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Ariel Gurevich: "Durante la pandemia, lo digital se volvió un soporte del lazo social"

Ariel Gurevich, es autor, director escénico, investigador y docente en su libro La vida digital

Una de las pocas certezas que nos van quedando en esta fase de la civilización volátil, en cambio permanente, es que “nuestra vida social es inseparable de nuestra vida digital”.

Es tiempo de plataformas . De redes. De multiconexión progresiva. De cliqueo. De fotografías para fijar cada instante de la biografía personal.

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Temas, todos estos, que aborda con un sólido bagaje intelectual Ariel Gurevich , autor, director escénico, investigador y docente en su libro La vida digital , subtitulado como Intersubjetividad en tiempos de plataformas sociales .

Estamos en la vidriera. Nos hemos puesto ahí, por voluntad propia, a la vista de todo el mundo. Como en una pecera. Pero digital.

Reflexionamos con Gurevich en el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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-Tu actividad principal está relacionado con el teatro, ¿no?

-Si. Mi actividad principal tiene que ver con el teatro, con la escritura y con la dirección. También, con la producción de guiones. A su vez, soy licenciado en Comunicación. Y, a partir de esa carrera, surgió el interés por la comunicación digital.

-¿Qué es lo que une esas dos vertientes, la creativa y la investigativa?

-El énfasis en las narrativas del yo, en cómo nos construimos a través de los dispositivos.

-Tal como hemos charlado alguna vez con el profesor José Luis Fernández, el ámbito mediático y de la comunicación de estos tiempos es complejo y en cambio permanente.

-Si. Es un campo muy interesante, muy fértil, muy dinámico y, sobre todo, con un énfasis en la vida cotidiana. Estamos todos implicados.

-¿Cómo hacen ustedes, los estudiosos, para situarse en un punto y cerrar un tema, porque el proceso no se detiene nunca? No se detiene y, además, se acelera cada vez más.

-Exacto. Pero fijate que este libro, La vida digital , ya tiene unos años de haber sido escrito y, sin embargo, durante la pandemia ,durante el aislamiento, lo digital se volvió como un soporte del lazo social. Fue una manera de mantener el contacto.

-O sea, se fortaleció el tema.

-Fue interesante ver el nuevo interés en el libro a partir de esta coyuntura y de cómo pensamos lo digital. Hay nuevas prácticas que se actualizan porque, por ejemplo, Skype y Zoom ya existían, pero no los requeríamos para muchos campos de actividades que hoy empezamos a usar en la virtualización como las clases, las fiestas, las llamadas con seres queridos, etcétera. Y hay otras nuevas prácticas que aparecen.

-Muchas de las novedades que van apareciendo tendemos a incorporarlas casi naturalmente, pero no tomamos conciencia del cambio tremendo que significan en nuestros modos de vida. Por ejemplo: la fotografía desapareció en un abrir y cerrar de ojos como industria, como arte y hasta como testimonio del oficio periodístico.

-Claro. La fotografía se desplazó al teléfono móvil con un montón de consecuencias. ¿Qué cambia en su valoración, sobre todo? La circulación de las imágenes. Pensemos a qué le sacábamos fotos antes. Se ensanchó el campo de lo fotografiable un montón.

-Se volvió parte de la cotidianeidad.

-Recuerdo que, en los primeros viajes que hacía solo, el momento de pedirle a alguien que te sacara una foto era todo un tema. Ahora la selfie está instalada como un género más. La foto se saca con la hipótesis de que va a ser compartida. Antes la sacábamos y la mostrábamos. Eso cambió. Ahora saco una foto porque la voy a subir.

- Correcto. Ya no se utiliza ni como archivo ni como testimonio documental.

-Y con un flujo casi vertiginoso. Pensemos en los grupos familiares que compartimos cada fin de semana. Yo tengo sobrinos de tres años que, más adelante, van a tener un registro inaudito de su crecimiento.

-¿Y eso es bueno o es malo, en el fondo?

-Es distinto. En comunicación siempre se trabaja esa hipótesis de “apocalípticos e integrados”. Lo que está bueno es ver cómo cambia la imagen en su valor social. Esto que establecemos como moneda para generar diálogos.

-¿Pero no hay una exageración del ejercicio autorreferencial?

-Siempre la imagen, desde el sentido común, cuando se trabaja en las redes se apunta a esto del mostrarse, de aparecer, como si fuera una dimensión narcisista solamente. Y lo interesante es ver que hay un montón de otros usos que tienen que ver con hacer contacto y generar diálogo, como decía. Estar en contacto con el otro a través de imágenes.

