Además de ser un año en que la humanidad vuelve a preguntarse si no está al borde de su propia destrucción, 2014 es el centenario del nacimiento de Dylan Marlais Thomas, uno de los mayores poetas de la lengua inglesa. Nacido en Swansea, Gales, el 27 de octubre de 1914, era hijo de Florence Hannah Williams y David John Thomas, un escritor sin éxito y docente de la escuela primaria Swansea Grammar School, donde se educaría su hijo. Tras una fulgurante carrera como poeta, narrador y dramaturgo que le granjeó fama internacional –particularmente tras sus giras por los EE.UU. durante los tres primeros años de la década de los ’50– falleció a los 39 de edad en New York, el 9 de noviembre de 1953, tras varios días de agonía a causa de neumonía, hemorragia encefálica y el progresivo envenenamiento de las células cerebrales por su adicción al alcohol. Padecía además de diabetes, ataques de gota y se jactaba de respirar con un solo pulmón.
A partir de ese día la leyenda del escritor bohemio, provocador, borrachín y genial no hizo otra cosa que crecer y, como era de suponer, este año en todo Occidente se sucederán los homenajes. Por ejemplo, en el Dylan Thomas Centre, inaugurado en Swansea por el ex presidente de EEUU Jimmy Carter (famoso admirador de Thomas) se efectuará, como cada año, un festival en honor del máximo poeta galés, desde hoy hasta el 9 de noviembre –la fecha de su nacimiento y la de su muerte, respectivamente–.
Esta es la faceta oficial del recuerdo, pero más allá de las conmemoraciones de circunstancia, cabe preguntarse por qué, a 100 años de su nacimiento, la obra de Dylan Thomas sigue siendo parte de la educación primaria de todo escritor o lector de poesía, con esa vigencia que poseen los clásicos del siglo XX.
Un “galesito” en LondresLa escuela media fue dejada atrás por Thomas a los 16 años, para ejercer funciones como escritor de obituarios y crítica de espectáculos en el periódico local South Wales Evening Post. Sólo un año y medio duraría en esas funciones, pues la dirección del diario no tardaría más en invitarlo amablemente a “dejar de perder el tiempo trabajando” en la empresa cuando era evidente que su vocación era la de escritor. Ya por entonces la afición al alcohol se hacía evidente en Thomas.
Sin empleo fijo y ganándose la vida como periodista independiente, en 1932 se radica en Londres, donde comienza a frecuentar los círculos literarios y sus obras ganan adeptos. En esta etapa, según lo revelan sus cartas, el joven poeta todavía se sentía un extraño en la gran ciudad. De hecho, Thomas se llama a sí mismo “el galesito” en varias misivas dirigidas a sus relaciones, resaltando su condición de muchacho provinciano. Este es otro aspecto del complejo carácter del autor, una sensación de inseguridad que lo acompañará toda la vida, inclusive cuando ya era vastamente reconocido y sus recitales poéticos convocaban multitudes. Aquellos que lo trataron –entre ellos su promotor en EE.UU. y biógrafo, el poeta de origen canadiense John Malcolm Brinnin en su biografía– destacaron que la bebida era una de las formas que tenía Thomas de “romper” el muro de distancia que lo separaba de las otras personas.
A partir de su etapa londinense los poemas de Thomas comienzan a ser conocidos a través de las páginas de diversas publicaciones, entre ellas la prestigiosa revista The Criterion, digida por T. S. Eliot. El 18 de diciembre de 1934 se edita su primer poemario, Eighteen Poems, que gana el primer premio convocado por el diario dominguero The Sunday Referee.
La poesía británica de los años ’30En la tercera década del siglo XX, la poesía británica había superado el gastado neoclasicismo y los resabios románticos de su época anterior, pero la transición de un siglo al otro se había puesto en evidencia con todo su rigor en 1922, cuando T.S. Eliot publicó su célebre The Waste Land, el poema que no resolvía el problema planteado por la situación de la condición humana en la posguerra aunque sí establecía crudamente sus espinosos interrogantes.
Thomas nada tiene que ver desde su inicio con las posturas y los estilos sostenidos por sus contemporáneos ingleses (los thirties), diferenciándose de ellos. En el universo literario de Thomas lo que se desarrolla a partir ya de su primer libro es una vasta constelación de símbolos personales y universales, como lo expresa muy bien su traductora al español, la poeta argentina Elizabeth Azcona Cranwell, en el prólogo a los Poemas Completos del autor.
Asegura Azcona Cranwell en el citado texto que “cuando en 1934 apareció su primer libro Eighteen Poems la crítica no investigó demasiado, sino que halló a su poesía difícil, irracional e indisciplinada. Mac Niece la juzgó salvaje, como el discurso rítmico de un ebrio. Porteous la llamó ‘una peregrinación sin guía hacia el hospicio’. (...) Resultaba difícil para ellos entender que Dylan (...) se nutriera en otras fuentes no exploradas por los thirties y que buscase, antes de poetizar sobre la circunstancia inmediata, un equilibrio entre la actitud existencial y las fuerzas de mutación que actúan en el cosmos”.
Casado, famoso e insolventeEn 1936 se publica su segundo poemario, titulado Twenty-Five Poems, una colección que consolida su prestigio ante la crítica y los lectores. Un año después contrae matrimonio con la bailarina inglesa Caitlin MacNamara. Los apremios económicos ya acosan a la pareja y el nacimiento de sus tres hijos más el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, no mejoraron las cosas.
