Espectaculos Sábado, 2 de junio de 2018

Un rato con él, Julio Chávez

El reconocido actor y dramaturgo llega a Mendoza con Adrián Suar como parte de la gira nacional, con esta obra de su coautoría, dirigida por Daniel Barone

Quizá no exista un universo emocional más vasto y complejo que el de la familia. Y es el teatro el que en esta oportunidad nos muestra uno de esos posibles e impredecibles lazos: el fraternal.

Gregorio y Darío son dos hermanos distanciados durante mucho tiempo, hijos de diferentes madres, Cuando el padre de ambos muere, la herencia los obliga a reunirse. Y la formalidad del encuentro, encadenado por la intermediación de abogados, dará paso a muchos descubrimientos, desde quién era ese padre que tienen en común hasta cuánto hay de verdadero en la historia que han construido en sus vidas separadas.

Gregorio y Darío son Julio Chávez y Adrián Suar, que deshilvanarán ese lazo que los une y los separa en la obra que el próximo fin de semana llegará al teatro Plaza, Un rato con él, escrita por el mismo Chávez y Camila Mansilla, bajo la dirección de Daniel Barone.

El protagonista de programas que marcaron un antes y un después en la televisión argentina, como El puntero o El maestro, de gira con Suar por el país (que luego extenderán a Uruguay y Paraguay) atiende el teléfono y a partir de ese momento, uno lo siente, lo ve. Sube el telón.

-¿Cómo está yendo la gira nacional?

-Está yendo increíble, verdaderamente es un regalo, por muchos motivos. Primero porque siempre es un regalo hacer lo que uno quiere hacer y de la manera que uno lo quiere hacer, que en este caso es así, y segundo porque estamos en una situación complicada y que la gente se mueva para ir al teatro, que haga ese movimiento no solamente físico sino económico, es algo que se agradece enormemente y obliga, porque uno debe cumplir con lo que promete y este espectáculo viene prometiendo. Hace casi dos años que la gente la va a pasar bien y creo que lo cumplimos cada noche. Estoy contento porque además estoy muy federal esta semana. Ahora estoy en Córdoba -por el jueves pasado- haciendo una exposición de pintura en el museo Emilio Caraffa, nos vamos luego a Rosario y después ya nos espera la hermosa Mendoza, donde nos hemos guardado el hígado para esos fantásticos vinos (risas).

-Acá no solamente los esperan los buenos vinos, hay mucha expectativa por la obra...

-Esa expectativa, tanto para mi compañero Adrián Suar como para mí es muy importante tomarla en cuenta. Los seres humanos tenemos mucha costumbre: así como nos acostumbramos lamentablemente a la miseria, también nos acostumbramos a cuando nos va bien y eso no está bueno, ni para un lado ni para el otro. Cuando te va mal, porque es malo que te acostumbrés, porque el ser humano debe luchar para estar mejor, y cuando te va bien, tampoco te tenés que acostumbrar, porque los dioses en cualquier momento te echan un escupitajo y te colocan en tu lugar (se ríe a carcajadas).

-Voy a hacer una simplificación: para muchos Adrián es un gran actor de comedia y vos sos la antítesis, el gran actor dramático. ¿Cómo terminaron juntos en esta obra?

-Nos juntamos primero y ante todo porque nos une una historia de trabajo muy importante, el como productor y yo como actor. Adrián ha producido los últimos cinco programas que yo he hecho en televisión. De allí surgió una enorme amistad, considero que hoy es un hermano para mí. Y tanto era el gusto de estar el uno con el otro que de allí surgió hacer una obra de teatro juntos.

-Supongo que como productor, Adrián habrá ido a buscar esa obra...

-Sí, él salió a buscar con otros productores, Nacho Laviaguerre y en ese momento también estaba Pablo Kompel, y no encontraron una obra para los dos. Entonces llamaron a un autor y Adrián y yo construimos una historia, un cuentito, que es lo que pasa en Un rato con él y se la entregamos a ese autor para que lo desarrollara en una obra, pero no funcionó, porque es muy difícil pedirle a otro vientre que genere el hijo que vos querés tener. Adrián, frente al fracaso de la situación y sabiendo que soy autor dramático me dijo: "¿Y si la escribís vos?".