-La pregunta respecto de si esto es bueno o es malo es por el papel que juegan los chicos en todo esto. Ellos, los más pequeños, no tienen posibilidad de dar el más mínimo consentimiento en el tráfico de imágenes. Se los usa poco menos que como muñecos. Marley es un ejemplo.

-Claro. Pero las plataformas sociales tienen esa distinción en cuanto a poder establecer qué circula por canales privados de comunicación y qué circula en el muro, en una instancia más pública. Ahí sí todos podemos pensar qué elegimos compartir o no, qué pertenece a la dimensión del otro. También hay otra novedad, que no es tan nueva: el carácter efímero de las imágenes; por ejemplo, a través de las “historias”, que es un contenido que se disuelve y no perdura.

-¿Este nuevo lenguaje, donde se mezclan la escritura, el soporte gráfico, la verbalización, nos lleva a aumentar la conflictividad en la comunicación o mejorarla?

-Es interesante la pregunta. Coincido plenamente en esto de un nuevo lenguaje. Y ese lenguaje, a su vez, nos transforma. En cuanto a la conflictividad, es algo inherente a lo social. No sé si tiene que ver con los aparatos tecnológicos, exclusivamente. Pero sí se procesan distinto en estos nuevos soportes. Podemos ver, también, cómo juegan las interacciones, quiénes están habilitados a tener diálogos entre sí, etcétera.

-Sí, acá entran a tallar las burbujas y todo eso.

-Claro. El tema de los algoritmos como filtrados. Relacionamos por afinidad o por lo que las plataformas nos seleccionan sobre la base de las elecciones previas que hemos hecho. Entonces, si hay una pregunta que interesa en el análisis es en qué medida podemos imbuir a todo eso de valores democráticos, porque los algoritmos, a fin de cuentas, también son una fabricación humana.

-Como está planteado, da la impresión de que no hay ninguna posibilidad. Es estadístico. Además, uno elige a los seguidores de Twitter. Por lo tanto, terminás leyendo a los que piensan como vos.

-Lo que ahí a veces se plantea es poder generar valor por diseño; que eso sea una opción más, más allá de las elecciones individuales. Pero sí es un desafío, porque hay una cuestión ética, que tiene que ver con el encuentro con el otro; un otro que puede ser distinto, que puede ser diverso, que puede no pensar como yo.

-¿Cuál sería la pregunta aquí?

-Qué pasa en ese encuentro con el otro, incluso en espacios digitales. Pensarlo como un encuentro más, que, no por suceder en un espacio virtual, debería un valor segundo.

-Se cotiza más el espacio virtual…

-Antes, en general, cuando se hablaba de lo virtual, pensábamos que era un valor más degradado que la presencia física. Hoy, después de un año y medio, en que muchas de las actividades se virtualizaron, no podemos pensar que fueron menos reales que lo físico, sino que todo el tiempo vamos yendo y viniendo entre el mundo fuera de línea y el mundo dentro de línea .

-¿Cómo se hace para manejar el mecanismo de los "me gusta", "me encanta" que, sobre todo en los adolescentes, son la principal motivación de los posteos?

-Otra pregunta superinteresante. Para mí debería haber una respuesta que no sea cómo le afecta a cada uno individualmente oa cada subjetividad. Hay algo en la configuración de Facebook o de Instagram que se basa en un criterio de popularidad. Por lo cual, los otros pasan un poco a ser la medida del valor. Por ejemplo, no existe la opción “no me gusta”. Entonces el silencio queda igualado con el desinterés o la indiferencia.

-O sea que el ida y vuelta está plagado de señales.

-Si. Hay un montón de inferencias que hacemos que son valores culturales que pueden ir cambiando. Por ejemplo, si el otro me responde rápido un mensaje, es un índice de que le importo o de que quiere sostener el vínculo. O, al revés, si se toma un día para responderme un Whatsapp o me clava el visto, lo solemos asociar con el desinterés.

-Lo cual te hace entrar en una dinámica muy acuciante.

-Claro. A veces nos vamos desprendiendo de esta obligación de gestionar porqué no respondimos inmediatamente. Es ponerle pausa a este ping pong vertiginoso de comunicar el presente todo el tiempo y establecer, tal vez, periodos de no conexión.

-¿Y a vos cómo te pega esto?

-A mí, en lo personal, me interesa cómo poder recuperar una zona fuera de línea también. O el derecho a no ser interrumpido.

-Un colega fotógrafo nos dice que las fotografías dejaron de ser un espacio de recuerdo para volverse una instantánea efímera. Hoy, el mundo de las redes es el mundo de lo efímero, ¿no?

-Eso tiene que ver con algo fuerte, que es comunicar el presente todo el tiempo, cuando, antes, la función de la fotografía era preservar el pasado. Ahora, casi que la foto se comparte sincrónicamente a algo que está sucediendo.

