonia

Florencia Canale, periodista de importante trayectoria, cuenta aquí los detalles de su nuevo libro, La libertina, sobre Madame Périchon, una espía en el Río de la Plata

Florencia Canale siente una pasión abrasadora por la historia y por las tramas humanas que le dan lumbre.

Le viene, con seguridad, desde la cuna. Aprendió a leer muy tempranamente, a los 3 años, y creció escuchando las historias familiares relacionadas con el Tío Pepe.

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El Tío Pepe es nada más y nada menos que José de San Martín. Tanta familiaridad tiene una explicación: Florencia es descendiente de Remedios de Escalada por parte de su abuelo Canale.

Periodista de reconocida trayectoria, desde que publicó su primera novela, Pasión y traición, fue acrecentando su romance con el público lector, mientras diseñaba un intenso mapa de las pasiones rioplatenses.

Con su nuevo libro, La libertina, vuelve a zambullirse en el siglo XIX, el ámbito donde, según ella misma confiesa, “yo más lindo nado”.

El subtítulo de la novela resume el nudo del argumento: Madame Périchon, una espía en el Río de la Plata. Es la historia, entonces, de una mujer de raigambre francesa que llega a Buenos Aires y se convierte en amante de un general que lideró las invasiones inglesas y, luego, del héroe del momento, Santiago de Liniers, para acabar siendo objeto de persecución y rechazo. La “heroína” perfecta para animar una novela histórica en el consolidado estilo Canale.

-Périchon luce como un personaje ideal para dar continuidad a tu catálogo de pasiones rioplatenses.

-Me gusta que le digás Périchon y no La Perichona, como le decían sus detractores, con desprecio. La querés a Madame Périchon. Me gusta.

-Claro, corresponde, porque ella era francesa. Ahora… ¡qué picante era Périchon!, ¿no, Florencia?

-Sí, sobre todo por el tiempo en que le tocó vivir. Una mujer fuera de su tiempo, una transgresora, una aventurera, una fugitiva. Una francesa, como vos decías, que desembarcó en el Río de la Plata, en Buenos Aires, después de una infinidad de viajes y de sitios, por donde iba y venía con su familia, para desplegar todo su arte.

-¿Qué tipo de arte?

-No hablo solamente de la estética sino también de la ética, muy revolucionarias, de esta mujer, en aquel tiempo, en Buenos Aires.

-¿Cuál era el contexto histórico condicionante?

-El Antiguo Régimen ya estaba tambaleando definitivamente después de la famosa guillotina de Luis XVI y de María Antonieta. Un tiempo en que nuevos conceptos e ideales empezaban a hacer temblar a Europa y a viajar hacia América.

-Entonces llega por estos pagos Périchon…

-Llega esta mujer, que era una libertina.

-¿Libertina cómo?

-La palabra después empezó a mutar y a pregnarse de otro sentido. Pero una libertina o un libertino, es decir, una persona que practicaba las artes amatorias del libertinaje, poco tenía que ver con la fiesta loca y esas cosas.

-Si no es eso, no es la fiesta loca, ¿qué era ella?

-Una persona que pone el cuerpo al servicio del poder. Era una especialista, una profesional. Lo cual tampoco tiene que ver con la prostitución. Es otra cosa.

-Una Mata Hari.

-¡Exactamente! Por algo un siglo después la bautizaron la Mata Hari de la Colonia. Fue espía. Fue doble agente, incluso. Trabajó con los ingleses, con los franceses. En definitiva, trabajó para ella. Para sobrevivir a esos tiempos intempestivos, sanguinarios, de matar o morir. ¡Y era mujer! ¡Una locura!

-Una mujer de cuidado…

-Te agrego que todos esos señores con los que ella se relacionó o que usó para su causa, ¡terminaron muertos! La señora los sobrevivió. Fue la más hábil, evidentemente.

-Y el más famoso de todos ellos, para nosotros, Santiago de Liniers, fue liquidado después de haber sido un héroe en las invasiones inglesas.

