Alejo Moguillansky está en Mendoza para presentar sus tres películas en el marco del Bafici itinerante 2014.

“Me resultaría antinatural no contar con el Bafici”

Ramiro Ortiz

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Única, la productora local que acerca a Mendoza al festival de cine Bafici, con bello tino y creatividad, le imprime al evento identidad propia. Más allá de la miríada de películas entre las que se elige medio centenar para proyectar aquí, no está en foco la cantidad, sino una lectura entre líneas que sobrevuela la programación de este año y conexiones con ediciones anteriores.

Esa mirada atenta y aguda es la que genera que Bafici Mendoza tenga entre sus invitados al cineasta porteño Alejo Moguillansky y que, a su vez, se proyecten tres películas suyas. Con entrada gratuita y la presencia del director, ayer se vio Castro (2009), y hoy se verá El loro y el cisne (2013) y El escarabajo de oro (2014), los tres largometrajes de Moguillansky (en realidad hay un cuarto, La prisionera, que sólo se estrenó en Bafici en 2005). Las tres que llegaron a Mendoza, junto con su director y guionista, han obtenido premios, reconocimientos y menciones, hecho que aumentó la resonancia del nombre Moguillansky en los últimos años dentro del universo del cine argentino independiente.

Alejo, antes de estudiar cine y convertirse en realizador, guionista y montajista, estudió también unos años de literatura y arquitectura. Se ha vinculado con distintos grupos de trabajo entre los que aparecen otras mentes brillantes como las de Mariano Llinás, Rafael Spregelburd, Walter Jakob (Timbre 4) o el mendocino Alejandro Fadel, entre muchos otros.

En su crecimiento artístico, Moguillansky deja profundas huellas en cada películas y aquí se predispone, gracias a este oportuno repaso, a mirar su propia filmografía. Tres películas y una charla en dos días, una sobredosis de Moguillansky. “Un peligro”, dice él entre risas.

“Aunque uno no vuelva a ver sus películas. El repaso es una especie de ejercicio de memoria emotiva con el público que está ahí, ver cosas en el lugar del otro. En esa línea está bueno también ver algo que uno hizo hace por ejemplo cuatro años”, señala el director. “Al concentrarse todo uno empieza a entender lazos entre las películas que estaban ocultos para uno y son muy evidentes para otra persona. Y a partir de eso uno lo puede verbalizar y empezar a entender. Es un ejercicio genial. Pero no es que me ponga a pensar las relaciones entre mis propias películas, me parece un tema aburridísimo (ríe), sino que lo hago a partir de estas proyecciones que me propusieron”, agregó.

–¿Y qué ves?

–Hoy, viendo las películas entiendo que hay una idea que atraviesa las tres películas, que es la idea del trabajo. Me sorprende porque no es que me propongo reflexionar sobre el mundo del trabajo y el dinero. Pero veo que el tema aparece en las tres películas. Lo que veo es que hay un tema que fuertemente está todo el tiempo ahí y se repite de formas muy distintas: el dinero y su relación con el trabajo del artista.

–¿Más allá de ese punto en común las películas son muy distintas entre sí?

–Sí. Castro fue muy preplanificada, coreográfica, filosa. Es resultado de un montón de cuestiones respecto de la puesta en escena que yo venía carburando hace muchos años. El loro y el cisne es más oxigenada, se pudo deshacer de esa necesidad de la puesta en escena. Es más libre en sus elecciones y menos programática en su forma. El escarabajo de oro sigue un poco esa línea pero con un argumento ligeramente fantástico.

–¿Dónde se enciende la chispa que te hace hacer cine?

–Soy muy cinéfilo y mis momentos de inspiración me pasan en el cine, mirando películas. Me puedo enamorar un poco de una persona o un grupo de gente y filmarlos. Mis ideas, al ser tan cinéfilo, en ese sentido tienen relación con el cine.

–¿El Bafici es el único hogar para tu arte?

–Puede ser. Bafici es el único festival que tiene la cintura y la capacidad de agarrar una película independiente y ponerla en una competencia internacional, y con cojones. En ese sentido de repente el cine es posible, y no es menor que el cine sea posible. Yo mamé mucho del Bafici, desde que nació que voy y veo infinidad de autores gracias a eso. Y de repente esos autores hoy son parte de un horizonte casi familiar en términos de cine. Entonces uno también le debe al Bafici, tanto que me resultaría antinatural no contar con el Bafici.

–¿Cómo ves al cine independiente nacional hoy? ¿Hay más colaboración y menos competencia?

–El cine independiente tuvo la gracia de desindustrializarse y eso permitió que funcione como una especie de movimiento, de grupo de artistas que trabajan y piensan algo juntos. A su vez la relación con el cine se vuelve más directa en el sentido en que no tiene que estar mediatizada por una especie de aparato industrial y sindical y burocrático. En cuanto a lo otro, yo soy montajista aparte de dirigir, eso me sirve mucho y disfruto mucho trabajar con otros cineastas, me divierte estar pensando constantemente en cine, y no todo el tiempo en la propia producción. Para mí eso es muy sano en el cine independiente argentino, y tampoco es exclusivo de acá.

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