-¿Hoy salirse de la sociedad digital sería una forma de rebeldía?

-Cuando investigué el tema, había una comunidad en España en la que sus miembros se llaman a sí mismos los "exconectados". Son personas que renuncian a la conectividad móvil de plano. Mantienen su cuenta de mail, pero deciden no tener celular con internet. De última, admitir un celular viejo para recibir llamadas.

-¿Y qué opinión te merece eso?

-Yo no creo que desconectarnos sea una vía posible, sino que vamos a tener que aprender a entrar y salir; ya convivir. Porque, de hecho, son cosas que usamos. Lo solution no es volver a una era pretécnica o precelular en internet. Y así como naturalizamos ciertos funcionamientos, se trata de pedir que sean distintos esos funcionamientos. Por ejemplo, que el Whatsapp no diga cuándo estoy en línea; que no diga cuándo estoy escribiendo o si leí el mensaje o no. Ver nuevas funciones que vayamos construyendo y que las plataformas vayan cambiando con nosotros.

-Hablando de cambios, los chicos, por ejemplo, migraron de Facebook a Instagram para no ser invadidos por los mayores. De ahí pasaron a TikTok, luego a Twitch y así seguirá siendo hasta el infinito. ¿Dónde para esto?

-Yo no lo veo como un problema en sí mismo. ¿Se van inaugurando nuevos posibles? Si. Pero algunos triunfan y otros son un fracaso rotundo, esto también hay que decirlo. No todo lo que proponen las empresas termina siendo aceptado por los usuarios. Y hay un fenómeno como el de Facebook, que compra Instagram y Whastapp y los mantiene como aplicaciones separadas.

-¿Qué es lo interesante de esto?

-Que se habla de la caída de Facebook y, en realidad, no hay ninguna caída. Compra otras aplicaciones, solo que elige mantenerlas para distintas experiencias e integrarlas.

-Uno supone que hay cierta ética en el manejo de las redes y no la hay. Hay búsqueda de clics. El problema del llamado clickbait , es decir, el anzuelo para clics, ha llevado la rotulación escandalosa de las noticias a un nivel nunca antes visto. ¿Nos va a canibalizar la cultura el clickbait ?

-Las cosas que me están preguntando dan en el punto de los dilemas contemporáneos. No sé si va a canibalizar la cultura. El libro de José Luis Fernández, Vidas mediáticas , lo trabaja muy bien. Lo interesante es ver las idas y vueltas. Por ejemplo, en un sistema de broadcasting, de medios tradicionales, cómo estos conviven con el sistema de distribución en redes o en plataformas.

-¿Y en cuanto al consumo de noticias?

-El consumo de noticias vía plataformas lo hacemos a través de las redes de distribución de nuestros amigos. Y también a través de lo que las plataformas pueden empujar para que eso sea más visible como, por ejemplo, cuando entramos a Google y nos propone las noticias más destacadas. Entonces, la pregunta es: ¿quién cura esos contenidos ?

-Ahora bien, las novedades tecnológicas permanentes no solo van cambiando nuestra manera de comunicarnos, sino que también sacuden el mundo de los negocios. Un ejemplo reciente son esos jóvenes en Twitch, como Ibai Llanos, que, por momentos, superan en audiencia a los canales tradicionales que transmiten fútbol o boxeo.

-Digamos que cambia el ecosistema mediático. Entonces, aparece un actor nuevo dentro del campo y reconfigura las fuerzas que están en juego. Sobre todo, en eso que comentabas, que es cómo llegar a las audiencias. Y, con respecto al número de aplicaciones, sin entrar en generalizaciones, lo que los usuarios solemos hacer es elegir aplicaciones donde quedarnos. A partir de allí, tener una cuenta por aplicación y tratar de sacarle el mayor jugo posible.

-Pasemos a otro jugador que sigue creciendo. ¿Creés que TikTok va a dejar de ser un fenómeno de fotos para pasar directamente a los videos? Y, también: ¿creés que en algún futuro dejaremos de ver Netflix para ver TikTok?

-No soy usuario de TikTok. Pero las stories, los contenidos efímeros, es algo que vino de Snapchat. Instagram los adoptó, luego pasaron a los estados de Whatsapp, a las historias de Facebook. O sea, lo que está sucediendo tiene que ver con estos contenidos brevísimos tipo reels o coreografías que a veces retoman una canción de videos de treinta segundos. Esta hiperbrevedad, estos formatos parecen ser cada vez más frecuentes y hasta un género posible que antes no existía.

-¿Pero cuál es su proyección?

