Se despide del baile clásico

Por UNO

Es poco probable que el Apocalipsis suceda el 12 de diciembre de 2012, tal como lo predijeron los mayas. Sin embargo, para el ballet nacional, ese mes será, sin dudas, el fin de una era. Porque marcará el retiro definitivo de los escenarios de su más querida y talentosa bailarina. A los 46 años, Eleonora Cassano inició, en agosto pasado, una gira de despedida bautizada ¡Chapeau! que, durante 16 meses, la llevará a decir adiós por la Argentina, Uruguay, España y varias ciudades de Europa, Asia y África. Y la última función promete ser realmente operática. Tendrá lugar en Buenos Aires "el 12 del 12 del 12" (como le divierte decir a ella), con entrada libre y gratuita, nada menos que en el Obelisco. "Quiero un cierre digno", concede, con humildad. Y es difícil imaginar cómo podría ser de otra manera.

Apasionada, sonriente y luminosa, Eleonora Cassano transmite la misma determinación que debe haber tenido a los 8 años, cuando sus padres la llevaron a ver El lago de los cisnes y sentenció: "Yo quiero hacer eso". Tras sólo 6 meses de entrenamiento, se presentó junto a otras 600 aspirantes para ingresar al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, quedó entre las apenas 30 seleccionadas y, desde entonces, "eso" fue exactamente lo que hizo: entregarse a la danza, expresar su alma con cada movimiento de su cuerpo, ser aplaudida -de pie- de Madrid a Nueva York, de Roma a Bogotá. Con Julio Bocca conformó una de las parejas más cautivadoras y emblemáticas del ballet internacional.

Juntos, se animaron a todo: desde liberar al género de sus ataduras conservadoras para llevarlo a las canchas de fútbol y fundar la innovadora compañía Ballet Argentino hasta posar desnudos para la revista Playboy. Así, demostraron que el clásico puede ser también un fenómeno de masas y dejaron una huella que trasciende los escenarios: "Que la gente joven me grite ídola en la calle ¡es formidable!", se emociona. A tan trayectoria brillante hay que sumarle su rol de esposa y madre full time. Conoció a Sergio Albertoni, su marido desde hace más de 25 años, de la única manera posible: "Me sacó a bailar y, desde entonces, no nos separamos nunca". Con él tuvo a Tomás (15) y Julieta (9).

La familia entera la ha acompañado en casi todas sus giras y ella afirma que no habría sido capaz de seguir adelante de no haber sido así. Como si fuera poco, en lugar de limitar su carrera, la maternidad provocó uno de sus giros clave. Fue justamente cuando buscaba a su primer hijo que el productor Lino Patalano -ese genio creativo que siempre acompañó a la dupla Bocca-Cassano- le ofreció incursionar en el teatro musical.

Con perfecto timing para bajar la exigencia física y satisfacer la curiosidad por otros géneros, Eleonora se animó a sumar el canto y la actuación en La Cassano en el Maipo y Cassano dancing. Más tarde le siguieron otros espectáculos, como Cinderella Tango Club y La Duarte. Hubo quienes pusieron el grito en el cielo: ¿cómo podía, una bailarina formada en el Colón, pisar el teatro de revistas? "Crezco con los cambios, aunque parezcan sorpresivos o locos", fue su respuesta a las críticas.

Todas esas locuras la transformaron en una intérprete preocupada no sólo por la técnica sino, sobre todo, focalizada en disfrutar, transmitir sus emociones y conectarse con el público: "Bailar es lo que me ha permitido mostrar todo lo que siento y lo que soy. Es mi mayor medio de expresión", concluye, sobre su vocación. Y agrega que haber incursionado en otros estilos es lo que hoy le permite soñar con toda una vida arriba de los escenarios, "incluso cuando tenga que usar el bastoncito".

¿Cómo tomó la decisión de retirarse? ¿Fue un meditado proceso o un click repentino?

Yo me sigo sintiendo bien físicamente, pero hace años que sabía que este momento se acercaba. Finalmente, lo hablé con Lino y llegué a la conclusión de que, si sigo estirando el asunto, me voy a quedar sin cierre digno para mi carrera clásica, que necesita otros tiempos, otro estado. Por eso, decidí hacer un último año despidiéndome de los escenarios más importantes en donde estuve. El cierre definitivo será el 12 del 12 del 12 en el Obelisco. Me gusta la fecha, y el lugar fue idea de Lino, porque yo tenía mis dudas... ¡Va a ser muy fuerte!

De todos modos, ya bailó en la avenida 9 de Julio, también en estadios de fútbol... Es algo que muy concientemente han buscado con Julio y Lino en el pasado, con su intención de popularizar el clásico...

