La sorpresiva candidatura de Horacio Rodríguez Larreta a legislador porteño, pocos meses después de protagonizar una de las derrotas electorales más resonantes de la política argentina reciente, es mucho más que un movimiento político llamativo: evidencia desconexión con la realidad, vanidad y una absoluta falta de autocrítica.
Al igual que Ibarra, Rodríguez Larreta no entiende que su momento ha pasado
La sorpresiva candidatura de Horacio Rodríguez Larreta a legislador porteño, pocos meses después de protagonizar una de las derrotas electorales más resonantes de la política argentina reciente, es mucho más que un movimiento político llamativo
Ceguera política ante el fracaso: la derrota en su ciudad como Cromañón político
Que Horacio Rodríguez Larreta haya decidido volver a postularse como legislador porteño tan poco tiempo después de su estrepitoso fracaso presidencial revela una profunda desconexión con la realidad política y social. Su contundente derrota en las PASO presidenciales no fue una caída común: Larreta perdió en la Ciudad de Buenos Aires, su territorio natural, contra Patricia Bullrich. Esa ciudad, donde creció políticamente y que administró durante casi ocho años con inmenso poder económico y mediático, le dio inequívocamente la espalda.
No entender que una derrota de estas características marca políticamente el fin de un ciclo es propio de un dirigente que perdió toda capacidad de análisis sobre sí mismo y su entorno. Larreta, tal como Aníbal Ibarra tras la tragedia de Cromañón, insiste en regresar al escenario político sin comprender que aquel resultado electoral en su bastión fue su propio Cromañón político. Así como Ibarra quedó marcado por la tragedia, Larreta ha quedado definido por esta derrota que expuso crudamente sus límites y evidenció la distancia que construyó con sus propios votantes.
En recientes declaraciones, el propio Larreta confesó lo doloroso que fue comprobar cómo su celular dejó abruptamente de sonar tras aquella derrota. Quienes decían ser sus amigos, aquellos que antes respondían a cualquier hora y estaban siempre disponibles, súbitamente desaparecieron. Lejos de humanizarlo, esta confesión expone aún más su aislamiento político: un vacío de poder imposible de revertir en tan poco tiempo. Que Larreta no pueda o no quiera reconocer esta situación revela no solo desconexión política, sino también la obsesión personal por recuperar un espacio que ya no existe.
Larreta: reciclaje de propuestas, vanidad y rencor
Su actual candidatura expone claramente la fragilidad política y conceptual de su propuesta. Hoy escuchamos a Larreta prometer exactamente lo mismo que ya ofreció en elecciones anteriores y que no cumplió o apenas logró parcialmente durante su gestión como Jefe de Gobierno. ¿Quién podría creer seriamente que aquellas iniciativas que no logró ejecutar desde el inmenso poder del Ejecutivo porteño puedan concretarse ahora desde una posición mucho más limitada, con apenas un puñado de legisladores?
Esta insistencia en reciclar propuestas refleja algo profundo y revelador: detrás de esta candidatura hay más vanidad personal, rencor acumulado por la derrota presidencial e incapacidad para asumir el fracaso, que auténtica vocación de servicio público o visión renovadora para la Ciudad.
Larreta no se detiene a considerar el daño que se infringe a sí mismo y a la memoria de su propia trayectoria política. En su afán por mantenerse vigente a cualquier costo, arrastra consigo lo que alguna vez fue Cambiemos, debilitando aún más una estructura ya golpeada por contradicciones internas y fracasos recientes. Con esta actitud, favorece involuntariamente un escenario propicio para que propuestas antagónicas, tanto por derecha como por izquierda, tengan un auténtico picnic electoral. Su candidatura no fortalece ninguna opción propia; al contrario, facilita el ascenso de quienes encarnan alternativas más radicalizadas, alimentadas precisamente por el vacío que él mismo profundiza.
Conclusión: saber retirarse a tiempo es señal de grandeza
En política, saber retirarse en el momento adecuado también constituye un acto de grandeza y responsabilidad democrática. Hay ocasiones en que dar un paso al costado permite, paradójicamente, sentar las bases para un eventual regreso más maduro, más sólido y con un mensaje superador. La historia política está llena de ejemplos donde una retirada digna abrió espacio para un replanteo genuino y una segunda oportunidad más profunda.
La Ciudad de Buenos Aires ya conoce de cerca la experiencia de tener a un exjefe de Gobierno reconvertido en legislador porteño. Esa experiencia demostró claramente algo esencial: la Legislatura no es ni el lugar ni el momento adecuado para renacer políticamente después de un profundo fracaso.
Horacio Rodríguez Larreta podría haber aprovechado este tiempo para reflexionar seriamente sobre las causas de su derrota, encarando un proceso autocrítico que quizás, a futuro, le hubiera otorgado un activo escaso en la política argentina: la credibilidad renovada de quien aprendió de sus errores. Sin embargo, eligió exactamente lo contrario: decidió regresar rápidamente, más interesado en que su celular vuelva a sonar que en aprender de las lecciones que la ciudadanía porteña le dejó claramente expuestas.
Así, en lugar de aprovechar la oportunidad histórica de reconstruirse políticamente desde la reflexión, Rodríguez Larreta optó por la insistencia vacía. Lamentablemente, esto lo definirá aún más claramente en el futuro: un político incapaz de reconocer su momento, atrapado en la desesperación que genera el silencio de un teléfono que ya no suena.




