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Bragoni: la Vendimia virtual ante el desafío de cuidar la tradición y de integrar nuevos contenidos

Beatriz Bragoni, reconocida historiadora y docente, analiza una obra que es referencia para la provincia: Te contamos una historia de Mendoza. De la conquista a nuestros días

Te contamos una historia de Mendoza. De la conquista a nuestros días es un libro de referencia para nuestra provincia y nuestra comunidad. Valioso e instructivo, tanto en el ámbito docente como para el público cada vez más atraído por el pasado común.

Por eso mismo es para encomiar que Ediunc, la editorial de la Universidad Nacional de Cuyo, dispusiera una segunda edición, corregida y aumentada respecto de la versión original de 2009.

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El trabajo estuvo a cargo de las historiadoras María Teresa Brachetta, Virginia Mellado y Oriana Pelagatti, que colaboraron para completar la iniciativa de su colega Beatriz Bragoni a partir de un programa de investigación desarrollado, inicialmente, en la Facultad de Derecho.

Para profundizar en los alcances de esta renovada historia mendocina dialogamos en el espacio sabatino La Conversación de Radio Nihuil con Bragoni, una autora de persistente producción ensayística, muy agradecida porque su libro San Martín. Una biografía política del Libertador ya va por la segunda tirada en editorial Edhasa.

“Eso me pone muy contenta y me entusiasma para seguir”, define su momento actual nuestra entrevistada.

-Consideramos una muy buena iniciativa mantener vigente esta historia breve de Mendoza.

-El libro está editado por la Ediunc dentro de un género que ha ganado una enorme proyección en los últimos años, que es la alta divulgación histórica.

-¿Qué sensaciones recogieron con su aparición?

-Nos gratifica enormemente haber logrado un libro de síntesis, integral, de largo plazo, porque es plurisecular. Y haber podido aggiornar el último tramo, la última década.

-¿Y qué motivó a la Ediunc para sacar esta segunda edición?

-Hubo que volver a editarlo y renovarlo debido a la alta aceptación que había tenido. Se había agotado la edición anterior.

-¿En función de qué atribuyen ese interés?

-En función de diferentes usos, de diferentes públicos lectores, desde estudiantes universitarios a otro universo de personas interesadas, inquietas por saber quiénes somos, de dónde venimos. Al mismo tiempo, con base en la producción historiográfica de los últimos años, que se renovó mucho en el país y en Mendoza.

-Ustedes plantean en el prólogo de esta reedición que las materias históricas se encuentran en baja en la escuela, mientras que mantienen su atractivo entre el público general. ¿A que atribuir la contradicción?

-Los factores son complejos. Pero hay un tema central y está relacionado con la reducción de contenidos de las disciplinas históricas o humanísticas en las nuevas currículas. Incluso hay algo más curioso: cómo se redujeron los contenidos disciplinares en las mismas carreras de Historia.

-Insólito.

-Hace poco tuve que hacer un trabajo y comparé mi plan de estudios, de cuando yo cursé en la UNCuyo, con los actuales. Hoy el 30% corresponde a disciplinas didácticas, pedagógicas, etcétera.

-¿Por qué? ¿Adónde apunta esto?

-Avizora varias cuestiones. Pero lo que fundamentalmente se pone de manifiesto es la reducción de lo específico en beneficio, a veces, de lo pedagógico o de las ciencias de la educación. También el vínculo -en este caso más virtuoso- que hay con las ciencias sociales. En realidad, la formación ha cambiado. Algunos están más contentos, otros no lo estamos tanto.

-Es entendible el descontento.

-Este fenómeno va en paralelo con otro, que es el creciente interés por leer historia, por saber del pasado provincial.

-Paradójico. Un circuito por fuera del ámbito educativo…

-Está vinculado, no tanto a cuestiones disciplinares, sino a preguntas que tienen que ver con procesos identitarios locales.

-¿No debería ser más relajada, más atrayente la historia en la escuela o la universidad? ¿Más en línea con ese fervor creciente mostrado por el lector común?

