Larga vida al rock nacional

Por Carolina Baroffio

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Mendoza y los mendocinos tienen una particularidad: con ojo aguzado, no se rinden a los pies de cualquiera. Dirán los conquistadores si es fácil o no enamorarla, pero en este rincón del país no se juega con los sentimientos.

Andrés Ciro Martínez, el piojoso, el persa, el showman, el rey del hit, tiene ganado un lugar en el corazón de este público. A bordo de una canoa del rock que en dos décadas tuvo sus ajustes y sus cambios de timón, pero que nunca se dejó intimidar por la marea, el músico vuelve y lo confirma: “Acá es donde más tocamos fuera de Buenos Aires”.

Sin preámbulos, con la potencia de una maquinaria de clásicos viejos y nuevos que –en épocas de sequía– afianzan el ritual, Ciro y los Persas desempolvaron, lustraron y arriesgaron el micrófono ante el público con un repertorio que sigue escribiendo las páginas del rock nacional. Y esas canciones que el sábado no entonaron algunos de los 4.000 espectadores, sonaron alto en las afueras del Stadium Arena Maipú una vez terminado el show.

Porque después de Espejos, ahora llegó 27, que en una semana se convirtió en disco de oro. De todos modos, durante las casi dos horas y media de show, Ciro no abusó de su nuevo material. Tocó cinco temas y aprovechó para presentar dos videoclips: Murgueros y Barón rojo.

Cincuenta minutos después de la hora prevista, sin artilugios ni puesta teatral como fue la presentación de Espejos (y de la nueva banda del ex Los Piojos) en El Santo hace dos años, el recital arrancó con un nuevo hit: Astros. Aquella vez lo hizo con Insisto.

Gracias a un mix constante entre las creaciones de los dos discos con los Persas y los temas inmortales de Los Piojos, la ceremonia vino a confirmar: “Larga vida al rock nacional”. Y un día volvió el pogo, volvió el agite, las damas subidas a los hombros de los caballeros, la euforia, los brazos en alto con las banderas flameando en un círculo compartido por padres e hijos (lo que demuestra que Ciro supo romper la barrera generacional).

En esta visita, Ciro le dio un lugar más protagónico a su primera guitarra, Juan Ábalos, quien con sonidos hiperdistorsionados y volumen al máximo brilló en casi todos los temas, incluso tuvo su lucimiento con una sesión “folclórica”. Para la segunda guitarra confió en el joven Rodrigo Pérez, que también entretuvo a la masa con un tema suyo.

Al final, en su armónica sonó el himno de un rock más argentino que nunca.

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