Por Ramiro [email protected]
Con dirección del dúo Troncoso-Lopresti, una renovada versión del clásico picaresco tendrá desde hoy cuatro funciones en la sala mayor.
Le canta al Independencia
Una vez que consiga quien se ocupe de su gata Emma, el rosarino Luis María Fittipaldi se subirá al ómnibus que lo traerá a Mendoza –una de las pocas provincias que no conoce–. Este dramaturgo, actor y director pasará unos días aquí fundamentalmente por un motivo: presenciar el estreno esta noche de la obra con la que el teatro Independencia celebra su cumpleaños número 87. La puesta es El Lazarillo de Tormes, dirigida por el dúo de Guillermo Troncoso y Graciela Lopresti, basada en la adaptación que Fittipaldi realizó de esta novela picaresca del Siglo de Oro español. La versión, que originariamente fue pensada para un dúo, tendrá ahora un formato coral con ocho jóvenes actores y estará en cartel hoy, mañana, el viernes y el domingo, a las 21.30, con entradas a cambio de alimentos no perecederos.
Ese, el párrafo anterior, es la noticia, la actualidad, el presente. Pero cuando Luis María Fittipaldi atiende el teléfono podemos remontarnos unos cuantos años atrás, antes incluso de que Troncoso hiciera esta misma obra en formato dúo –allá por 2005–, y conocer cómo y por qué fue que el rosarino eligió este clásico para trasladar al universo escénico.
“Yo he adaptado muchas otras cosas, varios cuentos de Borges, el Quijote, que todavía no ve la luz, o el Martín Fierro, que me ha dado de comer muchos años”, despeja Luis, para empezar, toda duda respecto de su avidez por las versiones, adaptaciones y reescrituras.
–¿Fue un desafío la adaptación?–No, en realidad fue bastante fácil. Quizá uno tiene la facilidad y no le gusta decirlo para no vanagloriarse. Fue fácil porque yo había visto una versión de un actor español, Rafael Álvarez, El Brujo, a quien le gustó tanto la obra que incluso luego la llevó al cine. La adaptación la hizo con Fernando Fernán Gómez, otro actor importante de España, pero era como unipersonal. En cambio a mí se me ocurrió adaptarla para dúo, ponerle estilo juglaresco y hacerla, básicamente, en colegios secundarios. La idea era rescatar por un lado la palabra clásica, pero trabajarla con humor. Quería trabajar el humor como un estímulo intelectual.
–¿Y cómo fue el proceso?–Mi idea era que un actor fuese el lazarillo y el otro conformara el resto de los personajes y que, a su vez, jugara desde una cosa mística y lúdica por el hecho de ser dos actores de calle, entonces ahí habría una cierta concomitancia con la historia del lazarillo. Es decir, dos actores de la actualidad que deciden contar esta historia desde la calle o un espacio público. Como a mí me gustaba hacer los demás personajes fue una cosa por momentos muy difícil y embromada, porque además de adaptarla, hacer la puesta y dirigirla, hacía ese rol. Pero me encantan el ciego y el clérigo. La hicimos durante ocho años en colegios secundarios.
–¿Viste la versión en dúo de Troncoso?–No en la que actuaba, pero sí la que dirigió y supongo que ese mismo lineamiento tendrá en la que estrena ahora con estos pibes. Debe ser maravillosa porque la obra se da muy bien para hacerla coralmente y siempre es lindo cuando hay muchos actores. Guillermo me contó lo que iba a hacer y le contesté que me parecía maravilloso. Son tantos personajes y es un texto largo, así que tranquilamente se puede desarrollar. Conociendo a Guillermo y al texto me parece que va a ser un muy lindo trabajo. Y lo bueno es que voy a poder estar ahí en la sala para verlo. A veces uno tiene esas épocas de desocupado ¿viste? (ríe). Es así esto. Voy a pasear por allá.
–¿Vamos a poder verte actuar?–No, pero seguramente los voy a jorobar a los chicos, les mostraré cómo hacíamos nosotros la versión, les haré alguna partecita para ellos como regalo y también una especie de devolución sobre su trabajo. Tengo que agradecerle mucho a Guillermo porque de pronto que alguien proyecte esto es muy piola. Es buenísimo. Cuántas versiones se van haciendo y uno sabe que están bien, hechas con respeto y mucho trabajo… y a uno le lleva mucho esfuerzo y tiempo hacerlas. Entonces que venga alguien de otro lado a hacerlo… a uno no le puede generar menos que orgullo, sinceramente.
Un texto que atraviesa el espacio y el tiempo
Como muchas otras grandes obras de la literatura universal, El Lazarillo de Tormes ilumina aspectos atemporales de las sociedades. Su visión crítica, pícara, puede aplicarse casi sin filtros en la actualidad, más allá de los 500 años que han pasado desde que fue escrita. Ese peso, el de su vigencia, entre otros, fue una de las causas que llevaron a Luis María Fittipaldi a elegirla.
Él lo explica así: “Yo siempre digo que es una historia casi tan vieja como la vida misma. Fue escrita en el Siglo de Oro español y en realidad no es anónima, ya se descubrió que el autor sería Diego Hurtado de Mendoza, y decía muchas verdades, hablaba del clero, de los curas y otras cosas. Cómo no va a conservar la vigencia si habla de la explotación de los menores, algo que sigue. También habla de cierto abuso, aunque yo no lo cargué por ese lado, pero en un momento de la extensión del texto el lazarillo dice ‘me alejé de fulano, mengano y de un fraile que solía hacerme cosillas que a mí no me gustaban’... evidentemente se lo quería fifar, pero bueno yo trabajé más sobre lo que apunta que tiene que ver con el chico de la calle. Eso es lo que trabajé en su momento, en que un chico callejero juega con ese tono picaresco que se teje alrededor y le imprimí una frase como disparador: ‘Todos somos lazarillos de nuestro propio destino’. Todos guiamos, casi, nuestro destino, como este lazarillo que fue dado por su madre porque no tenía como darle de comer. Esto pasa actualmente y también pasaba mucho entonces”.