-¿Y aceptaste ahí nomás?

-En realidad estaba en una situación muy delicada, porque no quería construir un material que a mí me gustase y a él no y que todo nuestro efecto terminara en una discusión estética. Por eso le dije que iba a probar un primer acto y que si a él y al productor les parecía atractivo, seguía adelante. Ahí me uní con Camila Mansilla, que es una dramaturga extraordinaria y una mujer del teatro, y el pedí que me acompañara en esta patriada. Le mostramos a Adrián el primer acto, a él le encantó e hicimos una conferencia de prensa, los atorrantes, y ahí me uno, ¡sin el segundo acto escrito! Y Adrián me decía que si ya había escrito el primero, ya iba a escribir el siguiente (risas).

-Ya que hablaste de los dioses, ese fue un acto de fe...

-Lo hemos tenido. Un rato con él ha sido todo un riesgo desde que Adrián y yo nos subamos juntos al escenario. Ahí yo me sentía muy inhibido, porque Adrián es un hombre sumamente popular y que en el teatro ha hecho fenómenos populares muy importantes. Yo no soy así, pero Adrián necesitaba, como productor y en el teatro Nacional donde se hizo la obra, que el espectáculo fuera muy bien, no sólo artísticamente sino comercialmente. Yo no sabía si la obra iba a producir eso, si la dupla iba a lograr eso. Así que antes teníamos que ver cómo nos llevábamos en los ensayos.

-¿Y qué pasó?

-Adrián es un hombre con una metodología absolutamente diferente a la mía. Cada uno conoce muy bien cuál es su cocina y ahí hay cosas que aprender, Adrián, yo y cualquiera y es que no se debe juzgar la metodología de la cocina de nadie, el asunto es si el bife sale bien o mal. Si el otro hace un bife a su manera y es comible, está muy bueno el bife, si la metodología que usa no es la que vos usás, no importa. Y por el contrario, si usa la metodología que vos apoyás o que pertenece a tu ideología, le puede salir el bife mal y no por usar el mismo método hay que aplaudirlo. Para eso fue muy atractivo el fenómeno de los ensayos. Después vino el estreno y por suerte la aprobación de la gente. Es decir que en cada paso que fuimos dando nos mirábamos como diciendo: "Está bueno que estemos juntos". Lo que me alegra mucho a mí, es que el espectador sale del teatro viendo que ni Adrián es un actor tan poco dramático, ni yo soy un actor tan poco cómico. Y eso es algo que a mí me gusta, porque las opiniones, los puntos de vista y los estancamientos son cosas que uno construye, pero también debe tener el espacio para seguir construyendo una y otra cosa y a veces se cristaliza demasiado rápido el asunto y vos te quedás atrapado en esa tela de araña.

-Supongo que otro de los riesgos es que escribiste una obra donde ibas a actuar vos...

-Sí, porque a mí jamás me ha interesado tenerme a mí como actor en la cabeza como para escribirme un guión. Escribir para uno mismo es complicado y sobre todo cuando tenés un compañero de la talla, el target y el cartel de Adrián, que empezás a preocuparte por ver quién tiene más letra (risas).

-¿Cómo hacés el equilibrio en ese asunto?

-En realidad no me preocupa, me parece que son circunstancias que hacen a la historia. No importa si uno le escribe al otro o a uno mismo un monólogo para justificar que tenga más letra, el tema es si finalmente ese monólogo hace a la acción y si está bien escrito o no. Yo he aprendido mucho haciendo Un rato con él. Como autor estoy mucho más crecido de lo que era antes de esta obra. Además he comprendido cuestiones del humor, del timing de la comedia. He entendido también sus pausas. No son trampas, son parte de un mecanismo que tiene que ver con la risa.