-Así es. ¡El héroe de la patria! Era junio de 1806 cuando llegaron los ingleses con Beresford a la cabeza y otros señores en las sombras, muchísimo más peligrosos.

-¿Por qué?

-Porque Beresford, en todo caso, fue el mascarón de proa, pero los que hacían los negocios eran otros.

-Por suerte estaba nuestro héroe…

-Santiago de Liniers, francés también, protagoniza la reconquista de Buenos Aires. Y en esa reconquista parece que conquista a esta mujer que estaba casada con un irlandés, Thomas O’Gorman, un comerciante hábil, colorido y bastante chanta, pero seductor.

-Con tal antecedente, ¿en qué se convierte Périchon junto a Liniers?

-Casada ella con un señor, él viudo dos veces, Périchon se transforma en una suerte de virreina, sin el título, por supuesto. Dicen que se colocaba una casaca imitando la de Liniers para cabalgar por Buenos Aires, haciendo uso y abuso del sitio que había logrado ocupar.

-¿Qué le pasó a Liniers?

-Parece que quedó fascinado con esta mujer, esta francesa igual que él; avasallante, seductora, colorida. Una profesional, como dije.

-¿Pero cómo era su personalidad?

-Bastante más apocado, muy religioso y muy ocupado en las lides políticas. No tenía mucha cancha con las señoras el señor Liniers. Pero, bueno, cayó ahí…

-Hay muchos ejemplos en la historia de las amantes que terminan siendo más importantes que la esposa o la reina oficial. La serie Versailles muestra, por ejemplo, ese rol de Madame de Montespan junto al rey Luis XIV.

-¡Recordemos a Madame de Pompadour! Las célebres queridas, amantes, estas libertinas, estas mujeres que circulaban en las Cortes, cuyo trabajo era ese, precisamente. La reina es una cosa y la amante es otra. Y casi siempre te diría que las amantes han tenido mucho más poder, predicamento y, a veces, hasta malicia.

-Es que en esos ambientes, si no tenés malicia, te devoran los tiburones.

-¡Exacto! Para ejercer ese rol no alcanza con ser bonita y estar predispuesta. Hay que ser brillante, una luz, más despierta que nadie. Y este es al caso de Madame Périchon de Vandeuil de O’Gorman o Anita Perichón.

-¿Cuál fue el ángulo que más te interesó del personaje, a fin de cuentas?

-A mí no me interesa solamente contar que Madame Périchon fue la amante del virrey Liniers. Esto es lo que sabemos todos. Me interesa, fundamentalmente, contar de dónde vino esta mujer, qué pasaba en el mapa mundial, a fines del XVIII.

-Claro, la perspectiva histórica es fundamental.

-Porque hoy estamos dando todo por hecho. Estamos bastante tranquilos en el siglo XXI. Pero entre el XVIII y el XIX, que una mujer fuera dueña de su cuerpo, de su psiquis, de su deseo; que pudiera desempeñarse como espía en un territorio nuevo; que pudiera manejar los negocios heredados de su padre, cuando los que heredaban eran los hijos varones… En fin, hay una infinidad de conceptos y de prácticas imposibles.

-Convengamos que se trataba de gente adinerada.

-Sí, estamos hablando de una clase pudiente. El padre de Anita Perichón era un comerciante rico que al morir dejó una fortuna. Y ella se sentaba a negociar con sus varios hermanos, con los muchachos que manejaban el puerto de Buenos Aires. ¡Era como sentarte a pelear un dinerito con Al Capone!

-Otro aspecto para destacar es cómo este tipo de mujeres hacían tareas de espionaje. Me recuerda a María Josefa Morales de los Ríos, que colaboró, en ese sentido, con San Martín, como bien cuenta Rodolfo Terragno.

-Tampoco nos olvidemos de Rosita Campuzano. Y moviéndonos hacia otro gran líder americano, Simón Bolívar, no nos olvidemos de Manuela Sáenz. Ella estaba casada con un señor inglés, James Thorne, pero oficiaba de correveidile, además de compartir las sábanas con Bolívar. Supongo que estas mujeres, entre otras cosas, no querían perderse el tiempo que estaban viviendo.

