Un anfibio mutante

Por UNO

Por Ramiro Ortiz

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Lisandro Aristimuño escucha música todo el tiempo. Baja y compra discos, busca en lo nuevo y lo viejo, a veces no sabe ni el nombre de lo que escucha, confiesa. Se describe como “insoportablemente melómano”. Gracias a su inquietud y a las benevolencias de la globalización, el rionegrino reviste sus canciones con el color que más le gusta, con una sonoridad sin límites. Por eso su música es tan difícil de clasificar, porque es rock, es folclore, es pop y también bossa nova, flamenco, electrónica o reggae. Pero sobre todo, es canción.

La Gira Anfibia con la que Aristimuño viene arrasando el país atraviesa Mendoza con su corriente contagiosa, hoy (con entradas casi agotadas) y mañana, en el teatro Independencia. Allí, Lisandro presentará su quinto disco, Mundo anfibio, que arrastra elogios por doquier –como los anteriores– y tiene el plus de una nominación a los Grammy Latinos en la categoría “mejor álbum de música alternativa”.

Sí, el hombre del interior lo ha logrado. Está en un momento de plenitud, un gran disco, con grandes canciones e invitados (Ricardo Mollo, Hilda Lizarazu), una prometedora nominación al Grammy Latino y una gira soñada con nueve músicos en escena, cuarteto de cuerdas, base electrónica, banda de rock y visuales.

¿Qué queda por decir? Mucho. Su palabra generosa, amplia y profusa así lo demuestra.

“La verdad que las cosas están cada vez mejor, es algo que se ve, que se nota. En esto de los premios, en la repercusión que tiene con los periodistas, los colegas músicos, cada vez está mejor todo. Pero siempre, creo, he sido bien tratado, desde mi primer disco. Nunca he recibido algo negativo de ninguno de mis discos. Hay un respeto porque la gente sabe que está todo trabajado artesanalmente, que soy un artista de autogestión y todo lo hago a pulmón. Trabajo como para que el que lo reciba sienta que hubo mucho trabajo ahí, para que la gente que está esperando se sienta conforme cuando reciba el material”, analizó Lisandro.

–Mejor seguir con esa racha…

–Por suerte, hasta ahora todos mis discos han sido bien aceptados, calculo que alguna vez voy a tener uno que no, y qué sé yo, es la vida. A todos los músicos les pasó eso, que siempre tienen un disco que a nadie le gusta y otros son súper fans de ese disco. Es muy relativo, no podés conformar a todo el mundo, y eso es lo bueno de este oficio, que no es tan preciso, tiene esa incertidumbre que genera adrenalina y que lo hace súper pasional y con huevo. Y más como trabajo yo, que no tengo a nadie que me diga lo que tengo que hacer, ni para pegarla, ni para nada. Es como más jugado todavía. Intento todo el tiempo cambiar y renovarme.

–¿Como la mutación de un anfibio?

–Exactamente, una búsqueda. Primero pienso en mí, no de manera egoísta, sino que me sienta bien con lo que estoy haciendo, y eso la gente lo siente. Hay discos en los que se nota que el músico no está conforme con lo que sacó, que alguien le dijo que tenía que hacer… covers, no sé. Yo me doy el gusto de realmente hacer lo que quiero y la verdad es que fue con mucho trabajo, no es que me tocó de arriba. Lo laburé, elegí ese camino, que es donde más laburo tenés, pero también más satisfacciones.

–¿El concepto de la mutación también atraviesa Mundo anfibio?

–Por decirlo metafóricamente, en los anteriores yo estaba como un ser que vuela, que está en otro lugar. Eso es lindo de la música, uno puede ponerse en el personaje que quiere. En Las crónicas del viento era como un niño, las canciones tenía esa cosa infantil, en 39° era como un tipo en una burbuja con mucha fiebre, volando, y las letras vienen de un estado como de hipnosis. En este puse los pies más en la tierra, tenía ganas de hablar de la naturaleza, todo lo que está ocurriendo, la relación de los seres humanos con respecto a las tecnologías y cómo nos adecuamos a los artefactos que nos imponen. Desde la pilcha al nuevo celular con pantalla “no se qué” vi que somos como unos anfibios que tenemos que mutar y acomodarnos al sistema.

–Lo han calificado desde apocalíptico hasta esperanzador, ¿qué opinás?

–La temática viene por ese lado, porque me parece que nosotros salimos del agua, de una panza, y nos tenemos que adaptar al sistema de este planeta. Un poco lo veo positivo por eso. Mucha gente me dice que el disco es como negativo, para mí no, para mí es positivo sacar a relucir las cosas que están pasando.

