Mundo Viernes, 26 de octubre de 2018

Glenda perdió a su hija en la caravana que migra a Estados Unidos

La hondureña se lamenta porque la joven de 17 años debió escapar del desempleo, la violencia y la precariedad en su barrio plagado de pandilleros.

Al borde del llanto, Glenda Lagos, de 45 años, lamenta que su hija de 17 haya partido para unirse a la caravana de migrantes hondureños en ruta a Estados Unidos, huyendo del desempleo y la precariedad en un barrio plagado de pandilleros.

Belckys Lagos se fue de su casa el 16 de octubre con el objetivo de sumarse a los miles que por entonces atravesaban Guatemala, porque "aquí no hay trabajo y hay mucha violencia", afirma Glenda en su maltrecha vivienda en la colonia Los Pinos, periferia este de Tegucigalpa.

La caravana de unas 2.000 personas salió al alba del 13 de octubre de la violenta ciudad de San Pedro Sula, 180 km al norte de la capital hondureña, con pretensiones de alcanzar el sueño americano. Muchos más se fueron sumando en el camino, como lo hizo Belckys Lagos. La ONU estima que ya son alrededor de 7.000.

Su salida desató una avalancha de amenazas del gobierno estadounidense, que los acusó de "criminales y terroristas", mientras que el presidente hondureño, Juan Orlando Hernández, los señaló de recibir ayuda de políticos opositores para generar "ingobernabilidad".

Varios integrantes de la caravana dijeron a AFP que viajan a Estados Unidos en busca del empleo que se les niega en su país y para escapar de las violentas pandillas que les han matado parientes, en medio de la impunidad por el desbordamiento del crimen y el narcotráfico.

Son los mismos motivos que esgrime Glenda frente a la partida de su hija, según el testimonio que brindó en su covacha, construida con restos de fibra de cemento, madera y láminas, en la falda empinada de un cerro al que se llega sorteando unas gradas esculpidas en laja.

En los alrededores de su barrio, un grupo de jóvenes pandilleros huye del puesto de venta de drogas en una esquina al confundir un auto con uno de la policía de investigación.

"Yo también me iba a ir con dos niños de seis y doce años pero tuve un problema", cuenta Glenda, aunque reconoce que si pudiera le pediría a su hija que regrese, porque está "viendo muy fea la cosa", con las amenazas del presidente estadounidense Donald Trump de rechazarlos.

La mujer vive con sus seis hijos, incluyendo dos varones de 22 y 20 años, en la maltrecha casa de unos 5m2, donde resaltan dos camas y una pequeña cocina con una estufa de gas con dos quemadores. "El gobierno no nos está apoyando, no miran al pobre, que tiene que arreglárselas como pueda", reclama. Ella trabaja cuidando al niño de dos años de una vecina que le paga unos 82 dólares al mes, con los cuales viven los siete miembros de la familia.

Al pie de la ladera donde se ubica la casa de Glenda vive Luisa Mejía, de 66 años, cuyo nieto Carlos Lagos, de 19 años, se marchó también por la falta de trabajo. "Tengo esperanzas de que me ayude, él me lo dijo", dice la mujer que vive con su hija Julissa, de 25 años, en su vivienda de paredes de barro y techo de láminas.

Casi 7 de cada 10 personas cae bajo la línea de pobreza en este país y la tasa de homicidios es de 43 por 100.000 en 2018.

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