Su principal amante, Clara Petacci, dejó clara esta característica del dictador en los diarios que escribió en los años treinta, contando con todo detalle sus encuentros sexuales con el Duce. Morbosas manías e intimidades que se publican ahora en España.

Mussolini, también “brutal” en la cama

Por UNO

"Si hubiese podido, hoy te habría penetrado con el caballo". El zoofílico piropo corresponde a lallamada de la una del mediodía del 26 de febrero de 1938, la primera de la docena que casi con

puntualidad suiza realizaba a cada hora y cada día sin falta el dictador Benito Mussolini a su

joven amante Clara Petacci.

Hipercelosa con fundamento, Petacci era, a sus 22 años, grafómana. Y por ello puede seguirse

al detalle el pensamiento más íntimo y, claro, las manías sexuales del dictador entre 1932 y 1938,

el periodo que comprenden los minuciosos diarios de la joven, Mussolini secreto (Crítica),

publicados ahora en España.

La "ricitos" -así la bautizaron sus competidoras- no tenía fácil ser "la única del harén",

como le decía el siempre embustero Mussolini. Había quedado seducida por un hombre muy fuerte ya

desde niño, que "crecía como una planta salvaje, haciendo llorar mucho a mi madre", según una

confesión de cama tras uno de los agitados y extenuantes coitos habituales.

Mussolini ama a lo bestia, pertrechado con viriles creencias que le expone por teléfono o en

directo: "El sexo es la primera expresión del organismo". "Hacer el amor vivifica las ideas, ayuda

al cerebro; me gustaría saltar desde aquí sobre tu cama como un tigre". Y se identifica con el

coito del toro: "Magnífico, grandioso; en pocos segundos ha terminado; en el momento culminante es

terrible, inmediatamente después está calmado y se retira melancólico; la vaca se mantiene inmóvil,

tranquila". Es fácil seguir sus proezas: Petacci subraya la fecha del dietario o pone un sí en las

entradas cuando culminan sus relaciones.

El primer contacto completo es fruto de la euforia: el 6 de mayo de 1936, Mussolini conquista

Etiopía y proclama el imperio; a las pocas semanas, se estrena con su joven amante, que, a base de

insistencia, cartas aduladoras y visitas de 15 minutos, ha conseguido hacerse un hueco en la agenda

y en la cabeza del dictador. El guión de los encuentros pasa, tras el sinfín de llamadas diarias,

por una cita en la trastienda del inmenso palacio Venezia a media tarde. Arrullada a los pies de un

Duce cansado y que lee la prensa, escucha la radio o que ultima un discurso ("arrodíllate, adora a

tu gigante que te ama"), acaban acostándose juntos, haciendo el amor "arrebatado": "Hacemos el amor

y grita como un animal herido"; "lo hacemos con violencia". Inmediatamente, el león dormita; ella

lo vela. Poco después, se despierta y come algo ("Hacemos el amor con entusiasmo y brío... Luego se

levanta y come la fruta como un salvaje"). La mayoría de las veces hay sesión doble. "No quiero

hacer el amor una vez a la semana como los buenos palurdos; te he acostumbrado y me he acostumbrado

a un amor frecuente y espero que no quieras cambiarlo", le avisa al poco de consolidar las

relaciones, en octubre de 1937.

La virulencia no es un accidente o un juego de un día. Mussolini le cuenta a su joven

compañera que a su esposa la desvirgó sobre una butaca "con mi violencia habitual", brutalidad que

la joven Petacci ya conoce: mordiscos de los que dejan señal en el hombro, o casi una nariz rota en

el vaivén sexual. "Pierdo el control: si no fuese así, los nuestros serían coitos maritales,

aburridos".

Ella parece tomarlo bien: "Lo hacemos con tanta fuerza, que hasta me duele de la alegría",

anota tras un largo encuentro en mayo de 1938. Es más, lo jalona y lo excita. Lo hace desde el

primer día, con una prosa o un susurro musicados con la mejor fanfarria fascista: "Lanzadme la

escalera de rayos de oro para que pueda subir hasta el sol: no puedo vivir sin su calor", le

escribe en 1933 cuando busca las primeras audiencias. Y más: "Sois agresivo como un león, violento

y majestuoso" (1936). "El emperador eres tú y nadie más; los Saboya son postales". "Te he visto

resplandeciente como una estatua de bronce; cuando hablabas temblaban las murallas romanas a la voz

del César...". "Estás guapísimo, bronceado, viril, sobre el caballo blanco" (1938).

Éstas son algunas de las confesiones que aparecen en el libro

Mussolini secreto (editorial Crítica), los diarios de Claretta Petacci, que hace poco

fueron puestos a la venta.

Fuente: El País