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Ariel Magnus y su relato sobre Eichmann: "Perón no era nazi porque no era antisemita"

El novelista argentino Ariel Magnus analizó desde Alemania, con Radio Nihuil, su obra El desafortunado, referida al nazi Adolf Eichmann

Adolf Eichmann fue una pieza fundamental de la maquinaria bélica y genocida del nazismo que lideró Hitler.

Pese a tratarse de un burócrata un tanto gris y de no pertenecer a una familia acomodada, su capacidad organizativa lo ubicó en un lugar preponderante. Quedará en la memoria como el jerarca que organizó las deportaciones de los judíos hacia los campos de concentración, lo que valió el preciso mote de Arquitecto del Holocausto.

Tras la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial, Eichmann pudo evadirse de sus captores y recaló, finalmente, en Argentina, en 1950, donde una década después sería capturado por el Mossad.

Estos años argentinos del buscado criminal de guerra constituyen la trama central de El desafortunado, un relato que Ariel Magnus llevó a cabo pese al expreso veto de su padre, que sentía por Eichmann un “odio descontrolado”. Un odio superior al que experimentaba por Hitler.

Cuenta Magnus que, el expresarle su intención de hacer este libro, “mi padre me dijo que no lo hiciera, que esa lacra humana no merecía que nadie se ocupara de ella, mucho menos el nieto de una sobreviviente de sus crímenes”.

Justamente este último peso en la conciencia terminó de impulsarlo a concluir su proyecto. Pudo meterse en la cabeza, en la conciencia del asesino. Y, de paso, tomarse una módica venganza en nombre de la Oma, la abuela que logró sobrevivir a Auschwitz.

Desde Bonn, Alemania, Magnus dialogó con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿El exceso de biografía sobre Eichmann ayudó o fue un problema? Había que separar el mito, la leyenda, del personaje real.

-Es distinto porque lo mío es una novela. El novelista puede agarrar un solo hecho y nada más. En mi caso sí me interesaba basarme en hechos reales y ser estricto con el marco. Entonces sí tuve que mirar mucho. No sé si hay exceso de bibliografía, empezando porque no existía ninguna novela sobre él, que fue lo que, también, un poco me motivó a escribir la mía. Es decir, hay muchos libros sobre Eichmann en la Argentina, pero ninguno era de ficción. Y la ficción era la única que podía resolver las preguntas que nos hacemos: ¿quién era este hombre, cómo vivió, por qué cayó, por qué vivía acá, cómo era la relación con su familia y con sus hijos, cómo se llevaba con los otros nazis? Algunas cosas están dichas en los documentos, pero al resto había que imaginarlo.

-¿Imaginarlo cómo?

-Lo podés imaginar de la nada o, como me gustaba hacerlo a mí, metiéndome en la cabeza de ese hombre. De esa manera, no solamente se aprehenden los hechos, que son los reproducidos en la novela, como si fuera un cuadro donde todo lo que se inventa son como hipótesis dentro del marco de lo ocurrido. Pero la parte en la que él piensa y lo que piensa, también está enmarcada por lo que escribió.

-¿A qué apelaste para enriquecer tu punto de vista?

-Yo soy traductor de alemán, entonces pude leer los originales. Hay libros que no están traducidos, cosas que ni siquiera están publicadas. Tuve que ir a los archivos. Por ejemplo, en un texto muy importante que se llama Mi huida cuenta todo el devenir desde que terminó la guerra hasta que llegó a la Argentina. Esas fuentes no solo te permiten reconstruir bien lo que pasó sino también el marco teórico, es decir, cómo pensaba este hombre. En resumidas cuentas, el laburo fue ese: leerlo a fondo, meterse en su cabeza e ir viendo cómo justifica las cosas, cómo las trata y, desde ahí, mirar la realidad argentina.

-Y la historia arranca, muy precisamente, en un momento crucial de la historia nacional.

-El libro empieza en el 52, cuando llega su familia al país, justo el día en que están enterrando a Evita. Y ahí se enfrenta con todo ese movimiento popular.

-Está muy lograda la hondura psicológica del personaje y su filosofía de vida, como cuando, estando en Tucumán, hace un parangón entre la “normalidad” de la naturaleza y la razón de ser de la burocracia.

-Te agradezco. Esa fue una parte riesgosa, porque no es lo que él piensa. A Eichmann le gustaba la naturaleza. Hay partes donde habla de ella que están directamente traducidas de escritos suyos. Pero justo esa parte donde, citando a Weber, hace una analogía entre la naturaleza y la burocracia, es un invento mío.

-¿Invento en qué sentido?

-Cuando se trata de una novela histórica, se utiliza el invento para hacer una hipótesis. Él estaba en la naturaleza, le gustaba andar a caballo -hay fotos en Tucumán-, su trabajo era andar por los ríos y medirlos. Pero el tipo era un burócrata. Toda su vida lo fue. Y bastante enamorado de la burocracia. De hecho, sus grandes triunfos se relacionan con haber acelerado cosas de la burocracia. De esa forma está planteado todo el libro.