-Un tiempo, como venimos analizando, que no les era del todo propicio.

-Veamos. Aquella célebre semana de la Revolución de Mayo, en 1810, la plaza se llenaba solamente de varones. Las mujeres no tenían permiso. Además, tampoco se les ocurría ir porque era un peligro.

-Tenemos otra idea de esa estampa. ¿Una idea escolar?

-Los dibujitos que tenemos vistos, con French y Beruti, las escarapelitas, los señores con la galera y el paraguas, no representan la plaza. La plaza era muy pesada esa semana. Estaban atentos a que, si se bajaba el pulgar, salían a matar con los chisperos, French y Beruti entre ellos, que eran de armas tomar en serio.

-¿Qué mujer podemos encuadrar, en la foto, como ejemplo relevante de ese momento?

-Te cuento. La mujer de (Hipólito) Vieytes, el célebre dueño de la jabonería donde se celebraban las reuniones secretas tan fascinantes, estaba al tanto de todo lo que pasaba puertas adentro de su casa, aunque ella no participara fehacientemente de esos encuentros. Pues bien, como no quería perderse lo que pasaba, se vistió de varón, metió los rulos adentro de un sombrero, se fajó, se puso una chaqueta y se dispersó, en medio de la plaza, entre la muchachada -¡una muchachada que te la regalo!- para vivir y ser un testigo presencial; para estar ahí, en el fuego, en el fragor de los hechos.

-Ahora bien, había otra manera de volverse influyente, además de compartir el lecho con los hombres del poder. Se destacaban las tertulias, desde París a Buenos Aires, con animadoras como Mariquita Sánchez de Thompson, ¿no?

-Por supuesto. ¡Eran enormes lobistas y facilitadoras de negocios! Estamos hablando de negocios políticos.

-¿Abundaban o eran escasas?

-No había tantas. Pero algunas, teniendo incluso poder adquisitivo, podrían haberse quedado en su casa, bordando y ordenando a la servidumbre qué cocinar, poner y sacar. Por el contrario, querían participar en serio de ese asunto de varones.

-Igual les habrá demandado un esfuerzo extraordinario.

-Se les permitía poco, claro. Pero algunas, a codazo limpio, avanzaban y tomaban su lugar. Mariquita escribió aquella famosa carta al Virrey reclamando y casi conminando para que le dejaran casarse con quien ella quería.

-Una verdadera osadía para la época.

-Es que los padres elegían los candidatos. Las señoritas no elegían nada. Acataban.

-Con Mariquita estamos hablando de mujeres que compartían la escena.

-Sí, Mariquita y Madame Périchon son contemporáneas. Son como las célebres salonnières de Francia, esas señoras que ofrecían fiestones en su casa. ¡Cómo nos hubiera gustado participar, estar ahí, compartiendo con gente tan interesante y fascinante!

-Justamente esa es una de las riquezas adicionales de tus libros: todo el contexto histórico, pero, además, la intimidad de aquella gente: cómo eran sus alcobas, sus comedores, sus vestidos, sus comidas. Se emparientan con series de televisión actuales como Belgravia o Bridgerton.

-El género histórico me gusta desde siempre y soy una consumidora voraz de las reproducciones, incluso audiovisuales, de esas temáticas. Me fascinan.

-¿Y cuáles son tus preferidas, entre las series de época?

-Las veo todas. Por supuesto, Bridgerton, que está tan en boga. Y yo insisto que esto es algo que nos debemos en Argentina. Nuestra historia es tan rica como la de cualquier país europeo que se precie. Nosotros deberíamos tener como un escudo nacional de exportación. Miniseries con nuestros grandes héroes de la patria.

-¿Qué señalás, en este punto, como ejemplo?

