“Con pasión defendés todo”

Gisela Emma Saccavino

[email protected]

“Los actores chinos tienen una frase que dice: ‘En el teatro no hay ni dramaturgos ni directores buenos. Hay actores buenos o actores malos”. En Conchudo, el paraguas y el bastón, Guillermo Troncoso cumple con el proverbio que cita a rajatabla: con el personaje de la violenta madre castradora y varonil que compone en esa propuesta, y acompañado por la solidez de otra “topadora” teatral, Silvia del Castillo, sostienen esta propuesta que tendrá una nueva función en el teatro Independencia este jueves a las 21.30.

–El director Daniel Posada te calificó en una nota para Diario UNO como “el actor con más ovarios del teatro mendocino”, ¿creés que apunta a tu ductilidad para hacer personajes femeninos?

–Me hizo acordar mucho a cuando hicimos La edad de la ciruela en 2008, donde encarnaba a un personaje femenino y cuando su autor, Arístides Vargas, vio la puesta, nos felicitó porque, dijo, pensó que se iba a encontrar con un “travestismo actoral”: era la primera vez que veía una puesta con hombres y eran dos actores interpretando a mujeres. Y justamente este es el mismo proceso que experimenté para componer a la madre de Conchudo. Creo que la clave está en tratar de encontrar la sensibilidad que tiene una mujer, que no pasa por la voz ni por lo corporal, sino por cómo resuenan las palabras según el matiz interpretativo que uno le pongas.

–Sin embargo esta madre, si bien tiene una estructura psíquica femenina, asume también un rol varonil, ese que el “conchudo” dejó vacío...

–Exactamente, por eso Belén (Cherubini, autora del texto) buscó para el papel alguien que representara una figura materna-paterna. Mi personaje no deja de ser un varón. Este rasgo acentúa el grotesco y, junto con la ironía y la ridiculez, inevitablemente mueve al público a la risa.

–¿Qué recursos suelen despertarse cuando te toca entrar en el universo emocional de la mujer?

–La idea es manejar el registro adecuado para cada propuesta (paródico, dramático) y no acercarse al personaje desde los estereotipos; en el caso de la mujer, por ejemplo, si uno entra desde este lugar la hace ver como una tonta. Por el contrario, yo admiro mucho a la mujer, por eso me gusta sobre todo tomar personajes que tengan que ver con su fuerza interior. Son pequeños códigos, mensajes sutiles que, desde la interpretación y lo corporal, le aportan calidad escénica al personaje.

–Y el personaje de Silvia es, considero, otro pilar para la obra...

–Tal cual. Así como Daniel dijo eso de mí, yo podría decir que Silvia (del Castillo) es la actriz que más cojones tiene (risas), porque también ha interpretado maravillosamente personajes masculinos. Recuerdo que en 1996 se vieron en simultáneo dos puestas de Fin de partida de Samuel Beckett, una en Viceversa (en la que Del Castillo encarnaba al amo, Hamm) y otra en la Alianza Francesa (Troncoso hacía de Clov, el sirviente) y ella hacía de hombre. Ese año los dos fuimos premiados por nuestros personajes. Ahí está la prueba de cómo una gran actriz puede llega a penetrar el territorio masculino, que requiere mucho trabajo para no caer en ese travestismo o en un grotesco poco creíble.

–¿Qué tan cerca te sentís de otro referente del teatro mendocino como Ernesto Suárez?

–Yo al Flaco lo admiro muchísimo porque para mí es el tipo que más sabe de farsa, y es muy buen pedagogo. Yo creo que hablamos un mismo código, que es el del actor de oficio. Yo, como él, nunca fui a la facultad, me formé con maestros. A los 14 años empecé y nunca paré, llevo la misma vida desde entonces.

–¿Y cuál fue tu debut profesional?

–Una versión que hicimos en la escuela de Mi Cristo roto, porque yo estudiaba en Santo Tomás de Aquino. En realidad fueron los curas los que me empujaron a ser actor. Y a la vez me hicieron bosta la adolescencia, claro. Creo que tuve mucha suerte, porque si no me hubiera acercado al arte todavía estaría haciendo terapia. El teatro es muy sanador, te hace ser buena gente, y en mi caso, fue mi puertita de escape, porque en mis años del colegio la pasé fatal.

–¿Como ves el teatro mendocino hoy?

–Muy bien. Veo que la gente joven está muy activa y que surgen nuevos lenguajes como el teatro-danza, que me encanta. No quiero morirme sin incursionar en eso. Me parece que ha crecido, pero que por supuesto, falta apoyo por parte del área estatal. Ahora estamos empezando a pelear por que se apruebe la ley nacional del teatro.

–¿Qué debe tener un actor para sostenerse vivo?

–Ante todo honestidad con su propio trabajo, y sobre todo pasión, independientemente de si el personaje te gusta más o menos. El actor que no tiene esto puede sustentar absolutamente nada, y eso el público lo respira. El teatro se sostiene con la pasión: aparece en la mirada, en el cuerpo, en la acentuación de la palabra, en la presencia. Con la pasión defendés absolutamente todo.

La huella de sus maestros

–Cuando pensás en los formadores que marcaron tu carrera, ¿quién aparecen como referentes?

–Cuando tenía 16 años vino a Mendoza Carlos Gandolfo (actor de teatro y cine fallecido en 2005) a dar un taller que tomé. Y me hizo hacer una escena en la que tenía que representar a un tipo de 30 años. Cuando terminé me reputeó de arriba a abajo. “¡Vos no tenés vivida la vida! ¿Sabés qué? ¡Armate una obrita con tus amigos y (acá viene lo más maravilloso) andate al campo, ahí vas a aprender a ser actor!” Y otra cosa fabulosa que me quedó: “¡Y no se te ocurra cobrar, porque vos no estás preparado todavía!”. Y ahí es donde se aprende el oficio de ser actor.

–Y al pensar en el público...

–Sí, a mí me interesa mucho el público, y creo que hay que tener un gran respeto por él. Lo peor que podés hacer con alguien que se acerca al teatro es espantarlo. Y si hacés propuestas, sean más o menos herméticas o populares, en las que el mensaje no está claro, es esto lo que vas a conseguir. Nosotros hemos perdido mucho público, por eso es muy importante tener estos elementos en cuenta a la hora de encarar un proyecto. Otro maestro que me dejó una enseñanza eterna fue Rodolfo Braceli. Él me dijo, una vez que fuimos a representar una obra a Buenos Aires sin vestuario ni escenografía, que la obra le había encantado. Y cuando le dijimos que faltaba todo nos dijo: “¡Mejor! El único modo de comprobar si una obra es buena es cuando ves a un actor solo pelando el texto”. Para mí fueron caracteres invisibles pegados en mi frente para siempre.

Conchudo, el paraguas y el bastón

Dirección: Daniel Posada.

Función: jueves 5 y sábado 21, a las 21.30, en el teatro Independencia.

Entradas: se canjean por una caja de leche en polvo.

 Embed      
Fotos: UNO/Archivo
Fotos: UNO/Archivo
 Embed      
 Embed      
 Embed