-Al mismo tiempo, los planes de estudio deberían ser más flexibles y apelando a los diferentes lenguajes que hay para comunicar los contenidos del pasado. Habría que desarrollar nuevas formas de acceso y de reproducción de ese conocimiento.

-Un poco más en relación con los productos de mayor demanda.

-Es por eso que el tema de la alta divulgación ha ganado mucho vigor o centralidad, no solamente en la agenda de los grandes medios. Estos medios, digamos, se encargan de generar plataformas o de promover este tipo de lecturas. Y, por otra parte, hay una demanda de contenidos por parte de las productoras audiovisuales.

-Que está en proceso de expansión explosiva.

-Pensemos, justamente, que muchas de las series que tienen éxito en Netflix y compañía están relacionadas con contenidos históricos. Algunas son buenas, otras no tanto, pero la capacidad de penetrar en el link entre la ficción y la realidad o la verdad histórica es formidable.

-Cómo historiadora, ¿qué series le gustan o aconsejaría?

-Me ponen en un brete, porque me gustan las series, pero soy más de leer novelas, en papel y tinta. Pero yo aprendí mucho de una serie que es maravillosa, Downton Abbey.

-Una serie muy rica, sí. ¿Qué es lo que más extrajo de esa cantera?

-Trata del declive de la aristocracia británica. Muestra temas como la guerra y su impacto sobre el comportamiento de las mujeres, o el elenco de servidumbre que tenían y la jerarquización que había ahí adentro. Eso tiene que ver no solamente con capacidad de producción sino también con el asesoramiento histórico específico.

-O sea, talento artístico y rigor documental.

-Es que ahí se controla lo verosímil de la ficción, porque hay algunos productos que no logran ese equilibrio y entonces no figuran entre mis preferidos, no los elijo. Pero, además, hay películas formidables donde la historia es el centro y el aprendizaje es magnífico. Las podés utilizar para dar clases.

-¿Cómo cuáles?

-Hay dos que yo tenía como caballitos de batalla. Una es Pandillas de Nueva York.

-¿Qué muestra la película de Scorsese?

-Las diferentes corrientes migratorias que confluyen sobre esa ciudad antes de ser la Gran Manzana en que se después se convirtió. El peso de lo territorial, el peso de los caudillos, de las pandillas urbanas; el contraste de clases, el papel que tenía y sigue teniendo la religión en esas comunidades étnicas, etcétera.

-¿Y el otro caballito de batalla?

-La otra que me sirvió mucho para ilustrar la crisis del 30 en Estados Unidos es la biopic del genio del jazz, Ray Charles.

-¿Qué es lo relevante de Ray?

-Es una película que permite poner en clave personal las enormes desigualdades de los Estados Unidos entre los años 20 y 30: el tema de la raza, de la pobreza y, sumado a eso, la ceguera. Con otro añadido: lo virtuoso que tiene que ver con una disciplina y la creatividad. Y cómo termina el tipo embarcándose en la reivindicación de la cultura de los afrodescendientes.

-Herramientas, en definitiva, que enriquecen la propia disciplina.

-Lo que quiero decir es cómo tanto las historias personales como las de toda una sociedad son susceptibles de ser restituidas y conocidas por múltiples lenguajes: audiovisuales, escritos, etcétera. En definitiva, muestran la vitalidad de la humanidad en sus diferentes momentos y el corsi e ricorsi, diría Vico, de la vida en el planeta.

-¿Hay dos escuelas, hoy, entre los historiadores? O sea, ¿algunos se quedan con la típica historia acartonada que conocemos y otros optan por la historia viva de la que estamos hablando?

-Sí, hay diferentes corrientes historiográficas. Hay diferentes maneras de hacer historia y de comunicarla o enseñarla. La historia rígida que conocemos y por la que muchos hemos pasado, tiene que ver con la tradición de la llamada escuela clásica erudita. Fue moderna en el siglo XIX frente a las otras historias de los príncipes y de los santos de la época.

-¿Cuándo se produce un vuelco sustancial?

-En muchos centros académicos mundiales cambió, no casualmente, después de la Primera Guerra Mundial.

-¿Qué pasó?

