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¡Aguante el documental, carajo! y que vuelva la ficción argentina

La docu-serie "Nisman", abrió el camino. Ahora, otros dos productos argentinos hacen roncha en Netflix. Son los documentales sobre el crimen de María Marta y otro, muy singular, sobre Guillermo Vilas

Mal que le pese a María Valenzuela, hoy no hay ficción nacional en la TV abierta. El famoso grito de guerra "¡Aguante la ficción, carajo!", lanzado por esa actriz en una ceremonia de los Martín Fierro, le permitió sacar patente de aguerrida defensora de la industria ficcional de la TV argentina. Pero ese deseo compartido se terminó de estrellar en el paredón de la peste, aunque ya venía en picada.

La productora Polka, de Suar, está en bancarrota. Underground, de los Ortega, en un parate. Tinelli ya no produce ficción. Ni la TV Pública cubre esa malaria. Las únicas ficciones que aguantan en la TV abierta son las telenovelas turcas, algunas de ellas filmadas hace 10 o 15 años años cuando Erdogan todavía no llevaba a su país a una senda autoritaria.

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En contraposición, triunfan esos sucedáneos que son los concursos de cocina -con famosos o ignotos- y sazonados con chanchullos varios. Algunos pequeños "milagros", como la resurrección de la apolillada Floricienta, son golondrinas que no hacen verano.

Con plataformas

La verdadera ficción reina desde hace rato en el cable, sobre todo en las plataformas tipo Netflix. Ahí, en las series y miniseries, es donde se puede ver la mayor y mejor oferta de ficción. En ese rubro el aporte argentino es todavía muy tibio o casi nulo frente a lo que ofrecen otros países, como España o Inglaterra.

Habrá que menear mucho el talento para poder competir alguna vez con las ficciones de naciones como las escandinavas, con sus formidables productos policiales o de tinte político. Estados Unidos ha puesto en las series toda la creatividad y la libertad que antes aportaba el cine, séptimo arte que hoy está encorsetado. Basta ver productos como Ratched o Gambito de dama en Netflix para sacarse el sombrero.

Sin embargo, dos o tres ejemplos de miniseries documentales argentinas han demostrado cómo la liebre puede saltar igual cuando otras posibilidades están cerradas. Luego del cauce de calidad y creatividad que abrió la serie Nisman, la oferta de Netflix ofrece actualmente otros dos productos argentinos que merecen que el espectador atento no las deje pasar.

Una es "Carmel; ¿quién mató a María Marta?", dirigida por Alejandro Hartmann, que ya se ha transformado en un éxito, quizás porque es algo más poderoso que un documental sobre un crimen irresuelto. Carmel está actuando como un reactivo de los que se utilizan en los análisis médicos para poder descubrir lo que no se ve a simple vista en la epidermis social.

Ser o no ser

Y la otra, con menos eco en el público, pero altamente recomendable, es la miniserie sobre el tenista Guillermo Vilas, titulada, con reminiscencias sanmartinianas anche shakesperianas: "Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada" y dirigida por Matías Guellburt. Seguramente los fanáticos del tenis la disfrutarán, pero lo bueno del producto radica en que la historia va mucho más allá de ese deporte de solitarios para contar dos historias paralelas.

Por un lado, la del Vilas tenista brillante, realmente un personaje lleno de matices extradeportivos: admirador y amigo de Spinetta, seguidor de Krishnamurti, alguien que nos cuenta que el mítico festival de Woodstock le cambió la vida, un tipo de una constancia y disciplina notables, pero a la vez con un vuelo singular que lo llevó a ser el creador de La Gran Willy, una forma de golpear la pelota en situaciones adversas, que luego fue copiada por otros grandes del tenis.

El otro gran protagonista de esta historia es el periodista deportivo Eduardo Puppo, un hombre de talante quijotesco que se dio a la minuciosa e incansable tarea de demostrar al mundo, desde Argentina, y en asocio con el matemático rumano Marian Ciulpan, que la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales) le había negado durante 7 semanas de 1975 el título de N° 1 del mundo a Guillermo VIlas merced a errores matemáticos en la confección de los rankings de la época.

La historia, con un notorio trabajo de edición y un guión potente, nos lleva alternativamente por dos andariveles: el deportivo y el de la investigación periodística, sin que decaiga el interés y con momentos de gran emotividad.

Por ejemplo, cuando Vilas se quiebra y le confiesa a Puppo su agradecimiento por la investigación minuciosa y silenciosa que ha realizado contra la injusticia de la ATP de no haberlo reconocido como número 1, o cuando se cuenta la relación de Vilas con su papá, padre que le ruega que sepa desprenderse a tiempo del tenis. Y, sobre el final, cuando el ídolo de 68 años, quien reside con su esposa thailandesa y sus hijas en el principado de Mónaco, ya denota signos de su deterioro cognitivo.

Con productos así, alejados con inteligencia de ese excesivo ideologismo que solía sofocar al documentalismo argentino, podemos suplantar la ausencia temporaria de aquella ficción argentina por cuya vigencia la Valenzuela carajeaba desde el el púlpito del Martín Fierro.