Desde el mismo momento de su casamiento, los Thomas tuvieron una vida itinerante. Recién en 1949 sentaron sus lares en la famosa Boathouse –hoy convertida en museo– situada en Laugharne, Gales, en la costa del estuario del río Tâf. Ello gracias a que Margaret Taylor, esposa del historiador Alan John Percivale Taylor (1906-1990), uno de los tantos “protectores” del poeta, adquirió en 3 mil libras esterlinas la propiedad y se la obsequió al poeta.
Thomas había sido rechazado para el servicio activo en tiempos de la guerra a causa de sus problemas físicos (cuando ya estaba a punto de declararse objetor de conciencia) y se había desempeñado como guionista, comentarista cinematográfico y locutor radial para la BBC.
Terminada la guerra, en 1946 se publica una de sus obras mayores, Deaths and Entrances, poemario consagratorio que cimentó su prestigio y posición dentro de las letras inglesas. Sin embargo, su alcoholismo iba en aumento así como sus conflictos conyugales, agravados por la mutua infidelidad de la pareja. Del mismo modo, los problemas económicos de la familia seguían sin solución. Contra lo que podría pensarse sus ganancias no eran pocas, ya que el autor recibía buenas sumas de dinero por la publicación de sus cuentos y poemas. Por estos tiempos la producción poética de Thomas se hace más espaciada, llevándole en ocasiones hasta un año la creación de un solo poema.
En 1952 se editó una recopilación de su producción poética, titulada Collected Poems. 1934-1952, que le granjeó el premio Foyle. Ya por entonces el citado Brinnin organizaba giras del autor por los EE.UU. desde 1950, brindando Thomas numerosos recitales de su poesía. Las prolongadas giras, el agotamiento debido a sus compromisos, el traslado constante de un punto al otro de los EE.UU. deterioraron más la salud física y mental del gran poeta galés.
En 1952 en New York un disco de que es hoy una valiosa pieza de colección. Por esos tiempos se hacen famosas diversas “travesuras” del poeta, que en ocasiones obligan a cancelar algunas presentaciones.Estas diabluras, si bien parecen graciosas, pueden darnos un indicio del estado de ánimo de Thomas en esas extenuantes giras profesionales, lejos de su familia, lejos de su casa, una vez más “un galesito”, como él gustaba llamarse, perdido en un ámbito que no era el suyo.
De mayor gravedad que sus travesuras comentando bustos y secuestrando camisas eran sus continuadas infidelidades, que llegaron a oídos de Caitlin MacNamara del otro lado del océano provocando su iracundia... y sus propias infidelidades.
En 1953, pese a la oposición de la celosa Caitlin, se vio obligado a aceptar una nueva invitación de Brinnin para realizar una gira por los EE.UU. Para entonces ya sufría graves ataques de gota, que se sumaron a sus otras dolencias.
En New York una de sus tantas amantes lo esperaba: en este caso se trataba de Liz Reitell –la mismísima asistente de Brinnin– quien también había sucumbido a los encantos de ese hombre-niño, que se describía a sí mismo como “pequeño pero ruidoso y semejante a una foca”. Pese a las reconvenciones de Reitell, durante la helada noche del 5 de noviembre de 1953 Thomas dejó su habitación en el Hotel Chelsea para dirigirse a una de sus borracherías predilectas, la White Horse Tavern, en el 567 de la Hudson Avenue, donde solía encontrarse con su gran amigo el músico y compositor John Cage. Cage no estaba allí en esa oportunidad, pero no faltaban quienes quisieran celebrar con el famoso poeta de Gales. Horas después, Thomas, desfalleciente, volvió al Chelsea Hotel y antes de desplomarse en brazos de Reitell pronunció la famosa frase: “He bebido 18 whiskies, creo que es un buen récord”. Internado de urgencia en el hospital St. Vincent, ya no recuperaría la conciencia.
Caitlin MacNamara, enterada de la grave situación, alcanzó a llegar a tiempo desde Gran Bretaña para verlo morir a las 12.40 hs del 9 de noviembre. Trastornada por ello, tuvo un ataque de insanía y tras destrozar el crucifijo de la capilla del hospital, debió ser amarrada con un chaleco de fuerza e internada en un establecimiento psiquiátrico.
Así, en Nueva York, terminó la vida de uno de los mayores poetas del siglo XX y comenzó la leyenda que llegó hasta nuestros días. En uno de sus bolsillos, cuando murió, se encontró dentro de su billetera un recorte que invariablemente llevaba consigo. El ajado pedazo de periódico lo muestra a los 12 años como ganador de una carrera escolar en la Swansea Grammar School, aquella donde su padre daba clases.
¿Pudo Thomas resolver con su obra el nudo gordiano de la poesía moderna, el mostrado por Eliot en su genial The Waste Land? Definitivamente no, del mismo modo que no lo lograron sus compañeros de generación, y lo expuesto por Eliot en su célebre obra siguió siendo el interrogante paradigmático de la poesía. Pero sin duda el aporte de Dylan Thomas fue uno de los esfuerzos más extraordinarios, dejándonos a nosotros, que somos su posteridad, una obra maravillosa, quizás oscura en algunos de sus rincones todavía, pero, como se ha dicho antes, la genuina poesía no viene a este mundo a enseñar nada, sino a sugerirlo todo.




