Estoy en medio de la producción del primer disco solista de Charo Bogarín (Tonolec), en este acertijo que es Buenos Aires, y cuando recibí la invitación a recordar un momento de mi carrera, no dudé un instante en la elección.
La elegí por la enseñanza que me dejó y porque hago aquí una especie de reconocimiento a Raúl Lencioni, mi primer maestro de guitarra cuando yo era apenas un adolescente, a quien admiro y quiero mucho. Fue mi debut en los escenarios. Tenía 15 o 16 años, más o menos. Estudiaba con don Raúl, un guitarrista devenido profesor, gran persona, gran músico. Yo era muy joven, tocaba de todo, tango, rock, folclore.
Un día, don Raúl me dice: "Se inaugura el Festival de la Cueca y el Damasco en La Dormida (Santa Rosa). Voy a tocar con Tito Ortiz y otros músicos, quiero que me acompañés en el escenario, ¿te animás?". No dudé en responderle: "Sí, por supuesto". Estaba muy entusiasmado ante mi primer show. Yo hacía rock, tenía el pelo largo y me vestía con jeans desgastado; era un poco desastroso con mi imagen, algo que con esta anécdota después traté de mejorar, aunque con Fernando (Barrientos) no pudimos lograrlo a la perfección aún (risas).
"Bueno -me dice el maestro Lencioni-, entonces te paso a buscar. Tenés que ir con traje". ¿Con traje? ¿Yo? En mi casa no había trajes ni mucho menos, yo nunca había usado uno. Pero le mentí y le dije: "Sí, cómo no, maestro".
La presentación era al otro día. No sé por qué pero no fui con él y me tomé un micro. Llegué jugado al festival. Con jeans rotos y remera gastada, claro. Lencioni me ve, me saluda y me dice: "¿Y el traje?". Otra vez le miento: "Me lo robaron en el micro, cuando venía para acá". "No importa", me dijo. "Ya lo vamos a solucionar".
Pidió un traje a la organización y nadie tenía uno para prestarme. Hasta que se asoma tras bambalinas, para relojear al público, y ve a un señor sentado en primera fila, de traje. Pide que lo llamen, el hombre viene sin entender nada. Y el maestro me anuncia: "Listo, Raulito, problema solucionado. Dale tu ropa al señor y ponete su traje".
No lo podía creer, era una locura, era un espectador de edad avanzada, un gaucho del pueblo. Terminé debutando en el escenario con el traje del señor -era horrible y me quedaba grande por todos lados- mientras el señor estaba sentado en primera fila con mis jeans rotos y mi remera.
Fue un papelón.


