Pido permiso a Perogrullo y a la Santa Obviedad y digo: Los políticos tienen que hacer de políticos. Y los ciudadanos, a los que genéricamente se suele definir como "la gente", deben hacer, por lógica, de ciudadanos.
Eso es lo que la realidad nos ha enfatizado esta semana en la Argentina. Y con un trompadón.
El ritmo político de la semana lo han marcado las ciudadanas, no la actividad que rige la polis.
El potro
La realidad, que a veces es maravillosa y placentera, suele en otros casos subirse a un potro temático y a corcovear. Y nos tira de traste.
A veces es por el dólar. O la inflación. O por un sismo. O por el sinceramiento de tarifas que otros escondieron. O por la guerra comercial entre Trump y China.
Y otras veces, como pasó esta semana, es un ventarrón conceptual que se presenta en sociedad con forma de mujer para decir "hasta acá llegamos".
Y para anoticiarnos de que no aceptarán más abusos ni más violencia de parte de los hombres. Y lo más importante: que denunciarán esos hechos.
El menjunje
Este caldo se venía macerando desde hace mucho tiempo.
Mucho antes de a que al actor Juan Darthés lo denunciaran -masivamente desde un teatro- de haber violado a una menor de edad.
O de que el senador bonaerense Jorge Romero, de La Cámpora, se viera obligado a renunciar acorralado por una denuncia de abuso sexual por parte de una militante.
O de que a Roberto Pettinato lo denunciaran de ser un abusador serial que había instaurado el manoseo, el toqueteo, los besos robados y hasta la masturbación en frente de compañeras de trabajo como algo habitual. Es que él es excéntrico ¿vio?
O de que el senador nacional radical Juan Carlos Marino fuera denunciado por una empleada del Congreso nacional de haberla toqueteado en los pechos al tiempo que le decía "te voy a estar llamando".
El ovillo
Los casos que han salido a luz en estos últimos días podrían llenar buena parte de esta columna. Y son solo la punta del iceberg.
La causa femenina, decíamos, no empezó ayer.
Llevamos más de una centuria avanzando muy despacio. En la Argentina las mujeres votaron por primera vez en 1951.
Hasta entonces no se consideraba necesario el voto de la mitad de quienes habitaban el país. Las mujeres estaban para parir no para decidir los destinos del país.
Y en esta centuria los varones, nos hemos visto ante la obligación de comprender la causa feminista.
Las taras
Muchas veces hemos debido luchar contra ciertas taras culturales de nuestro ADN, formado durante siglos en una supuesta superioridad varonil.
Somos proveedores, fuertes, con raciocinio. La mujer, nos decía la costumbre, es un ser sentimental, espiritual, manejable.
Muchas de estas cosas los varones las recibimos de nuestras madres y abuelas, educadas a su vez por sus ancestros en esa concepción del supuesto sexo débil.
El oprobio
Además teníamos el peso de una religión mayoritaria, la católica, en cuyo seno las mujeres no tienen ningún poder de decisión ni ningún cargo ejecutivo.
Allí sólo deciden los hombres.
¿Puede ser humanista y cristiana una religión que relega de esa manera a las mujeres?
¿Puede ser humanista una Iglesia que ha permitido durante siglos los mayores atropellos contra la integridad sexual de miles y miles de niños y de adolescentes en escuelas y templos?
¿Cómo entender a una Iglesia cuyo Papa aún no dice ni una sola palabra para abominar de los casos de abusos de niños sordos en el Instituto Próvolo de Luján de Cuyo?
El otro Peteroa
Como si fuera la lava de un volcán el Mee Too (Yo también) argentino se ha desparramado sobre todo el cuerpo social. Y nos está escaldando a todos.
¿Alguien cree que un político o un partido hubiera provocado el cimbronazo que nos zamparon las mujeres de a pie para remover así la Argentina machista?
Las políticas de los últimos años contra la violencia de género han marchado siempre detrás de cada una de las mujeres asesinadas a golpes, a tiros, a cuchillazos.
Es "la gente", son las víctimas, las que han hecho política con sus desgracias.
En muchos casos la prevención, que debería ser un arte dentro de la actividad política, ha fallado "con honores".
Vuelvo al comienzo. A la necesidad de que no dejemos todo en manos de los políticos.
Hay muchas cosas que se pueden arreglar con la presión y el impulso cívico.
O, si se quiere, en ser más exigentes con ellos, los que nos gobiernan.
No se trata de cogobernar con los políticos. Es cierto que el ciudadano delega el Gobierno y la deliberación en sus representantes. Se trata de los nuevos complementos democráticos que reclama una sociedad que busca ser menos troglodita.