Completamente. El ballet tiene fama de ser elitista y nuestra preocupación y propuesta, con ese tipo de espectáculos, fue poner a la danza en un lugar cercano a la gente. Quisimos salir de los espacios tradicionales, romper con los moldes y el encasillamiento. Y este prejuicio es, antes que nada, de nosotros, los bailarines: muchos de nuestros colegas nos miraban como si estuviésemos locos por presentarnos fuera de un teatro. Pero yo creo que todos pueden disfrutar del arte, incluso sin entenderlo. ¿A quién no le pasó alguna vez, frente a algún tipo de expresión artística, de decir: "No entiendo, pero lo disfruto, me encanta"? Nosotros quisimos darle la oportunidad a la gente de, por lo menos, saber si le gustaba o no el ballet.

Vivió esta misma reacción de encasillamiento cuando se acercó a otros géneros de la danza...

Es que los argentinos somos de encasillar. Cuando empecé a tomar clases de teatro y canto algunos me miraban como diciendo: "¡¿Vos?!". Y yo les respondía: "¡Y, sí! ¿Por qué no?". Siento que fui rompiendo con muchos esquemas. Y el hecho de atreverme y jugarme me gustó siempre. Soy zafada, busco hacer cosas distintas... En la profesión, por supuesto, porque en mi vida privada soy súper tranquila. Imaginate: ¡25 años casada con el mismo hombre! (risas)

Siempre menciona a El lago de los cisnes como la obra que inició su vocación. A lo largo de su carrera, ¿qué otras marcaron giros decisivos?

Hacer obras que involucraran lo actoral y lo emocional fue un quiebre importante. A lo largo de los años fui madurando como artista y empecé a tener otras necesidades de expresión. La primera chispa fue mi etapa de Los grandes de la danza, que si bien tenía una base súper clásica, incluía un poco de jazz, tango, baile español... Pero todo atravesado por el ballet, con adaptaciones muy estilizadas. Así, de a poco, fue creciendo esa necesidad de buscar y sentir cosas nuevas arriba del escenario. El gran cambio fue cuando hice La Cassano en el Maipo, porque me permitió otra relación con el público: me contacté visualmente con ellos, generé otro vínculo. En el clásico es diferente; cuando bailás, te metés en tu mundo y la gente lo disfruta por lo que ve y vos por lo que sentís, pero no hay conexión. En cambio, en los espectáculos musicales el contacto pasa por otro lado, es un juego de seducción. No es lo mismo bailar Cascanueces que La Duarte, que fue para mí una de las mayores sensaciones en escena. Y cuando abrí la boca arriba de un escenario, ni te cuento...

La Duarte es una de las obras que eligió para esta gira de cierre. Con su enorme trayectoria, ¿cómo concibió este programa de despedida? ¿Privilegió lo técnico, lo emocional, las ganas de volver a trabajar con determinadas personas?

El armardo fue medio... casual (risas). En 2010 fui a Madrid e hice un par de funciones bailando con mucho éxito. Entonces, me dijeron: "Volvé en 2011 con lo que quieras. Pero volvé". Y hace mucho que quería volver a interpretar a Evita porque fue una experiencia que me encantó: estoy feliz de hacer este personaje que es una maravilla, que tiene una fuerza inigualable. Así que el año pasado regresé a España, pero lo que viví allí trascendió el escenario, porque recreamos el recorrido que hizo Evita en el Cadillac, con Perón, cuando visitó Madrid. Atravesamos toda la ciudad, yendo por La Gran Vía, por la Plaza de Cibeles... Yo no podía creer lo que estaba viviendo. ¡Ni Madonna pasó por esa experiencia! Fue impresionante. Luego, Carmen es una obra que, en este momento, me cae como anillo al dedo: no tengo ninguna preocupación técnica y, además, me encanta jugar con el personaje, disfruto muchísimo toda esa carga de sensualidad que hay que ponerle. Por último, Entre tangos y milongas es el inicio de mi tango en punta y quise incluirlo en este cierre por lo que me marcó.

¿Le quedó algún pendiente en el ballet?

¡Ah! Me hubiese encantado bailar Manon completo y no lo pude hacer... Pero la vida superó mis expectativas y fue mucho más de lo que esperaba. No me imaginé nunca ser quien soy: ser una persona reconocida, tener una carrera internacional, generar esto de la danza en la gente con Julio, caminar por la calle y que alguien te diga: "Le puse Eleonora mi hija por vos". Y mirá qué loco: yo todo lo que quería era ser primera bailarina del teatro Colón... ¡Pero no lo soy! (risas).Se formó en el Colón y siempre habla de esa época con mucho cariño y gratitud. Pero también ha dicho que, tras su reapertura, esperaba volver a bailar allí. Sin embargo, no la llamaron.

Haciendo un balance, ¿qué lugar ocupa ese teatro ahora, en su despedida?

Mi formación fue magnífica y pasé muchos años allí. Honestamente, me hubiese gustado volver a bailar en ese escenario antes de mi retiro, pero no tengo ganas ahora que ya estoy cerrando la puerta. Estoy terminando mi carrera por otro lado.

La mención de Julio Bocca, cuando se habla de su carrera, es inevitable...