-Están también los rasgos de época, que no son menores.

-Claro, a eso se agrega la Argentina: ¿qué piensa él de Perón cuando se lo encuentra, qué piensa del fútbol, del asado, de las villas miseria? De repente, fue muy arduo preparar el personaje, pero cuando me metí en su cabeza y arranqué, para mí fue maravilloso porque fue ver la realidad desde una perspectiva que nunca se me hubiera ocurrido. A partir de ahí, vista la Argentina desde un nazi, salen cosas sorprendentes.

-Tu familia, tu abuela misma, tienen relación con la historia que involucra a Eichmann. ¿Por eso decidiste escribir el libro?

-En el epílogo hay una pseudoexplicación. Tiene que ver con que mi padre odiaba a Eichmann. Soy de una familia judeoalemana. Mi abuela sobrevivió a Auschwitz. O sea que ella fue una víctima directa de Eichmann porque cuando la mandaron de Theresienstadt a Auschwitz, esa orden salió desde sus oficinas. Otra razón es que me crié en el barrio donde Eichmann vivió la mayor parte del tiempo en la Argentina, en Florida. Él estaba en Olivos, pero muy cerquita, a unas 15 cuadras. Y en ese barrio es donde tuvo sus famosas entrevistas con Wim Sassen, que era un agitador holandés, muy nazi. El núcleo nazi argentino de posguerra era fortísimo. De hecho, planeaba fundar un Cuarto Reich desde nuestro país. Por supuesto, nunca llegaron a eso.

-Por todo esto, por la carga emotiva también, debe haber sido dificultoso el ejercicio de meterse en su cabeza.

-Es un riesgo grande ponerse en la cabeza de un asesino de este tipo, que es escurridizo pero que, a su vez, es un hombre gris. No es un carnicero como Mengele, que era una asquerosidad, un psicópata absoluto. Eichmann es un psicópata también, pero mitómano, sutil, razonador. Por eso no sorprende que se ponga a elucubrar sobre la naturaleza. Si vos leés sus escritos, el tipo te cita a Kant y lo hace bien, aunque no fuera un intelectual. Pero se las daba de razonador, lo cual lo hace muy inquietante y perturbador, porque de repente te encontrás con alguien que tiene su grado de inteligencia, que es astuto. Un cínico importante, ¿no?

-Lo que también estremece es constatar todo el cobijo que recibieron tantos jerarcas nazis en la Argentina, con Perón a la cabeza, algo que sucedió también en Chile y en otros países de la región, ¿no?

-Claro. Porque estos criminales entraron a la Argentina utilizando el sistema que armó Perón para cooptar científicos. Y una vez adentro, quedaron armados todos los círculos para que pudieran trabajar.

-Algunos habrán dejado su aporte…

-Si bien había alguna gente que estaba poco calificada, como Eichmann, mucho de lo suyo redundó en cosas que hicieron. En Tucumán, por ejemplo, el desarrollo de la energía hidroeléctrica tuvo que ver con esos trabajos. Después hubo otra cosa interesante que me pasó y fue mirar el peronismo desde la óptica de Eichmann. Surgen estas preguntas: ¿Perón era nazi o no? Entonces, yo te contesto: no, de ninguna manera.

-¿Por qué?

-Porque no era antisemita. Perón dejó que entraran al país mucho más judíos que nazis y los legalizó, les dio cosas. Para un nazi, eso es horroroso. Y esas son cosas de las que te das cuenta recién cuando las mirás desde la óptica de un nazi muy convencido como Eichmann que, claro, también lo veía a Perón probablemente como era: un acomodaticio, que arreglaba con unos y otros. En suma, no era de fiar para ellos porque no era un antisemita como debía ser.

-¿Cuál era la cercanía, en ese entonces, de Perón con los regímenes autoritarios?

-Es conocida la admiración de Perón por el fascismo. Había pasado por Alemania y sabía algo de alemán, lo entendía. Por eso es que se codeaba con esta gente. Pero la pregunta, hasta el día de hoy, sigue siendo rarísima. Lo suyo es muy de la época. Incluso el mismo Uki Goñi, que es el autor que relató bien cómo fue la “ruta de las ratas”, te dice que todo eso ya estaba arreglado incluso desde antes de Perón. Era una cuestión del Ejército Argentino. Tenía que ver con cuestiones geopolíticas del momento. Brasil se alineó con Estados Unidos, entonces Argentina quiso separarse, se alineó con el nazismo y, digamos, perdió. Pero lo fascinación no sé si era solo de Perón.

-Había una cierta predisposición social, ¿no?

-Un dato que me llamó muchísimo la atención fue que el funeral más grande en Buenos Aires, antes del de Evita, fue el del capitán del Graf Spee, el barco alemán de la Segunda Mundial que se hundió en 1939. Yo he escrito otro libro, que todavía no se publica, sobre la historia de los judíos y los alemanes en la Argentina, donde ves que la fascinación tenía que ver con el Ejército, pero también había una fascinación popular. O sea, no es que el nazismo prendiera solo en el pueblo alemán. Prendió también en otros pueblos que no tenían nada que ver.