–¿Y grabaste todo el disco en cinco días solamente?

–Sí, grabo los discos con muy poco tiempo en el estudio. Nunca estuve más de siete días grabando en un estudio, hago mucho laburo de preproducción en mi casa. Con Mundo anfibio estuve un año y medio laburando. Es algo muy fino y en el estudio trato solamente que suene mejor que lo que hice en mi casa, lograr otro audio. El estudio me da como un poco de… no sé, no me siento muy cómodo. Me ha quedado eso de no tener mucho dinero y, entonces, estar totalmente bajo presión. Me quedó una especie de fobia por eso mismo, que a veces te condiciona. No es lo mismo si yo tuviera la plata para pagarme dos meses en Abbey Road, ahí sí voy.

–¿Cómo te decidiste por ese sonido más rockero que los anteriores?

–Intenté utilizar ese estilo tan crudo, tan real, tan “patada en la cabeza”, que es el rock. No hay mucho qué pensar, es enchufar la viola al amplificador, un pedal y salir. Algo más potente. Busqué por ese lado, sobre todo en el rock argentino, que lo escuché tanto y sin embargo mis otros discos estaban más ligados al folclore. Ahora quise indagar en Cerati, Spinetta, Charly, Soda Stereo. Me puse a escuchar sus cosas y fue una influencia enorme, Canción animal es como el padre de Mundo anfibio. El rock argentino es distinto al de otros países. El idioma, esa forma de escribir muy rara de bandas como Sumo o Divididos en la que el idioma no importa tanto, es más la actitud que tengas en decirlo que lo que estás diciendo.

–¿Y cómo se plasma eso en el show?

–Somos nueve personas en el escenario y es algo tremendo. Lo bueno de esta formación es que finalmente logré algo que tenía pensado hace tiempo. Por cuestiones económicas no podía, pero mi idea era tener como una paleta de música clásica de un lado, en este caso llevo un cuarteto de cuerdas, del otro lado a la guitarra eléctrica y un bajista, que antes no usaba bajo, más batería y percusión. Así puedo lograr que los temas suenen a clásico cuando tengo ganas, y cuando quiero lo pongo más rockero. También estamos laburando mucho con computadoras, entonces está la parte electrónica. Está buenísimo, puedo jugar mucho y se logra un show que tiene mucho de todo el audio que vengo haciendo en mis cinco discos, y está todo ahí, en vivo. Lo pude resumir.

Triunfo de lo independiente

Desde su primer disco, Azules turquesas, Lisandro Aristimuño no ha hecho más que reafirmar un estilo personal, una identidad a la que se le pueden detectar influencias pero no se puede comparar con nada. Ponerle nombre a su música o un rótulo a su estilo sería limitarlo, reducirlo. Él coincide y por eso opina así.

“La verdad que debe de ser re difícil. Yo no me pongo a pensar en eso… ya demasiado laburo tengo (ríe) como para pensar qué soy, qué estoy haciendo. Me parece fundamental tener en cuenta que la música es dueña del músico, y no al revés. Hay muchos que se piensan dueños de la música y ahí es donde le erran. La música es muy grande, es como el planeta Tierra, es algo enorme. Me ha hecho feliz y me ha sacado de momentos tristes y malos, le tengo mucho respeto a la música. Tuve la suerte de haber escuchado muchas cosas y estilos, y me parece que hay estilos adecuados para cada momento. Por eso al hablar de mis canciones, depende de la letra y lo que quiera decir, agarro el estilo que me lleve para ese lado. Me gusta poder usar todo, si total nadie dice que no se pueda usar tal cosa, por lo menos a mí nadie me lo dice. Puedo indagar en muchos lugares y a raíz de eso logré un sonido en donde me siento cómodo. Tengo premios, así de los Gardel y esos, de rock alternativo, de folclore “nuevas formas”, de pop, entonces no sé, no tengo idea qué soy. Lo de los Grammy es música alternativa. Ese tema lo dejo para la gente”.

–¿Te esperabas lo del Grammy?

–No, ni en pedo. Son esas cosas que no podés creer, para mí es como una nominación a la música independiente argentina más que a mí. Es un triunfo de ese lado, del chico que está en la pieza con la guitarra y piensa que es imposible, es un premio a eso. Yo soy de Viedma, Río Negro, a 1.000 kilómetros de Capital, y se puede. Hay que ponerse las pilas y moverse, está todo ahí. Los Grammy no los tomo como un premio personal, me parece muy bueno que esa gente esté chusmeando por estos lares.