-Se empezó a producir la crítica a la historia erudita política e institucional, la del Estado, la de los políticos, la de los gobiernos, etcétera, en beneficio de un diálogo con las ciencias sociales; sobre todo con la sociología, con la economía, con la antropología, etcétera. A esa gran empresa un historiador francés, Marc Bloch, la llamó combates por la historia.

-¿Cómo repercutió por estos lares?

-Trasladado esto a América Latina y a la Argentina, se puso de manifiesto a partir de los años 50 con diferentes clivajes en las universidades. Hay centros de investigación que dispararon rápido para establecer ese diálogo y otros que fueron más lentos o donde todavía no hay una interpelación a esa forma de hacer historia y de enseñarla.

-El panorama no es homogéneo, por lo tanto.

-El mapa argentino es muy diverso y eso es lo que explica también la dificultad que hay para reformar las currículas. Y no solo porque no se quiera renovar, sino también por el peso de lo existente.

-Volviendo a la historia de Mendoza, un tema clave por su popularidad es la Fiesta de la Vendimia.

-La Fiesta de la Vendimia arrancó en los años 30, justo en el momento de la mayor crisis provincial. Coincide con esa imagen del derrame del vino por las acequias.

-Una fiesta del trabajo, como se la llama.

-Esa celebración, como otras fiestas realizadas por provincias productoras de bienes para el mercado interno, fue una iniciativa oficial del gobierno de los conservadores que, al mismo tiempo, recogía experiencias previas.

-En un momento, como decíamos, socialmente delicado.

-Era un momento de enorme zozobra porque se produjo una depresión que dio origen a un desempleo muy importante. Y, una vez superada la crisis, se activó la conflictividad obrera.

-A partir de ahí fue consolidando una entidad propia, ¿no?

-La Fiesta de la Vendimia es una empresa que se renueva todos los años con una voluntad de combinar su carácter político, institucional y cultural con una invocación al conjunto de los departamentos de Mendoza que, hasta 1950, eran menos porque Malargüe no estaba. Esto habilita una suerte de interpelación con esos gobiernos locales y sus poblaciones, que, también, han tenido un cambio, desde los años 30, muy importante.

-¿Cuál es el carácter de ese cambio a tener en cuenta?

-Ese cambio social o demográfico es significativo porque se trata del momento en que la población de Mendoza se empieza a urbanizar cada vez más y, por otra parte, se argentiniza.

-¿Qué quiere decir que se argentiniza?

-Que la población progresivamente dejará de tener el porcentaje de inmigrantes europeos que había hasta 1914, en función de que esos extranjeros que se radicaron y se integraron a la economía y a la sociedad mendocinas son reemplazados por sus hijos.

-Lo cual termina de redondear el sentido totalizador de la celebración.

-Claro, porque ese momento es como una gran centrifugadora de experiencias sociales, económicas y políticas, en donde la fiesta aparece como el símbolo de una integración. Símbolo, insisto, de una sociedad integrada social, cultural y étnicamente.

-Pasamos de la Vendimia original, allá por los años 30, a la versión de hoy, virtual o audiovisual, por razones del coronavirus. ¿Cómo analizamos?

-El símbolo de integración del que hablábamos se traduce en los sucesivos guiones, que, a su vez, van poniendo en discusión cuánto de nuevo ha representado este género para la dramaturgia y el espectáculo provinciales.

-¿Por qué este punto es importante?

-Porque, más allá de la presencialidad o de la virtualidad, el desafío que tiene Vendimia es de seguir reproduciendo las imágenes consagradas de la historia provincial o dar paso a nuevas representaciones.

-Menudo desafío, entonces, para la versión streaming de esta vez.

-Mirada en perspectiva, la cuestión virtual puede contribuir a mantener una tradición; a no suspender la fiesta, como pasó en otras oportunidades, por ejemplo, en ocasión del terremoto; a sostenerla y, al mismo tiempo, a afrontar el desafío de integrar nuevos contenidos en los guiones.

-Tradición y modernidad, dos conceptos siempre en pugna aquí.

