Mundo Sábado, 28 de julio de 2018

El pequeño mundo del musgo que levanta pasiones en Japón

Un día nublado de junio, Kaori Shibo recorre el bosque, lupa en mano, y se detiene cerca del tronco de un árbol caído. Se acerca un poco más, observa... y entra en éxtasis.

"¡Oh, el esporófito aparece, nunca había visto nada así antes!", exclama Shibo, de 41 años, en medio de la vegetación de Yatsugatake, en el centro de Japón.

A unos días de que empiece la temporada de lluvias en el archipiélago, Shibo, junto a 20 senderistas, escruta los minúsculos detalles de hepáticas y antóceras en árboles y rocas.

"Es como un microuniverso. Cuando miras un pequeño trozo de verde, es el punto de partida de un vasto mundo que se extiende", considera Masami Miyazaki.

El profundo bosque que rodea el lago Shirakomanoike se extiende por la cadena montañosa del norte de Yatsugatake.

Allí pueden contemplarse más de 500 variedades de musgo o de especies cercanas a este, según Masanobu Higuchi, el mayor especialista japonés de briología.

La naturaleza en miniatura

"Soy una apasionada del musgo, no solo porque son bonitas formas y colores, sino porque pueden encontrarse por todas partes alrededor de nosotros, sin que nos demos cuenta nunca de hasta qué punto son magníficos", a menos que se los observe muy de cerca, explica Shibo.

Y aunque el boom del musgo sea relativamente nuevo entre los jóvenes senderistas y los amantes de los terrarios, las pequeñas plantas que crecen bien en el clima húmedo de Japón llevan siglos encantando a los jardineros de ese país.

"El espectáculo de la extensión y de la diversidad de la naturaleza doméstica en un espacio reducido, esa es la esencia de los jardines japoneses", explica Chisao Shigemori, un reputado diseñador de este tipo de espacios, a menudo pegados a los santuarios.

Para él, el musgo permite recrear en miniatura la diversidad de la naturaleza.

"El paisaje montañoso y sus matices de verde pueden expresarse totalmente a través del musgo", subraya a la AFP frente al jardín japonés Ikkai-in, en el templo de Tofokuji (Kioto).