(Interrumpe) ¡A mí me encanta hablar de él! Se produjo algo distinto entre nosotros, desde el principio hubo una química especial. Lo conocí cuando yo tenía 10 y él sólo 8, en la escuela del Teatro Colón. La primera vez que compartimos escenario fue como grupo, 6 años después, en Venezuela. Y todavía pasaron otros 8 hasta que por fin bailamos juntos. Era 1989, yo tenía 24. Esas funciones fueron increíbles, con bis todas las noches y la gente aplaudiendo de pie... Fue una sensación muy rara. ¡Sentía que estaba bailando con uno de los Beatles! (risas). Desde ahí se generó un vínculo muy especial, que nunca se rompió. Tan fuerte es esa química que todos nos asocian: Julio con Eleonora, Eleonora con Julio. ¡Es como que no hay otra fórmula! Y desde que él se retiró, mil veces me han dicho: "Me encantó lo que hiciste, pero me gustaba más cuando bailabas con Julio" (risas).

¿Qué le dijo él sobre su decisión de retirarse?

Es que él hace años que me dice "¡Cortala, vos, vieja! ¡Relajate, vamos a comer un asado!" (risas). Yo nunca pude comprender cómo él tuvo todo recontra cronometrado: siempre dijo que se despedía de los escenarios al cumplir los 40 y realmente cumplió eso de no subirse nunca más. En cambio, yo manejo esta decisión pensando en que no es el fin definitivo, que voy a tener otras oportunidades para volver al escenario, aunque sí me retiro del clásico: quiero un cierre digno y con clase del ballet.

Pareciera que no hay otro Julio ni otra Eleonora en las nuevas camadas. ¿Cómo ve a las futuras generaciones, qué papel les toca asumir?

Creo que se generó un espacio para el ballet que antes no estaba, por más que no haya una persona específica que ocupe el puesto que, simbólicamente, tuvimos nosotros porque, en un principio, el público buscó determinadas figuras o nombres que le resultaran conocidos para acercarse a la danza. Por suerte, se abrieron varias puertas para que muchos jóvenes artistas tengan el campo abierto. Sin duda tenemos más espacios para que los bailarines puedan expresarse: quedará en ellos aprovecharlos para beneficio de su carrera solamente o continuar con esa propuesta nuestra que fue acercar la danza a un público masivo.

Esa intención de popularización, una constante en su vínculo con Patalano y Bocca, seguramente la llevó a conocer el negocio detrás del tutú. ¿Aprendió cuestiones que exceden su rol como bailarina y la podrían convertir en productora?

El gestor de todo siempre fue Lino Patalano. Y así como yo quedé soprendida con Julio en su nuevo rol como director de la compañía Ballet Argentino, a mí también me están pasando cosas que siento que me abren nuevos caminos. Si bien todavía estoy del otro lado, me empiezo a involucrar mucho en lo que atañe al espectáculo: desde luces hasta dirección general. Opino y aprendo un montón. Lo mismo puedo decir de trabajar con mi marido, que es el que tiene la cabeza para los negocios y es súper organizado. Yo, por el contrario, soy pura emoción e impulsividad. ¡Él es mi cable a tierra!

Ha dicho que su familia es su mayor logro, incluso por sobre su carrera. ¿Alguno de sus hijos quiere seguir sus pasos?

Julieta baila, pero es autodidacta: se aprende todas las coreografías y las hace al costado del escenario. Tiene una capacidad extraordinaria. Aparte, tiene un extra de personalidad que yo a la edad de ella no tenía. Empezó a estudiar, pero le molestó el tema de que le exigieran saber por el sólo hecho de ser mi hija... Creo que tiene que empezar su propio camino. Pero sí, yo la veo cómo se para, cómo se mueve, ¡y me tengo que poner un babero! (risas).

Está muy arraigada la idea de que la vida del bailarín clásico es muy sacrificada. Ahora que llega su retiro y mira atrás, ¿cuál es su balance?

No es fácil llevar una carrera y una familia. Todo lo que logré fue gracias al apoyo de mi marido y de mis hijos, que me acompañan siempre, en las giras y los viajes. De no haber sido de esta forma, no lo habría hecho. Yo necesito afecto, la fuerza que me dan ellos: no hubiese podido sola.

¿Y cuál es su legado como bailarina clásica?

Me resulta importante haber dejado una huella. Siento que hay un antes y un después. Porque bailarinas siempre hubo muchas, pero siento que brindé un extra. Mi carrera no va a pasar desapercibida.

¿Le teme al tiempo libre?

Para nada. Aunque no creo que tenga tiempo libre. Sé que voy a estar vinculada al arte toda mi vida. No voy a dejar de bailar para ser ama de casa solamente. De hecho, yo ya soy ama de casa: cocino, hago las compras y me encargo de mis hijos. Pero no puedo hacer sólo eso. ¡Me volvería loca! Un artista no deja de serlo por bajarse del escenario. Mi idea es tomarme un tiempito de rélax, pero volver. Quiero estar arriba del escenario desde otro lugar, utilizando todo lo que aprendí de actuación y otros géneros. Siento que se cierra una puerta, pero se abren muchas otras.

Delfina Krüsemann - El Cronista