-Qué bueno escucharlo de un actor que tiene tantos años de profesión...

-Podés decir directamente tantos años (carcajadas). En la habitación del hotel se me acaba de caer la tapa de la botella, al agacharme y buscarla debajo de la cama me dije: "Dios mío, cómo pasó el tiempo" (risas).

-Tratando de retomar, te decía qué bueno es escuchar que seguís aprendiendo y eso que sos un maestro de actores. ¿Te sentís todavía un aprendiz?

-Eso lo tengo. ¿Pero sabés de que soy un maestro? De conocer problemas y mi rol como entrenador es ayudar al otro a que comprenda en qué problema está metido. Después la vida hará de vos una persona que resuelve más o menos, que ha conocido más o menos algunos problemas. Yo he admirado y agradezco enormemente a la cantidad de maestros que me han señalado dónde están los problemas. Después cada uno me ha dado sus herramientas o aproximaciones para que yo probara. Pero sobre todo me han enseñado a ver los problemas, de manera que yo donde veo el obstáculo, la ignorancia o lo que fuere, está mi pupitre y ahí arriba hay una factura y un mate cocido.

-La historia de la obra es muy fuerte, porque se articula alrededor de una ausencia, la del padre de ambos...

-Para nosotros es lo más atractivo, porque donde está la carencia está la posibilidad. La historia en un punto es una trampa que nos invita y nos hace creer que somos identidad. Pero contienen, esa identidad y esa historia, un espacio de falla y en su interior, en el quiebre, en la distancia, en ese espacio vacío, está la posibilidad del pensamiento y del descubrimiento, del acontecimiento de algo nuevo. Este relato cuenta que sobre todo Darío, que es el rol de Adrián, cree a rajatabla que sabe cómo fue la historia. Y está Gregorio, que aparentemente es el más anárquico, el más bizarro, el más agresivo, que finalmente contiene un regalo para Darío: sumar un pequeño grano de arena a lo que Darío llama su historia que es como algo extraño a su cuerpo, pero que es importante que lo tenga porque lo va a confrontar con algo más cercano a lo que se dice verdad. Y ese granito, en este caso, tiene que ver con el afecto.

-Y ya que hablás de afecto, el director es nada menos que Daniel Barone...

-Barone es un pilar fundamental en todos mis proyectos, en este también y es el director mimado de Suar, que lo adora. Nunca se ha dormido en el bronce y es un hombre de una enorme humanidad y un gran amor al trabajo. Por eso ha sido y sigue siendo muy importante su presencia en este proceso. Siempre está presente como director y como compañero. En esto también había un riesgo: si algo se quebraba, hubiese sido doblemente perjudicial, porque hay mucho afecto y mucha historia. Es como usar los platos de porcelana de cuando yo era chiquitito, los que no empeñaron por lo menos (risas), los cuatro que quedaron y que te daba miedo que se rompieran.

-Como artista en todas tus facetas, ¿te has podido liberar de lo que supone la mirada del otro?

-El arte contemporáneo se ha liberado de las instituciones estrictas, que determinan qué es arte y que no lo es, pero la pregunta sigue estando: ¿qué es arte? Es muy conmovedor cómo por un lado nos hemos liberado de los grandes museos o doctorados, pero sigue estando el problema de que uno sigue mirando la obra del otro y puede no legitimarla y ni hablar de lo que al otro le pase con uno y a pesar de eso seguimos teniendo en el interior la creencia de que hay una verdad y eso es tan difícil de que lo podamos soltar. Deberíamos ser como niños y es necesario creerlo. Cuando yo era chiquitito veía las coronas en los velorios, que tenían como una especie de estructura de metal de donde se enganchaban. Yo creía que se ponía una corona sobre la otra, como peldaños en una escalera, para que algún familiar ayudara a que el muerto ascendiera al cielo. Pasaron los años y ya entendí que no es así. Pero en mi fuero interno, cada vez que veo una corona enganchada así, veo esa escalera. Ser adulto significa esconder lo que uno sabe que es verdad.