Una vez más los docentes están en el centro del debate en la comunidad y no es para menos, porque es la única vez que estos trabajadores tienen la oportunidad de visibilizar sus problemas. Es legítimo el reclamo salarial y es una deuda grande de este Gobierno, como de los anteriores, que les pagan sueldos de miseria.
Dicho esto, quiero ir un poco más lejos en la cuestión y preguntar: todo el sistema de Educación (con mayúscula lo escribo), ¿para quién fue dispuesto. Para los niños, alumnos, grandes y chicos que buscan la independencia intelectual. Un pueblo sin Educación es fácilmente esclavizado, por políticas económicas o políticas demagógicas como ocurrieron en los últimos años.
El compromiso del Estado es brindar el servicio de Educación y el compromiso de los docentes es enseñar. ¿Hoy cuántos maestros vemos con vocación de enseñar? ¿Hoy cuántas escuelas están en condiciones de albergar a los alumnos?
Seguramente que habrá muchas, pero lo cierto es que con un legítimo reclamo salarial, el único que se ve perjudicado, no es ni Gustavo Bordet ni Mauricio Macri, es sencillamente el primer eslabón de la cadena de la Educación: el alumno. Un estudiante no es una computadora donde las clases que perdió las recupera con un CD, las pierde y no las recupera más, porque los programas educativos se hacen en base a procesos y no a acumulación de contenidos.
Soy hijo de una docente que dio clases en el campo en condiciones precarias hasta cuatro y cinco cursos al mismo tiempo. Donde se ganó el respeto de la comunidad, trabajando. Apoyando los reclamos salariales, pero sin dejar de dar clases. Hacía paros, en las planillas, pero la escuela y el aula siempre tuvo un docente dando clases. Me parece que de esas docentes, salvo honrosas excepciones, hoy ya no hay. Fue una generación de compromiso, de trabajo, de ganarse el cariño y el respeto de la comunidad, de solidaridad y de institucionalizar a la escuela. Ana D'Andrea, Irma Chandaré y muchas más, como hoy por ejemplo Hilda Leguizamón, son una muestra de maestras comprometidas con la Educación, con las escuelas y la comunidad.
Un viejo director departamental de Escuelas nos decía a nosotros alumnos, mocosos en la década del 80: el establecimiento educativo es la primera imagen de cómo un docente es. Si un maestro o un directivo no quiere a la escuela se ve en sus paredes, sus puertas, su jardín con flores. Claro, las viejas docentes se arremangaban, limpiaban, hacían huerta, pintaban, cortaban el pasto y, con la ayuda de la comunidad, competían para ver qué escuela era más bella.
Las escuelas tenían personal para estas tareas, pero las docentes no se quedaban sentadas, esperando que les cortaran el pasto, por el contrario agachaban el lomo. Y no era su función, pero hacían hasta lo imposible para que la escuela fuera la segunda casa.
Se fueron perdiendo aquellos tiempos de un modelo de enseñanza, con un compromiso por la Educación, con maestros mal pagos como ahora, y con la premisa de cumplir con la obligación de ser docentes, pese a todo.
¿Qué pasó en esta Argentina que la Educación que nos hizo reconocidos en la historia y el mundo hoy quedó de lado? El presente marca docentes mal pagos, niños con pocos conocimiento y un país lleno de esclavos sin conocimientos.