-Sí, porque está claro que Vendimia es una experiencia vitivinícola y ésta, en los últimos cincuenta años, ha tenido una transformación enorme. Por lo tanto, más allá de la cuestión excepcional de esta pandemia que nos obliga a que las multitudes no puedan sostener los formatos originarios, puede ser una herramienta de conexión con la tradición, pero, al mismo tiempo, con una tradición renovada.

-Un reto en todas direcciones.

-Exacto. Esto puede impactar en las otras fiestas de la provincia, que son muchísimas. Con esa capacidad que tuvieron los departamentos de poner en agenda sus propias fiestas en una escala nacional, como, por ejemplo, el Festival de la Tonada, Rivadavia Canta al País o la Fiesta Nacional del Chivo en el Sur, deberán ser imaginativos ahora para sostener esas políticas locales en la actual coyuntura.

-En la historia de Mendoza, un momento central es el del feroz terremoto del siglo XIX que obligó, prácticamente, a refundar la ciudad. Pero en el libro no ocupa un lugar destacado. Ni siquiera figura con título propio.

-Es cierto. Pero un proceso de escritura integral supone tomar decisiones sobre a qué darle más o menos énfasis. Nosotros decidimos no abundar en el impacto del terremoto sino de conectarlo al contexto social y político donde se produjo.

-¿Qué valoraron de ese momento por encima del sismo?

-Ese terremoto del 20 de marzo de 1861 ocurre en el mismo año en donde un tembladeral político va readaptar el vínculo de la dirigencia provincial con la nacional.

-Tiempos de Mitre…

-Justamente. Tiene que ver con el éxito de Mitre en la batalla de Pavón, que reformula los viejos federalismos. Por lo tanto, resumiendo, ese es un año clave por el terremoto y por el proceso de integración de Mendoza al sistema político nacional.

-A eso iba la pregunta: el libro privilegia la cuestión política por sobre un acontecimiento, como el terremoto, que aun hoy está mucho más vivo en la memoria, en el ADN de la población.

-Probablemente. Los historiadores del terremoto han mostrado su impacto social, económico y político porque rompió las calles, las acequias, etcétera, afectando sobre todo el casco urbano y los alrededores. Marcó un antes y un después en la vida misma de la ciudad y en su proyección. No subestimamos su peso en la experiencia histórica. Pero el espíritu del libro, su lógica, es entender Mendoza en relación con los otros poderes interprovinciales y el poder nacional. Mendoza no se explica por sí misma.

-A modo de resumen y habiendo trazado todo el arco de la historia provincial, ¿cómo ve que ha funcionado la democracia en Mendoza?

-Mendoza tiene un rasgo distintivo junto con Santa Fe. Y es que, desde la democracia, las reformas constitucionales no influyeron en un tema muy sensible a la tradición política argentina como la reelección del gobernador. En ambas provincias el mandatario cumple un solo mandato. Después puede volver. Pero no hay reelección indefinida como en Santa Cruz o en Formosa; ni tampoco a término, como en otros casos provinciales.

-¿Qué marca esto?

-Una cultura institucional que va unida también a lo que Mendoza tuvo por muchos años, que fue la reelección indefinida de intendentes. Eso contribuyó a la estabilidad o continuidad de algunos grupos políticos en algunos departamentos.

-¿Un ejemplo?

-El ejemplo más claro es el de Maipú donde, prácticamente, desde 1965 gobierna algún intendente que proviene de las filas del PJ. En cambio, si mirás la Capital, desde el 83 gobiernan sostenidamente dirigentes que proceden de la Unión Cívica Radical.

-¿Entonces?

-Entonces, dentro de esa regularidad de las elecciones, en que el proceso de democratización y las bases del sistema político-institucional no han sido puestas en duda, el libro cierra con el capítulo “Las deudas de la democracia”, que recupera un texto muy famoso de Bobbio, “Las promesas incumplidas de la democracia”, que circuló cuando nosotros éramos jóvenes.

-¿Cuál sería la conclusión?

-Que la regularidad de las elecciones no supone que los mendocinos vivamos mejor. Ahí se plantean los principales nudos del sistema político y también de los déficits que, en materia de infraestructura y, sobre todo, de bienestar social colectivo, se han producido en los últimos tiempos.