-¿Y cómo jugaban en todo esto las teorías raciales?

-Verlas desde hoy, desde el presente, es un error, por eso hay que meterse en la cabeza de los personajes y situarse en el momento histórico en el que vivieron para ser justos con ellos. Lograr esa ecuanimidad, con cierta distancia irónica, me costó bastante. Pero el ejercicio fue ese. Y es el ejercicio que le pido también al lector. Veámoslo en serio, en su momento, y como ser humano, no como un monstruo malísimo o un extraterrestre porque, de lo contrario, no lo vamos a entender.

-¿Qué decían, pues, las teorías raciales en aquel contexto?

-Ahora nos parecen una pavada, pero en ese entonces resultaba distinto, eran reimportantes. Que había una raza superior y otra inferior era casi científico. Era un axioma falso, pero de ahí se derivan consecuencias lógicas que sí están bien. Por lo tanto, la pregunta es: ¿qué pasa en una mente cuando su axioma es falso pero todo el resto sí está bien? Es muy perturbador. Pero uno aprende al ver eso de cerca.

-Esto es muy importante para no terminar haciendo tabla rasa con todos los protagonistas.

-Claro, uno tiende a decir que los nazis eran todos iguales y no es así. Venían de distintos estratos sociales. Eichmann era de clase media media. Mengele era casi de clase alta o muy acomodada y sentía desprecio por un tipo como Eichmann que, además, era austríaco; un tipo que se cruzó a Alemania con nada; un arribista, digamos. Eichmann, por su parte, se sentía inferior. Todo eso se da en su encuentro en el restorán A.B.C. del centro porteño, que todavía existe. Y es un reflejo, también, de la misma escena en la novela de (Olivier) Guez que se llama La desaparición de Josef Mengele. O sea que hay ahí como un juego literario de reconstrucción.

-En tu relato figura que Eichmann le había dado a su esposa una pastilla de veneno por si caía en manos enemigas. Jorge Fernández Díaz cuenta en su reciente novela algo parecido con los montoneros. ¿Es un procedimiento habitual?

-Sí, la pastilla es un clásico de la guerra. Este dato es completamente real. El miedo de Eichmann era a los rusos. Con los yanquis y los británicos no importaba. Y probablemente tenía razón porque él escapó de dos campos norteamericanos. Era una situación bastante laxa. En cambio, de un gulag ruso no sé si hubiera huido.

-¿La anécdota que contás al final de tu libro con tu abuela y Mengele es real?

-Yo escribí un libro sobre ella que se llama La abuela donde está esa misma anécdota. Y es real en el sentido de que ella la contaba.

-¿Qué contaba?

-Es un caso especial, porque trabajó hasta 1943 en el hospital judío de Hamburgo como enfermera. Un paciente le dijo que su madre estaba en Theresienstadt, en la República Checa. Entonces fue a buscarla. Su madre era ciega. Es decir, que, de alguna manera, se autodeportó. Y estando allí, a su madre disponen mandarla a Auschwitz, pero a ella no. Entonces decide acompañarla, por deber filial. Al llegar a Auschwitz, en la escalera, en la rampa de selección, a la madre la enviaron directamente al horno. Entonces quiso irse con ella, pero un oficial le dio una patada en la cara para mandarla del lado de los que se salvaban. Ese golpe le deformó la cara. Y ella siempre dijo que ese oficial era Mengele. Ese es un mito admitido en la familia.

-¿Solo un mito?

-Una de las personas que más sabe sobre Eichmann en el mundo, Bettina Stangneth, escribió un libro excelente donde discute un poco la tesis que Hannah Arendt desarrolla en Eichmann en Jerusalén y que a mí me sirvió mucho para pensar el personaje. Después yo estuve en contacto con ella, intercambiamos varios mails y me contó que muchos sobrevivientes recordaban algo con Mengele o con otros jerarcas. Está probado que no podían saber que era él y probablemente lo estuvieran inventando.

-¿Por qué lo hacían?

-Eso tiene que ver con que sufrieron tanto, fue tan tremendo lo que les pasó, que necesitaban que, por lo menos, ese sufrimiento se los hubiera inculcado alguien medio famoso. Es como decir: si tuve la mala suerte de que me tocara alguien que me hizo un mal, por lo menos que haya sido un famoso. Es un fenómeno psicológico.

-A vos este libro te sirvió para algo parecido, ¿no?

-Así como mi abuela quedó traumada física y psíquicamente por Mengele, en el libro, en el diálogo con Eichmann, él dice que no se puede sacar de la cabeza a aquella petisa ridícula, aquella estúpida que se quería ir con la madre y a la que tuvo que darle una patada. No puede dejar de pensar en esa mujer. Lo dejó traumado (Nota: la anécdota está en la página 148 de El desafortunado). Esa fue mi venganza poética de reivindicación con mi abuela. Fue como decirle: de alguna forma, vos lo dejaste traumado a Mengele también.

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