-En cuanto a la pregunta de si estos consumos audiovisuales van a reemplazar los géneros de las series o de los formatos más largos, tengo mis dudas. Pero sí está claro que hace años que consumimos contenidos breves. Por la lógica de los posteos, también. Para quien esté interesado en estos temas, hay un libro; es de 2008, pero da en el clavo: Burbujas de ocio , de Roberto Igarza, el director de la colección Futuribles de editorial La Crujía.

-¿Qué estudia, específicamente?

-Lo del ocio intersticial. Las pequeñas pausas, en el colectivo, en nuestro día a día, donde consumimos contenidos brevísimos.

-Vos destacás todas las posibilidades y herramientas que nos ofrece el mundo digital, pero también das cuenta de las cosas que nos enferman. Por ejemplo, hablás de la nomofobia, que es el pánico que atenaza a la mayoría de los usuarios cuando, de repente, se quedan sin su teléfono celular.

-El término nomofobia viene de “no-mobile-phone-phobia”. O sea, qué pasa si uno está sin el celular. En realidad, se trata de un celular específico: el que tiene acceso a internet. Un aparato conectado. A mí me pasó hace poco. Salí apurado y me olvidé el teléfono. Hice una cuadra y me tuve que volver a buscarlo por la cantidad de actividades sociales, del trabajo, de vínculos, que pasan a través de él; incluso, por la preocupación que puede generar en seres queridos la no respuesta prolongada a lo largo de un día.

-Con la internet 4.0 se abrió la posibilidad para todos de publicar contenidos. Por lo mismo, de aquí se deriva otro tema crucial: la censura. Algunos recortes que recibieron Trump terminaron de poner el tema en agenda. ¿Cómo creés que va a evolucionar la cosa?

-Hay varios temas en juego. Uno, tiene que ver con esa categoría que se llamó prosumidor, que es el usuario que consume a la vez que produce contenidos. Porque las plataformas son eso. Nos proponen formas vacías a ser llenadas con contenidos que nosotros generamos o compartimos.

-Un formato en el que cabe, también, Wikipedia.

-En 2008 o 2009, ya que mencionás a Wikipedia, lo que hubo fue una gran promesa de las plataformas sociales apareciendo para simetrizar los diálogos con un valor fuertemente democrático. Fue como decir: todos podemos hacernos oír al tener estos aparatos.

-¿En qué derivó?

-Todas esas promesas, como una especie de utopía que les permitía a todos hablar en voz alta y generar contenidos, las podemos volver a pensar años después.

-¿Con qué conclusión?

-Que, si bien hay posibilidades que están abiertas, muchas veces consumimos más de lo que producimos en las plataformas sociales. O sea, no todos los usuarios producen contenidos. Y a veces es bastante fuerte esa asimetría. Por ejemplo, yo nunca llené una entrada de Wikipedia y me la paso leyendo lo que escriben ahí.

-¿Cómo jugar este juego las plataformas?

-Las plataformas se presentan a sí mismas como distribuidoras, como canales de comunicación. Por ejemplo, siempre se habla de que Uber tiene una flota de autos, pero no autos propios. Solo nos ponen en contacto. Lo mismo Airbnb con la industria inmobiliaria. No son dueños de las propiedades. Igual con Facebook. Dicen: nosotros somos un puente para que vos contactes con las personas que quieras. Entonces, para relacionarlo con la censura, la pregunta que aparece es: ¿quién regula esos contenidos? ¿Quién les pone tope? ¿Quién asume esa responsabilidad?

-Es la pregunta del millón en este momento. Por otra parte, esta fiebre de mostrarse que hay en las redes lleva una situación artificial. Más que la autobiografía de cada uno, se muestra una vida siempre maquillada, no la parte grisácea de la realidad. Por algo ha surgido una nueva aplicación que se llama Poparazzi, que no permite selfies.

-Bueno, uno elige ahí lo que comparte. Como también elige en la vida cómo se muestra cuando va a un club, a un bar, a una reunión social. Rosseau, siglos atrás, decía que la construcción autobiográfica no es la verdad sobre sí mismo al estilo confesional, sino que es un juego de sociedad. Y eso no es exclusivo de las redes. Lo hacemos todo el tiempo en diferentes entornos.

-¿Pero te sigue pareciendo que puede equipararse la exposición en las redes a un ejercicio autobiográfico?

-Esto de la biografía, de la autobiografía, del registro del yo, es una zona que toma mi libro por los años en que fue escrito. Pero, lo de las plataformas como representación del sí mismo, es una función que se fue desplazando cada vez más. Muchas veces las usamos para un montón de cosas que no tienen que ver con autorrepresentar o autocontarse o autonarrarse.

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