-Hay una miniserie muy linda, de tres temporadas, que recomiendo a quienes no la hayan visto: Isabel, de la Televisión Española. Por supuesto, la protagonista no es otra que Isabel la Católica. Es la historia de los reyes de Castilla y Aragón, Fernando e Isabel.

-Si hablamos de realezas, entonces te encantará The Crown.

-¡Olvidate! ¡Sí! Pero me gustan todas. Incluso los documentales, con historiadores o historiadoras que recorren sitios mientras van reproduciendo los hechos. Hay uno que se llama She-Wolves dedicado a las reinas, pero que no eran reinas. Lo que pasa es que, en la época medieval, eran consortes. Estaba el rey, sí, pero su mujer no era reina. A mí me fascina el Medioevo.

-Por tu cuenta de Twitter me enteré que también te gustó mucho el diálogo entre Scorsese y Fran Lewobitz, Supongamos que Nueva York es una ciudad.

-¡Qué genial es escuchar y ver a dos personas brillantes conversando! Tenemos hoy tan poco acceso a ese tipo de respuestas tan categóricas. Esa señora tan cascarrabias, pero tan contundente. Me gustó mucho. Veré qué otra cosa elijo. Pero estoy escribiendo… ¡y no debería desconcentrarme!... cosa que me suele suceder. Soy fácil de desconcentrar.

-¿En tu próxima novela te seguís metiendo en la alcoba de la gente?

-No sé si en la alcoba, pero me meto en la intimidad. Yo me hago preguntas todo el tiempo. A veces no encuentro las respuestas, a veces sí.

-¿Buscando qué?

-Me gusta entender porqué hicieron lo que hicieron, porqué tomaron tal decisión, qué los llevó a la desmesura.

-Ahí es donde se vuelven interesantes.

-La desmesura no tiene que ver sólo con la pasión amorosa. Es algo mucho más intenso y mucho más fuerte.

-¿Viste Los últimos zares, que hace foco en Nicolás II?

-¡Sí! Imaginate que hace cuatro años viajé a Moscú y a San Petersburgo. Y justo antes vi todo eso.

-¿Qué te liga a Rusia?

-Yo tengo ancestros rusos. La historia de Rusia, como a casi todos, me quita el aire. Todo es tan inmenso. ¡Son realmente la desmesura! Es otra cosa.

-¿Los Canale de dónde son?

-De Italia. Los Canale son tanos, de un pueblo fascinante cerca de Génova. Io sono genovese.

-¿Y cómo engancharon estos italianos con la variante rusa?

-El rusismo viene de madre. ¿Viste que se arman estos lindísimos guisos, con varios ingredientes y que hacen todo mucho más rico?

-Tus distintos libros han ido armando como una colección de época. ¿Cuál es tu preferida de entre todas las heroínas que has estudiado del siglo XIX?

-Me resulta difícil. Yo tengo mucho amor para dar (ríe). Entonces me voy enamorando cada vez de la última. La tengo muy presente a Anita Perichón. No puedo evitarlo. Sigo admirando su capacidad de supervivencia, su brillantez y su pasión de hielo.

-¡Qué buena caracterización!

-Era una mujer fría. Algo que a mí me cuesta tanto. Yo de hielo no tengo nada… me tiro… Soy pésima estratega.

-Pero alguna otra, además de Madame, te atraerá muy particularmente.

-No puedo evitar a Remedios (María de los Remedios Escalada). A ella la abrazo para siempre.

-¿Por qué?

-Me conmueve, tan jovencita, tan “valiente” -entre comillas-, defendiendo su deseo. Se quiso casar con José de San Martín a pesar de todos y de todo.

-¿Qué pasaba con San Martín?

-Era un hombre misterioso, que acababa de llegar a Buenos Aires. Nadie lo conocía y todo el mundo le desconfiaba. Ella enloqueció de amor a los 14 años. Y se casó, rompiendo contratos ya establecidos que su padre había concretado con otro caballero.

-¿Y cómo le resultó?

-Se ilusionó, como corresponde. E hizo lo que pudo. Pero no le fue muy bien. Las ilusiones femeninas de aquellos tiempos rápidamente eran derrumbadas porque la realidad era otra. Además, estos hombres, protagonistas de la construcción de una nación, hombres con ideales fuertes, era muy difícil que pudieran entregar un milímetro de su corazón, de su amor, de su cuerpo, a cualquier mujer.

-Sus prioridades eran otras, está claro.

-Los grandes amores de estos tipos eran la causa, la libertad. Estaban para otra cosa. ¡Y bienvenido sea! Ir contra eso era una lucha perdida. Por eso, repito, Remedios hizo lo que pudo con su frustración. Yo la abrazo para siempre. Le perdono todo, le defiendo todo. ¡Y a San Martín ni qué hablar!

-Volviendo a la pasión de hielo de Périchon, recuerda a un personaje de ficción, la Cersei de Juego de Tronos.

-Es que, forzando un poco la interpretación, el mundo y la historia, en general, son de los que privilegian un poquito el mal al bien. Mirá lo que te estoy diciendo… Bastante maquiavélico, ¿no? El fin justifica los medios.

-No eran tiempos para tener una mano demasiado blanda, para andarse con chiquitas…

-Había que tener temple, un poquito de malicia y parsimonia, capacidad de espera. No es una tarea fácil. La historia suele ser de ellos.

-A propósito de esto, ¿por qué atraen tanto las malas, en la realidad o en la ficción? Maléfica o Cruella Devil tienen un imán del que carece Blancanieves.

-¡Pero qué barbaridad! (ríe) ¡Estoy indignada!

-No sabemos si vos sos buena o mala, pero convengamos que las malas siempre garpan más.

-¡Siempre! ¡Hasta el día de hoy! ¡Qué desgracia! Hasta el día de hoy. ¿Cuántas veces habrás escuchado: hay que ser una HdP, una tal por cual, porque si sos buena te cagan? Sigue pregnando esa idea.

-Te lo demuestra The Crown cuando Margaret Thatcher le explica a la Reina que, para sostenerse ahí, necesita tener un espíritu asesino.

-Es a matar o morir. Para ser un protagonista de la Historia grande, con hache mayúscula, hay que ser el dueño de la selva o, por lo menos, creérselo, y salir a comer vísceras. Hay gente que tiene esa capacidad, hay otra que no. Hay que tragar sangre, realmente; y andar buscando sangre.

-¿Cuándo empezaste a escribir La libertina?

-El anteaño pasado.

-Pregunto porque aquí también hay una pandemia como telón de fondo, la viruela, que incluso, como señala el relato, causó la muerte de la segunda esposa de Liniers. Le pasó otro tanto a Felipe Pigna que, al contar la historia de Gardel, se encontró con la llamada gripe española.

-Yo tengo investigado, sobre todo, hasta mitad del siglo XIX, que es en general donde yo más lindo nado. Y todo el tiempo hay epidemias, pestes y miasmas. Entonces, al escribir mi historia, cuando los Périchon llegan y está este mal de la viruela, me decía: ¡pero, Dios mío, qué suerte tengo! No exclamaba por la enfermedad horrorosa que está asolando hoy al mundo, sino porque podía ir hacia atrás y mirar, fisgonear y replicar todas estas cosas, que son cíclicas, como vos decís.

-O sea, que nunca terminamos de estar a salvo.

-Esta enfermedad no es la primera y seguramente no será la última. Y en aquel momento te puedo asegurar que con la viruela caían como moscas.

-Hermosa charla. Por suerte estás escribiendo y pronto habrá motivos para renovarla. ¿Es otra mujer mala tu nueva protagonista?

-Ay ay ay… Estoy en carne viva. No sé qué me pasa con esta historia. Cada escena que escribo tengo que parar porque todo me conmueve, me hace temblar. No sé si es porque yo estoy en un momento particular.

-¿Se puede saber de qué trata?

-Yo suelo no decir mucho. Pero es una historia muy impresionante; muy, muy contundente. Pero no diría que se trata de una mujer mala, de ninguna manera.